ÁLVARO POMBO

"Mis libros son analíticas del mal"

IGNACIO F. GARMENDÍA

A estas alturas, la trayectoria de Álvaro Pombo (Santander, 1939) no necesita de repasos apresurados. Los críticos han destacado siempre la originalidad y la fuerza de su escritura, así como la intensidad lírica de su prosa y el alcance filosófico de sus propuestas narrativas. Pero Pombo es también poeta, y eso se aprecia en todos sus libros. A punto de cumplir los setenta, el autor santanderino vuelve a la actualidad literaria con dos nuevas entregas, Virginia o el interior del mundo, la primera novela que publica tras la concesión del premio Planeta, y su quinto libro de poemas, Los enunciados protocolarios, publicado por la Fundación José Manuel Lara. Ambos comparten la materia amorosa y los escenarios de su ciudad natal, pero es la historia triste de Virginia, un personaje de los que dejan huella, la que centra esta conversación. El autor nos recibe en su casa madrileña de Martín de los Heros, atestada de libros y papeles. Repasa el correo, sirve unas copas de Oporto, cita a Eliot o a Cernuda, celebra su descubrimiento de los mensajes de móvil o se levanta para echar más leña a la chimenea. Dentro de unos años, dice mientras enciende otro cigarrillo, se comentará que Álvaro Pombo acabó con todos los bosques de Madrid.


Tantos años después, ¿cómo es su relación con la ciudad de su infancia?

Viví en Santander hasta el quinto curso de Bachillerato. Luego me llevaron interno al colegio de los jesuitas de Valladolid, porque mis padres tenían una finca entre Valladolid y Palencia. Son mis dos paisajes, el mar, desde luego, y también el paisaje castellano, tan distinto.


Tiene fama de ser, además de muy bonita, muy conservadora, muy cerrada en sí misma.

En el fondo es una ciudad muy provinciana, adonde hay que ir, porque está como a trasmano. Lo más característico de Santander, geográficamente hablando, es su aislamiento. Es como una isla. Pero a la gente de allí nos parece el sitio más bonito del mundo.


Un refugio, un lugar adonde retirarse.

Soy una persona introvertida, aunque sociable en apariencia. Cuando voy a la casa de mis primas, en verano, me siento en el jardín y apenas me muevo de allí. Me limito a contemplar la luz, el color de la bahía. Es un espectáculo incesante.


Su novela recrea los felices veinte, la edad de la pérgola y el tennis.

Santander vivió sus años dorados coincidiendo con los veraneos de la familia real. Todo ese ambiente cortesano es el que detesta mi personaje, Virginia Montes, una señorita de la alta burguesía que se enamora del hijo de la cocinera.


Y se hablaba de aquellos años en su familia, se había transmitido esa memoria oral.

Yo he conservado una memoria indirecta de ese esplendor. Recuerdo los relatos de mis tías, de mi madre, que se habían puesto de largo en el Palacio de la Magdalena. Lo que reproduzco es ese mundo del que oí hablar pero ya no existe.


¿Qué relación tiene esta novela con lo que usted ha llamado poética del Bien?

Es una expresión que dije cuando escribí El metro de platino iridiado, pero mis libros, en realidad, son analíticas del mal, de todos los coeficientes de adversidad que pueden impedirnos a los seres humanos ser felices. Me considero un moralista.


Virginia se empeña en un amor de juventud, no sabe o no quiere superar la muerte de su amado. Es un amor doblemente imposible.

En efecto, lo fue por la diferencia de clase y más tarde por la paradoja que supone guardar ausencias a un difunto. Son cosas que normalmente se olvidan, pero no olvida.


Alguna vez ha dicho que no le gustaban los héroes románticos, pero Virginia es una heroína de inequívoca estirpe romántica.

Absolutamente romántica, en algún momento llegué a temer que su historia, su amor absurdo por un fantasma, resultara inverosímil. Pero yo, sin ir más lejos, he sido absolutamente fiel a la memoria de mis amores juveniles.


Hay referencias expresas a Jane Austin en la novela, que tiene un fondo melodramático.

Es una tragedia absoluta. no puede ser feliz, lo que le ofrecen es una integración en la vida santanderina que ella rechaza. Ella no quiere integrarse, y hace mal, porque vive apegada a un amor ideal que no puede corresponderle.


El personaje de la matriarca es impresionante, un verdadero ejemplar fin de raza.

Doña Everilda es una superviviente de la primera generación que vino de Palencia, de Frómista, sitios duros. Eran, como los Pombo, comerciantes de harinas, muy poderosos, pero hubo que repartir mucho. La segunda generación mantuvo el patrimonio, la tercera lo gastaba. Ella ve con desagrado esta decadencia, el final de la fase de la energía.


La describe como una excéntrica, dotada de una “imaginación piratesca”.

Mi simpatía por esas mujeres excepcionales viene de una conciencia de haber sido siempre marginal, por mi manera de ser o mi orientación sexual. De ahí mi identificación con personas que al final han acabado estando al margen.


El primo de Virginia, tan mundano, tiene una relación muy estrecha con ella.

El personaje de Gabriel Montes es un trasunto de mi tío Gabriel, que fundó el Ateneo y la Filarmónica de Santander. Era un señorito, un dandy, y lo que hoy llamaríamos un promotor cultural.


Parece que la familia Montes está muy claramente inspirada en la suya.

En parte sí. Esta novela podría haber sido otra novela, al modo de las sagas familiares, pero he preferido no relatar al detalle toda la historia de la familia, que está entrecontada.


Pero hay un retrato de la sociedad al completo, los profesionales ascendentes, las clases populares.

Es un retrato impresionista, a partir de un marco histórico muy concreto. Hay pinceladas sobre las relaciones sociales y sobre las familiares. Pero el protagonista es Virginia, que acaba renunciando a ambas. Acaba renunciando a todo lo que se esperaba de ella.


Describe muy bien el ambiente de los círculos eugenistas, los discípulos del doctor Madrazo entre los que se cuenta Anselmo, el pretendiente de Virginia.

La ginecología en ese momento era muy importante. Había que mejorar la raza. Había que enseñar los hábitos de la higiene, como parte de todo un proyecto de renovación del país.


Y frente a ellos el casticismo de Pereda, la escuela de Menéndez Pelayo.

Pereda fue muy influyente, en los pintores por ejemplo. Pero estos jóvenes se proponían, y en parte consiguieron, la completa regeneración de España.


Hay también una reivindicación del “destino ético” de la mujer, en el marco del socialismo utópico.

Pero Virginia abraza el socialismo por amor, por odio al Rey y a los generales que organizaron la estúpida guerra de África en la que murió su novio adolescente.


“No hay que pensar tanto”. El narrador hace una apología implícita de la acción.

Virginia es tan intensamente consciente de su vida que acaba por vivir encerrada en sí misma. Yo comparto esa tendencia al ensimismamiento, esa imposibilidad a veces de conectar con la realidad.


“La gracia está fuera”, dice Virginia.

La gracia es ese chaval de diecisiete años que te besa en el portal a escondidas. Los griegos lo llamaban theós, lo divino, lo que te hace vivir. Yo creo que una vez que las personas que amamos desaparecen o dejan de quererte, el mundo pierde su brillo.


La segunda parte de la novela introduce el elemento oscuro.

En efecto, la irrupción de los Bárcena cambia el discurso de virginia. El matrimonio se va apoderando poco a poco de ella, hasta recluirla en una minúscula corte de espaldas a todo.


Porque Virginia acaba recurriendo al esoterismo.

Todo ese mundo, la comunicación con los espíritus, está en el aire de la época. Ella, que es en el fondo muy vulnerable, se deja engatusar por unos embaucadores que por otra parte creen en lo que hacen, o hasta cierto punto.


La escena de la sesión espiritista señala el momento cumbre.

Pero no hay moraleja. Es como cuando escuchamos un cuarteto de Brahms, hay una total ausencia de significado.

“tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido”, dice Eliot. Pues bien, no hay tal sentido.


Cita una expresión de Rilke, “en ningún lugar habrá mundo más que dentro”, que recoge el título de la novela.

Si entramos en el interior del mundo, podremos comunicarnos con lo que está más allá de nosotros. Es la idea de que sólo nos separa una barrera muy frágil que puede cruzarse.


¿Y qué hay de la barrera con la propia muerte?

Cuando uno no puede con las cosas, el suicidio es una opción válida

 

LA MÚSICA ANTE TODO

Preguntado por el lugar que ocupa la poesía en el conjunto de su obra, Pombo responde que su importancia no se limita a los libros de versos, sino que se extiende, como por lo demás resulta evidente, a toda su producción literaria. Se aprecia por ejemplo en sus novelas, escritas en un lenguaje muy cuidado que persigue la palabra justa y concede gran valor al ritmo de la prosa, lo que se percibe con toda claridad si, como acostumbra hacer el autor, uno lee los pasajes en voz alta. Pero Pombo dice sentir como una necesidad, como la expresión de su voz subjetiva, la escritura de poemas, que gusta de recitar marcando mucho los acentos, como los aedos de la Antigüedad. Menos divulgada que su obra narrativa, la poesía de Álvaro Pombo es fundamental a la hora de entender las raíces de su mundo literario.

Los enunciados protocolarios es su quinto libro de poemas, publicado cinco años después del volumen recopilatorio Protocolos (1973-2003) donde reunía sus cuatro entregas anteriores. Dotado de una profunda unidad, el libro puede leerse como una profesión de fe en el amor, un emocionado recuento que pasa revista a los triunfos y las derrotas, alternando el recuerdo estremecido de los días de plenitud con la melancolía de las pérdidas sucesivas, evocados por un sujeto poético más propenso a la celebración que a la nostalgia. Bajo su apariencia libérrima, los versos de Pombo, que no utilizan puntuación, siguen un riguroso patrón musical que recuerda el ritmo de la prosodia clásica, aplicado a la recreación de un universo lírico cuajado de asociaciones insólitas e imágenes sorprendentes, combinación única que da como resultado una poesía brillante, apasionada, rompedora y heterodoxa. Una voz personalísima que se cuenta entre las más originales de la poesía española contemporánea.