TROTAMUNDOS OLVIDADAS

En la época victoriana las exploradoras inglesas fueron tachadas de "feas, inmorales y masculinas"

CRISTINA MORATÓ

 

El primer libro de viajes de las lenguas hispanas lo escribió una religiosa gallega en el siglo lV. La intrépida abadesa, de nombre Egeria, a mediados del año 381 partió desde Constantinopla hacia Jerusalén dispuesta a venerar los Santos Lugares. Durante tres largos años recorrió sola Egipto, Alejandría, el Sinaí y todos los lugares bíblicos que encontró a su alcance. Durante su temeraria aventura, Egeria escribió “a sus compañeras de Hispania” una serie de cartas donde describe, con un estilo directo y espontáneo, todo cuanto veían sus asombrados ojos. En 1844 las cartas de Egeria –conocidas como Peregrinación o Itinerario– salieron a la luz y los lectores descubrieron con sorpresa que éste relato, con gran cantidad de detalles y valiosas descripciones, lo había escrito una mujer. El viaje de Egeria es un libro extraordinario por su antigüedad y un recorrido por los lugares más simbólicos de Tierra Santa vistos con los ojos de una mujer de mediana edad, audaz, y llena de curiosidad. Un texto sencillo donde la autora narra su épica travesía sin mencionar los peligros ni las incomodidades a las que tuvo que enfrentarse. Ni siquiera le da importancia al hecho de que posiblemente no regrese con vida de su viaje.

Al igual que la noble Egeria, desde los tiempos más remotos un buen número de mujeres se aventuraron a explorar el mundo aunque la historia –escrita por los hombres– haya olvidado sus increíbles hazañas. Peregrinas, conquistadoras, misioneras, aristócratas inglesas, esposas de exploradores y diplomáticos, se lanzaron allí donde los mapas estaban en blanco contribuyendo con sus viajes a un mayor conocimiento geográfico del mundo. Sin embargo, sus nombres nunca aparecen en los libros dedicados a los grandes hitos de la exploración; ni un monumento ni una triste placa las recuerda en sus lugares de nacimiento o en los escenarios donde llevaron a cabo sus hazañas. Parece que la exploración del ancho mundo, la búsqueda de lo desconocido, fue empresa exclusiva de los hombres. Por fortuna, la otra parte de la historia, la protagonizada por valientes féminas, va saliendo a la luz y nos demuestra que el “demonio” de la curiosidad no sabe de sexos. Aquellas primeras trotamundos no fueron tan “locas” ni “excéntricas” como nos hicieron creer los hombres de ciencia de su tiempo más empeñados en ridiculizarlas que en reconocer sus méritos.

Fue en pleno siglo XlX cuando irrumpieron las más grandes viajeras –en su mayoría británicas– en una época en la que se creía firmemente que una mujer no estaba preparada ni física ni mentalmente para viajar y que el contacto con los nativos “salvajes” corrompía la pureza de sus almas. En la Inglaterra victoriana a las intrépidas trotamundos que viajaban solas se las tachaba, sin distinción, de “feas, inmorales y masculinas”. Mujeres como Ida Pfeiffer, Mary Kingsley o Isabella Bird demostraron a los escépticos que la exploración también era cosa de mujeres, aunque en su caso fueran tranquilas amas de casa, viudas o puritanas solteronas. Solas y sin escolta, estas valientes damas realizaron los primeros estudios de campo entre tribus desconocidas, levantaron mapas y capturaron especímenes para los más importantes museos de historia del mundo. En sus travesías se enfrentaron con grandes dosis de humor –y a golpe de sombrilla– a fieras salvajes, caníbales hambrientos y un clima especialmente mortífero para el hombre blanco.

Mucho se ha escrito sobre los fantásticos viajes de Marco Polo o acerca de los motines, naufragios y todo tipo de dificultades a las que tuvo que enfrentarse Fernando de Magallanes en su periplo por el sur del continente americano. Las estanterías de las librerías están repletas de gruesos volúmenes que rescatan las increíbles hazañas de aquellos barbudos exploradores británicos vestidos de safari y salacot, que fusil en mano contribuyeron a descifrar los últimos misterios del interior de África. En sus diarios y libros de viaje, hombres de la talla de David Livingstone o Richard Burton se olvidaron de mencionar que en sus fatigosas expediciones a través del continente africano no iban solos y en ocasiones era su propia esposa quien les cubría con su rifle las espaldas. Sólo Samuel Baker, todo un caballero inglés, reconoció públicamente que sin la ayuda de su abnegada y joven esposa Florence, que le acompañó en la búsqueda de las fuentes del Nilo, nunca hubiera llegado a las orillas del lago Alberto.

Lord Curzon, presidente de la Royal Geographical Society de Londres, proclamó en 1913 acerca de las mujeres exploradoras: “Su sexo y su formación las hacen ineptas para la exploración, y ese tipo de trotamundos femeninos al que América recientemente nos ha acostumbrado es uno de los mayores horrores de este fin del siglo XlX”. La insigne y machista institución fue fundada en el año 1831, pero tuvieron que pasar más de cincuenta años hasta que una mujer pudiera ser uno de sus miembros. La primera en conseguir tal honor fue Isabella Bird en 1892, un año en el que la sociedad se mostró generosa hacia las exploradoras y quince mujeres pasaron a engrosar sus filas. Pero la oposición femenina fue tan feroz que volvieron a cerrar sus puertas hasta 1913, cuando se admitió a regañadientes, a otras incansables trotamundos que en el anonimato llevaban años recorriendo el planeta.

Las viajeras de antaño no contaron con el apoyo ni la financiación de las grandes sociedades geográficas de su tiempo, y quizás, debido a ello, algunas se convirtieron en magníficas escritoras. Aquellas pioneras, algunas vestidas con sus corsés, enaguas y la bañera de caucho a cuestas, podían viajar con absoluta libertad y sin límite de tiempo: sabían cuando abandonaban el hogar pero no la fecha de regreso porque no tenían que dar cuentas a nadie. Podían disfrutar a fondo de su viaje, convivir con las gentes, profundizar en sus culturas y deleitarse con un mundo nuevo para ellas. Los viajes de las grandes damas de la exploración como Mary Kingsley, Isabella Bird, May Sheldom y Osa Johnson –por citar algunas– no eran competiciones deportivas en busca de los últimos misterios del África negra, sino viajes de conocimiento; lo importante no era llegar al destino y contarlo al mundo, sino hacer el camino y aprender de la experiencia. El viaje como escuela de vida.

Autoras como Isabelle Eberhardt, enamorada del Sahara argelino, Freya Stark, profunda conocedora de Oriente Próximo, la africanista Mary Kingsley o la gran dama del Tíbet, Alexandra David-Néel, tienen en común esa sencillez –y a la vez profundidad– de la que hacia gala Egeria allá por el siglo lV. Sus libros son relatos amenos, de gran calidad literaria, que describen los peligros a los que deben enfrentarse con humildad y gran sentido del humor, sin darse demasiada importancia, sin sacar pecho por la hazaña conquistada. Merece la pena sumergirse en la lectura de las obras de estas grandes escritoras de viajes cuyos nombres deberían figurar en toda biblioteca viajera que se precie junto a los clásicos del género. Y descubrir a través de sus páginas una mirada distinta y reveladora, como en su día lo fue para mí.

(*) Autora de Viajeras intrépidas y aventureras y Las reinas de África.