LECTURAS NARRATIVA

EL PEZ VOLADOR

Hipólito G. Navarro, Ana María Matute, Luis Mateo Díez, Eduardo Halfon, Lolita Bosch, Miguel Ruiz Montañez, Cristina Cerrada, Milena Agus.

JOSÉ MARÍA MERINO

El pez volador
Hipólito G. Navarro
Páginas de Espuma
Precio: 14 €
Páginas: 184

Entre la diversidad y abundancia de los narradores y narradoras nacidos en la década de los sesenta, la obra de Hipólito G. Navarro destaca por su voz original y por su evidente talento para construir relatos interesantes, con una forma peculiar que no pierde nunca las exigencias narrativas del cuento literario.

Bajo el título Los últimos percances, Navarro había reunido en 2005 (Ed. Seix Barral) 67 relatos escritos entre los años 1981 y 2004. El libro que nos ocupa es una antología que recoge una tercera parte de aquellos, con la peculiaridad de agruparlos conforme a determinados criterios estéticos, de hacerlos preceder de una introducción analítica del escritor y de su obra y de acompañarlos de una entrevista con el autor donde éste nos ofrece claves de su vida y obra. Es responsable de la edición y de la entrevista Javier Sáez de Ibarra, que en el estudio previo señala ciertos elementos fundamentales en la escritura de Navarro: la benéfica influencia de algunos autores, un barroquismo formal que confluye con el recurrente surrealismo y una interesante mixtura de lo poético y de lo humorístico.

En la conversación entre el antólogo y el autor, este indica algunas de las claves de su obra: su simpatía por las vanguardias del primer tercio del siglo XX y su gusto por las “sorpresas argumentales… y también técnicas y de construcción”. En este sentido, el lector nunca queda defraudado, pues aunque persiste el gusto de Navarro por el juego con el lenguaje –chispeante mezcla de la lengua vulgar con una inagotable capacidad metafórica– el propósito de narrar certeramente una historia no se traiciona. En la primera parte –“Inmersiones”– las tramas, donde tienen mucho papel las protagonizadas por adolescentes, con sus conflictos y aprendizajes, presentan un desarrollo que pudiéramos considerar más canónico, y todas están rematadas por una sorpresa que no procede de lo mecánico, sino del propio sentido del cuento, de su filosofía medular, casi siempre marcada por el desfase inevitable entre el mundo de la realidad y el de los deseos o los sueños. El último cuento de esta parte, “¿El tren para Irún, por favor”? es un brillante ejercicio desarrollado solamente a través de párrafos interrogativos, donde las numerosas derivaciones del discurso no abandonan el cauce dramático principal. Tal cuento puede advertir al lector de lo que le espera en la parte siguiente, “Saltos”, con cuentos caracterizados por ese virtuosismo que me atrevo a calificar de laberíntico, en el que la gracia verbal apoya y fortalece sin cesar el sustrato narrativo. “A buen entendedor” es un ejemplo de ello, con una aparente descomposición que no es caprichosa, sino un camino fragmentario que conduce al orden y al cumplimiento del relato, como sucede con la rebelión unamuniana del personaje en “Ni a trescientos metros de las acacias”. En la tercera parte, “Vuelo”, los cuentos –que cronológicamente pertenecen a diferentes momentos de la vida y la producción de Navarro– parten acaso de una mayor perspectiva experimentalista, desde el misterioso desdoblamiento de “Base por altura partido por dos” hasta el regocijante y plenamente surrealista “Sucedáneo, pez volador”.Con este libro, ejemplo de la buena salud del cuento entre nosotros, la editorial Páginas de Espuma inicia una nueva colección –“Vivir del cuento”– y demuestra, una vez más, su decidido apoyo al género.

 

PRIMERA MADUREZ

PEDRO M.DOMENE

Paraíso inhabitado
Ana María Matute
Destino
Precio: 21 €
Páginas: 350

Quienes hablan de una devaluación de la literatura o de lo literario en una sociedad cibernética como la presente, deberían sumergirse en la lectura de una obra tan llena de emociones, y tan repleta de vivencias, como Paraíso inhabitado (2008). La novela que, tras ocho años de silencio, nos ha devuelto a una Ana María Matute (Barcelona, 1925) pletórica, porque, entre otros muchos aciertos, la narradora se reafirma en algunas claves de su obra anterior: una intensa inspiración en la experiencia y los recuerdos de la niñez, o el no menos trágico choque de un alucinante torbellino existencial que llevará a Adri, la protagonista, de una adolescencia de paraísos imaginados a una primera madurez, sin esa capacidad de ensoñación que fuera su alma apasionada y sensitiva.

El proceso al que nos invita Ana María Matute es a esa disposición suya para construir desde su visión de niña, frente a una realidad hostil, una existencia propia, mezclando el mundo de la verdad y el de la fantasía, aunque como  es habitual en la barcelonesa, en su doble mirada confluye un enjuiciamiento del mundo de los adultos, de los Gigantes, y los continuos descubrimientos del ámbito infantil, como realidades tangentes pero separadas por el paso del tiempo. Precisamente, el relato acaba cuando la niña protagonista pasa a formar parte de ese otro mundo y su maduración, tan dolorosa como frustrante, le implica descubrir ese «paraíso inhabitado» desde una última posibilidad: la hipotética visión mágica que le otorga una ventana, desde la soledad misma de su habitación.

Adri ha ido construyendo a lo largo de su historia, un refugio secreto e ilusorio, una isla imaginaria, solo suya, un paraíso mágico e irreal hecho de recuerdos, pero también de ensueños e ilusiones desde donde escapar de la implacable dureza de la vida real y del miedo que le produce el ambiente asfixiante de su alrededor. Una vez más, la narradora proyecta algunos episodios de una experiencia autobiográfica, sobre la que novela reminiscencias personales que aparecen de forma persistente y reiterada en algunas de sus heroínas: Soledad, Sol o Matia, forman parte de ese gran retablo femenino que recordamos de sus entregas anteriores, En esta tierra (1953), o Primera memoria (1959), trágicas vivencias de una niñez o de una adolescencia, que provocan en sus protagonistas una precoz rebeldía como le ocurre a Adri con respecto a las monjas intransigentes, en su colegio de Saint Maur, y así sobrevive a las circunstancias personales y familiares que la rodean. En realidad, un personaje como esta niña se siente prisionera de la impotencia que le produce su condición de indefensa, incapaz de obrar por sí misma, sometida a la voluntad de una madre, dura de corazón, que no la comprende y a quien desobedece una y otra vez. Protegida por Tata María o Isabel, las criadas cómplices de la casa, callarán sus transgresiones, su primer chupito, sus escondites o sus juegos secretos con el amigo ruso Gavrila, aunque siempre se sentirá obligada a someterse a la voluntad de los demás, sin posibilidad de escapar de esa existencia absurda con que perpetuar su actitud, el caprichoso espacio de los juegos infantiles.

Una vez más, Ana María Matute, apuesta por el mundo arbitrariode la edad infantil, esa época irresponsable e indefensa, inocente y cruel, como si la vida, nuestra existencia, sólo fuese una monótona repetición de cuanto vivimos en ese tiempo o, tal vez, una prolongación de esa inmensa culpa. Pero el melodramatismo infundido por la narradora se suaviza con algunos elementos que forman parte de la verdad de nuestras vidas y solo la sinceridad con que la narradora cuenta sus emociones sostiene la anécdota de la conducta de la niña y, por extensión, de ella misma.

 

FÁBULAS DEL SENTIMIENTO

 TOMÁS VAL

Los frutos de la niebla
Luis Mateo Díez
Alfaguara
Precio: 18€
Páginas: 248

Un telón de bruma cae para cerrar esta serie de novelas cortas agrupadas en los volúmenes El diablo meridiano, El eco de las bodas, El fulgor de la pobreza, y Los frutos de la niebla, que Luis Mateo Díez ha denominado “fábulas del sentimiento”. Como en anteriores ocasiones, la lectura de estos relatos nos hace descubrir a personajes agazapados en la obra mayor del novelista, que perfectamente pudieron transitar por sus territorios y cuyas peripecias se mantuvieron en el discreto plano de la espera de un género que les hiciera merecida justicia. El autor lo encontró certeramente y se empleó en unas narraciones con la intensidad del cuento y la extensión de la novela corta. Diríase que Díez utiliza estas piezas como laboratorio formal por la variedad de estructuras literarias y la voluntad de experimentación lingüística que encontramos en el conjunto. Pero lo cierto es que estas “fábulas del sentimiento” responden más bien a una necesidad intelectual de profundizar en el terreno de las emociones más angustiosas del hombre, de lo más doloroso e inconfesable, de lo que nunca se pudo contar o explicar. Pone pues, al servicio de estos seres mudos desde la angustia, su prosa más desgarrada, más expresionista, más densa, conceptual y certera.

Los frutos de la niebla nos relatan tres historias de extravíos, de desasosiegos y desamparos que, contados a través de la metáfora de la enfermedad, la edad o la soledad, nos conducen por el desesperado vagabundeo de la zozobra existencial, de la dolorosa y esforzada pesadilla del vivir. Desaparecido está ese generoso sentido del humor que, a través de la parodia, tan buenos ratos nos brindó el autor en La fuente de la edad o Camino de perdición. Muy al contrario, las piezas aquí contenidas se estilizan formal y argumentalmente hacia una tragedia sin escapatoria que no es otra que la del vivir.

La primera narración, que da título al libro, utiliza de soslayo la técnica del género policiaco para construir una intriga de perseguidor perseguido en un ambiente espeso que recrea circuitos provinciales sombríos, ya familiares para el autor: desde el bar de la estación de autobuses, a través de callejuelas, lúgubres pensiones hasta el cine de sesión continua del barrio de Ordial donde el protagonista indefectiblemente se convertirá en un cazador cazado. Tal vez la fábula más compleja de las tres, contiene hallazgos muy notables: ese tiempo narrativo circular y asfixiante, las metáforas de la enfermedad, la fiebre, la niebla, la oscuridad del cine, que producen una tremenda perturbación; y su  prosa, que arranca con la sintaxis de la novela negra más clásica, para complicarse en expresividad hasta un retorcimiento que dispara su potencial expresivo.

Príncipes del olvido, sobre el basamento de un cuento tradicional de reinos encantados, recrea la historia de un encuentro fortuito de tres soledades: tres adolescentes cuyo funesto final es anunciado desde las primeras páginas, pero no relatado en desenlace alguno. La adolescencia como metáfora del sufrimiento, del aislamiento y de la muerte de la infancia, sirve de hilo conductor en esas tres rutas desnortadas de Imma, Eliseo y Martín, que se cruzan en un punto azaroso. La escoba de la bruja, pieza que cierra la trilogía, nos traslada al mundo de los romances de ciego, de los pliegos de cordel, con el relato truculento de la venganza desapasionada de Abisinia Brunido, víctima múltiple y, a su vez, múltiple verdugo.

Los frutos de la niebla, van de la tradición a la modernidad, de lo legendario a la vanguardia, como, por supuesto, corresponde a todo clásico.

 

TALLER DE ESCRITURA

JAVIER GOÑI

El boxeador polaco
Eduardo Halfon
Pre-Textos
Precio: 13 €
Páginas: 112

De Eduardo Halfon, nacido en 1971 en la ciudad de Guatemala, sólo conozco dos libros, ambos de relatos, si se pueden llamar así, o historias reales, a la manera de las de Javier Cercas. Uno es El ángel literario (Anagrama, 2004), un muy hermoso edredón norteamericano –la imagen es de Halfon–, un mejunje fragmentario de retazos sueltos donde se mezclan de forma muy literaria escritores del pasado –Hemingway, Nabokov, Ezra Pound– con otros próximos al guatemalteco letraherido como Monterroso, Vvila-Matas, Piglia, y otros. Aquel libro fue finalista del Herralde de novela. Así que uno, al menos, este lector, no podía estar más predispuesto para leer, con gusto, esta colección de ¿relatos?, ¿historias reales? –lo que sean–, que Pre-Ttextos acaba de editar, El boxeador polaco, un libro que, al escribirlo, se lo ha birlado a Andrés Trapiello.

En El ángel literario narra su encuentro en casa de éste y cómo Trapiello se interesó por los ancestros de Halfon, guatemalteco de abuelo judío libanés y de abuelo judío polaco, superviviente éste de un campo de concentración y con cinco dígitos tatuados en su antebrazo, 69752. Halfon, de niño, pensó que era el número de teléfono de su abuelo. Y el abuelo, como todos los supervivientes, tenía una historia, la del boxeador. Y se la contó, a Trapiello, y éste: o la escribes tú o la escribo yo. Y como era lógico Halfon la ha escrito: es una de las historias, la que da título al libro; media docena en total, todas ellas con Eduardo o el señor Halfon a pie de campo, asistiendo en medio de ellas, sin molestar, a la propia narración interna de cada relato. Él dirigiendo un taller de escritura con varios alumnos a los que les fuerza a entender –y a entrar– a Poe, a Maupassant o Chéjov (los grandes, vamos), mientras que con la vida huidiza de un alumno le está brotando un hermoso cuento (éste ya de Halfon).  Él asistiendo a un muy divertido congreso, al modo norteamericano, sobre Mark Ttwain, con un muy interesante viejecillo que apenas interviene y que acaso sea –me falta comprobarlo en Google– el máximo especialista en Twain, o no. Él rechazando culminar un encuentro en un bar guatemalteco con una bellísima israelí de paisano –es militar en su tierra prometida–. Él…, etc. Y en todas, o casi, estas historias reales aparecen como extraviadas migas de pan destinadas a Pulgarcito mínimas alusiones al abuelo polaco o, incluso, al boxeador, aquel que le dio –en el relato correspondiente– un consejo a su abuelo, con el que se salvó. En fin, de ese estrecho brazo de tierra que une como puede la literatura poderosísima del norte y del sur americanos surge este excelente escritor guatemalteco, letraherido manifiestamente, y que uno se atreve a recomendar en estos tiempos de crisis en plan 2x1. Lean El boxeador, busquen El ángel. Y ya me dirán.

 

ESTIRPE DE LA MEMORIA

 G. BUSUTIL

La familia de mi padre
Lolita Bosch
Mondadori
Precio: 19,90 €
Páginas: 252

Yo no nací en un lugar sino en una historia”. Con esta frase, que contiene el espíritu de su última novela, Lolita Bosch inicia la reconstrucción del árbol genealógico de su padre, descendiente de sangre y de nombre del alcalde que impulsó la fachada marítima de Barcelona, para llenar el vacío de su muerte y reconciliarse con Barcelona. La ciudad sobre la que su padre, al igual que el progenitor protagonista de la película Big Fish de Ttim Burton, fabuló un universo de historias con las que educó la mirada sentimental de la autora. Por este motivo, el libro es un homenaje a Rómulo Bosch García y al resto de los Rómulos de una familia de la alta burguesía que contribuyó al desarrollo de Barcelona. En este viaje por el universo femenino de las abuelas, por los estrechos vínculos con el padre, por los secretos de los antepasados desvelados por el personaje de la Tata, por las diferentes ciudades que conforman el mapa sentimental de la autora y de sus abuelos y por acontecimientos actuales sucedidos durante la escritura del libro, Lolita Bosch se va enfrentando a la búsqueda emocional de su memoria y también a la búsqueda de una escritura que defina el proceso creativo de esta novela. El reto emocional lo resuelve conjugando ficciones y documentos, como fotografías y dibujos, que le permiten una buena novelización de su familia, y el otro lo acomete con una brillante cadencia narrativa caracterizada por constantes reiteraciones, referencias a su mitología cinematográfica y por el aliento poético de una prosa que también juega con la fórmula del diario. Al final, Lolita Bosch escribe “he abrazado a los muertos, he escrito a los vivos” y con esa frase cierra el álbum familiar, cicatriza la memoria en la que el padre dejó la orfandad de una herida.

 

INTRIGAS VATICANAS

ALEJANDRO LUQUE

El papa mago
Miguel Ruiz Montañez
Martínez Roca
Precio: 21,50 €
Páginas: 576

Los Papas y sus intrigas vaticanas vienen revelándose desde hace mucho como materia narrativa de primera calidad, tanto para esa novela llamada histórica como para la de misterio o aventuras, pues casi siempre concurren a estas ficciones como metáfora de poder y ambición. Desde los Borgia novelados por las hermanas Martignoni o Joan F. de Mira al singular Papa Luna de Maeso de la Torre, sin olvidar a la controvertida Papisa Juana que fabuló Roídis, la lista donde elegir es interminable.

A ella viene a añadirse este Papa Mago de Ruiz Montañez, autor malagueño que debutó con cierto éxito como novelista con La tumba de Colón. En su nueva entrega, el escritor toma como motivo principal la figura del llamado Papa del Año Mil, de nombre Gerberto de Aurillac, conocido para la Historia como Silvestre II. Un personaje rodeado de supercherías milenaristas, sospechoso de practicar la nigromancia, pero que alcanzó al parecer notables conocimientos matemáticos.

No obstante, y como sucedía en La tumba de Colón, Ruiz Montañez opta por ubicar la trama en el tiempo presente, articulándola a través de personajes novelescos, casi al filo de la inverosimilitud, como un conde obsesionado con los misterios del Papa Mago, su infiel esposa, la inteligente hija de ambos o un muchacho militante de Greenpeace azarosamente convertido en detective. Con estos mimbres va trenzándose una intriga eficaz, aunque sostenida por diálogos de escasa musculatura y salpicada por algún imperdonable desliz (“sabiduría islamista” por “islámica”, p.86). En cualquier caso, si no estamos obligados a reconocer la excelencia del estilo, sí le debemos al autor la gratitud por la evasión y el puro entretenimiento, pues las 570 páginas de la obra, más que leerse, se beben de un sorbo.

 

LAS GRIETAS DEL PASADO

EVA DÍAZ PÉREZ

La mujer calva
Cristina Cerrada
XIV Premio Lengua de Trapo de Novela Lengua de Trapo
Precio: 18,20 €
Páginas: 192

La mujer calva parece una historia sencilla, una de esas novelitas tan repetidas cuyo aliento se sustenta en hacer un retrato psicológico de los mundos cotidianos, en describir el interior de personajes sin amor, desengañados y solitarios. Cuando este tipo de historias de costumbrismo contemporáneo caen en manos de autores vagos, sin recursos y con escasa ambición literaria dan como resultado productos banales, libros en los que al llegar a la última página tenemos la sensación de haber perdido el tiempo. Y no son pocos. De hecho, no es breve la lista de escritores –por cierto demasiado sobrevalorados en los escaparates mediáticos– que han explotado hasta la saciedad historias de este tipo.

Sin embargo, la última novela de Cristina Cerrada (Madrid, 1970) podría situarse en otro apartado, el de autores que indagando en una realidad aparentemente simple consiguen crear una profundidad de campo que muestra las infinitas armas de la literatura. Porque es literatura la forma en la que Cerrada va contando la historia de Lailja, una mujer divorciada que, a causa de la enfermedad de su madre, decide traerla a su casa y vivir con ella. Hay dos aspectos muy interesantes de La mujer calva (XIV Premio Lengua de Trapo) y que ya se perciben en sus relatos y novelas anteriores –Noctámbulos, Compañía, Calor de Hogar, S.A. y Alianzas duraderas– con lo que se confirma que la autora ha conseguido crear un estilo y un mundo propio. Por un lado, la prosa de Cerrada se detiene con detalle en los objetos, en las cosas aparentemente intrascendentes que rodean a los personajes. Pero no se trata de una técnica de descripción preciosista o de aburrida y pesada enumeración de cosas. La autora quiere contar también la historia de esos objetos porque esconden claves que sirven para interpretar la subjetividad de los personajes. Es como esa obsesión que W.G. Sebald tenía por contar las historias que se quedan pegadas a las cosas, esas historias secretas que nadie relatará nunca. Cristina Cerrada las cuenta y con ello crea una dimensión simbólica en una novela que más que relatar sugiere. La estrategia narrativa es que podemos saber más de los personajes narrando lo que de ellos quedó impregnado en los objetos. Por otro lado, si por algo merece la pena esta novela, es por disfrutar con la cuidada dosificación de información con la que Cerrada va relatando la tragedia interior de Lailja, una mujer que ha intentado olvidar pero a causa del reencuentro con su madre verá cómo se abren las grietas del pasado para traerlo de nuevo a escena. Son magníficos algunos pasajes en los que las acciones del presente se mezclan sin interrupción con los recuerdos del pasado, como si de la herida del ayer siguiera brotando sangre y pus. En este sentido, con esta técnica de sabia dosificación de información, la novela consigue entrar en el terreno de la intriga e incluso del suspense porque nos obsesiona saber qué ocurrió en la infancia y adolescencia de la protagonista. Da la sensación de que con La mujer calva Cristina Cerrada ha pintado un lienzo narrativo, ya que las claves de la historia van apareciendo con sutiles pinceladas, casi inadvertidas. Cuando nos internamos en la novela también nos damos cuenta de que damos pasos hacia atrás para ver la historia en perspectiva siendo así evidente que los débiles trazos se han convertido en un claro contorno. O al menos eso es lo que creemos, porque en una vuelta de tuerca, la autora deja libertad al lector para interpretar lo que quiera. El final que queramos darle dependerá de cómo ‘leamos’ el cuadro sugerido.

 

LITERATURA PARA LOS SENTIDOS

AMALIA BULNES

Las alas de mi padre
Milena Agus
Siruela
Precio: 16 €
Páginas: 140

Los relatos de Milena Agus son ingenuos, sexuales, atrevidos, tiernos, mágicos, infantiles y tremendamente humanos. Así lo fue Mal de piedras, que supuso el aterrizaje de Milena Agus en España de la mano de la editorial Siruela, la misma que ahora vuelve a apostar por este segundo título, Las alas de mi padre, fiel continuador del anterior. Después de estas dos experiencias, entiendo la obra de esta escritora sarda como una literatura para los sentidos, aderezada con su estilo fresco y esa suerte de realismo mágico mediterráneo que establece un fuerte vínculo entre lugares y personas, entre estados de ánimo y paisajes. La novela está estructurada en pequeñísimos capítulos, que funcionan a veces a modo de microrrelatos. En ellos, la carga sexual, tremendamente humana, donde el erotismo se diluye en una naturalísima aceptación del cuerpo, convive con la fantasía y las historias cotidianas, yo diría que situando al lector en una encrucijada entre imaginación y realidad.

Como en Mal de piedras, el narrador de Las alas de mi padre vuelve a ser una joven adolescente, que, en este caso cuenta, bajo la forma de un diario, la vida que llevan Madame (la protagonista) y sus familias vecinas, en uno de los terrenos más codiciados de la áspera isla de Cerdeña, y que ni su abuelo ni Madame están dispuestos a vender, en un pulso continuo con las grandes empresas inmobiliarias. El personaje que más inspira a la narradora, una vez más, es una mujer madura con poquísimo apego a los convencionalismos y cierta debilidad por las más ingenuas formas de magia. Además, su generosidad y entrega, y esa enloquecida convicción de no ceder ante el especulador  la convierten en una hermosa bruja de nuestro tiempo. No obstante, Mal de piedras tenía el encanto de la ubicación espacio-temporal (Cerdeña después de la II Guerra Mundial) y una trama más lograda. La bellísima historia del primer relato deja paso en Las alas de mi padre a la mera descripción del paisaje y los curiosos personajes que lo habitan. Dos familias mutiladas por la ausencia de algunos de sus miembros principales y la propia madame, que regenta una casa rural con capacidad para apenas cinco huéspedes, cultiva su propio huerto y conduce un coche destartalado; un niño, Pietrino, al que nadie escucha y que se ha acostumbrado a la soledad en medio de una numerosísima familia; un músico de jazz que cambió París por su aldea; y una adolescente que espera la llegada de la menstruación y a la que su padre huido del hogar se le aparece de noche en forma de alas de ángel. Todos los personajes hacen gala de su condición de isleños, apartados del mundo, cercados por un mar de incomprensión y prisioneros de sí mismos.

A poco que uno se interese por la tradición literaria sarda, se puede rastrear la digna herencia que exhibe Milena Agus procedente de otras voces femeninas como la de la Nobel de Literatura Grazia Deledda (Cerdeña, 1871-Roma, 1936). Esta escritora sarda basó sus narraciones en vivencias poderosas de amor, dolor y muerte, los mismos temas a los que recurre, en cada página, Milena Agus. Comparten el tono, romántico y costumbrista, y su empeño en no alejar su literatura del contendor mágico de su Cerdeña natal.

El rastreo conduce también a la propia biografía de la autora. Como hija única de madre sarda y padre marino que viajaba permanentemente, Agus vivió una infancia en Génova en la que su madre y ella formaban un binomio inseparable. “Me contaba la vida en Cerdeña, la luz de Cagliari, las comidas sardas; me contaba todo con tal capacidad fabuladora que para mí era como un mito”, ha subrayado en algunas entrevistas la escritora, quien actualmente reside en la isla “como quien no es sardo y hace de su tierra un mito . Ahí está la clave.

 

LA ZONA INTERMEDIA

FÉLIX J. PALMA

Hacia la luz
Care Santos
Espasa
Precio: 19,90 €
Páginas: 360

Creo que no descubro nada al asegurar que la función primordial de cualquier ficción, se trasmita en el formato que sea, debe ser la de entretener. Ese era el claro objetivo de la literatura popular, hoy reciclada en los denominados bets sellers, denostados por casi todos – salvo por los lectores, al parecer– porque en su camino hacia el entretenimiento pierden, como si de un engorroso lastre se tratara, elementos igualmente necesarios para dignificar una novela: una prosa con pretensiones estéticas que se aleje de la simple redacción notarial, unos personajes consistentes y unas reflexiones que transciendan los asuntos de la trama para ayudarnos a cartografiar ese territorio nebuloso que es la condición humana. Por suerte, en un mercado dominado por obras que suplen sus escasas bondades literarias con una sobredosis de catedrales y hermandades secretas, un puñado de excelentes escritores patrios se esfuerzan en elaborar best seller cultos, ya sea como único modo de hechizar a un público mayor o movidos por el convencimiento de que el entretenimiento no ha de estar obligatoriamente reñido con la calidad. Así, mientras unos vuelven la espalda a este tipo de literatura, conscientes de que sus lectores acuden a sus obras atraídos por una escritura y una visión del mundo intransferibles que en algunos casos acaban deteriorando o condicionando la anécdota que cuentan, otros prefieren poner su talento al servicio de las trama clásicas que anidan en las historias de género. La catalana Care Santos pertenece a este grupo de autores que, a falta de un nombre mejor, podríamos llamar “cinematográficos”, y con su última novela, Hacia la luz, demuestra que ha logrado perfeccionar esa fórmula narrativa, que ya ensayara en La muerte de Venus.

La idea que alumbra este thriller sobrenatural es de esas que no pierden su atractivo a pesar del uso: ¿qué nos espera más allá de la muerte? Los afortunados que han podido volver coinciden al describir un túnel de oscuridad en cuyo fondo late una luz hipnótica, una metáfora casi infantil con la que ilustran el transito hacia la muerte, que El Bosco reprodujo de un modo más sofisticado en La Ascensión de Empíreo, un inquietante cuadro en el que varios ángeles de alas rojas azuzan a los muertos hacia la mencionada luz. Tras la verja que representa esa zona intermedia que separa la vida de la muerte, los moribundos suelen atisbar a sus difuntos más queridos, entre los que no faltan las almas errantes, las cuales, ya se sabe, están condenadas a permanecer en esa tierra neblinosa hasta que logren resolver los asuntos que dejaron pendientes en nuestro mundo.

Descubrir qué nos aguarda al otro lado es la obsesión que desde siempre ha gobernado la vida del doctor Ángel Febles, uno de los protagonistas de la novela, director del Instituto Neurológico que ostenta su nombre, y que cuenta con la Unidad Elisabeth Kübler-Ross, donde se practica el arte del “buen morir” con pacientes desahuciados que no tienen a nadie. Pero las cosas nunca son lo que parecen, y eso nos lo irá desvelando la autora con prosa ágil y amena, al tiempo que vuelve a exhibir su mano maestra para el trazado de personajes. Esta vez incluso se permite

bordear el esperpento al dibujar a don Julio, un académico cascarrabias al que los encargos de los muertos impiden rematar su manual canónico sobre el Romanticismo Español, un auténtico regalo para el lector, tanto como el ritual de cortejo que protagonizan los personajes principales, que se abre con una de las escenas de seducción más hermosas que uno haya podido leer. Una novela, en definitiva, que puede leerse devorando unas palomitas.