FIRMA INVITADA
PENSAMIENTO Y LITERATURA
LA VISIÓN FILOSÓFICA DEL HOMBRE EN LOS AUTORES CLÁSICOS ESPAÑOLES.
LUIS MATEO DÍEZ
Suele decirse que España carece de una tradición de pensamiento a la altura de la de países como Francia, Alemania o Gran Bretaña. Si algo positivo se deriva del melancólico sentimiento de inferioridad que tal carencia provoca, como puede certificar la generación a la que pertenezco, es una disposición a encontrar en el exterior todo aquello que echamos en falta en nuestra realidad más cercana. Fuimos unos jóvenes expectantes y agradecidos, de formación desigual, llenos de agujeros negros, que tratábamos de sortear, como diría Canetti, con la antorcha al oído. En otras latitudes, el orgullo por sus conquistas intelectuales favoreció un magnífico y espléndido provincianismo del espíritu, tan reductor y malsano como el dominante en la España franquista.
Philip Roth, asombrado por la silenciosa y enfebrecida vida intelectual de las democracias populares, donde las obras prohibidas circulaban clandestinamente en copias impresas de manera poco menos que artesanal, no pudo dejar de comparar la pasión de los lectores de esas dictaduras, su curiosidad insaciable, con la falta de inquietudes de buena parte de la ciudadanía de las democracias occidentales. Roth afirma que, mientras en las primeras “nada vale y todo importa”, en las segundas “todo vale y nada importa”. Sin pretender glorificar la censura, sí es cierto que lo constatado por Roth se evidencia en mi experiencia personal durante el franquismo. Éramos una juventud a la que la imposición del “nada vale” tuvieron el efecto de acentuar el “todo importa”, hasta el punto de que la cultura se convirtió para nosotros en una fuerza redentora en tiempos de indigencia. Todos fuimos autodidactas vocacionales, jóvenes sin prejuicios y con lagunas vergonzantes en disposición de recibir y valorar los tesoros que, a cuenta gotas, venían de fuera. La búsqueda de tradiciones de pensamiento más allá del supuesto erial en que vivíamos motivó que cometiésemos un error típico de países como España y Rusia, acomplejados secularmente ante Europa por su escaso aporte de ideas al progreso del mundo. Tan sensibles como nos mostrábamos a los grandes nombres de la filosofía europea, no caímos en la cuenta de que el pensamiento español, al igual que el ruso, no se encontraba tanto en obras de corte filosófico y ensayístico como literario. Pasado el tiempo y releídos con calma nuestros clásicos, uno se da cuenta de que autores como Jorge Manrique, Cervantes, Calderón de la Barca, Galdós, etc., constituyen sin duda la nómina de nuestros más grandes pensadores. Que sus complejas ideas sobre la existencia humana y el destino de ésta se vertiesen en ficciones no les quita ningún mérito. Al igual que sucede en Rusia con su gran tradición literaria, la de Puskin, Gogol, Tolstoi, Dostoievski, Chéjov, etc, en España la forma de pensar asumió el carácter de fábulas que encontraron en la verdad de las mentiras el mejor conducto para transmitir su visión del hombre.
Durante el franquismo idealizamos lo que venía del exterior porque tenía el marchamo de lo europeo y limitamos la aportación española al ponerle la etiqueta de lo literario. Pero entre lo europeo y lo literario, se erigía un espacio de pensamiento nacional que, surgiendo de novelas, poesías y obras de teatro, igualaba a nuestro país con las tradiciones intelectuales de países como los citados al comienzo de estas líneas. Y ello desde la singularidad tan característica de la literatura española y rusa, que sólo puede entenderse como una búsqueda de lo absoluto por parte de unos personajes atravesados, para bien o para mal, por el fulgor de la utopía. Pues la universalidad de ambas tradiciones literarias, lo que les atribuye su condición de obra de pensamiento, reside en su declarada apuesta por una visión espiritual, que no necesariamente religiosa, del hombre plasmada en odiseas de la voluntad y el sentimiento, en miradas entre luminosas y enloquecidas del alma.



