JUAN MARSÉ

"Mi mundo interior tiene que ver con la escenografía y las vivencias de mis novelas"

JOSÉ MARTÍ GÓMEZ

A Juan Marsé no le ha gustado nunca manipular teorías sobre su trabajo como novelista. No le ha gustado teorizar sobre el hecho de por qué escribe de una manera y no de otra. Es una conversación que le puede resultar divertida en una reunión de amigos pero no para entrevistas. Le aburre hablar de tendencias en su escritura o del por qué, como lector, unos autores le gustan más que otros.


Y un día llega la chica universitaria y le explica que en la facultad han llevado a cabo un trabajo sobre Últimas tardes con Teresa llegando a la conclusión de que la novela es un ajuste de cuentas con la burguesía...

Sí. Me he encontrado con muchos casos como ese y sería la parte más divertida: la de hablar con gentes que te explican, muy convencidas, unas facetas de tu narrativa que yo desconozco por completo. “Esto usted lo escribió porque...”, te dicen. “Pues mire: quizá sea cierto pero hasta el momento en que usted me lo ha dicho yo no había caído”, les responde. Sobre mis personajes hay críticos y estudiosos de mi obra que han escrito cosas que han sorprendido al propio autor, que soy yo.


Y usted le dijo a la chica que de ajuste de cuentas con la burguesía nada de nada...

Y es cierto. La burguesía es materia para los sociólogos o los economistas. No para un novelista.Y cuando me cansé le dije: “Mire usted: la razón por la que escribí Últimas tardes con Teresa fue porque siempre soñé con irme a la cama con una chica rubia y con los ojos verdes y los muslos que tú tienes y como no pude conseguirlo me inventé a Teresa y...” No pude continuar dándole mi versión porque la chica cogió sus papeles y se marchó a toda prisa.


De usted me admira su tenacidad como escritor.

Y si no hago esto ¿qué hago? Esta es otra de las cosas que no sé explicar. La vocación. Hay cincuenta mil teorías pero a mi no me convence ninguna. Creo que en mi caso hay una especie de desajuste con la realidad que me rodea –mi país, mi ciudad, mi época, mi experiencia personal– y que no me acaba de convencer. Posiblemente eso me lleva a la búsqueda de belleza, a encontrar en la literatura un mundo de experiencias que no he tenido pero he soñado. Quizás sea el afán de sumergirme en un mundo de fantasía en el que la vida podría ser de otra manera lo que me ha llevado a escribir: la novela como réplica a la vida, a la realidad.


¿Le sigue sacando muchas puntas a los lápices antes de empezar a escribir?

Sí. En ese sentido no he cambiado en absoluto. En lo que sí he cambiado es que ahora soy mucho más desconfiado con lo que hago. Me conformo mucho menos que antes. Soy más puntilloso y puñetero con lo que escribo. Le doy más vueltas a las cosas. Las trabajo más. Me conformo menos que antes, cuando daba por buenas frases y páginas que hoy volvería a escribir una y otra vez. Eso no quiere decir que haya mejorado. Sencillamente quiere decir que soy menos impaciente por publicar, y eso que siempre he sido lento. De la novela que estoy escribiendo desde hace dos años sólo tengo ultimados doscientos folios. Todavía me queda por escribir una tercera parte. Siempre tengo en la cabeza la máxima de que “el esmero es la única convicción moral del escritor”.


¿Sigue siendo lector de novelas?

La ficción no ha dejado de interesarme. Soy un fan de la novela, consciente de que es una tendencia que actualmente no está muy valorada. Hoy, la crítica y el mundo literario en general tienen predilección por la novela en la que pesa más el testimonio que la inventiva. A mí, como lector, no me interesa deslindar lo que forma parte de una experiencia real, que sería el testimonio, de lo que es puramente inventiva. Actualmente la novela se ha ramificado en diversas tendencias. En este sentido es mucho más rica que la novelística anterior pero para mí la gran época de la novela es la del siglo XIX.


¿Qué le pide a una novela?

Que mientras la leo todo me parezca real. Que la capacidad de crear unos personajes de carne y hueso, creíbles, ensamblados en una historia entroncada en la realidad de un país, de una época, sea inventada. Y que esos personajes y esa historia se transformen en una novela que se mantenga en pie por si sola, por las propias leyes narrativas. Me interesan los novelistas en los que por encima de sus experiencias personales predomina la inventiva. Volvamos a Últimas tardes con Teresa: me han preguntado muchas veces si Teresa era fulana de tal o mengana de cual. Mujeres muy concretas. Siempre he respondido que Teresa es una mujer totalmente inventada a partir de retazos de muchas mujeres, reales o soñadas.


A la censura del franquismo le excitaban los muslos y los pechos de Teresa.

La novela estuvo bastante tiempo censurada. A través de unas gestiones de Carlos Barral mantuve una entrevista con uno de los máximos responsables del Ministerio de Información y Turismo. Fue una entrevista memorable. Era un hombre cordial que dijo que había leído la novela y le había gustado pero que yo debía de comprender que los censores eran gente mayor, de otra época, y se excitaban al leer como eran los mulos o los pechos de Teresa. Yo iba diciendo “claro, claro”. Me aconsejó que si en lugar de muslos escribía entrepiernas y en lugar de pechos senos la novela podría pasar la censura porque eran palabras que excitaban menos la líbido. Seguí diciéndole “claro, claro” pero, claro, no hice puñetero caso.


El país, ¿sigue sin gustarle?

Si lo comparamos con los años de la dictadura no cabe duda que ha cambiado pero continúan vigentes una serie de problemas que no se terminan de solucionar nunca y estoy por decir que van a peor y tienen que ver con la educación y el peso de la Iglesia Católica. Es ridícula, grotesca, la que se ha montado con la asignatura de la educación para la ciudadanía como también son ridículas y grotescas las reverencias y pleitesías del Gobierno al señor del Vaticano que nos visitó en fecha reciente. ¿De verdad un gobierno tiene que hacer estas cosas? (pausa) Bueno, cabe pensar que lo debe hacer porque quiere el voto católico (pausa) La verdad es que leer hoy los periódicos es coger diariamente una ración de cabreo.


Ya lleva muchos años leyendo periódicos y cogiendo cabreos.

Sí. Y a veces me he preguntado por qué cojones leo cada día tantos diarios. Eso significa que el país me sigue interesando muchísimo y lo curioso es que nada de lo que leo entra en absoluto en mi mundo literario. Tengo un mundo personal con unas referencias muy claras en el que no entra la rabiosa actualidad. A veces pienso también que el país no ha cambiado tanto. La novela que estoy escribiendo costa de dos partes. En la primera, que sitúo a finales de los años cuarenta, un sacerdote sube a un tranvía y se las tiene con un pasajero. Escribiendo esa escena me di cuenta de que también podría pasar ahora, si no en un tranvía, porque ya apenas hay, sí en otro lugar.


La inercia en la que siguen sumidas algunas cuestiones importantes del país ¿mantiene la vigencia de su mundo novelístico, forjado en un paisaje de posguerra?

En cierta manera sigo nutriéndome de referencias de lo que está pasado hoy en el país. En mis novelas continúo moviéndome en mi mundo de posguerra pero en realidad esa posguerra se ha prolongado tantísimo que, para mi, continúa siendo actual en muchas cosas, en muchos temas.


Su mundo interior ¿cómo es?

Tiene que ver con la escenografía y las vivencias de mis novelas. Me gusta hacerle ver al lector lo que le explico. Siempre recuerdo la historia del joven que aspira a ser novelista y le explica a su interlocutor lo que quiere escribir y éste le dice “házmelo ver”. Yo no me conformo con escribir “es un avaro”. No. Lo que quiero es hacerle ver al lector que ese personaje, sin decirlo explícitamente, es un avaro. En la buena literatura las cosas aparecen sin ser citadas. A veces, cuando más cargas de datos para informar sobre un personaje es cuando la pifias. Hay bastante con una pequeña escena que refleje como es, como piensa el personaje. ¿Qué hay otras fórmulas. Sí. Y cada novelista tiene la suya. La mía es la que le acabo de contar.


¿Influencia del cine?

Sin duda. En la novela del XIX no existe esa influencia de la imagen pero para los que mamamos el cine no solo como una forma de entretenimiento, también como educación y estoy por decir que como moral, su influencia ha sido decisiva. El cine ha formado parte de la cultura popular. Al cine voy poco. Tengo la impresión de que físicamente te tratan peor que nunca. Me pongo en casa videos de películas que he visto decenas de veces. Cine clásico sobre todo de los años 30-40. Sostengo la opinión que desde finales de los años cincuenta el cine no ha avanzado desde el punto de vista estrictamente narrativo. Lo que llamábamos “la escritura”. Otra cosa son los efectos especiales y mandangas para mentalidades adolescentes.

 

"Este país de todos los demonios"

Juan Marsé se levanta sobre las ocho y media de la mañana, desayuna y se pone a trabajar. A media mañana hace una pausa para leer la prensa. A la una y media va a nadar. Almuerza, ve durante un rato la televisión, a veces medio adormilado. Lee, corrige algo de lo que ha escrito por la mañana, quizá salga a tomar una copa con un par de amigos en el bar del hotel Majestic, regresa a casa, ve en video alguna vieja película o un partido de fútbol, regresa a la lectura y se mete en la cama sobre las doce y media de la noche. Ya transnocha poco. Le da pereza, a él que fue noctámbulo en las míticas noches de Boccacio. Anda escribiendo el discurso de aceptación del Premio Cervantes, que le ha hecho ilusión aunque lo mantenga en elegante sordina y ya se ha comprado los zapatos “negros y sin adornos”, según manda el protocolo. Se los ha probado y pasó lo que temía: que le aprietan.

La pequeña habitación en la que trabaja está como siempre: llena de libros amontonados, cachivaches llenos de bolígrafos y lápices, estanterías con los videos de las películas que ama y las fotos de viejos mitos: la bellísima Ava, la no menos hermosa Rita, la seductora Marlen, un óleo del poeta Jaime Gil de Biedma, las niñas de “El espíritu de la colmena”, Marsé a través del objetivo de Colita... Recuerdos.

Memoria de un hombre “de pupila descreída, estatura escasa, escépticas las espaldas, incierta la sonrisa y oscuros sus designios”, según el autoperfil que escribió para el semanario “Por Favor”. Un hombre que se reinventa su mundo y ya es un poco como un personaje de novela: cuenta que el ciudadano que trabaja escribiendo su biografía está a punto de enloquecer perdido en la intrincada maraña de verificar que hay de verdad o de ficción en la trama narrativa que lleva a la familia biológica de sus padres y al hermano que su madre adoptiva le dijo que murió y cuyo rastro no aparece por ninguna parte. Da igual que fuese cierto o no lo que le contaron. Marsé lo asume como cierto. Cierto puede ser también, dirían estudiosos de su obra, que haya algo de nostálgica búsqueda del pasado en ese padre, personaje recurrente de sus novelas, también en la que ahora escribe, que está y no está.

Cuando se levanta de su mesa de trabajo sus ojos se posan en dos citas que ha colgado de la pared, para tenerlas siempre presentes. Una dice: “Las cosas soñadas tienen en el cine más presencia verdadera que las reales”. La otra cita es de Nabokov. El autor de Lolita escribió que la literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle Neardental gritando el lobo, el lobo con un enorme lobo pisándole los talones. No. La literatura, escribió Nabokov, “nació el día en que el chico llegó gritando el lobo, el lobo sin que le persiguiera ningún lobo”.

Sobre la mesa de trabajo un montón de cuartillas. En la primera de esas cuartillas el título provisional de la novela que está escribiendo y espera poder acabar a finales de año: Aquel muchacho, esta sombra. Luego, una segunda cuartilla con una cita de Walter Benjamin.

Y en la tercera cuartilla, la primera frase:

“¡Este país de todos los demonios!”.