RELATOS DE VIAJE EN LA LITERATURA GRIEGA

"La epopeya odiseica evoca el mundo arriesgado y prodigioso de Mediterráneo"

CARLOS GARCÍA GUAL*

Tenía el griego clásico varios vocablos para nombrar el mar: thálassa, hals, y pontos. Pontos, que suele designar “el alta mar”, viene de una raíz indoeuropea que significaba “camino” (latín pons, inglés path, antiguo indio pantah , ant. eslavo ponty). Y, en efecto, el mar fue para los griegos, gentes de islas y costas, camino de aventuras, el sendero innumerable y tentador hacia un horizonte pródigo en promesas y misterios. La Odisea de Homero, el segundo gran poema épico, tiene en las aventuras marinas de Ulises su escenario más fabuloso, sus episodios más memorables, su encanto más firme. Compuesto a poca distancia de La Ilíada, a finales del siglo VIII a.C., el relato odiseico evoca el mundo arriesgado y prodigioso del Mediterráneo, que algunos audaces navíos helénicos comenzaban por entonces a recorrer y a explorar. Con sus islas y sus gentes diversas, sus magas, sus ogros, sus lotófagos, sus tesoros y sus trampas mortales, esa epopeya aventurera –que no se centraba ya en antiguas proezas guerreras, sino que narraba viajes y encuentros muy diversos, con un protagonista que, después de sus múltiples naufragios, gracias a su astucia, lograba volver a su patria con un final feliz–, envolvía con su encanto a sus oyentes, tanto como la narración de Ulises en el palacio de Alcínoo logró seducir al hospitalario rey de los feacios.

La Odisea es el primer gran relato de viajes de nuestra literatura; es ya una narración construida con una destreza poética singular, con una notable sofisticación. Alberga tres mundos distintos: el de Ítaca , con el que se abre y cierra el relato; el de la guerra de Troya , recordada en el viaje de Telémaco por Néstor, Menelao y Helena, y el de esas aventuras marinas que el mismo Odiseo cuenta, en el banquete ofrecido por los feacios. Esas fantásticas aventuras son la sección más famosa del poema y quedan en el centro de la narración. (Recordemos que ocupan los cantos VIII a XII; los cuatro primeros cantos constituyen la llamada “Telemaquia” y los doce últimos tratan del regreso y la venganza de Ulises, ya en Ítaca desde el XIII). Ahí están los Cícones, los Lotófagos, los Lestrígones, Eolo, Polifemo, Circe, las Sirenas, el tenebroso Hades, Escila y Caribdis, y la tentadora Calipso, evocados por Ulises. Gran narrador, no sólo de estos lances, sino también de falsas autobiografías de urgencia. A las aventuras fantásticas les conviene ser contadas, en primera persona, por su protagonista. (Odiseo es un modelo para Eneas, Luciano, Simbad, Dante, Cyrano, Gulliver, etc.) Del itinerario marino de Ulises, intrigante y fabuloso, se ha especulado mucho, pero sin fundamento.

Sí podemos, en cambio, dibujar sobre un mapa la ruta complicada y aventurera de otro gran viaje mítico: el de los Argonautas, capitaneados por el héroe Jasón, que fue a la Cólquide en pos del Vellocino de Oro, y volvió de allí, con Medea, cruzando el Mar Negro y los largos ríos de Europa y buen techo del Mediterráneo. Argo es la primera nave con nombre propio, una nave aureolada de prestigio, cargada de remeros heroicos. Ese viaje lo cuenta Apolonio de Rodas, ya en el siglo III a.C., en su Argonáutica. Sobre un esquema mítico arquetípico (el héroe que va en busca del tesoro que guarda un feroz dragón en una tierra remota, y vuelve con su botín y la princesa) el refinado poeta helenístico añadió detalles geográficos y, sobre todo, un fuerte ingrediente erótico: el amor apasionado de Medea. Con ello la épica adquirió un aire sentimental y moderno, que retomará su mejor lector: Virgilio, en el episodio de Dido y Eneas, en su Eneida.

Junto a Ulises y Jasón (y otros viajeros míticos, como Dioniso y Heracles) sólo podemos recordar un viajero que, surgido en la historia real, devino luego protagonista mítico de otro prodigioso viaje: a Oriente, no por mar, sino por tierras exóticas de Asia. Es Alejandro, el monarca macedonio que conquistó todo el inmenso imperio persa, y llegó desde el Nilo hasta el Indo en una gesta histórica digna de la mejor celebración épica. Como se sabe, no tuvo Alejandro un Homero que diera resonancia poética a sus fulgurantes hazañas, sino que sus campañas y triunfos nos llegan en las prosas frías de algunos historiadores tardíos .Y, además, en un texto extraño, novelesco y fantasioso, de extraordinaria difusión popular: Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia. Compuesto casi cinco siglos después de la muerte de Alejandro –casi a igual distancia como está Apolonio de Homero–, este asombroso relato mezcla historia y mito. El gran conquistador resurge como el explorador del Oriente, el buscador de la inmortalidad, que asciende al cielo en un carro tirado por grifos y baja al fondo del mar en una bola de cristal, y se enfrenta a los monstruos de las selvas asiáticas y escucha a los árboles parlantes del Sol y la Luna, y muere fatídicamente en la ciudad de Babilonia.

Este texto tardío (siglo III d.C.) no es, formalmente, una epopeya heroica , como son La Odisea y La Argonáutica. Está escrito en una prosa pedestre y su protagonista no es, desde luego, un héroe del acervo mítico, sino un ser histórico; pero, sin embargo, da expresión a un mismo anhelo épico de ensalzar al protagonista de magníficas aventuras, que viaja lejos y muere joven y de modo trágico y misterioso en su trono imperial.

Junto a estos tres relatos épicos (en un sentido amplio), podemos recordar algunos de carácter histórico protagonizados por inolvidables viajeros reales. Citaré sólo dos, de época clásica y de dos ejemplares prosistas: la Historia de Heródoto y la Anábasis de Jenofonte. Si bien el gran pionero de los historiadores griegos no quiso hablarnos de sus andanzas, sino de las hechos memorables que había visto y oído en esos viajes (Asia Menor, Fenicia y Babilonia, Egipto y Norte de África, Sicilia y sur de Italia, Tracia y Escitia), bien merece la admiración que le dedicó R. Kapuszinski como el prototipo del viajero solitario y sagaz en países lejanos (en su libro Viajes con Heródoto). Jenofonte es más bien un ágil reportero que un historiador en su testimonio sobre La retirada de los Diez Mil (a diferencia de su narración histórica Helénicas), y el aspecto novelesco y la precisa visión de la larga marcha audaz de los mercenarios perdidos en la geografía de Anatolia hacen de sus apuntes un reportaje de guerra veraz e inolvidable.

Hemos perdido otros relatos de viajes fantásticos, como el que escribió Yambulo de su estancia en la isla paradisíaca del Sol (acaso Ceilán), en pleno océano Índico, con sus rasgos utópicos, y el de Maravillas de Tule de un tal Antonio Diógenes, que narraba un viaje novelesco por heladas tierras árticas e incluía una estancia en la Luna. (Los conocemos por sendos resúmenes de Diodoro y de Focio). Algo nos compensa la parodia cómica que sobre tal género de narraciones escribió Luciano en sus Relatos Verídicos o Verdadera Historia hacia fines del siglo II. En los dos librillos de esta disparatada novela –que influyó en T. Moro, Cyrano, Rabelais, Swift, Voltaire, etc.– encontramos los motivos más tópicos del género: el viaje a la Luna y a las estrellas, con profusión de seres extraterrestres de muy estrambóticos aspectos, las peripecias en el oscuro interior de la gran ballena, el periplo por islas maravillosas (la del Queso, la de las Lámparas, la de los Sueños) y la visita al País de los Bienaventurados (donde el viajero charla con los muertos más ilustres, como el viejo Homero), y encuentros con sinistras brujas. Casi mil años después de Homero Luciano anticipa la “ciencia ficción”; con fastuosa ficción y nada de máquinas. También en las novelas griegas de la época abundan los viajes exóticos. La literatura griega cierra así su ejemplar inventario.

(*) Catedrático de Filología Griega y traductor de la Odisea, el Viaje de los Argonautas, y los Relatos Verídicos de Luciano (en Alianza Ed.) y la Vida y hazañas de Alejandro (Ed. Gredos), y tratado de los viajes novelescos griegos en Primeras novelas (Gredos 2008).