POESÍA Y ENSAYO
EL VERDADERO MAX ESTRELLA
LUIS ANTONIO DE VILLENA
LECTURAS ENSAYO
Alejandro Sawa, Luces de bohemia
Amelina Correa Ramón
Fundación Jose Manuel Lara
Precio: 25 €
Páginas: 336
Fue durante muchos años (como tantos “menores” ilustres de la literatura) una figura olvidada. O por mejor decir, una literatura olvidada, pues si nadie leía ni sabía qué había escrito Alejandro Sawa, el personaje –quizá eso no le hubiese parecido mal– sobrevivió a lo escrito. En efecto, Alejandro Sawa (estamos al borde de ese centenario) murió en Madrid, en extrema pobreza, en una casa de la calle Conde Duque, el 3 de Marzo de 1909, ciego y desesperado… Valle-Inclán (que fue su amigo) asistió a las últimas horas del difunto, y ya todo consumado, le escribió a Rubén Darío: “He llorado delante del muerto, por él, por mí y por todos los pobres poetas.” (…) “tuvo el final de un rey de tragedia: loco, ciego y furioso”. Alejandro Sawa, el amigo de Verlaine, el rey de los bohemios, había muerto. Muchos años después, en 1920, al escribir uno de sus mejores esperpentos, Luces de bohemia, Valle se basa minuciosamente para componer al protagonista, Max Estrella, en la vida y el dramático final de aquel Alejandro Sawa. Este libro de la profesora granadina Amelina Correa sobre Alejandro Sawa (acertada mezcla de biografía y estudio literario) aúna y extiende lo sabido sobre Sawa y un poco más, para decirnos que si indudablemente la posteridad del gran Alex debe mucho a Valle-Inclán (y al espléndido epitafio que le hiciera Manuel Machado) Alejandro Sawa no era un invento ni un mito, aunque como dijo Rubén, a él siempre “le gustó vivir en leyenda”, sino un ser real, y un notable escritor, en parte frustrado por la miseria de los tiempos –aquella pobrísima y atrasada España– en parte también por una extraña abulia o “spleen” que, al volver de París, se fue adueñando más cada vez de nuestro bohemio por excelencia…
Con abuelos griegos por línea paterna, Alejandro Sawa nació en Sevilla el 15 de Marzo de 1862, estudió en Málaga y luego vino a vivir a Madrid, con sus hermanos, como lugar ideal para hacerse un lugar en el abigarrado mundo de las letras. La verdad es que Sawa partió su vida en dos, con una suerte de entreacto festivo en París. Hasta 1890 Sawa es un prolífico narrador naturalista, no de los punteros, pero nada desdeñable y además de los más radicales. Desde 1885 en que publica su primera novela, La mujer de todo el mundo –el título lo dice todo– hasta 1888 en que edita Noche, una novela breve, se desarrolla la muy fecunda carrera prosística de este Alejandro Sawa, que en tan pocos años, publicó seis obras, entre novelas más cortas o breves como La Sima de Igúsquiza del mismo 1888.
Pero Sawa nunca fue un naturalista puro, le tiraba el personaje y a través de sus lecturas francesas (en especial Victor Hugo) el mundo simbolista de “l’art c’est l’azur”, por lo que decidió irse a París –la capital del siglo XIX– y se dedicó a la bohemia con Paul Verlaine y parte de su tropa. Él presentó al sátiro de Metz a los que pronto serían abanderados de nuestro modernismo: Rubén Darío y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Pero en ese tiempo más que escribir se compuso una estampa, con pipa, perro y chambergo. Cuando Verlaine murió (pobre pese a su gloria, en enero de 1896) Sawa se volvió a Madrid a predicar, en bohemio, la buena nueva de un exquisito arte azul, y de unos seres celestes pero caídos en el lodazal de la vida, que eran los artistas. Adaptó al teatro, en 1899, la obra de Alphonse Daudet Los reyes en el destierro, pero hizo poco más, artículos y más artículos, prosas poéticas para el cajón, y junto a su sufrida mujer francesa, Jeanne Poirier, miseria y más miseria, eso sí, sin bajar la guardia de la altivez, los dichos ilustres, y el aire aguileño… Lo que retratará Valle. Pero lo cierto (como nos narra este libro) es que ahí queda no sólo el soberbio personaje, sino un perdido gran escritor como enseña su libro póstumo y mejor, Iluminaciones en la sombra (1910) que prologó Rubén Darío. El viaje a Sawa vale la pena y el libro de Amelina es docto y entretenido. ¿Por qué no escribió más este hombre que parecía tenerlo todo?
LAS MIL Y UNA HISTORIAS DE FERNANDO QUIÑONES
FERNANDO IWASAKI
Fernando Quiñones. Las crónicas del hombre
Amalia Vilches
Alianza
Precio: 27 €
Páginas: 600
Hay escritores tocados de una gracia especial y escritores simplemente tocados. Fernando Quiñones pertenecía a ambas estirpes y por eso fue un autor genial, impredecible y perturbador. Si Borges hubiera sido andaluz habría sido Fernando Quiñones. Si el Beni de Cádiz hubiera sido escritor habría sido Fernando Quiñones. Aunque si Borges hubiera sido cantaor flamenco también habría sido Fernando Quiñones, a pesar de su parecido con el Beni de Cádiz.
Entre las muchas razones que hicieron de Fernando Quiñones un escritor admirable, uno desea señalar a escote las siguientes: fue capaz de conjugar vida y obra, convocó la admiración de Borges, convirtió el flamenco en literatura y viceversa, y le endiñó un par de castañazos a Umbral. Con cualquiera de estas cuatro credenciales más de uno habría cubierto el expediente, pero Quiñones era mucho Quiñones. La espléndida biografía que le dedica Amalia Vilches basta y sobra para corroborar esta afirmación.
Uno de los principales riesgos que entrañaba plasmar sobre papel la vida de Fernando Quiñones, era precisamente la multitud de anécdotas, historias y vivencias que amenazaban con diluir al hombre en el magma de su personaje. Sin embargo, Amalia Vilches lo ha conseguido y sin necesidad de separar la paja del heno, porque lo que ha hecho ha sido convertir la paja en heno. Igual que el gitanillo que piropeó a Quiñones después de la emisión de uno de los capítulos de Flamenco (“Lo que me gusta es que no parece usté un presentaó”), Amalia Vilches también ha rescatado al hombre que no era lo que parecía evidente a todo el mundo.
A través de las memorias de Alberti, Antonio Gala, Caballero Bonald e Ignacio Agustí –entre otros–, uno conocía sabrosos retazos de la vida de Fernando Quiñones, pero hacía falta una biografía desde el cariño y la cercanía, con la ambición necesaria y suficiente o el rigor y el conocimiento desplegados por Amalia Vilches. Con todo, desde hace unos años Fernando Quiñones ha venido siendo desagraviado por autores como Hipólito G. Navarro y Alejandro Luque, quienes han rescatado su narrativa completa o glosado su amistad con Borges, respectivamente, preparando así el camino a esta estupenda biografía de Amalia vilches.
¿Quién no atesoraba una historia de Fernando Quiñones? me consta que Amalia Vilches ha interrogado a escritores, flamencos y filólogos en busca del lado más íntimo y humano de un hombre que tenía todas las papeletas para terminar como “Pericón”, “Beni” de Cádiz o el “Cojo” Peroche. A saber, reducido a un centón de anécdotas divertidas y desternillantes. No obstante, aquí hallamos las tribulaciones del Quiñones que se quedó un par de veces a las puertas del premio Planeta, la soledad del único escritor español vivo elogiado por Borges y su lucha contra el cáncer. De hecho, mi último recuerdo personal de Fernando Quiñones fue una doliente conversación telefónica a propósito de las pruebas de su último poemario Crónicas yugoslavas (1997). Precisamente, al enterarse de que dirigía una fundación dedicada a la promoción del flamenco, Quiñones decidió llamarme “sobrino”, mas yo no me atreví a decirle “tito Fernando”.
Espero que esta maravillosa biografía de Amalia Vilches contribuya a acrecentar el número de cómplices y lectores de Fernando Quiñones, autor de una obra excepcional que –en palabras de Borges– cifran al hombre, su índole y su destino.
AL OTRO LADO DE SANTA MARÍA
FELIX ROMEO
El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti
Mario Vargas Llosa
Alfaguara
Precio: 17,50 €
Páginas: 250
En julio de 2009 se cumple el centenario del nacimiento de Juan Carlos Onetti, y como excelente anticipo de esa celebración Mario Vargas Llosa publica un ensayo sobre el narrador uruguayo, cuyo origen se encuentra en un curso que dictó en 2006 en la universidad de Georgetown. Por ello, el carácter didáctico de El viaje a la ficción es muy marcado y, salvo un preámbulo en el que teoriza sobre la figura del “hablador”, a la que ya dedicó una novela, El hablador, se pliega al recorrido cronológico por la obra, y también por la vida, aunque de forma más discreta, de Onetti.
Para Vargas Llosa, Onetti es el primer narrador moderno del ámbito hispánico, porque rompe con la retórica regionalista e incorpora, haciéndolos propios, los recursos de narradores como Faulkner, Céline, Joyce y Proust: “fue el primero en utilizar un lenguaje propio, elaborado a partir del habla de la calle, un lenguaje actual y funcional, que no creaba esas cesuras típicas de la literatura costumbrista entre vida espontánea y estilo ampuloso y libresco”. Esas innovaciones se dan ya en su primera novela, El pozo, en la que aparece otra de las características que Vargas Llosa cree fundamentales en Onetti: la fuga desde la realidad, una pesadilla terrible, hacia la ficción. Señala Vargas Llosa que sus personajes cierran los ojos frente a la realidad tal como es y la reemplazan por un “mundo imaginario, fabricado como un desagravio o una compensación”.
Esa constante fuga se repetirá a lo largo de toda su obra: quizá la más destacada materialización de esa obsesión sea la creación de Santa María, la ciudad donde sucederán casi todas sus ficciones y que no estará detenida en el tiempo sino que cambiará, como cambian sus habitantes, Larsen y compañía. Además, Vargas Llosa encuentra un tercer elemento importante en Onetti: los vínculos entre la realidad política y social de Uruguay y sus novelas. Así, afirma respecto de El astillero: “sin quererlo ni saberlo, mientras escribía sus cuentos y novelas, ahondando en lo más profundo de su propio ser y desdeñoso o indiferente a su entorno, se impregnó de un cierto estado de ánimo de sus contemporáneos, y lo transmutó en literatura, de manera figurada, alegórica, dando de este modo, como un autor que leyó con admiración y con provecho –Kafka–, un testimonio invalorable sobre los fracasos y frustraciones del mundo en que vivía. Su obra de creación no es sólo eso, desde luego, pero también es eso”.
Vargas Llosa habla con claridad de los libros de Onetti, señalando a menudo sus fragilidades y sus defectos, y destaca, como una guía para no iniciados, lo mejor. Destaca cuentos como Un sueño realizado, Bienvenido, Bob y El infierno tan temido, comparables a los de los grandes cuentistas contemporáneos, como Borges o Rulfo, y señala que escribió tres grandes novelas: La vida breve (1950), que describe con astucia “la gestación de la ficción y las relaciones de ésta con la vida”, El astillero (1961), su “novela más clara y mejor construida”, y Juntacadáveres (1964), su novela más política. Onetti, tras un breve periodo carcelario en el Uruguay de los 70, se exilió en España, donde decidió vivir sin salir prácticamente de la cama y donde murió en 1994: leía novelas policiacas y, extrañamente, respecto a lo que había sido su norma hasta entonces, recibía a visitantes en su casa con quienes hablaba del mundo del que siempre había tratado de escapar.
UN INTELECTUAL POLEMISTA
SANTOS SANZ VILLANUEVA
Obras completas II. Ensayos
Jose Ángel Valente
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Precio: 69 €
Páginas: 160
A la Poesía y prosa de José Ángel Valente reunida hace poco le sigue hoy un volumen de Ensayos. Ambos forman las Obras completas del orensano preparadas con atentísima vigilancia por su puntual especialista el poeta y profesor A. Sánchez Robayna. Abre Ensayos una introducción de C. Rodríguez Fer que, aparte hipérboles propias de la sumisión hagiográfica, es valiosa y certera guía de la trayectoria global de Valente, seguras andaderas convenientes para adentrarse en un autor exigente y que cambió bastante. Sólo un par de reservas hay que hacerle a la edición. Una, el título inexacto del tomo, pues contiene, además de ensayos, y casi en mayor medida, artículos periodísticos puros, fieles a la particularidad de la escritura en la prensa y a los que no afecta la afición de Valente a escapar de la dictadura de los géneros. Otra, la distribución de la materia. Estas “completas” habrían necesitado tres tomos. La prosa narrativa del primero habría hecho buena pareja con los ensayos del siguiente, y los textos periodísticos sueltos de éste dan por sí solos para un tercer tomo. Los volúmenes habrían resultado más manejables y su contenido se diferenciaría mejor.
Estos reparos son tan de menor cuantía que en nada desmerecen el interés intrínseco de libro. Valente significa una de las aventuras intelectuales más notables de la postguerra y fue uno de los nombres de mayor singularidad entre quienes forman la nómina habitual de la generación del medio siglo. Este tomazo permite ver lo que hubo en él de voz compartida con ese presunto grupo y lo que desde temprano le fue distanciando. En verdad, fue un islote dentro de su promoción, de la cual ya se preocupó bien de marcar distancias, no sin un afán polémico y formas a veces agrias. De todos los miembros del movimiento literario de los 50 sólo tiene suficiente familiaridad con su amigo Juan Goytisolo, con quien le unen no pocas coincidencias. Pero incluso aquí se ve su radical independencia. mientras Goytisolo apeó de su santoral privado a Machado para ascender a los altares a Cernuda, Valente, cernudiano también, muestra una inconmovible fidelidad machadiana.
Tal vez sea este valor de reflejo de un tiempo y de una personalidad el gran mérito del presente tomo: pone en la calle un nutrido manojo de textos imprescindibles para ver cómo evolucionó el escritor desde sus orígenes religioso-conservadores (es una pena que se haya respetado su voluntad de olvidar páginas adolescentes) hasta un compromiso ético fuerte y una poética esencialista firme. Este recorrido se cumplió con sucesivas adquisiciones: la admiración hacia los institucionistas, el acercamiento a la mística hispana y árabe y a la cábala hebrea, la frecuentación enriquecedora de escritores poco habituales entre los referentes de sus coetáneos, la vivencia del exilio, la inmersión en el mundo de las artes plásticas... Estos escritos muestran además cómo Valente mantuvo vivas inquietudes políticas y sociales bien poco esperables en su última visión purista de la literatura.
Fue Valente escritor original y penetrante también como ensayista y articulista. Su enemigo era el tópico y admira no encontrar un solo lugar común en un bloque tan macizo de páginas. La hostilidad a las convenciones llega incluso al prurito de la distinción. Todo ello forma parte de la complejidad de este intelectual y creador singular, puntilloso y algo esquinado cuyo conocimiento pleno permiten los presentes Ensayos gracias a los abundantes materiales (cartas abiertas, charlas, reseñas, notas varias) olvidados o inéditos que se aportan.
LA VIRTUD DEL SABIO
ANTONIO GARRIDO
Séneca. Cortesano y hombre de letras
Francisco Socas
Fundación Jose Manuel Lara
Precio: 25 €
Páginas: 432
Durante siglos el bronce que se conserva en el museo Arqueológico de Nápoles ha servido, no sólo para crear la imagen física de Séneca, sino para atribuirle las cualidades estoicas que corresponden al intelectual y político de la Bética. A partir de este busto Rubens recrea al filósofo en dos de sus cuadros, Los cuatro filósofos y, sobre todo en La muerte de Séneca, obra que contiene una clara intención de emparentar al autor con el cristianismo, relación tan peregrina cuanto irrelevante. Este Séneca enjuto, seco y recio se avenía perfectamente con la valoración de su vida y de su obra que la tradición nos ha transmitido, citaré únicamente la Vida genial y trágica de Séneca de Astrana Marín. Desde 1813, tras el descubrimiento del herma de Berlín, sabemos que el escritor no era enjuto y ascético, era noblemente obeso y con una testa un punto soberbia y también grandiosa. Es engañoso dejarse llevar por estos modos de relacionar lo físico y lo mental. Esta desmitificación es la que lleva a cabo de manera magistral el libro al que me refiero.
La obra del profesor Francisco Socas, Premio de Estudios Humanísticos 2008 de la Fundación José Manuel Lara, es una obra muy importante y no suelo hacer esta clase de juicios. Se trata de un texto de alto nivel intelectual y de gran claridad y calidad expositita que cumple el precepto orteguiano de que la virtud del sabio es la claridad.
La vida de Séneca, su obra y su pensamiento se nos ofrecen de manera perfectamente integrada en esta puesta al día de una figura tan compleja y tan rica en matices como la del personaje cuyas sentencias, reunidas en forma de libro, se venden por miles como recetas posibles para alcanzar ese territorio lejano que llamamos felicidad. La clave del estudio, en mi opinión, radica en el análisis del estilo, en la investigación del uso de la palabra en los diferentes géneros que Séneca cultivó, en su voluntad de estilo. La segunda parte del volumen se centra en este aspecto capital para la comprensión del escritor, mientras que la primera parte se centra más en la historia externa, en lo que tradicionalmente llamamos biografía.
Séneca es el intelectual y el político, el hombre de acción y el estudioso, el que nos recomienda apartarnos de la vida pública y sus azares y el que al mismo tiempo participa en las intrigas de la corte imperial, en sus miserias, en sus bajezas, hasta, quizás, en sus asesinatos de estado. Quevedo, Gracián, María Zambrano han mantenido esa idea del intelectual y del político en acuerdo perfecto entre la teoría filosófica y la práctica del gobierno. No hay tal. La contradicción es la realidad. Séneca fue un hombre poliédrico, un ambicioso que predicaba que había que ser justo lo contrario.
Lo más llamativo es que Seneca tiene una imagen popular en la que prevalece esta armonía inexistente. Frente a un Nerón brutal, un asesino, la imagen de Séneca, su preceptor, que intenta, en vano, frenarlo y que acaba sucumbiendo ante el monstruo. Se trata de una explicación demasiado sencilla. Séneca se implicó en el gobierno y sufrió los avatares del poder, cayó en desgracia y se recuperó hasta darse muerte desangrado y, quizás otra vez, con la nobleza con la que, siguiendo el relato de tácito, lo representan Lucas Jordán y David.
Las tragedias, los tratados y, en especial, las cartas, son analizadas por socas. El investigador destaca las misivas, entre el ensayo y el artículo de prensa, lo que nos muestra y demuestra la originalidad y modernidad de Séneca. Según Cernuda es clásico el autor que puede dialogar con el lector a través del tiempo, es el caso del cordobés que mantiene intacta su vigencia, mucho más en una sociedad en la que los individuos buscan una guía, un camino para conducirse, la senda de la sabiduría; en efecto, sabio es séneca en el imaginario colectivo a través de los siglos.
AMOR A LA LITERATURA
MARTA SANZ
¿Para qué sirve la literatura?
Antoine Compagnon
El Acantilado
Precio: 12 €
Páginas: 80
¿Para qué sirve la literatura? es la pregunta que inspira a Antoine Compagnon en la lección inaugural de su cátedra en el Collège de France. La responde desde un profundo amor a la literatura y a su docencia, con sencillez, sin ninguna de las alharacas epatantes que caracterizan a cierta crítica. En las antípodas del escándalo mediático y de la cada vez más pequeña repercusión de las polémicas culturales. Para responder, Compagnon sintetiza las respuestas de la Historia del pensamiento sobre la literatura: la aristotélica, perpetuada a través de Horacio y del clasicismo francés, donde la literatura es un instrumento para aprender disfrutando –o enseñar deleitando–; la respuesta de la literatura como remedio, que sintetiza posiciones, aparentemente antagónicas, que van desde el compromiso hasta la sensibilidad letraherida; y una tercera respuesta, bergsoniana, en la que los textos literarios rehabilitan el lenguaje e iluminan con él los territorios visibles, pero aún no nombrados, de la realidad.
No va a encontrar aquí el especialista ninguna idea que le obligue a recolocar sus propias concepciones; sin embargo, el sentido común y, sobre todo, esa pasión por los libros que atraviesa cada párrafo resultan tan conmovedores como oportunos al crear una atmósfera sana en un contexto en el que –Compagnon lo apunta– la literatura se ha justificar permanentemente: vivimos en una “era de la sospecha” donde lo literario sufre el acoso espurio de la imagen y del mundo digital. El discurso de Compagnon está marcado por su visión vitalista de la
comunicación literaria; en él funcionan nociones como la empatía o la capacidad de la literatura para destruir la buena conciencia al mismo tiempo que la mala fe, que provocan un sutil calambre que nos mueve hacia otros territorios: la disolución de oposiciones como la de texto y contexto; la extrapolación de la inutilidad de la literatura a la inutilidad general de los estudios humanísticos que ahora interesa mucho a consecuencia de la reforma de la universidad; la idea reaccionaria de que la literatura muere porque no tiene sentido como discurso de oposición en sociedades democráticas frente a las que ya no hay nada que objetar; o la supremacía del texto literario por ser el único que asume su estatus, un leitmotiv que planea por las ficciones borgianas y por el pensamiento de Foucault.
Entre la distante sacralización de los textos literarios y la falacia de su inutilidad, Compagnon encuentra el equilibrio desplazándose desde la literaturidad hacia el papel de la literatura en la moral colectiva como potente artefacto para conformar el conocimiento y desarrollar unas habilidades que difícilmente pueden adquirirse a través de los hipertextos o del input audiovisual. Contra el prejuicio posmoderno de la “sagrada impotencia”, esgrime un elogio dentro de la más pura tradición humanística en el que aparece una disculpable, pequeña mácula: la benevolencia de un autor que evita decidir cuál es la literatura que se debe elogiar teniendo en cuenta que sus artífices a veces son los cínicos voceros de la “sagrada impotencia”, la inutilidad, la muerte de la literatura en sociedades irreprochables... un latiguillo intelectual que se resuelve cuando alguien mira un libro en una estantería, se interesa por él y lo lee por o para algo. Siempre con una razón más o menos difusa. Quizá es que en las épocas de crisis –económicas, personales, literarias–, las mejores respuestas terminan siendo las más sencillas y amorosas.
INCLASIFICABLE BERGAMÍN
MARIO ELVIRA
Claro y difícil
José Bergamín
Fundación Banco de Santander
Precio: 20 €
Páginas: 369
Gómez de la Serna y Juan Ramón Jiménez distinguieron a José Bergamín como un caso personalísimo y sobresaliente de su generación, aunque para muchos de sus contemporáneos fue un personaje incómodo, siempre a cuestas con la verdad que no se quería oír. Esta antología, acompañada de un interesante estudio de Andrés Trapiello, abarca su trayectoria desde la Fundación de la Generación del 27 y de su extensa obra poética de raíz becqueriana y ejemplo del ingenio que expresan sus aforismos, hasta el papel que desempeñó en la dirección de revistas como Cruz y Raya y los numerosos ensayos dedicados a los clásicos españoles. Es en este apartado donde más brilla la heterodoxia, la sencillez, el amplio conocimiento literario y el carácter provocador de Bergamín,
expresado en los textos dedicados a las semejanzas y diferencias entre Cervantes y Shakespeare, a la interpretación de El Quijote como una epopeya del hombre enfurecido; a Larra, peregrino en su patria y melancólico romántico que tanto influyó en la Generación del 98. Junto a estos estudios, que participan del articulismo y de la crítica literaria, sobresalen especialmente los dedicados al realismo moderno de Galdós y la fuerza de su fabulación entremezclada de tragedia y religión, el que se ocupa de Azorín y su anatomía del desengaño español y la reflexión acerca del estremecimiento dramático y estético de Valle-Inclán. Esperemos que la visión poliédrica de Bergamín que ofrece este libro contribuya a rescatar y difundir la personalidad y la obra de un intelectual imprescindible del siglo XX español.
LECTURAS POESÍAS
EL CANTO ETERNO DE LA VIDA
JAVIER LOSTALÉ
Obra completa en verso
José Antonio Muñoz Rojas
Pre-Textos
Precio: 30 €
Páginas: 408
En el otoño de este 2009 José Antonio Muñoz Rojas cumplirá un siglo de vida fertilizada por el paso de las estaciones, por el diálogo visual y sonoro con todas las criaturas del campo (labradores, plantas y animales, irradiación de una misma alma), por el silencio hondo donde se concibe la palabra hasta hacerse canto, por la desvelada búsqueda de la belleza y la verdad, por el vuelo que entraña el tornar siempre la mirada en contemplación y, sobre todo vida plena, por recibir su savia del amor, humano y divino, misterio y armonía del mundo, capaz de transformar los instantes en eternidad. El próximo nueve de octubre se encenderán cien velas en su finca antequerana de la Casería del Conde, en la provincia de Málaga, pero los lectores pueden ya celebrarlo en compañía de un libro, casi breviario, tal es la intimidad a la que invita, publicado por Pre-textos, que reúne la Obra Completa en Verso de Muñoz Rojas, y que se suma a la biblioteca de autor creada por esta editorial desde principios de los noventa. El estudio y la edición es de Clara Martínez Mesa, nombre al que debemos añadir, por su sabiduría para iluminarnos la obra de este escritor en los últimos veinte años, los de Cristóbal Cuevas, Rafael Ballesteros, Julio Neira, Francisco Ruiz Noguera, Antonio Carvajal, Asunción Escribano y Emilia Velasco.
Literatura y vida están tan naturalmente trenzadas en José Antonio Muñoz Rojas que, mientras leemos sus versos, escuchamos los pasos de Antonio Machado: “Lo que importa únicamente / caminante, / es caminar”; el pulso de Juan Ramón Jiménez: “Acacia, tú compendias / estrellas, mundo, seno”; la unamuniana desnudez del hombre frente a Dios: “Dios de mi libertad, que me la cercas, / Dios de mi esperanza, que me la enterneces, / Dios de mi terror, / con el que me muerdes…” o el eco primigenio y cósmico de Aleixandre: “Lo mismo que una madre sobre la frente dulce / deja caer la mano, / y se levanta lenta / la bandada de nubes…”. Y suena también en los versos del poeta malagueño el Siglo de Oro español en armónica conjunción con los poetas metafísicos ingleses (no en balde pasó algún tiempo en Cambridge), el romanticismo remansado de Rosalía y de Bécquer, la estética y humanización del 27 y el latido religioso y cotidiano del 36, generación a la que se le adscribe. Poeta culto y popular, su visión trascendental de la existencia se articula sobre tres ejes principales: la tierra, el amor y Dios, trinidad indivisible espejo de un ser que canta tanto lo que cada día florece como lo que el tiempo se llevó. La tierra , su campo de Antequera, nunca separados los surcos del que con sudor sobre ellos se inclina, es gozo virginal, espacio íntimo de la memoria a través del olor y el sonido, sombra cálida de los ausentes, silencio estelar: “Aves que van y que vienen / de mis ojos a los tuyos, / de los tuyos nunca vuelven (…)” escribe en Cancionero de la Casería, uniendo naturaleza y amor, dos términos inseparables en Muñoz Rojas, amor que, aunque núcleo de toda su obra, brilla con alta llama en Cantos a Rosa ,símbolo sin figura concreta que tiene toda la fragilidad y misterio de la rosa: “!Oh, no te muevas, Rosa! Queda siempre, / siempre tranquila en tallo y belleza, / como te veo, olor y sentimiento”. Y finalmente Dios, sentido último de un tránsito donde resonó la vida con todos sus dones, soledad y dolor. Esencia de olvidos y pérdidas, brisa para una espera sinónimo de calma y reflexión, apoyada por el poeta en versos de otro de sus libros esenciales Oscuridad adentro: “tengo la suerte de tener labranza y amigos, brazos abiertos, es decir, familia, / suelo de los míos, es decir, pasado”. José Antonio Muñoz Rojas es ya un autor clásico cuya lectura sin tiempo nos hará renacer.
TRASCENDENCIA DEL SÍMBOLO
ISABEL PÉREZ MONTALBÁN
El cuarto día
Cecilia Quílez
Calambur
Precio: 9 €
Páginas: 68
Apenas han pasado dos años desde que la escritora Cecilia Quílez (Algeciras, 1965) llamara la atención en el panorama de la reciente poesía española con su poemario Un mal ácido, que publicó Torremozas. Ahora, la editorial Calambur edita una nueva entrega de sus textos líricos bajo el título El cuarto día. En este nuevo libro se asienta definitivamente la autora con una voz desasosegante que trasiega en la inmensidad del tiempo, de la realidad material y de las abstracciones de su entorno. Porque el cuarto día es el primero de un presente en marcha (de hecho, predomina en el discurso el uso del tiempo presente sobre el pretérito) que se dirige hacia un futuro incierto, como consecuencia lógica de haber dejado atrás o haber sobrevivido a tres días (o décadas o edades) que han constituido el sedimento fósil de una nueva capa de existencia en formación. O eso al menos parece deducirse de la lectura: “El cuarto día es el primero / después de mi resurrección”, nos dice a modo de conclusión en el poema “Epílogo”, que no en vano cierra el libro, dividido en tres partes diferenciadas.
Es preciso señalar que la inquietud, las sombras, el reverso de lo tangible o la pregunta inquietante ya estaban presentes en aquel Mal ácido, pero forman la columna vertebral del contenido y la forma en esta última publicación. Ahora bien, un aspecto que no ha cambiado en su literatura es la probada habilidad para jugar con el vocabulario con el ritmo sintáctico, para construir con el idioma un edificio poético original que hunde sus cimientos en una partitura musical que se deja oír tanto en su melodía como en sus letras. Todo esto lo consigue Quílez no sólo por su capacidad para moldear la lengua, sino sobre todo gracias a un imaginario personal puesto en evidencia, que se nutre de símbolos románticos (aparecen términos alegóricos como pasadizos, sangre, tumba, calavera, cenizas, belleza, cuervo, morgue, tempestad) y que tiende a la trascendencia y elevación de lo evidente y de lo aparentemente cotidiano, como la pasión y el amor, tema por excelencia del poemario si bien no el único, ya que también hay espacio y palabras para plantearse un reducto de memoria y sobre todo un monólogo interior que quiere aclarar conceptos y proponerse pautas de actitud; como cuando declara la intención de “no dejarse asesinar por el miedo”.
La obra de Cecilia toma de la tradición apenas las interpretaciones de cierta simbología y pone de su propia cosecha lo demás: su visión particular, a veces irracionalista, de cuanto elige mirar o descifrar; su estilo, su inapelable elección de temas y la creación de atmósferas (sin duda lo más conseguido). Del conjunto de textos, destacan los de largo aliento, más narrativos que impresionistas, como “Prólogo” y “muy frágil” y la unidad de “Cuatro misterios y una ofrenda”. El cuarto día no dejará indiferente al degustador de poesía en estado puro.



