MARUJA TORRES

"Vivir en la realidad y soñar con cambiarla es una espléndida forma de amor"

GUILLERMO BUSUTIL

Maruja Torres (Barcelona 1943) es una de las periodistas españolas más reconocidas desde que inició su carrera, dedicándose a la crítica cinematográfica, la crónica social y el articulismo, además de ser corresponsal de guerra en el Líbano, Panamá, El Salvador y Guatemala. En 1986 comenzó su actividad literaria con libros como Un calor tan cercano, Hombres de Lluvia, Mientras vivimos (Premio Planeta 2000) y ahora Esperadme en el cielo, Premio Nadal 2009.

La agudeza, el humor corrosivo, el enredo y la ternura son algunas de las características que definen el estilo de esta última novela en la que Maruja Torres se encuentra en el cielo con Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán. Los dos amigos con los que emprederá un viaje por la geografía sentimental de los tres: Barcelona, Alejandría, Beirut y la Feria del Libro de Madrid. Los escenarios en los que recordarán su infancia y las aficiones compartidas, mientras Terenci Moix y Vázquez Montalbán le descubren los motivos para que regrese a la vida y se aventure a seguir siendo una mujer en guerra.


La novela es una histira sobre la nostalgia de la amistad. ¿Escribirla le ha servido para encontrar en su memoria sentimental la fuerza para aventurarse a vivir, como le dice Terenci al principio?

La primera gestión de la novela, su confusa aparición en mi inconsciente, inició ese proceso. Yo quería vivir de nuevo con mis amigos, combatir la melancolía y la necesidad de su compañía. Yo misma me asombraba ed lo que surgía del intyerior de nuestra amistad en forma de libro. Iba de un café a otro de Beirut con el ordenador y allí los camareros, que me conocen, se entusiasmaban con la forma de mi teclear. Fue una terapia, una reflexión sobre la realidad, en la que lloraba y reía al mismo tiempo. Yo los sentía en mi piel, en mi sangre y lo mejor de todo es que, al contrario de otros personajes de mis libros que se despiden de mi en sueños cuando ya la novela no me pertenece, ellos todavía no lo han hecho.


Terenci y Vázquez Montalbán le reciben como los protagonistas de Una mujer para dos de Lubitsch. El director al que también le rinde homenaje con los enredos y comicidad que usted utiliza en la trama.

¡Lubitsch! Qué gran talento. El es el hada padrino de nuestro encuentro en ese cielo de ficción. Su sostificación e ironía, su talento tan liberal, su dominio de la comedia hacían reir a la gente. Quise que ese famoso toque Lubitsch fuese el tono de la novela y también está el cine de René Clair, de Mankiewicz. Qué suerte tuvimos de ser educados por aquel cine. Esto hace que la novela sea también una novela generacional.


El cine fue la ventana de los sueños de los niños de la postguerra, pero también imagino que una pasión enriquecida por Terenci.

Yo iba al cine con mi madre al menos una vez por semana, porque teníamos parientes acomodadores que nos dejaban colarnos en las salas de barrio. Lo que Terenci aportó fue su inteligente reflexión. El día que nos conocimos vimos juntos Noches blancas, de Visconti. Veíamos las de Bergman y Antonioni y comprobábamos, no sin sorpresa, ¡que las entendíamos! En aquel tiempo el cine, con sus filmotecas, sus cines-clubs, eran una forma de cultura y creiamos que gracias a la cultura podíamos ser más libres e incluso famosos.


También está la literatura, con referencias a Manuel Puig, al Cuarteto de Alejandría de Durrel, la Feria del Libro…¿El cine y la literatura curan, además de enseñar?

Manuel Puig es un escritor injustamente olvidado. Yo lo admiré siempre por su la sencillez con la que convertía un gran drama en una comedia. Sí, el cine y la literatura acompañan en las penas y en las alegrías, que ya es suficiente. Pero, además, hay películas y libros especiales, que uno descubre por casualidad cuando está pasando por algo sobre lo cual en esas obras se reflexiona. Y entonces ayudan a comprender. Eso no hace desaparecer el dolor, pero lo doma, que es de lo que se trata.


Usted define el Raval de la postguerra como una mezcla de trabajo, compasión y fraternidad.Unos conceptos aplicables a los barrios obreros de entonces. ¿Cree que se han perdido esos lazos de supervivencia y relación?
Creo que las personas, en las dificultades, sacamos lo mejor y lo peor de nosotros. Lo he visto en las guerras, y lo ví en mi barrio. Pero quizá ahora ya no sabemos verlo. A eso me ha enseñado Beirut, entre otras cosas. A volver a mirar. A mirar a los otros, a mirar a los ojos de los otros, a aprender de nuevo el color de sus almas.


El Raval fue el cordón umbilical de su amistad. ¿Es también una Itaca a la que volver?

No materialmente, sino en la intimidad del corazón. Sería cínico decir que no prefiero mi piso del Eixample, cómodo y con calefacción. Pero piense que en el apartamento que tengo alquilado en Beirut, de un nivel medio, me cortan la luz tres horas al día, se acaba el agua al menos una vez al mes y que en invierno duermo con jersey debajo del pijama, con calcetines y con gorro. Esas dificultades que otros sufren en plan todavía peor me han vuelto más humana y, desde luego, mucho más feliz. Porque vivir en la realidad y soñar con cambiarla es una espléndida forma de amor.


En medio de la historia también aborda las diferentes maneras de vivir el sexo en la madurez entre hombres y mujeres.

Bueno, ya que estaba. Es lo mismo: planteamiento de problema (teníamos que mantener una charla íntima), y ¿dónde mejor hacerlo que en un burdel de la mítica Alejandría literaria? De eso a dejar claro lo que pienso respecto a la injusticia biológica de la sexualidad femenina (porque el deseo sobrevive a la juventud y a la belleza, y porque no nos engañamos pagando la compañía de jovenzuelos y creyéndola amor), no había más que un paso. Pero reconozca que lo hago con humor.


Una de las enseñanzas que deja su novela es que lo más importante es la ternura y que nunca se debe dejar pasar la ocasión de decir a los amigos el cariño que se les tiene. ¿Cree que nos hemos vuelto más fríos, más materialistas o individualistas?

Sin lugar a dudas. No me gusta Europa. Cuando pongo el pie en el aeropuerto de Frankfurt para el cambio de avión, camino de Barcelona, ya siento frío en el alma. Cuando regreso, en ese mismo aeropuerto, ya en la sala de la puerta de embarque a Beirut, recupero la calidez de las pequeñas ternuras, de los niños correteando, de las mujeres cansadas y amistosas, de la amabilidad de los extraños. Ese Oriente que tanto tememos está lleno de humanidad, quizá porque la mayoría de sus gentes tienen existencias precarias… Pero no, es más. Allí existen también los lujos excesivos y las riquezas insoportables. Pero incluso en un restaurante caro encuentras a alguien que de repente te mira y simplemente sonríe, como si te dijera: gracias por estar con nosotros.


Usted terminó la novela en Beirut. Una ciudad que conoce bien, que ha cambiado y en la que reside actualmente. ¿Considera que Beirut es un buen reflejo del mundo actual?

Es una metáfora y una realidad. El Líbano entero lo es. Un ex ministro le dijo una vez a Kissinger que no desdeñara al Líbano por su pequeño tamaño. Le dijo que es como esa parte de la base del cuello que tenemos las personas, en la nuca: hay que tratarlo con delicadeza, porque como le des una patada, no sólo se derrumba el Líbano, sino que se convulsiona la región entera. Beirut, en sí misma, es la suma de todas las ciudades que la guerra ha destruido. El visitante que ahora viene queda fascinado ante su capacidad de reconstrucción. Pero hay días en que se ven las cicatrices. Yo las veo siempre, por eso la quiero tanto.