LAS RAÍCES DE LO HUMANO
"Los escritores anglosajones de los siglos XIX y XX supieron trascender en gran literatura su aventura personal".
JAVIER REVERTE*
Abundan los libros en los que el viaje y la literatura se funden en forma magistral, o mejor dicho: con el propósito de lograr un resultado ejemplarizador a través de la acción, de la humanización de sus personajes y del estilo literario. Porque la literatura cumple a menudo una función ejemplarizadora, o al menos tal fue la pretensión de una buena parte del los textos clásicos desde el inicio la gran aventura intelectual de los griegos, allá por el siglo VIII antes de Cristo, hasta la antesala misma del presente.
Creo que está de más señalar a Don Quijote y La Odisea como principales exponentes de esa fusión entre viaje y obra de cariz imaginario que trata de ofrecernos a los hombres un retrato de nuestra peripecia existencial y de nuestra deriva moral. Y si se quiere, incluso se puede ampliar el maridaje para convertirlo en una especie de “ménage a trois”: viaje, literatura y aventura. Es probable que no existan muchas más palabras de carácter tan hermoso en nuestros diccionarios como las tres anotadas. Y Homero y Cervantes las conjugaron mejor que nadie. Ambos trataron, además, de convertir a sus personajes en una suerte de figuras ejemplares de la peripecia humana.
Hay un aspecto todavía más singular en esta peripecia literatura y viaje. Y es aquel en que se añade la vida aventurera del autor. De Homero no sabemos siquiera si existió como un ser singular o si es le resultado de los trabajos colectivos de la Biblioteca de Alejandría cuando organizó el Cánon de la Antigüedad. De Cervantes sabemos que, no siendo un aventurero de vocación, llevó a su pesar una vida aventurera. Y que una buena parte de su obra está marcada por esa existencia llena de sobresaltos y no pocos padecimientos, como sus años de cautiverio en Argel. Pero son, sobre todo, los escritores americanos de los siglos XIX y XX quienes supieron trascender en gran literatura su aventura personal. Una aventura marcada, en buena medida, por el signo del viaje.
Sin duda el más grande todos fue Herman Melville, cuya monumental novela Moby Dick poco apreciada en su tiempo por la crítica, trascendió de tal forma la peripecia de su protagonista, el marinero Ismael, que llegó a ser considerada, en los años posteriores, una narración casi de corte metafísico.
Hubo otro gran escritor americano, aunque quizás no tan grande como Melville, que interpretó como muy pocos esa fusión de vida y obra a lomos de la aventura: su nombre era Jack London. Sus novelas, salvo La llamada de lo salvaje, no alcanzaron en mi opinión una gran categoría literaria. Pero algunas de sus narraciones breves, en especial los de los territorios del Yukón canadineses durante los días del “Gold Rush” (la carrera del oro) del Klondike, se encuentran entre los mejores cuentos que han visto la luz durante el siglo XX. El californiano London, que vivó sus primeros años en una extrema pobreza, tomó un barco en el verano de 1897 en el puerto de San Francisco para ir, como otras decenas de miles de personas, en busca del oro descubierto unos meses antes en el rio canadiense Klondike, afluente del Yukón, situado a pocos kilómetros de la frontera con Alaska. London consiguió, antes de que llegaran las nieves, franquear en condiciones muy duras los pasos de montaña que llevaban a las fuentes del Yukón. Y desde allí, se embarcó junto con tres compañeros en un bote fabricado por ellos para navegar una buena parte del gran río, tratando de alcanzar a ciudad de Dawson, en la confluencia con su tributario el Klondike, antes de la llegada del invierno. No lo logró y quedó atrapado por el hielo durante varios meses en las orillas de otro tributario del Yukón, el río Stewart, unos ciento cincuenta kilómetros antes de llegar a Dawson. En su cabaña, visitada con frecuencia por tramperos, mineros, comerciantes e indios, London hizo uno de los intercambios más fructíferos de la literatura: él les narraba historias leídas en los textos de los clásicos y ellos le contaban las historias de sus vidas y aventuras, el material que constituiría la médula de sus posteriores ficciones. Cuando London alcanzó Dawson City, las concesiones mineras más ricas tenían ya dueño y, un año después de su partida, el futuro escritor regresaba a California atravesando el Mar de Bering con sólo cuatro dólares en el bolsillo. Pero sus relatos del Yukón le convirtieron en unos pocos años en el narrador más leído de su tiempo y en un hombre muy rico. London creó una escuela de vida y literatura que tuvo posteriores lumbreras en las letras norteamericanas, como fue el caso más llamativo de Ernest Hemingway, que encontró en los viajes, las guerras, los toros, la pesca y la caza el escenario de sus aventuras reales y de ficción.
Hay otro gran escritor, inglés en este caso, que recuperó a comienzos del siglo pasado el viejo aliento clásico de intentar trasladar la peripecia aventurera a una suerte de paradigma del alma humana para presentarse ante nosotros con un texto memorable. Me refiero a Joseph Conrad y a su Heart of Darkness, traducido erróneamente –como me indicó con justeza en su día Mario Muchnik– como El Corazón de las tinieblas, cuando su título exacto en castellano sería Corazón de Tinieblas. Conrad quiso dar a ese título exento de artículos la ambigüedad necesaria para hacernos notar que el entorno de la selva oscura y tenebrosa era espejo del espíritu humano sometido por las incertidumbres a las que le arrastra su lado más oscuro. Hay en el libro un viaje por un río, hay un personaje misterioso y temible que lo protagoniza, el agente Kurtz, y hay una aventura en el turbio argumento de esta novela inquietante, implacable e impecable, una de las joyas de la literatura del siglo XX, nacida justamente en sus albores, en el año 1901.
Pero a diferencia de las otras obras citadas antes, Conrad no quiere mostrar en su viaje literario la fe del protagonista, Ulíses, en el regreso a sus orígenes, a su casa, y su transformación y su humanización en el camino de vuelta desde la guerra. Ni tampoco trata de dibujarnos la virtud de la moral irreductible frente a la vulgaridad del mundo, como en el caso del Quijote. Ni sigue los pasos de redención del Ismael de Melville ni se preocupa del tono fatalista de historias como las de London. El camino de Conrad es un camino inverso: es un camino de perversión. Y en esa viaje hacia el mal, hacia “el horror”, traza sobre el escenario de la selva impenetrable el retrato del alma humana encaminada hacia los ignorados abismos de su degeneración moral. Viajamos desde un mundo civilizado y ético a un universo carente de moral y abocado al salvajismo más inhumano. Eso es Corazón de Tinieblas.
Conrad no conoció los campos de extermino nazis, ni el Goulag, ni los horrores de Bosnia o de Ruanda, ni el “napalm” de Vietnam, por poner algunos ejemplos. Pero aventuró algunas hipótesis del horror del futuro en su viaje por un río africano al que no nombra en el libro y que era el Congo. Por algo Francis Ford Coppola eligió el argumento para su devastador Apocalypse Now.
En todo caso, tanto él como London o Hemingway, como Melville y quizás el propio Homero, son escritores irrepetibles. Nunca sabremos qué podrían contarnos de un mundo como éste.
(*) Autor de Vagabundo en África y El corazón de Ulises.



