BERLÍN
MERCADO DE LA WINTERFELDTPLATZ
FERNANDO VALLS
Todos los sábados, como un rito que cumplo con provecho y placer, acudo al mercado de la Winterfeldtplatz, próximo a la estación de metro de Nollendorf. Esas calles, en el barrio de Schöneberg, fueron las de mi primer piso en Berlín, allí viví un año, y de aquel tiempo me quedó, de hecho, la costumbre de frecuentarlo todos los sábados, al final de la mañana. Pero por ahí no voy sólo de paseo, a mirar, sino con el objetivo concreto de hacer la compra de buena parte de la semana. Para los mitómanos diré que muy cerca, en la Winterfeldstrs, vivió el escritor británico Christopher Isherwood, autor de la novela Adiós a Berlín, llevada al cine con el título de Cabaret; la olvidada escritora judía Nelly Sachs, a pesar de su premio Nobel en 1966, y la poeta Elsa Lasker-Schüller, y no muy lejos, el desdichado autor Ödön von Horváth, a quien mató una rama de castaño junto al Teatro Marigny, en los Campos Eliseos, de París, cuando parecía que su perra suerte iba a cambiar por fin. En Nollendorfplatz, en un edificio art nouveau, estuvo el de Piscator, y a unos cien metros el mítico Eldorado, frecuentado por Marlene Dietrich y los expresionistas alemanes; no en vano, Kirchner pintó tanto la plaza, como el cabaret.
Pero hoy quería hablarles de un mercado que los días que hace bueno se convierte en un laberinto de puestos, se abarrota de gente, e incluso se forman largas colas para conseguir un plato de moussaka con arroz y sigara borek (un delgado rollito frito, relleno de queso blanco), mientras un peruano vocea su mercancía, que no es otra que ¡churros, churros!... Sospecho que estos comerciantes, unos alemanes, con aspecto de campesinos, y otros tantos turcos, que compiten al grito de ¡lecker, lecker! (¡rico, rico!), deben de tener algún dios que vele por su fortuna, porque en los casi tres años que me paseo por estos puestos al aire libre, ni una sola vez ha tenido que suspenderse la actividad por la nieve, el frío o la lluvia. El mercado ocupa una plaza dura, presidida por el curioso edificio de Inken y Hinrich Baller, en el amplio espacio que deja libre la iglesia protestante de San Matías. Durante la semana, cuando hace buen tiempo, no es raro ver en ella a gente jugando al hockey sobre patines. El caso es que todos los sábados me planto allí con mi cesto de mimbre, donde voy atesorando las vituallas. Suelen ser casi siempre las mismas, y a menudo son más de las que había pensado. Sin embargo, varía la fruta, según la temporada. Así, en verano, no faltan nunca los frutos rojos: arándanos, moras, fresas y grosellas. Ahora, en cambio, en invierno, me hago con unas exquisitas peras (las llaman Gute Luise, Buena Luisa), manzanas chilenas, naranjas y mandarinas españolas, caquis, pomelos, plátanos colombianos y granadas. Lo primero que compro es el pescado fresco, porque suele agotarse antes, salmón (sin una mota de grasa, raro en España) o trucha, ambos de Noruega, aunque a veces me decanto por su versión ahumada; luego el pan, en Lindberg, y ya después, reservamos la carne, hecha al grill, alternando la compra de pavo, pato, pollo y codillo de cerdo, todo de buena calidad, mejor sabor y –en este caso– precio discreto. Lo curioso es que, entre los chiringuitos, a pesar de lo escaso del espacio, de las pequeñas aglomeraciones que a veces se forman y lo difícil que se hace transitar, no es infrecuente toparse con padres que pasean a sus hijos en carritos, inválidos que no pueden prescindir ya del bastón, o individuos que arrastran su bicicleta, lo que los visitantes toleran con paciencia. El mercado de Winterfeldtplatz es, también en este caso, un microcosmos de los tipos que componen la ciudad, y decir eso en Berlín, donde la tolerancia es infinita, y casi nada resulta chocante a nadie, es apostar por los personajes más pintorescos y extravagantes.
Se ha repetido hasta la saciedad que Berlín incluye ciudades muy distintas y que casi cada barrio tiene una vida propia diferenciada. Los visitantes, los turistas, no suelen reparar en este mercado, que tiene fama de ser el mejor surtido de los muchos que pueblan esta compleja y variopinta urbe. Me atrevería a afirmar, sin embargo, que no existe mejor manera de pasar las últimas horas de una mañana del sábado que recorriendo este peculiar espacio, donde también se vende ropa, cerámica, quesos de todo tipo, flores, mermeladas y tartas de fabricación casera. Aquí puede acabarse la jornada comiendo en alguno de los numerosos puestos que ofrecen alimentos, aunque haya que tomárselos de pie. Para los que deseen comer sentados, fatigados tras el ir y venir entre los puestos del mercado, es muy aconsejable acercarse al April, en la vecina Winterfeldtstr., un templo para los amantes del actor Cary Grant, donde es preciso que prueben alguna de sus exquisitas ensaladas o el Wiener Schnitzel (filete empanado de ternera), con patatas fritas y ensalada de guarnición. Les deseo un agradable paseo. Guten Appetit!



