MÉXICO DIVINO

Diario de un viaje de 3.000 km en autobús.

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

El 29 de Noviembre de 2006 viajé a México. Recorrí cerca de tres mil kilómetros en autobuses de todas las clases. No hice fotos. Sólo conservo el recuerdo y la libertad del viaje con apuntes y algunos dibujos. Desde que cogí el primer autobús de Guadalajara hasta Guanajuato tuve la sensación de que ninguna de las personas que había querido estaba muerta. A medida que pasaban los días esa sensación se fue haciendo cada vez más real. De pronto, me despertaba de un sobresalto en medio de la noche con la urgencia de llamar por teléfono a mis padres que no habían muerto.

Hacía seis meses que la hermosa ciudad de Oaxaca estaba tomada por la policía federal. Yo tenía previsto ir a Oaxaca. Luego bajaría hasta Chiapas y finalmente descansaría en algún lugar de la costa. Una tarde que estaba en la solitaria playa de Chacana, mirando el horizonte y pensando en el pasado, se sentó a mi lado un hombre de mediana edad que se llamaba Pedro y me dijo: “El océano Pacífico no tiene memoria”.

Siempre me han atraído los volcanes y México era un volcán, Oaxaca era un volcán en erupción, igual que el Popocatépelt. Ahora me viene a la memoria aquella mañana que salí de Cuernavaca en dirección a Puebla y sólo subirme en el autobús oí en la radio que el volcán soltaba un humo amarillo y que estaba en Fase Dos. Al cabo de un par de horas, me hallaba bajo el volcán. Aquel lugar era una novela. Un lugar del mundo en el que se daban la mano infierno y paraíso. México es violento y pacífico. Viajé solo y nunca he estado tan acompañado por los recuerdos, las voces del pasado, la compañía de los muertos. Los mexicanos me ampararon, me invitaron a tequila y mezcal en las barras de las cantinas de Cuernavaca, de San Cristóbal de las Casas, de San Juan Chamula. De Oaxaca, donde los cascos y las máscaras antigás se amontonaban delante de las tiendas de campaña de los soldados.

Las palabras de José Clemente Orozco que leí en el hospicio de Guadalajara me sirvieron de consuelo: “No importan las equivocaciones. Lo que vale es el valor de pensar en voz alta, es decir las cosas tal como se sienten en el momento en que se dicen. Ser lo suficientemente temerario para proclamar lo que uno cree que es la verdad sin importarle las consecuencias”. México no permite el silencio. Al subir a cualquiera de los autobuses que me trasladaron de una ciudad a otra, el compañero de asiento apenas esperaba a que se pusiera el motor en marcha para iniciar la conversación.

Viajé solo. Necesitaba estar a solas con el paisaje y convertirme en el hombre invisible que pasa inadvertido entre la gente. Un fantasma que va tras las huella de otros fantasmas. Estuve con Malcolm Lowry en Cuernavaca. Me emborraché de tequila en una cantina con modelos desnudas en las paredes y sin ninguna mujer en el local. Entonces ya había descubierto que no hace falta morir para estar absolutamente solo. Morir. La muerte estuvo siempre presente durante el viaje. Pensé que me iba a morir de frío en la tartana que me llevó desde Puerto Escondido hasta México D.F. Más de quince horas en el asiento de aquel viejo autobús con agujeros en el cristal de la ventanilla y a cinco grados bajo cero. Pasé horas pellizcándome por todo el cuerpo y abrazándome con la fuerza que nunca había empleado con nadie. El autobús iba casi vacío. Los pasajeros llevaban chaquetones, bufandas y gorros de lana; yo era un guiri en camiseta. Amaneció y seguía vivo. Vi riadas de fieles que iban con estandartes y figuras de la patrona de México. Ese día se celebraba la festividad de la Virgen de Guadalupe. Le pedí que me salvara la vida, que no me dejara morir de hipotermia, que volvería a creer en Ella y a rezarla si sobrevivía. Esa noche se produjeron varias muertes en D.F.

Estoy en Málaga pero sigo con Pedro que en este momento me acompaña al embarcadero de Chacana. Acabo de dejar la cabaña donde he pasado una semana frente al Pacífico. Nunca olvidaré las cenas bajo la luz de la única bombilla que se divisaba en la extensa playa. Ahora Pedro me acompaña a través del frondoso camino que circunda la laguna. De pronto, grita: “¡Me pasé! Íbamos platicando y se me fue el lugar”. Una mariposa de alas amarillas vuela a nuestro lado. Al fin llegamos al embarcadero. Unas niñas nos dicen que la barca acaba de irse y que tardará en volver. Pedro me mira sonriente y me pregunta: “¿Usted cree en los milagros?”. Le respondo que sí. “Usted me recuerda a una persona que yo admiro mucho. Una persona muy buena. Una maravillosa persona. La persona más importante de mi vida. Y usted es igualito a él”. En ese instante, la mariposa revolotea sobre nuestras cabezas. “¿Ve esta mariposa? Pues espero que Dios le acompañe en su viaje como ella nos ha ido acompañando en el camino”.