FIRMA INVITADA

VICTORIA OCAMPO LA EMBAJADORA DE AMÉRICA

Reivindicación de la obra literaria de la fundadora de la revista argentina Sur.

ALFREDO TAJÁN

Cuenta el prestigioso historiador argentino Félix Luna en la colección de Grandes Protagonistas de la Historia Argentina (Planeta 1999), que él mismo dirigió, que “tras una noche de insomnio la Ocampo decidió fundar la revista Sur, sabiendo que otros, años antes, habían fracasado en ese intento”; y no se equivoca Félix Luna, Victoria Ocampo decidió poner en marcha la empresa editorial de su vida tras cerciorarse del apoyo de varios intelectuales próximos, como, por ejemplo, el ensayista norteamericano Waldo Frank, los franceses Drieu de la Rochelle y Jules Supervielle –que en ese momento viven la experiencia de la Nouvelle Revue Française– y el filósofo español, y amigo/¿amante? de Victoria, José Ortega y Gasset.

En Argentina no le faltaron apoyos y colaboradores directos. Da pánico, por respeto, pensar en la primera reunión de Sur en la que participaron Borges, Eduardo Mallea, Ramón Gómez de La Serna, Oliverio Girondo o María Rosa Oliver. El manantial periférico –americano y europeo– de la revista resulta tan amplio como las tendencias ideológicas que afloraron en su redacción. Sólo con su enérgica personalidad Victoria Ocampo pudo contener las tensiones del debate ideológico que germinaron y se desarrollaron en Sur, sólo con su fortuna personal, sus continuos viajes y sus amistades de altísimo nivel, pudo la revista publicar la amplia gama de firmas de distinto pelaje que pasaron por sus páginas, todos los imaginables e inimaginables; primero bimensual, después mensualmente, Sur ofreció al mundo, desde 1931 a 1977, y desde Buenos Aires, el pensamiento de una época fascinante. Cuando Victoria, ya anciana, decidió la dramática clausura de su revista, sólo le quedaban dos años de vida en una Argentina que ella no reconocía, una Argentina sumida en la crisis económica y en la dictadura militar.

Victoria había nacido en 1890 en el seno de una familia de alto origen patricio con conexiones mercantiles con Europa. Es curioso, pero desde los seis años hasta su muerte, Victoria no cesará de viajar. El viaje es para ella una forma de vida: la que ha asimilado de su adinerada familia, unos exquisitos terratenientes que forman parte de la llamada “sociedad transatlántica”; la hermana de Victoria, la conocida narradora Silvina Ocampo, declarará que “mi papá subía a los paquebotes internacionales una vaca de nuestra estancia para que todos los días desayunáramos leche fresca”, y eso no es una excentricidad, es una anormalidad compartida. Para quien quiera acceder a los periplos de Victoria Ocampo no tendrá más que asomarse a su producción literaria, hoy por hoy brutalmente ignorada, a su extensa correspondencia con Keyserling, Virginia Woolf y Ortega y Gasset. Victoria asume su neutralidad política como un reto: para la izquierda es de una soberbia insoportable, para la derecha, una snob que “mantiene una revista y un salón de bolcheviques”, esta última perla, por cierto, se la dedicó el fascista/futurista Marinetti.

Si bien se ha reivindicado el papel que desempeñó Victoria Ocampo como editora, y como gran embajadora cultural de América en el mundo, ya es hora de reeditar en el mercado peninsular su interesantísima obra literaria, que abarca los llamados Testimonios –en Editorial Sudamericana–, su correspondencia, y una extensa producción de ensayos. Precisamente de uno de ellos, titulado El viajero y una de sus sombras, voy a extraer una frase que resume la atronadora personalidad de la Ocampo: “No puedo admitir que el hombre, como portador de esperma, sea el representante del Espíritu, mientras la mujer, como portadora de óvulos, sea la representante de las fuerzas telúricas. No veo por qué un espermatozoide ha de ser más espiritual que un óvulo”.

Con esta declaración de principios queda, en parte, casi todo explicado.