CLÁSICO

PAUL BOWLES, EL VIAJERO PERDIDO

La palabra anillo provoca por sí sola la idea de encantamiento.

LUIS ANTONIO DE VILLENA

Cuando buena memoria de la primera vez que conocí a Paul Bowles, en los vetustos apartamentos Itesa de Tánger, en el verano de 1990. Yo frecuentaba mucho por entonces la ciudad, pero no me atreví a buscar a Bowles hasta que el gran tangerino Emilio Sanz de Soto, que lo conocía desde los años 40, y que sobre todo había sido íntimo de la desdichada y genial mujer de Paul, Jane Bowles, no me dio una cartita para él. Para ver a Bowles era necesario convencer a algunos de sus amigos y guardianes marroquíes que eran los que tutelaban su puerta. No había otro remedio que convencer a Mohamed Mrabet, el simpático narrador oral (Amor por un puñado de pelos) al que Bowles ayudó y tradujo. Ya entonces –volví, al menos, tres veces más a aquel apartamento– recuerdo, casi junto a la puerta, un montón de viejas maletas –algunas con sellos de antiguos hoteles o quizá trasatlánticos– arrumbadas y cubiertas de polvo… No, Paul Bowles, antaño gran viajero, ya no viajaba y nunca volvería a hacerlo, sino fue dos o tres años después para asistir en Madrid (en el teatro María Guerrero) a un homenaje, incluyendo un breve concierto de su música. Aquella primera vez, Bowles me confirmó que por supuesto él ya no viajaba. No sólo porque era viejo y estaba frágil de salud (me dijo) sino porque en el mundo actual el concepto de “viaje” ya no existía. Ahora la gente –añadió– se desplaza sin cesar de un lado a otro, de una manera vulgar y espantosa, pero lo que se dice “viajar”, no lo hacen. Sencillamente no se puede. Por eso se habrá fijado en las viejas maletas de la entrada, están ahí, qué sé yo, acaso como la imagen de un imposible…

Paul Bowles fue siempre un hombre tentado por la lejanía, que puede confundirse con el exotismo, aunque no necesariamente coincidan. Empezó siendo músico (buen músico, discípulo de Virgil Thomson) pero como sus relaciones familiares no eran las deseadas en 1930 decidió comprar un billete de barco y largarse al París de la “Generación perdida”, aunque sus tiempos de mayor esplendor estuvieran terminando. Fue Gertrude Stein la que le aconsejó –viéndolo inquieto, imaginamos– viajar y visitar Tánger, adonde Bowles fue por vez primera en 1932 con Djuna Barnes. Hasta después de la 2ª Guerra Mundial, Paul Bowles fue sobre todo ese músico que no terminaba de encontrarse –pese a amigos como Cole Porter– y un poeta o prosista de textos breves que publicaba en revistas anglosajonas de París, como la célebre y vanguardista “transtion” (sic). Sí, de cuando en cuando regresaba a Nueva York, donde conoció a Jane. Ellos fueron (como decía Norman Mailer) la pareja que puso de moda la literatura “del rollo”, es decir, de esas insinuaciones perversas y sentidos oscuros, la literatura de un existencialismo exótico.

Después de haber vivido buena parte de los años 40 en México (sobre todo en Taxco) y en Guatemala; en 1948, los Bowles llegaron a aquel libérrimo Tánger golfo e internacional que sería su casa para siempre, y a cuya mitificación tanto contribuirían. Eran personas abismáticas (Jane murió en un psiquiátrico de Málaga en 1973) pero eso no les impedía gozar de las sensaciones de vértigo, riesgo y lejanía que llenan toda su literatura. Todavía en 1957, pasarían casi un año en una semidesierta isla cercana a Ceilán, Taprobane, donde Paul alquiló una casa sin agua ni aire acondicionado.

Rodeado de amigos especiales, desde Truman Capote a Tennessee Williams hasta la plana mayor de los “beat” (que fueron a Tánger porque lo consideraban el genitor de su escritura), la literatura de Bowles, que pasó por el éxito y un cierto olvido, hasta su eclosión final, es siempre la historia de seres desesperados que hallan en el viaje a lo diferente el correlato a su desasosiego. Así desde su primera novela de 1949, El cielo protector hasta el último relato largo, Muy lejos de casa, de 1992. Claro que Bowles –que recorrió el Sahara y todo el interior de Marruecos –recogiendo música del folklore local– también dejó testimonios de estos viajes más directos en libros de artículos como Cabezas verdes, manos azules (1963) perfecta expresión de la extrañeza positiva… Paul Bowles –delgado, fino, con vahos transgresores– amó el viaje interior y el exterior. Casi veinte años ante del fin de sus días, creyó que la globalización y el turismo de masa habían asesinado al viaje y al viajero. En su libro de poemas reunidos, Próximo a la nada (editado por Visor) hay un bello verso que resume bien a ese hombre raro, moderno e inquietante: “Cuando existía la vida, dije que la vida estaba equivocada”. Por ello viajar. Por ello dejar de hacerlo.