IGNACIO BOSQUE

“La Nueva Gramática Española permitirá saber a cada usuario si una expresión es compartida por otros trescientos millones, o no va más allá de su país o región”.

TOMÁS VAL

Después de más de setenta y cinco años desde la última edición, la Real Academia Española prepara una Nueva Gramática del español, que verá la luz en diciembre de 2009. El encargado de dirigir el enorme trabajo que eso supone es Ignacio Bosque (1951), el académico que ocupa el sillón t desde que en 1997 tomara posesión de su plaza.

Definido por algunos como “el mejor gramático de la lengua española”, Bosque fue discípulo (preferido) de Lázaro Carreter, quien le propuso para la Academia. Catedrático de Filología Hispánica de la Complutense de Madrid, publicó, junto con Violeta Demonte, la Gramática descriptiva de la Lengua Española; el Diccionario Redes y colaboró activamente en la elaboración del Diccionario Panhispánico de Dudas. Desde hace unos años, se dedica casi exclusivamente a la Nueva Gramática Oficial que pronto verá la luz.

Usted cursó el bachillerato de Ciencias y siempre ha manifestado que le hubiese gustado estudiar Arquitectura si no hubiese sido por sus dificultades con el dibujo. ¿Podríamos establecer un cierto paralelismo entre la arquitectura y el lenguaje?

Así es, pero yo destacaría también otra analogía. Las oraciones y los discursos se montan a partir de estructuras articuladas que se hacen con palabras. Las formas en que se engarzan las palabras, las posiciones que ocupan, la manera precisa y a la vez sutil en que intervienen en la construcción de estructuras cada vez más complejas, tiene algo que ver con la arquitectura. De hecho, los lingüistas usamos a todas horas los términos construcción y estructura.

En materia filológica cada vez se utiliza más el término “ciencia”.  Pero hablamos de la Lengua; si me permite la expresión, de una “potencia del alma”. ¿Qué parte de las palabras atribuiría usted al “espíritu” y cuál a la razón?

La lingüística es una ciencia porque hay un sistema detrás de las palabras. Un sistema que nos corresponde desentrañar. Lo es también porque las cuestiones que aborda son empíricas, objetivas. Es un sistema complejo porque está constituido por factores de tipo formal y por otros de naturaleza histórica y cultural. No siempre es fácil, o siquiera posible, distinguir unos de otros. De hecho, en algunos campos, como la sintaxis, la distinción se puede intentar con ciertas garantías de éxito. En otros, como la lexicografía o la lexicografía, es casi imposible establecerla.

¿Serían las palabras el ADN de las ideas?

Prefiero ver las palabras como los ladrillos con los que se construyen las ideas. El proceso de ensamblado es, desde luego, bastante complejo. Otra cosa es cuál es la composición de cada uno de esos “ladrillos”, tema este particularmente interesante.

Una de las cosas más sorprendentes del intelecto humano es que las matemáticas funcionen, que expliquen aquello que nunca hemos visto. ¿Es igualmente extraordinario que las palabras sirvan para transmitir a las demás personas las ideas que nos rondan por la cabeza?

Lo que acaba de decir es casi la definición misma de sintaxis. El aspecto más atractivo de la sintaxis es que no existe una lista previa de oraciones o de ideas que haya que explicar. Existen, en cambio, repertorios de palabras, que han de ser limitados: son los diccionarios. El estudioso de la gramática tiene que averiguar cómo articulamos pensamientos complejos con estos elementos simples o aparentemente simples. El hecho de abrir un libro al azar, leer la primera frase que aparezca ante nuestra vista y entenderla a la perfección, captando incluso sus aspectos más sutiles, tiene mucho de misterioso. Estudiar la gramática de un idioma es, en lo fundamental, dar pasos que nos ayuden a explicar ese misterio.

La RAE, bajo su dirección, está preparando una Nnueva Gramática del español. La última edición de una Gramática de la Academia data de 1931. ¿Cuáles serán las principales novedades de la obra que preparan?

Serán tres. En primer lugar, la Gramática abordará el español en su conjunto, no sólo el que hablamos en España. Analizamos primero las estructuras que compartimos todos los hispanohablantes, que son muchas, y luego las diferencias que corresponden a cada país o a cada área lingüística. Esas diferencias pueden venir de México, del Perú o de España. En segundo lugar, es también una obra normativa, en la que se distinguen las construcciones que forman parte de la lengua estándar de otras que no tienen prestigio y no se recomiendan. Los juicios normativos se justifican y se matizan adecuadamente en cada caso particular. En tercer lugar, esta obra no puede pasar por alto lo mucho que se ha escrito sobre la gramática del español en los últimos cincuenta años. No se puede escribir una gramática en el 2009 como si estuviéramos en 1931.

Imagino que el español de Hispanoamérica tendrá mucha mayor presencia en esta obra que el que se utiliza en España.

Si se entiende por “español de América” un sistema gramatical que comparten todos los hablantes hispanoamericanos, frente al español europeo, habría que decir que tal entidad no existe, salvo en una serie de construcciones bastante breve. En las reuniones de la Comisión Interacadémica, en las que estaban representadas todas las áreas, hemos comprobado que las diferencias entre México y la Argentina eran muy notables. Algunas de esas opciones pertenecían también al español peninsular, pero otras no. Como le decía, en esta obra se describe primero lo común, y luego lo diferente. La RAE no lo hizo así en otras ediciones de su Gramática.

¿Ha percibido que el interés por la Lengua y su estudio haya decrecido en los últimos años?

Los periodistas tienen algo de culpa en el hecho de que el único acercamiento al idioma que conoce la mayor parte de las personas es el normativo o el prescriptivo. Los lingüistas somos vistos como los policías del idioma y nadie parece tener demasiado interés por saber algo más sobre su propia lengua. Mucha gente no es siquiera consciente de que la lengua es un sistema articulado que nos pertenece, que está dentro de nosotros y que nos permite relacionar la forma con el sentido en un conjunto amplísimo, y a la vez restrictivo, de variantes. Esta forma de ver el idioma no forma parte, lamentablemente, de la cultura general. Los estudios lingüísticos especializados son cada vez más profundos, y abordan más y más cuestiones, pero, a la vez, el desinterés por la lengua propia se va extendiendo. Esta situación tiene algo de paradójico.

¿Podría ser ese desinterés también la causa del abandono de ciertas disciplinas humanistas?

La paradoja se extiende a ellas, desde luego. Las disciplinas a las que se refiere usted están muy vivas entre los investigadores, pero el concepto de “cultura general” –tan importante hace treinta o cuarenta años– está vaciándose de contenidos de forma alarmante.

Se afirma que el español es una lengua que cada día despierta mayor interés allende nuestras fronteras. ¿A qué se debe ese auge?

Fundamentalmente a que es una lengua muy homogénea, que permite comunicarse sin dificultades a los hablantes de veintidós países, por no hablar de las consecuencias que tiene todo ello para el comercio o para los intercambios culturales. La reciente inmigración que hemos tenido en España ha permitido a muchos españoles aprender algo sobre otras formas de hablar español. En mi opinión, esos nuevos conocimientos, adquiridos de forma inadvertida, son muy importantes. Nuestra Gramática le permitirá a cada usuario saber cuánto comparte con los demás hispanohablantes, adquirir conciencia de la lengua que habla, saber, por ejemplo, si una expresión que le parece normal es compartida por otros trescientos millones, o –por el contrario– no va más allá de su país o de su región.

Usted fue discípulo de Lázaro Carreter, un lingüista innovador, indispensable, y un Presidente de la RAE que inició y consolidó el actual prestigio de esa institución. ¿Qué le debe nuestra lengua a su maestro?

Le debe mucho. Por un lado, fue el primer impulsor de ese sentimiento al que antes hacía referencia; la importancia de reflexionar sobre la forma en que decimos las cosas, en lugar de conformarnos con que nuestras ideas puedan ser captadas vagamente por los demás. Por otro lado, como usted dice, la actual renovación que se percibe en la RAE es el reflejo de una tarea ingente que fue iniciada por él. Creo que todos tenemos una deuda de gratitud con Lázaro. Yo la tengo particularmente porque me enseñó mucho, y también porque confió en mí para un proyecto de tanta envergadura como es este, pero, por razones diferentes, todos tenemos en alguna medida cierta deuda con él.

Cuando se habla del descrédito de la Cultura y de los bajos niveles de lectura, todavía el buen hablar y el bien escribir se valoran en nuestros días. Incluso entre la gente ágrafa, la Literatura tiene un prestigio difícilmente alcanzable por otras disciplinas del saber. ¿A qué atribuye ese prestigio de la palabra?

Ojalá lo tuviera. Yo no estoy tan seguro de que lo tenga. Quizá sea demasiado pesimista, pero me parece que muchas personas dan escasa importancia a los asuntos de la lengua, y que piensan algo así como “¿Qué importa cómo diga yo las cosas si me hago entender?”. En cuanto a los escritores, ojalá alcanzaran una pequeña parte del prestigio que poseen en los medios de comunicación los deportistas o los actores de cine. Parecen estar mejor situados que los científicos, lo que no deja de ser igualmente triste, pero mucho peor que esos otros profesionales a los que me refiero.

Tampoco es extraño que a los académicos se los catalogue como sabios.

La mayor parte de mis amigos en la RAE lo son, sin duda. No lo digo porque se los perciba así generalmente, sino porque lo he comprobado de primera mano en los once años que llevo en la Academia.

¿Para cuándo está prevista la publicación de la Nueva Gramática?

Para el 9 de diciembre de 2009. Naturalmente, la versión final del texto que irá a la imprenta ha de estar completamente cerrada mucho antes.

Por último, ¿cree que la política educativa en las escuelas es la adecuada para conseguir un buen dominio del idioma? ¿No sería conveniente, antes de entrar en otras disciplinas, que los alumnos supieran escribir y leer bien?

Creo en efecto, que lo principal es lograr que los alumnos alcancen un buen dominio de la lengua, tanto de la oral como de la escrita. Ya existen muy buenos textos de bachillerato que cuidan especialmente estos aspectos. Pero me parece que es posible, además, ir introduciendo poco a poco a los alumnos en el análisis del idioma. Habría que hacerlo con menos terminología y con más reflexión; con menos etiquetas y con un espíritu más indagador. Ahora se pretende que los estudiantes conozcan más y más términos técnicos. En mi opinión, habría que abrirles la puerta hacia el mundo del lenguaje de otra forma. Por ejemplo, mostrándoles que en la lengua hay tantas sorpresas, tantos misterios y tantas maravillas como en las novelas de Harry Potter.