EL GRAND LAROUSSE ESPAÑOL

Un hito editorial que, después de tantos años, se recuerda como una de las mejores obras colectivas que se publicaron en España

CARLOS PUJOL

Cuando Planeta estaba lejos de ser la espléndida realidad editorial que es hoy, José Manuel Lara Hernández tomó una de sus decisiones más ambiciosas: publicar en España una adaptación de El Grand Larousse Encyclopédique –más de diez mil páginas a tres columnas copiosamente ilustradas–, con una parte de redacción nueva que en principio se previó como el equivalente de un tercio del texto original, aunque luego llegó a ser cerca del cincuenta por ciento. Para organizar una empresa de tal envergadura (en España algo así era muy infrecuente, y además en aquellos momentos Planeta carecía de experiencia en este tipo de libros que tiene una complejidad mareante) Lara me puso al frente del GLE español; y empezamos en el verano de 1963 en los antiguos locales de la calle Calvet, ante la mirada un poco irónica y superior de los franceses –Larousse había llegado a convertirse en sinónimo de diccionario o enciclopedia–, que no acababan de fiarse de nosotros. Se trataba de hacerlo al máximo nivel posible, y para ello era indispensable contar con las mejores figuras de la Universidad. Y aquí jugó a nuestro favor una circunstancia lamentable en sí misma, pero que nos permitió contratar a gran des especialistas de las ramas más diversas que en aquella época aún no habían podido acceder a cátedras universitarias. Al frente de estos equipos, muy bien coordinados por María Ángeles Bosch, había futuros catedráticos de tanto relieve como el historiador José Fontana, el geógrafo Enrique Lluch y un experto en arte como José Milicua, y entre sus colaboradores más inmediatos otros que iban a ser también catedráticos, como José Termes, Gabriel Oliver y Joaquín Marco.

Martín de Riquer escribió el prólogo general y se ocupó del léxico, con una valiosísima aportación de citas de literatura moderna a manera de “autoridades” que se hicieron ex profeso para la obra. Entre los numerosos colaboradores figuraban también nombres que luego destacaron en el mundo editorial, como Juan Carreras, que dirigió la Enciclopedia Catalana, o tuvieron un importante papel político, como Jordi Solé Tura, uno de los padres de la futura Constitución, el economista Ernest Lluch y el escritor Salvador Clotas. José Manuel Lara Bosch, entonces estudiante de ciencias económicas, trabajó también en aquellas oficinas, y en la sección de puesta al día estaba un joven periodista recién salido de la cárcel, Manolo Vázquez Montalbán. La flor y nata de la Universidad española se prestó a colaborar, y la nómina de todos estos especialistas llena páginas y páginas del GLE. Filólogos, abogados, médicos, ingenieros, especialistas en todos los temas, muchos de ellos de renombre, contribuyeron a hacer una obra de consulta que, a pesar de los años transcurrido, en muchos aspectos sigue siendo de gran utilidad. De hecho, en enciclopedias muy posteriores se han utilizado unos materiales que parecían difíciles de superar.

Los problemas técnicos que hubo que vencer en un tiempo en el que no había ordenadores y las fotocopiadoras eran todavía rudimentarias, fueron muy considerables; la nueva cartografía, magnífica, se hizo en París, y con métodos a menudo artesanales (en la actualidad el uso de Internet facilitaría mucho la documentación), se logró que el GLE español empezara a publicarse en 1967. El décimo y último volumen, al que siguieron unos suplementos, aparecieron en 1972. Para esas fechas yo ya me había desvinculado del GLE, y fue María Ángeles Bosch, que falleció años más tarde, la que llevó a su término esta gran aventura editorial que creo que no desmereció del Larousse francés, y que incluso en más de un aspecto lo mejoró. Por ejemplo, concedimos mucha más atención al cine, que en Francia se había tratado de forma restringida, y sin duda en las reediciones que ellos hicieron lo tuvieron en cuenta.

El editor cuidaba de que todo funcionase, pero sin interferir nunca en la redacción de la enciclopedia. A él sólo se acudía en casos extremos, cuando se tropezaba con obstáculos que parecían invencibles y que él conseguía que no lo fuesen. Reunir a tantos sabios bajo el mismo techo no dejaba de crear conflictos, porque la sabiduría hace quisquillosos, pero también tiene sus compensaciones: se aprende mucho, se hacen amigos insólitos y hasta puede salir alguna boda (a una sala grande donde había numerosas secretarias la llamábamos en plan finolis “el gineceo”, aunque Lara prefería llamarla castizamente “el mujerío”).

Las transliteraciones de árabe y hebreo, con signos diacríticos y todo, eran objeto de protestas, porque solían desfigurar los nombres, pero es una de las servidumbres de hacer bien las cosas con criterios sistemáticos; y a veces había algún pique entre secciones: el historiador Fontana podía lamentar el tono de algunos artículos de religión (a cargo de Don Andrés Rodríguez, cura y filósofo), y el ilustrador se quejaba de la abundancia de revolucionarios que los de Historia querían incluir. Había que dar juicios salomómicos y todo se resolvía amistosamente y con humor. Y estaba además la cuestión de la censura, en estos años obligatoria, que había que prever y sortear.

En resumidas cuentas, entre todos creo que se hizo la mejor enciclopedia española, con una excelente base que nos venía de París, pero también con una acusada personalidad. Como suele decirse, un hito editorial, que hoy, después de tantos años, se recuerda como una de las mejores obras colectivas que se publicaron en España.