CLÁSICO

EL ENIGMA DE BÉCQUER

EL MISTERIO DE UN POETA MARCADO POR LA MALA SUERTE Y LA FRUSTRACIÓN AMOROSA.

NATIVEL PRECIADO

 

Noventa y tantos años después de su muerte, fui a visitar la casa de Gustavo Adolfo Bécquer en el número 25 de la madrileña calle de Claudio Coello, para completar un trabajo escolar. Quise subir a la buhardilla donde murió el gran poeta sevillano un gélido 22 de diciembre de 1870, pero la portera del inmueble me lo impidió con actitud desdeñosa: “no hay nada que ver. Sólo queda un cuchitril con una cocina pequeña y vieja.” Cuando fui a conocer aquel cuartucho donde murió Bécquer, yo tenía 15 años y estaba tan obsesionada con el autor de Rimas y Leyendas que mi profesor de Literatura hizo lo imposible para desmitificar su figura. “¿Por qué no amplías tu visión poética? –me insistía– lee a Machado y ya verás como te olvidas un poco del Romanticismo”.

Aunque idolatraba a mi profesor, Bécquer era para mi mucho más que un poeta romántico. Recitaba de memoria sus Rimas, pero lo que me atraía esencialmente era el misterio del personaje, su mala suerte, su frustrante vida amorosa, las incoherencias de sus escasos biógrafos, los testimonios equívocos de quienes le conocieron, la decisiva amistad con su hermano Valeriano. Por entonces nadie conocía detalles tan pasmosos de su biografía, como las acuarelas que hicieron conjuntamente los dos hermanos y firmaron con seudónimo “Los Borbones en pelota”, una serie de caricaturas satíricas y pornográficas sobre la reina Isabel II y sus procacidades sexuales.

Lo había leído todo sobre él para cumplir mi sueño de escribir la biografía definitia. Mis delirios literarios me llevaron a odiar a su esposa, impropiamente llamada Casta, pues además de serle infiel, era ignorante, vulgar y nunca le prestó la atención debida. Sólo se ocupó de acompañarle en los últimos días, aunque los amigos que le visitaron en ese doloroso trance comentaban el desorden que presidía el cuarto donde agonizaba el poeta. Todos consideraban que había sido un matrimonio absurdo, en especial, su hermano Valeriano que no podía soportar el trato con su cuñada.

Supongo que para contribuir al merecido desdén histórico que se ganó Casta, me interesé por su gran amor platónico, su musa, la bella cantante de ópera Julia Espín, inspiradora de la mayor parte de sus Rimas. Tampoco se ha logrado saber la entidad del amor entre Gustavo Adolfo y Julia; si ella le rechazó porque tenía otras ambiciones o fue el poeta quien no quiso declararse y mantuvo en secreto la fascinación por aquella mujer de tez morena y ojos claros.

Quizá se sabría algo más, si Bécquer cuando estaba agonizando no hubiera pedido a su amigo el poeta Ferrán que quemase un paquete atado con una cinta azul. “Si estas cartas se leyesen serían mi deshonra”, le dijo a su amigo con un hilo de voz, y luego, tras pedir que se ocupasen de sus hijos, añadió que hicieran lo posible por publicar sus versos, porque tenía el presentimiento de que muerto sería más y mejor conocido que vivo. Hasta el certificado de defunción es impreciso y ambiguo. Se sabe que la tuberculosis que contrajo a los 21 años era mortal, pero el forense la atribuye a una hepatitis complicada con fiebres perniciosas. La muerte de Valeriano pocos meses antes, le sumió en una profunda depresión que contribuyó decisivamente a agravar su enfermedad. Sus obras completas se editaron un año después con un éxito que permanece hasta nuestros días y sus restos descansan en Sevilla, junto a los de su hermano más querido. Me hubiera gustado contribuir personalmente a agrandar la figura de Bécquer, aportar algún hallazgo sobre su excepcional talento artístico y literario, pero, aunque no pierdo la esperanza, no lo he logrado todavía.