CLARA USÓN

"La tarea del novelista es apuntar los conflictos, plantearse las preguntas"

GUILLERMO BUSUTIL

Clara Usón ganadora del Premio Biblioteca Breve de Seix Barral con su novela Corazón de napalm, nació en Barcelona en 1961. Con su primer libro, Las noches de san Juan, obtuvo el Premio Femenino Lumen 1998 y posteriormente ha publicado las novelas Primer Vuelo, El viaje de las palabras y Perseguidoras.


La novela es una historia sobre el complejo de Edipo, narrada como una tragedia griega contemporánea. ¿Por qué ha elegido este género para contar los conflictos que provoca la orfandad emocional?

No deja de asombrarme que, por más avances técnicos y científicos que incorporemos a nuestras vidas, aumentando nuestro bienestar, la naturaleza humana permanezca inalterada y los grandes conflictos que la aquejan: el odio, el deseo, la ambición, el resentimiento, el amor, el miedo a la muerte, sigan siendo los mismos que trataron las tragedias de Sófocles o Esquilo. El enigma del destino humano continua irresuelto. Mi novela, es, en gran parte, una trágica historia de amor entre un hijo y su madre, pero contada en el marco de una novela, un género impuro, en el que puedes mezclar drama y humor, acción y reflexión, como sucede en la vida misma; a mi juicio, es el género narrativo que mejor refleja las contradicciones de la naturaleza humana.


También es una historia que indaga en el perdón y el sacrificio.

Siempre me ha fascinado la idea de la culpa, cómo un acto que has cometido en un momento de irreflexión, de descuido o de furia, pero ha tenido consecuencias, ha dañado a otros, puede teñir para siempre de remordimiento una vida. Hay ocasiones en que no se puede reparar el mal causado, quizá por mera imprudencia, y arrepentirse de ello no sirve de nada. ¿Cómo seguir viviendo, entonces? Más cuando ese daño se infligió de joven o de niño. ¿Puede una persona asumir la culpa ajena, como se asume una deuda económica? ¿Sirve de algo ese sacrificio? Son preguntas sin respuesta, me temo, pera esa es la tarea del novelista: apuntar los conflictos, plantearse las preguntas.


La pérdida de la familia, como una expulsión del paraíso sobre lo que tanto escribió John Cheever, presente en la primera parte de la novela ¿es un homenaje al maestro del relato norteamericano?

Cheever es un escritor que me interesa mucho, uno de los mejores cuentistas del siglo XX. Hay un verso del poeta inglés Philip Larkin que dice: They fuck you up your mum and dad, que, en traducción libre, vendría a significar algo así como: Te joden la vida papá y mamá, y no hace falta haber leído a Freud para saber que es verdad; quieras o no, tus relaciones familiares condicionan tu existencia y tus elecciones en la vida, bien porque estás arropado por un protector entorno familiar, bien porque estás más solo que la una, como Fede, el adolescente que protagoniza Corazón de Napalm. En ese sentido, coincido con el dictamen de Cheever de que la familia es el gran asunto de la narrativa.


Corazón de napalm comienza con el amargo final de fiesta del desenfreno de los ochenta. ¿Cree que aquella década fue un revival de los locos años veinte?

Desde luego, puede detectarse un paralelismo entro los locos años veinte y los desquiciados ochenta, aunque los que éramos jóvenes en esa última época no lo pensábamos. El pasado no nos interesaba, el futuro, tampoco porque nos daba vértigo. Estábamos inmersos en el presente. Vivíamos para la fiesta y toda fiesta conlleva su resaca. Inevitablemente, acabamos pagando los platos rotos. Son bastantes los amigos que he visto morir de sida, accidentes o sobredosis. Entonces, en pleno jolgorio, parecía que íbamos a ser para siempre jóvenes, que la fiesta no se iba a terminar nunca. Ahora, veintipico años después, vuelvo la mirada atrás, rememoro aquella época y procuro plasmarla, con sus luces y sus sombras, sin nostalgia pero también sin rencor ni moralina.


Usted contrapone esa época a otra marcada por la falsificación, la vanidad, la ambición…¿Cree que el tiempo actual es otra forma de aquel hedonismo?

Lo cierto es que, mientras escribía la novela y reflexionaba sobre aquellos tiempos, empecé a advertir bastantes similitudes entre los tóxicos años ochenta y el desenfreno especulativo de la última década. La misma falta de medida, de previsión de las consecuencias; la adicción a las drogas y al alcohol que imperaba en los 80 fue sustituida por la obsesión por el dinero, la fiebre del lujo y el despilfarro. Si nos paramos a pensar, casi todos hemos vivido por encima de nuestras posibilidades en los últimos años. Pero parece que ahora también se ha acabado esa fiesta del dinero inagotable y nos despertamos con resaca y lo peor de todo, no sabemos cómo vamos a pagar los platos rotos. Es curiosa la forma en que se repite la historia y cómo volvemos a cometer una y otra vez los mismos errores, y así enlazamos con lo que decía al inicio: la forma de vestir, los aparatos que empleamos, la velocidad de nuestros desplazamientos, cambian, pero el corazón humano y sus conflictos siguen igual que en los tiempos de Sófocles.


La influencia más evidente y admitida por usted en sus libros es la de Chejov y su manera de desnudar a los personajes sin juzgarlos.

Es algo que admiro mucho en Chéjov. En una carta a un amigo que le reprochaba precisamente eso, su falta de juicio moral, escribió: Yo describo a los ladrones de caballos tal como son, no juzgo si robar caballos está bien o mal. Y tiene razón: juzgar o moralizar es tarea de jueces y de sacerdotes, no de escritores. Todo juicio moral no deja de ser una simplificación. Nadie es del todo bueno o del todo malo. En verdad, no sabemos cómo somos, hasta que no nos ponen a prueba las circunstancias, y entonces, a menudo nos llevamos sorpresas.


El famoso espejo de Stendhal –reflejar las acciones de la naturaleza humana y de la sociedad– ¿sería en su novela un espejo empañado, un espejo que oculta el lado oscuro de cada personaje?

Es una buena metáfora. No somos de una pieza, buenos o malos, deshonestos o íntegros, si no infinitamente más complejos. De hecho, reaccionamos de una u otra manera dependiendo de algo tan nimio como nuestro humor o lo bien o mal que hayamos dormido. A veces, actuamos bien, de cara a la galería, por pura cobardía y, a la inversa, delinquimos por generosidad, como en el caso de Fede. Sólo los bebés y los que no son conscientes de sus actos carecen de sombra en la conciencia, de la mancha que oscurece su reflejo en el espejo, aunque para vivir nos convenga olvidarnos de ello o minimizar su importancia, porque siempre estamos dispuestos a perdonar nuestros propios yerros; no los de los demás, por cierto.


En el caso de Marta, la pintora copista, usted lleva a cabo una crítica al mercado del arte: la falsificación, el vampirismo creativo, las instalaciones. ¿Tan mal ve el arte contemporáneo?

No me gusta generalizar. Hay cosas que están muy bien del arte contemporáneo, pero en la última década hemos asistido a un fenómeno singular: la absoluta mercantilización del mundo del arte. Una obra de arte es buena en la medida en que es cara: el dinero es la medida de todo. ¿Por qué un tiburón muerto conservado en formol vale 6 millones de euros? ¿Quién decide ese precio? El mercado, por supuesto. Y en ese sentido, en la década precedente se ha especulado en arte, hinchando valores de forma artificial, de la misma manera que se ha hecho con los inmuebles o las acciones de la bolsa. Y no hace falta mencionar que ahora estamos pagando las consecuencias de esa locura especulativa.

 

Edipo punk

GUILLERMO BUSUTIL

Cada uno es el producto de su pasado emocional y el resultado del conflicto interior entre los miedos, las ambiciones y los secretos que se ocultan. Esto es lo que se desprende de la historia que Clara Usón trenza en Corazón de napalm. Una frase musical del cantante de los ochenta Sid Vicious que representa la banda sonora del desarraigo de un adolescente, marcado por la resaca toxicómana de la madre que se ve obligada a abandonarlo. El chico vive con el lema del caos, la destrucción y la velocidad, decidido a recuperar el amor de la madre a toda costa. Esa historia edípica se entrelaza con la de una pintora que mejora los originales que copia y cuya vida transcurre entre las contradicciones de su oficio y de su relación emocional. Ambos argumentos, contrapuestos en el tiempo, son tratados con ternura, con humor y especialmente con el dominio de la mirada chejoviana con la que Clara Usón presenta la desnudez de sus personajes, dejándolos actuar frente a la cámara objetivista de la narración. En el perfecto desarrollo de estas dos tramas, el peso lo llevan los personajes femeninos, dotados de mayor profundidad psicológica y humanidad. De hecho, para Usón, sus mujeres no son comparsas del hombre, ni tampoco víctimas; ellas son el latido vital de las contradicciones y de la difícil toma de conciencia frente a temas tan aristados como la generosidad del amor, el sacrificio, la culpa, el perdón, el sexo, la vanidad y la posibilidad de superar el destino. Ese destino de la tragedia griega que subyace en esta novela donde el pasado se proyecta, se desvela y resuelve, en un excelente y sorpresivo final que demuestra, como se dice en un pasaje de la narración, que los buenos cuadros reflejan la mirada de sus autores. Esos cuadros, al igual que esta novela, son los que tienen vida.