ENTRE LA DESOLACIÓN Y LA TERNURA

Del testimonio intencionado a la recreación de una memoria emocional

SANTOS SANZ VILLANUEVA

Juan Marsé, al igual que buena parte de la gente de su edad, la ya canonizada como “generación del medio siglo” (nacido en 1933, pertenece a los “niños de la guerra”, según llamó Josefina Aldecoa a aquellos escritores que no tuvieron participación directa en la contienda pero quedaron marcados por sus consecuencias), accedió al bautismo literario con un par de novelas que respondían a un impulso testimonial. Era un trabajador manual con afición por la escritura e hizo a mediados de los 50 una novela que envió a Seix Barral, la editorial de prestigio cercana a sus convicciones. Tuvo suerte, y esa obra, Encerrados con un solo juguete (1960), y la siguiente, Esta cara de la luna (1962), despertaron el interés de Carlos Barral, quien andaba por entonces metido en una “operación realismo” para promocionar la joven narrativa comprometida. Le venía bien Marsé al más relevante editor del momento porque con él disponía del precioso arquetipo que faltaba en su escudería, el “escritor obrero”, espécimen exótico en aquel círculo catalán nutrido de buenas familias (los Goytisolo, Gil de Biedma y sus allegados como García Hortelano).

Carlos Barral apadrinó al novel Juan Marsé porque éste respondía más o menos a un modelo literario de moda, el narrador de testimonio y compromiso. En realidad, los títulos citados se mueven en un territorio un poco impreciso, entre una visión desalentada y existencialista de la vida y un documento agrio de las actitudes de sectores burgueses de la época, padres e hijos inútiles, irresponsables y fracasados. Un impulso de denuncia empuja al escritor y a partir de él produce un compacto bloque de narrativa antiburguesa que se dilata por los años 70 y aun algo más: Últimas tardes con Teresa (1966) con su prolongación La oscura historia de la prima Montse (1970), La muchacha de las bragas de oro (1978) y El amante bilingüe (1990). Marsé, notable por la independencia, franqueza y claridad de sus opiniones, ha mostrado vehemente rechazo de su adscripción como escritor antiburgués. Ahí están esos libros para demostrar la verdad de tal filiación, y, sin embargo, no le falta un punto de fundamento a su protesta. Tal vez se trate de un equívoco semántico debido a mezclar tema e intención crítica referidos a los comportamientos de la clase media –hipocresía, conservadurismo, insolidaridad, exclusivismo, falta de ética... y otras abundantes taras– y tratamiento literario.

Si Marsé defiende que él no pertenece al realismo socialista, tiene mucha razón. Por la amplitud de sus objetivos y por escurrir la simplificación literaria frecuente en quienes llevaron la política a la literatura. Marsé militante comunista, si bien efímero, no aplicó las doctrinas soviéticas a la novela. Es más: puso una bomba entre los cimientos del realismo comprometido con Teresa, una “explosión sarcástica”, en palabras de Vargas Llosa, que vino a ser el Quijote de la novela social, según la plástica apreciación del profesor Sobejano. Un edificio entero, Barcelona a finales de los 50, era invadido por la termita literaria de Marsé: se venían abajo a la vez el estereotipo del progre estudiante revolucionario (Teresa y sus amigos universitarios) y el del buen obrero concienciado (Manolo, el Pijoaparte, pícaro suburbial con ansias de medrar en la escala social, y no el héroe positivo de la doctrina soviética). De paso, y sin mentarlo por su nombre, Marsé ajustaba cuentas con el pontífice teórico de aquellos años, Castellet.

Importa destacar una subterránea veta en Teresa por el jugo que luego le saca el autor: equívocos y apariencias son los materiales de una mentira global que se erige como retrato colectivo. Las apariencias, el engañoso espesor de la realidad, se irá poco a poco convirtiendo en columna vertebral de la obra de Marsé bajo un imperioso y renovador estímulo, la memoria. En buena medida, aunque no del todo, el presente cercano y el retrato colectivo de inmediatez sustentan en su mayor parte las novelas citadas. Algo importante cambia en el decenio de los 70 con Si te dicen que caí (1973) y lo corrobora Un día volveré (1982). Entra una perspectiva nueva: irrumpe la memoria histórica y a partir del recuerdo conmovido, propio o reelaborado, y de una imaginación de fibra emocional, el escritor se explaya en la marginalidad social y política de los años más duros de postguerra.

Si te dicen que caí traza un amargo retrato de los 40 mediante un procedimiento rememorativo. La aplicada actividad de contar “aventis” de los niños de un miserable barrio barcelonés sirve como telón de fondo evasivo de una vida corriente preñada de miseria material y de opresión. La acritud del mensaje se atempera en Un día volveré: el alegato pasa a una compasiva resignación. Regresa al barrio de pobreza y marginalidad un antifranquista que ya ha pagado con la cárcel los delitos forzados que cometió. Puede ser el vengador justiciero que el barrio arroparía, pero se resigna a la situación actual.

Por estos senderos llega a la narrativa de Marsé una figura capital: el héroe de antaño mitificado por el tiempo y las circunstancias. Solo que tal héroe no es verdad, no existe, es una quimera, un espejismo. Del ayer, de esa memoria personal o histórica auscultada por el autor, no viene ningún redentor. Así lo muestran El embrujo de Shangai (1993) y Rabos de lagartija (2000). No hay que escatimarles a las novelas de este bloque ni un ápice de su dura carga testimonial, pero no fija Marsé su objetivo en el puro alegato. Ahora prevalece la mostración de gentes perdidas en un medio hostil, seres desvalidos tras una ilusión. Resignación, soledad, dolor, esperanza coexisten en unas vidas ansiosas de felicidad pero apresadas por un mundo incierto, en el filo de la navaja de la verdad y la mentira, de la realidad y el engaño.

Ha pasado, pues, Marsé del testimonio intencionado a la recreación de una memoria emocional. Y aquí se encuentra la manera definitiva del autor, con la solitaria excepción de Canciones de amor en Lolitas´s Club (2005), que se adentra en una problemática actual, la prostitución de inmigrantes ilegales. Esa manera personal supone una evolución: el paso del testimonio antiburgués y de la pobretería suburbial del Carmelo, escenario por excelencia del escritor, a la forja de un mundo narrativo bastante autónomo, aunque con referentes históricos y sociales concretos, recreado entre la ternura y la denuncia.

Para pintar ese mundo, Marsé se ha despojado de moralismos y se muestra como un atento observador de la complejidad el mundo sobre la que vuelca una mirada ética. Como no es un predicador de ninguna clase de doctrina, sus novelas eluden el planteamiento moral específico que pide su fondo y se ciñen a contar vidas. Esto, contar vidas, es un rasgo sustantivo de toda la trayectoria del autor catalán. Marsé piensa que un novelista es ante todo un narrador de historias. Él lo ha sido siempre y siempre cuenta peripecias humanas interesantes por sí mismas, emotivas y algo melodramáticas. Es ante todo un escritor comunicativo que cuida con esmero la anécdota y la refiere con una prosa ágil y expresiva, a su manera rítmica, pero sin ninguna clase de delectación verbalista, con la que consigue un estilo narrativo eficaz. Tiene, además, una gran capacidad para plasmar ambientes, al punto de ser algo distintivo de sus novelas, sobre todo en las últimas, el logro de una atmósfera. El realismo convive en sus libros con un aliento poético. Esta cualidad de escritor comunicativo volcado en dilemas existenciales y sociales lo coloca en un alto puesto en la escala de nuestros narradores veteranos.