FIRMA INVITADA
EL ANILLO MÁGICO
La palabra anillo provoca por sí sola la idea de encantamiento.
CLARA SÁNCHEZ
Uno de los detalles de mi novela Presentimientos por el que más se me suele preguntar es ese anillo al que Julia (la protagonista) en su vida soñada le atribuye poderes y protección. El anillo es de su madre, y cuando su madre se lo coloca a Julia en el dedo recordando lo mucho que le gustaba de niña, Julia lo incorpora al sueño como un talismán sin el cual se encuentra perdida. Mientras escribía sobre esta bella durmiente del siglo XXI, que lucha por encontrar su antigua vida, el anillo apareció de repente y se hizo sitio en la historia de forma bastante natural. Fue algo intuitivo, que seguramente tenía su secreta explicación, pero que como todo lo intuitivo es mejor atraparlo al vuelo que analizarlo. Así que ahora que el anillo está encerrado en las páginas y en los sueños de Julia, puedo darle vueltas al asunto y recordar la fascinación que yo sentía de pequeña por un anillo que mi propia madre se ponía siempre que salía de casa. Era de oro y tenía una amatista morada bastante grande, y no me parecía un adorno ni siquiera una joya, me parecía que era algo que tenían las madres por ser madres, como el Papa también tenía anillo por ser Papa. A esto se unía el hecho de que estaba convencida de que mi madre sabía todo lo que yo hacia, estuviera o no ella delante, estuviera yo en el colegio o en casa de una amiga. Mi madre lo sabía todo y tenía un anillo.
Puede que guardara todas estas sensaciones comprimidas en un milímetro de la cabeza cuando el anillo se coló en la novela. Porque un anillo sólo puede desprender auténtica magia en la infancia o en una página. La magia cuando llega viene envuelta en inocencia o en palabras, fuera de esto no existe. Por eso los anillos de verdad pueden parecer más o menos bonitos, más o menos valiosos, pero son los de las leyendas, los intangibles, los que encierran el poder de nuestros deseos. Como el anillo del rey Salomón, del que se dice que tenía la facultad de dotar al que lo poseía de capacidad para comprender el lenguaje de las aves, de los peces y de todo el reino animal, y que parece ser que se guarda en el Arca de la Alianza. Uno no tiene más remedio que imaginárselo como un anillo bastante impresionante, aunque lo realmente grande es que a través de algo tan simple se exprese la incapacidad humana de comunicarnos con el resto de seres vivos, entre los que se encontrarían nuestros semejantes.
Los poderosos siempre han llevado un anillo en el dedo, desde los faraones egipcios a los jefes de la iglesia, pasando por los emperadores romanos. El dios de la mitología nórdica Odin para acceder a la sabiduría que lo caracteriza tuvo primero que conseguir un anillo. Por eso no es de extrañar que la palabra anillo o sortija provoque por sí sola la idea de encantamiento. Y también de sabiduría, como le ocurre a ese rey que desea que le diseñen un anillo que le pueda ayudar en los momentos difíciles de la vida. Los orfebres y sabios de la corte no sabían cómo hacerlo, hasta que un súbdito muy anciano le pidió al Rey que le permitiera guardar en el anillo un mensaje de tan solo tres palabras, que le iluminarían en los momentos trágicos, pero que no debía olvidarse de leer también en las situaciones más alegres y felices. Y así se hizo. Cuando su reino fue atacado y tuvo que huir se acordó del anillo y leyó: “Esto también pasará”. Estas palabras le llenaron de tanta nueva energía y esperanza que fue capaz de fundar un nuevo reino. Su satisfacción no tenía límite, hasta que un día se cruzó con el anciano, que le recordó que leyera dentro del anillo. Y lo que el anillo le dijo fue: “Esto también pasará”.



