EL ORDEN DE LAS COSAS

"El reto de editar enciclopedias supone convertir la información en conocimiento"

JOSÉ CRUZ RODRÍGUEZ*

Desde siempre he sentido una profunda obsesión por dos cosas: la primera de ellas, las palabras y sus diversos significados; la segunda, el orden. Siempre he sido una persona extremadamente ordenada, pero nunca imaginé que mi oficio consistiría en realizar enciclopedias, precisamente una faceta de la edición basada en el arte de definir y ordenar palabras y conceptos.

La etimología del término enciclopedia se remonta al griego, como obra que recoge una gran cantidad de conocimientos sobre una ciencia en particular o sobre todas ellas. Representaba la forma de entender la “educación en círculo”. Es decir, aquella en la que todos los contenidos están relacionados entre sí. Tradicionalmente, la enciclopedia ha representado el compendio del conocimiento humano. La generación de contenidos editoriales constituye, pues, el proceso mediante el cual se crea información original, útil y veraz. Para ello se suele condensar la información al máximo buscando sobre todo el rigor y la atemporalidad de los contenidos, salvo aquellos susceptibles de desactualizarse. No obstante, hoy en día, la esencia misma de las enciclopedias está cambiando; lo que en el pasado fueron contenidos puramente enciclopédicos ahora podríamos denominarlos, más bien, interdisciplinarios.

UN POCO DE HISTORIA

Durante la época clásica y en la edad media, existieron los compendios realizados por autores como Marco Terencio Varrón, Plinio el Viejo, Cayo Suetonio, Lucio Apuleyo, Ambrosio Teodosio Macrobio, Marciano Capella o san Isidoro de Sevilla. Las dos grandes diferencias entre los compendios y las enciclopedias de elaboración posterior residían en dos puntos: los primeros estaban pensados como obras de adiestramiento, mientras que las enciclopedias estaban orientadas a satisfacer las consultas del lector. En segundo lugar, los compendios eran obras de un solo autor, lo que les daba un tinte subjetivo, mientras que las enciclopedias eran obras colectivas, conservando una mayor pluralidad de opinión.

Fue en la Francia de mediados del siglo XVIII cuando se produjo el primer intento consciente de edición de contenidos. El editor André-François Le Breton encargó a Denis Diderot y Jean d’Alembert la traducción de la Chamber’s Cyclopaedia o Diccionario Universal de Artes y Ciencias. Durante las dos décadas de labor redactora, ambos dedicaron sus esfuerzos a hacer realidad la que fue la obra más emblemática de la Ilustración, la Encyclopédie. El proyecto de 72.998 artículos repartidos en 28 volúmenes, publicados entre 1751 y 1772, se caracterizó por la defensa de la razón y la ciencia frente a la superstición y el dogmatismo religioso. Fue así como el término “enciclopedia” se convirtió en paradigma del libro de referencia.

COMO SE HACE UNA ENCICLOPEDIA

Al igual que algunos mamíferos, los editores de enciclopedias somos animales poligástricos, ya que identificamos el proceso de creación con el acto de rumiar. En la panza del rumiante es donde el alimento se descompone. Así, la creación de los contenidos requiere un importante esfuerzo de reflexión previa sobre la estructura que tendrán los mismos. En el caso de los rumiantes, algunas porciones de alimento regresan a la boca para ser masticadas de nuevo. Los editores, por nuestra parte, utilizamos los resultados de la reflexión para configurar los rasgos particulares de cada enciclopedia, ya sea una obra alfabética o temática.

De la panza el alimento pasa a la redecilla. Es aquí donde quedan retenidos aquellos objetos que el animal hubiera podido tragarse por descuido. Los editores, al haber adoptado mayoritariamente el orden alfabético a la hora de tratar los contenidos, hemos creado gran cantidad de información fragmentada que dificulta el acceso del lector a ella. Para solucionar este problema hemos inventado los índices, las referencias cruzadas y las remisiones. Todo ello permite que los contenidos se interrelacionen entre sí.

A continuación, la comida pasa de la redecilla al libro, donde se le extrae el exceso de humedad. Los editores, por nuestra parte intentamos exprimir al máximo la información que publicamos, procurando ampliarla mediante las “notas a pie de página” y las “referencias bibliográficas”. Finalmente, el alimento llega al cuajar, donde el animal comienza su definitiva digestión. En nuestro caso, el trabajo de deglutir la información y facilitar el acceso a la misma es lo que hace que el lector disfrute con la lectura y tenga una buena digestión.

EL EDITOR DE LAS ENCICLOPEDIAS

La magia del oficio de editor consiste en transformar la nada en el todo. El editor de enciclopedias es una especie de director de orquesta que coordina la creación de textos, la selección iconográfica que acompañará a los mismos, así como la posterior exportación a otros formatos. Además, coordina todas las personas que participan en la obra. Su responsabilidad abarca la comprobación de que el discurso del texto tenga un desarrollo lógico, el control de la corrección ortotipográfica, la garantía de la veracidad y originalidad de los textos y las ilustraciones, la elección de tipos de letra claros y legibles, la edición del texto, diferenciando los elementos principales de los menos importantes, y, por último, la creación de remisiones e índices de contenidos para facilitar al lector la localización de la información.

El editor de enciclopedias, además de todo lo anteriormente dicho, ha de imaginar la estructura del texto para realizar una gestión inteligente de los contenidos. Es decir, definir el árbol temático, al tiempo que organiza y prioriza la información. Nuestro verdadero reto consiste en saber cómo organizar y tratar la información para transformar el texto en hipertexto. En otras palabras, convertir la información en conocimiento.

LAS ENCICLOPEDIAS TIENEN FUTURO

La satisfacción de editar enciclopedias es que éstas se reinventan a sí mismas cada día generando nuevas oportunidades de negocio. No se trata únicamente de las oportunidades que el mercado puede ofrecer, sino de todo aquello que las editoriales estamos dispuestas a ofrecer al mercado. Los editores de enciclopedias del siglo XXI tenemos una deuda pendiente con los grandes editores del pasado, entre ellos: Denis Diderot, Jean-le-Rond d’Alembert, Ephraim Chambers, Friedrich Brockhaus, Pierre Larousse o José Espasa. Estamos en la obligación de tomar el testigo para llevar a cabo una nueva revolución en el sector editorial.

Estoy convencido de que estamos viviendo una época similar a la revolución acontecida con la invención de la imprenta o la máquina de vapor. No la desaprovechemos y, sobre todo, no permitamos que nos sustituyan empresas que dominan la tecnología pero que desconocen el oficio de tratar contenidos. Si algo está poniendo de manifiesto el siglo XXI es que la información va más allá del medio utilizado. Los soportes, ya sea papel, multimedia o Internet, han de ser el medio, no el fin. El medio nunca debe ser el mensaje, sino su instrumento.

Al igual que Diderot defendía el conocimiento como el camino hacia la felicidad del ser humano, los editores de enciclopedias tenemos, en palabras de mi buen amigo y editor Jordi Nadal, “una responsabilidad social: en el mejor de los casos, editar es avanzar, es proponer mejores ciudadanos, más autónomos, más críticos, más sensibles, más libres”.

(*) Director editorial de obras de crédito de Centro Editor PDA (Grupo Planeta) y autor del libro La edición invisible (2008), disponible en http://www.bubok.com/libros/4210/La-edicion-invisible