JULIO VERNE, LECCIONES DEL ABISMO
"Leer es soñar, pero sin renunciar al cálculo, a la reflexión e incluso al proyecto"
FERNANDO SAVATER
El carácter iniciático de las novelas aventuras que tienen un viaje por argumento es ampliamente reconocido incluso por los críticos más reacios a la mitologización de la narrativa. Bien mirado, el ochenta por ciento de las aventuras revisten la forma de un viaje, desglosable siempre con suma facilidad en pasos hacia la iniciación. El viaje es siempre visto como algo significativo por la sabiduría épica: para el narrar, nunca se peregrina impunemente.
Leer a Verne es como subir en globo sin lastre, como cabalgar en un cometa, como dejarse arrastrar al abismo por una insondable catarata: y todo ello, dentro del más estricto y hasta prosaico sentido común. Es soñar, desde luego, pero sin renunciar por ello al cálculo, a la reflexión e incluso al proyecto; es aliarse con el delirio y poner el mito a nuestro servicio, para llegar al realismo más pleno e irrefutable, para aposentarnos irrevocablemente en la estricta cotidianidad que nos rodea asumida como imaginación realizada. La primera de las dos novelas de Verne que elijo para ilustrar el viaje hacia abajo es Viaje al centro de la Tierra, una de las más portentosas e imborrables del ciclo. Todo Verne está en ella: el escenario insólito, la empresa prodigiosa, el adolescente tímido y renuente, pero emprendedor, el adulto enérgico que lleva a cabo la iniciación, las fuerzas indomables de lo oculto, la significación implícitamente metafísica del riesgo y del descubrimiento. El profesor Lidenbrock decide dar lecciones de abismo a su sobrino Axel: su proyecto es nada menos que hacerle bajar hasta el centro mismo de la Tierra. Axel no quiere contestar a este llamado; puesto que su principal argumento es que todo lo que le interesa en el mundo está en su superficie. Lidenbrock, sin embargo, le convence de que llegar al centro es lo que mejor le permitirá posesionarse de los placeres de la superficie. Axel tardará en admitir esto: tardará exactamente toda la novela. El centro, después de todo, marca sólo la mirad del viaje: lo cierto es que se ha bajado para subir, esta vez con sentido profundo, a la superficie. Pocos relatos son tan redondamente elogiosos del forcejeo y la perseverancia. Bajar, queda bien claro, es, ante todo, cuestión de empeño. Axel debe conocer todas las pruebas que el esfuerzo afronta: el hambre y la sed, la soledad en las tinieblas, el pánico a lo desconocido. En la crónica de otras hazañas resplandece ante todo la pericia o el valor de los héroes; en ésta, destaca su terquedad.
El mismo Verne nos propone otra versión del viaje hacia abajo esencialmente distinta de la que acabamos de comentar. Veinte mil leguas de viaje submarino promete, desde su mismo título, un periplo completo por este nuevo territorio. Ahora ya no se baja para luego subir, como en el caso anterior, sino para instalarse definitivamente en pleno corazón de lo diferente. La profundidad marina es literalmente para desterrados. Los que la eligen, mueren a todos los efectos implicados en su vida anterior. La tripulación de ese buque errante y fantasma, el Nautilus, está formada exclusivamente por muertos. Su capitán ha perdido su anterior nombre y rango para llamarse Nadie, como Ulises, pero un Ulises que no realiza esta renuncia a su nombradía, como subterfugio para mejor recuperarla después, sino que por este desnombramiento quiere proclamar su definitivo abandono de la ilusión de Ítaca. Descender en el mar significa decantarse por la absoluta libertad. Como iniciación, Veinte mil leguas de viaje submarino está aún más frustrada que el Viaje al centro de la Tierra; Axel sufre al menos cierta transformación, entusiasmándose gradualmente por la empresa que su tío y él han acometido, pero los tres prisioneros de Nemo no modifican en nada su relación con él o consigo mismos en ningún aspecto fundamental. En sus mejores momentos, se portan como turistas y en el resto como presos ávidos de evasión.
Es sorprendente lo poco exótico que es Verne, sobre todo teniendo en cuenta que en su época casi todos los autores de viajes lo eran forzosamente. Aunque describa el lugar más remoto y las costumbres menos usuales, se las arregla para darle a la cosa un aire de familiaridad y sencillez, casi de sentido común. Los viajes imposibles de Verne son infinitamente menos folclóricos que los auténticos de un Pierre Loti, por ejemplo; y no digamos que los paisajes en que ambienta sus novelas Salgari. Es preciso recordar que Verne tenía que dar a sus viajes un tono educativo por sus obligaciones con su editor, el gracias a él inmortal Hetsel. Pero en lugar de respetar fielmente el planteamiento enciclopédico que se le proponía, Julio Verne dio a su saga el título de Viajes extraordinarios. No compuso tratados ni crónicas de descubrimientos, sino diarios de a bordo de audaces exploradores.
[Del libro Misterio, emoción y riesgo, Ariel, 2009.]



