LECTURAS NARRATIVA
NARRATIVA
Emmanuel Carrére, Manuel Vicent, Amos Oz, Pablo Bujalance, Georges Perec, Javier Moro, Ángel Vázquez, Eduardo Lago.
REGRESO A KOTELNICH
PEDRO M. DOMENE
Una novela rusa
Emmanuel Carrére
Anagrama
Precio: 17 €
Páginas: 295
Cualquier realidad desbarata los planes de un hombre, cualquier situación sirve para dominar esa realidad por muy terrible que esta sea. Con semejantes planteamientos el escritor, guionista y realizador, Emmanuel Carrère (París, 1957), explica que Una novela rusa (2008) se ha convertido en un ejercicio de psicoanálisis para salvar su vida. La narrativa del escritor parisino transita por esa extraña capacidad de eficacia que propone con sus textos.
Los hechos que se cuentan son verdaderos, aunque Carrère ha pretendido escribir un texto con evidentes elementos de ficción para hilvanar sus tres líneas argumentales: la historia de un húngaro que, capturado al final de la segunda Guerra Mundial, pasó más de cincuenta años encerrado en un hospital psiquiátrico, en el pequeño pueblo de Kotelnich, fue devuelto a sus familiares en Hungría; el relato se desarrolla en “ese agujero” olvidado de la Rusia rural a donde el narrador volverá, una vez más, para filmar un documental titulado Retorno a Kotelnich (2003), con la secreta intención de retratar la atmósfera de esa miserable Rusia profunda, cuyos habitantes sienten vergüenza por su pobreza, su miseria o la fealdad de sus rostros. Carrère y su equipo sospechan que algo ocurrirá en cualquier momento, y los lugareños no entienden la razón del interés de unos franceses por ellos. La segunda, propone una investigación sobre el abuelo materno del escritor, Georges Zurabishvili, colaboracionista con el régimen nazi en la Francia ocupada y desaparecido, misteriosamente, en el otoño de 1944; capítulo familiar que cuenta con la prohibición expresa de la madre, la célebre sovietóloga, Hélène Carrère, secretaria perpetua de la Academia francesa y que, de alguna manera, se diluye en el libro para intensificar la trama; y, un tercer argumento,
no menos novelesco, la distorsionada relación amorosa con Sophie, una elegante joven, tan distinta al narrador -protagonista que proyectará sobre ella su egoísmo, su veleidad y esa propensión a la locura familiarmente reconocible.
La novela tiene una estructura compleja, con planos distribuidos hábilmente a largo de las escenas que se suceden en Kotelnich, cuya ominosa visión del lugar es lo mejor del relato, porque incluye unos personajes que nunca se asoman a la cámara y, cuyo objetivo, muestra una auténtica reflexión sobre la identidad del lugar, encabezada por Aina, la joven que habla francés y mantiene un extraño romance con un dirigente del FSB (antigua KGB). Pero en el segundo viaje ha sido madre y será asesinada brutalmente junto a su hijo, provocando el triste desenlace de ese viaje ruso, iniciado en el 2000 para desentrañar, periodísticamente, la vida del húngaro András Toma; y un elemento aun más literario, el relato pornográfico que Carrère escribe en Le Monde para Sophie, con esa secreta excusa de salvar una relación desgastada en abundantes y excesivas páginas de dimes y diretes que muestran acciones triviales de la pareja, un episodio explícitamente subrayado por el autor con un lenguaje erótico desinhibido que reproduce una historia engarzada en la mitad de la novela para despertar el interés del lector. Todo escritor anda buscando una voz en cada uno de sus libros, esa voz imprescindible en el lugar preciso y en el momento necesario, como le ocurre a Carrère a la espera de conseguir con Una novela rusa la eficacia total para su literatura. De alguna manera, consigue su propósito en este relato porque, sobre todo él, gravita esa sensación de derrota que al lector, finalmente, le sirve de cierto alivio.
RETRATO DE ARTISTA ADOLESCENTE
RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
León de ojos verdes
Manuel Vicent
Alfaguara
Precio: 18 €
Páginas: 200
Todo escritor que se precie posee su Amarcord, su tiempo de gracia, un verano con diecisiete años. Ese umbral físico y sentimental que, una vez cruzado, supone un punto de no retorno y acompañará para siempre a su protagonista, suele constituir un venero fecundo, inagotable para la creación, sobre todo a medida que el tiempo dibuja su curva silenciosa pero implacable. Quizá toda literatura no sea, en realidad, más que el regreso circular y constante a esos espacios y tiempos que, vistos en perspectiva, adquieren un cariz mítico. Camus, gran valedor de esta tesis, la ratificó en El revés y el derecho con su habitual elegancia: “Una obra de hombre no es otra cosa que una larga marcha para volver a encontrar, por los meandros del arte, las dos o tres grandes imágenes a las que el corazón se abrió por primera vez”.
Es bien sabido que el Amarcord de Manuel Vicent se llama Mediterráneo. Pocos escritores como el valenciano han celebrado tanto y con tanta constancia ese accidente de la geografía y de la cultura, esa “pulsión moral sin Dios, un mar interior que sólo se navegaba desnudo sin más adherencias que el deber de sobrevivirse todos los días”. En sus novelas, en sus libros de gastronomía y viajes, en sus artículos de prensa, Vicent ha vuelto al mediterráneo con obstinada reverencia, casi como un peregrino o como un amante, si es que peregrinar y amar no son una y la misma cosa.
Escritor, pues, de un único tema, escritor obsesivo y compulsivo, Vicent rinde homenaje en su último libro a esa coordenada del paisaje y del paisanaje que conformó el territorio de su infancia, un territorio que en León de ojos verdes se oculta tras la hermosa fábrica del Voramar, un balneario de Benicasim por el que pululan un elenco de personajes más o menos arquetípicos (el lobo de mar, el viejo enamorado, la niña lisiada, el chulo guaperas, el capitoste franquista) al lado de visitantes menos habituales (entre ellos, una impagable Brigitte Bardot, erigida ya en el lejano 1953 en anegada defensora de los “animalillos de Dios”), todos ellos dispuestos en el atelier del escritor no como meros figurantes, sino como instigadores de peripecias, como reveladores de conductas.
Retrato de un adolescente ganado por la causa de la belleza, en rebeldía contra los principios que hasta ese momento regían su vida, León de ojos verdes se construye sobre una triple negación, negación que, a su vez, esconde un triple movimiento afirmativo. En primer lugar, el adolescente Manuel niega la religión católica para bañarse en el paganismo de la naturaleza, un paganismo que pronto desacralizará para convertir en una pauta moral, en una “forma de pensar”; en segundo lugar, el adolescente manuel niega la historia oficial para empaparse, por boca de un médico librepensador, de la otra historia todavía no escrita allá por el año 53, la de los perdedores de la Guerra Civil; en tercer y último lugar, el adolescente Manuel niega la grisura de la existencia para reafirmarse en los colores de la literatura entendida como figura vicaria frente a las inclemencias de la vida.
De la misa diaria y las verdades no cuestionadas de la fe al mar que nadie agota y las fiebres de la naturaleza; del abecedario franquista y su maquinaria perversa y condenatoria al conocimiento de los excluidos y el descubrimiento de otra ideología; de la cotidianidad apodíctica al trato con Raskolnikov y Mersault, los hombres sufrientes, los hombres dolientes, los hombres grandes en sus miserias.
FUSIÓN DE HIELO Y FUEGO
EUGENIO FUENTES
La caja negra
Amos Oz
Siruela
Precio: 19,90 €
Páginas: 296
Cuando al israelí Amos Oz (1939) le invitan a que defina su obra en una sola palabra suele decir: “Familia”. Y si el entrevistador insiste y pide una segunda palabra, añade: “Familia desgraciada”. Claro que, si le incitan a explayarse, el autor de La caja negra (1987) suele explicar que su literatura habla de lo íntimo, de lo individual, de lo local, que son las grandes fuentes nutricias de esta magnífica novela epistolar que vuelve a estar en las librerías casi una década después de haber sido traducida por primera vez al castellano.
La caja negra arranca con la carta que una mujer, Ilana, escribe a Alec, su adinerado ex marido, a quien no ha vuelto a ver desde que, siete años atrás, la pareja se divorciara. El motivo de la misiva, acre de reproches y sorprendente por alguna de sus propuestas, es pedirle ayuda para enderezar la vida de su conflictivo hijo adolescente, de quien Alec reniega. Tras conocer el contenido de esta larga primera carta –más de siete páginas de apretado cuerpo en la edición española– el lector tiene en su poder tal cúmulo de apreciaciones subjetivas y supuestos hechos que no le quedará más remedio que internarse sin demora en la siguiente para procurarse algo de luz. Amos Oz tiene ya al lector entre sus manos para contarle una historia de amores y odios extremos. O sea, la historia de una familia desgraciada. Cartas, telegramas, fichas para una investigación sobre el fanatismo son los materiales que emplea el autor de la celebrada Una noche de amor y oscuridad (2003) para ir desvelando las piezas de este intrigante rompecabezas afectivo que enfrenta al distante y solitario Alec, expatriado en Chicago, con la enigmática y desesperada Ilana. Dos personajes que, consumando una violenta fusión de hielo y fuego, permiten a Oz desarrollar su vieja fascinación por este último elemento, que atrae sin remisión a la vez que despierta el pavor de verse reducido a cenizas. Dos personajes, por otra parte, que, bien arropados por un corto elenco de secundarios, permiten a Oz exhibir su pasión por el trabajo minucioso con las palabras y desplegar su dominio del lirismo, la ironía o las medidas irrupciones del humor.
Hasta aquí lo íntimo, lo individual. Falta lo local para completar el mapa que el propio Oz traza de su literatura. Tras divorciarse de Alec, Ilana se ha casado con un humilde profesor de francés, Michael, pacífico pero tenaz militante ultraortodoxo. Estamos en 1976, tres años después de la guerra del Yom Kipur, e Israel vive el nacimiento de la fiebre constructiva de asentamientos en los territorios ocupados. Racismo, dinero y judaísmo aparecerán, pues, de la mano de Michael para que Oz plasme su rechazo de los asentamientos y su desafección hacia el hecho religioso, heredada de una familia de intelectuales laicos ruso-polacos. En cuanto al conflicto que vive el país desde hace décadas, quien mejor expresa la opinión de Oz, ferviente defensor de la creación de Estados separados para israelíes y palestinos, es Boaz, el hijo rebelde de Ilana y Alec: “ (Los judíos) viven de la Torá, de la política, de discursos y discusiones, en vez de vivir de la vida. Ocurre lo mismo con los árabes. Han aprendido de los judíos a consumirse de tristeza y consumirse unos a otros y consumir personas en vez de comida corriente”.
Convencimiento, sin duda, que ha movido a Oz, cofundador del movimiento “Paz Ahora”, a predicar fuera de sus novelas: “no hagáis el amor, haced la paz”.
Y LÁZARO SE LEVANTÓ
JESÚS MARTÍNEZ GÓMEZ
Lázaro en Babilonia
Pablo Bujalance
Alfama
Precio: 22 €
Páginas: 529
No suele ser habitual que un autor arriesgue con una obra al margen de los géneros de moda, una temática delicada e inhabitual y un análisis profundo de los códigos y valores que han condicionado la cultura de raíz cristiana en Occidente. Pablo Bujalance (Málaga, 1976) lo ha hecho en su estreno como narrador con la valentía del que tiene mucho que decir y mucho que ganar, pues si hasta ahora era conocido sólo por su labor periodística y su corta trayectoria poética, a partir de la publicación de Lázaro en Babilonia (2008) será muy difícil desatender los nuevos retos que este joven escritor proponga en el futuro.
Esto es así porque hacía tiempo que no encontrábamos una propuesta tan fresca, tan conceptualmente atrevida y tan abierta a interpretaciones diversas como ésta. Con un título anticipativo, Bujalance invita en ella a una honda revisión de algunos de los grandes mitos judeocristianos y lo hace trastocando papeles, perspectivas y puntos de vista tradicionales para obligar al lector a resituarse frente a ellos y cuestionar, en definitiva, los pilares mismos en los que se sustenta todavía hoy el pensamiento y la cultura occidentales. No se trata de derribar nada, sino de mirarlo todo con otros ojos.
Para conseguirlo, el protagonista de la novela dispondrá –en una clara inversión del que es el gran resucitado, el Lázaro bíblico– del don sobrenatural de resucitar a los muertos, un Lázaro contemporáneo que descubrirá con estupor la gracia concedida, siendo aún adolescente, y que no podrá ni querrá renunciar ya a esa pesada carga que lastrará su existencia y la de una colectividad indómita ante la muerte y cuyas ansias de eternidad prevalecen sobre la conciencia de su humana condición.
Lázaro, miembro de una comunidad tan intemporal e inubicable como las pulsiones presentes en ella, irá creciendo y habrá de enfrentar todas las pruebas derivadas de la aplicación del que no es sino un rasgo de divinidad que sólo podrá ejercerse desde el dolor propio y el sacrificio, desde la renuncia y la soledad, desde el rechazo y la incomprensión de un poder, que siempre aplastará por la fuerza y desde el miedo cualquier impulso transformador y subversivo.
En esa progresión, irán apareciendo personajes de claras resonancias bíblicas junto a hechos o acontecimientos que recuerdan algunos de los episodios más importantes de la iconografía cristiana y que conducirán a Lázaro a la insumisión, a la suplantación misma, a través de su descendencia en esa Babilonia apóstata que hoy, como ayer, cobija y alberga en su seno a las fuerzas del mal; una Babilonia perseguidora del Pueblo de Dios y que representa en algunos pasajes del Nuevo Testamento el nacimiento y auge dentro de la Iglesia de una potencia de la apostasía que se extendería por el mundo mediante la fuerza, el engaño, las pretensiones arrogantes y blasfemas, y la usurpación de prerrogativas exclusivas del mismísimo Todopoderoso.
Pero, con todo, lo más importante es cómo el autor logra trasladar al lector a ese territorio puramente onírico, a un espacio donde los sueños, y aún más las pesadillas, encuentran acogida y razón de ser, sin que esa conciencia de lo irreal impida establecer a éste las conexiones lógicas necesarias para una acerada y muy freudiana interpretación de la realidad en la que es imposible desechar, entre otras, la enorme influencia de Kafka. Lo consigue con una excelencia impropia de un autor primerizo, con un acertado dominio de la técnica narrativa y un coraje indudable que hace de Pablo Bujalance un narrador de presente y de futuro, y de Lázaro en Babilonia una novela abierta y diferente, una apuesta firme y una alternativa a las agotadas propuestas narrativas que tanto acomodo encuentran hoy en el mundo editorial.
PROYECTOS PEREC
JUAN BONILLA
Lo infraordinario
George Perec
Impedimenta
Precio: 15,50 €
Páginas: 122
Casi todo en Perec es proyecto. Duchamp de la literatura –duchampion quizá fuera mejor–, algunas de sus ideas
trasladadas a realidad quedan en poca cosa, humo que se disgrega: lo importante es el fuego que está abajo, invisible. En Lo infraordinario, Perec se hace unas cuantas preguntas que tratan de escatimarle presencia y tamaño a lo excepcional, que pretenden fijar el verdadero milagro no en los milagros y gestas, no en las cosas que
ocupan las primeras planas de los periódicos, sino en lo aparentemente vulgar, en lo común. Mediante esas preguntas y órdenes acelera un curso de escritura: describa su calle, ¿qué hay debajo del papel pintado? ¿Por qué no se encuentran cigarrillos en las tiendas de alimentación? Robándole el foco a lo pretendidamente importante, ilumina las pequeñas cosas de las que se compone cualquier existencia.
El propio Perec dice: me importa poco que estas preguntas sean fragmentarias, apenas indicativas de un método, como mucho de un proyecto. Me importa mucho que parezcan triviales e insignificantes: es precisamente lo que las hace tan esenciales o más que muchas otras a través de las cuales tratamos en vano de captar nuestra verdad.
Apóstol de lo insignificante, Perec seduce más por su propósito que por sus resultados –salvo en su gran obra, La Vida: Instrucciones de Uso, donde propósito y resultado se sostienen con equilibrio fascinante. En su libro Me acuerdo quiso rascar el caparazón de la memoria común para, a través de unos centenares de frases, fijar la foto de una generación que pudiera ser también la foto particular de cualquiera. En Lo infraordinario, vuelve a lo trivial, de una manera trivial, menos imponente que en Me acuerdo: quizá por eso el resultado viene a ser menos memorable. Cómo una calle pobre se convierte en una calle moderna a través de paulatinas obras, las cosas que hacen encantadora a Londres, la descripción de la mesa de trabajo del escritor, doscientas cuarenta y tres postales enviadas, una tentativa de inventariar todo lo que alguien ha comido y bebido en un año (con párrafos como éste: 35 ensaladas verdes, una ensalada de varias hojas, una ensalada de treviso a la crema, dos ensaladas de endivias).
Estas son las cosas que contiene este libro que eleva lo infraordinario a excepcional, que convierte la metamorfosis vulgar de una calle cualquiera en un hecho que merece ser rescatado del olvido al que iba dirigido (aunque más que eso, lo que importa, lo que fascina, es la exacerbación del propio ejemplo que se nos aporta, pues llevando a su exceso la idea de contar la transformación de cualquier calle obtendríamos una enciclopedia que abarcara el mundo entero).
Como el Dalí que pensaba en escribir sus ideas en tarjetas y encerrarlas en sobre lacrados que vendería como obras terminadas –la obra quedaba en manos del comprador, si quería obtenerla tendría que llevar a cabo lo que hubiese escrito el artista en la tarjeta–, como la fotógrafo Sophie Calle, que protagoniza sus propios reportajes a modo de aventura como el ya citado Duchamp, Perec es un artista de proyectos que puede seducirnos sin confiar en las realizaciones de esos proyectos. Como se ve, se me han ocurrido tres artistas plásticos. En literatura es muy complicado encontrar a alguien con quien emparentar a Perec.
DESTINO Y TRAGEDIA
JUAN GAITÁN
El sari rojo
Javier Moro
Seix Barral
Precio: 22 € ; Páginas: 632
La llamada “novela de no-ficción”, de amplia tradición en el mundo anglosajón, está comenzando a arraigar en la producción literaria en español. Gran culpa de ello la tiene un autor, Javier Moro, que con su obra Pasión India, en la que desgranaba la historia de la malagueña Anita Delgado, una bailarina que se casó con el Maharajá de Kapurtala, consiguió alcanzar un sonado éxito de crítica y venta en varios países centroeuropeos. Insiste ahora Javier Moro tanto en el género como en el escenario, la India, centrándose esta vez en la familia Neruh-Gandhi, para desde la figura de Sonia Maino, una chica italiana que a los diecinueve años se enamora de Rajiv, hijo de Indira Gandhi y nieto del mítico Neruh.
La novela El sari rojo está configurada al modo de las tragedias, con apertura, cuatro actos y epílogo. No es casual esta disposición, pues ya desde ahí el autor quiere hacernos ver cuánto de trágico y de destino inevitable tiene esta historia. Javier Moro, tiene un amplio dominio de la investigación que le permite mantener un ágil tono narrativo-periodístico durante la mayor parte de la novela. Pero lo verdaderamente importante, y el autor lo sabe, es la inmensidad de la historia de la estirpe más poderosa de la India, una suerte de “familia real republicana”, una dinastía que, al igual que otras (como la de los Kennedy en Estados unidos), acaba siendo una marca política de contrastada eficacia que, al mismo tiempo, no puede abandonar el juego político aunque lo desee. Y así, aunque la novela comienza centrándose en el personaje de Sonia, al final la magnética personalidad de Indira Gandhi acaba por apoderarse de la narración. Sin embargo, la figura de Sonia sirve para que el lector no se abrume ante la gran historia de los Gandhi y para continuar el relato tras la muerte de la matriarca.
Javier Moro logra, con un lenguaje muy directo, hacer experimentar al lector claramente lo que siente una familia que vive a la luz pública, su falta de intimidad, el análisis social al que ven sometido cada uno de sus pasos, de sus gestos y cómo se ven impulsados a asumir responsabilidades para las que no siempre están preparados, porque al fin y al cabo son “gente normal que vive circunstancias excepcionales”. La novela narra así la historia reciente de la India, un país inmenso (en realidad un subcontinente) en el que vive la sexta parte de la población mundial.
El sari rojo que da nombre a la novela fue tejido por Neruh en la cárcel, y luego usado por Indira el día de su boda, más tarde por su nuera Sonia y finalmente por la hija de ésta, Priyanka. Javier Moro lo utiliza a modo de símbolo de cómo en esta familia se hereda el poder y también el drama, de cómo algunos de sus personajes, al igual que en las tragedias griegas, se ven abocados a un destino que en realidad nunca quisieron, pero que les arrastra inexorablemente y les lleva hasta la destrucción.
FRAGMENTOS DE VIDAS
IGNACIO F. GARMENDIA
El cuarto de los niños y otros cuentos
Ángel Vázquez
Pretextos
Precio: 18 € ; Páginas: 270
Pese a haber ganado el Planeta por Se enciende y se apaga la luz (1962), cuando el premio no tenía ni de lejos el relumbrón mediático que ha alcanzado después, Ángel Vázquez (1929-1980) no fue nunca un escritor famoso ni demasiado leído, pero quienes se han acercado a La vida perra de Juanita Narboni (1976), una de las grandes novelas españolas de la segunda mitad del siglo XX, saben de la singularidad literaria de un autor indisociablemente
ligado a la ciudad de Tánger, que retrató en páginas imperecederas. Casi treinta años después de su muerte, Pre-Textos ha reunido en un hermoso volumen los relatos que Ángel Vázquez publicó en revistas desde mediados de los cincuenta, pulcramente editados por Virginia Trueba –que ha escrito una concienzuda introducción a la narrativa breve del tangerino, complementaria de la que acompañaba a la edición de La vida perra en Cátedra– y precedidos de una jugosa semblanza preliminar de su gran amigo y valedor Emilio Sanz de Soto, fallecido unos meses antes de la aparición del libro.
Además de las citadas, la obra de Ángel Vázquez comprende una tercera novela, Fiesta para una mujer sola (1964), y los cuentos ahora recopilados, pero se sabe que antes de morir el autor quemó otras dos novelas inacabadas en la estufa de la pensión de Atocha que acogió sus últimos años. Una obra escasa y no toda accesible, de ahí la importancia de esta edición que recupera –se ha incluido un inédito y se han desechado otros– textos que permanecían olvidados y resultan de obligado conocimiento para recomponer la trayectoria de un narrador imprescindible, por lo que tiene de cronista de un mundo desaparecido y por la propia peculiaridad de su
lengua literaria. Como en el formidable monólogo de Juanita Narboni, los cuentos de Ángel Vázquez tienen a Tánger como escenario y recrean, dice la editora, “fragmentos de vidas”, vidas marcadas por la soledad, la insatisfacción y el desarraigo, vidas rotas que ponen de manifiesto el abismo infranqueable entre la realidad y el deseo.
Hay en ellos mucho del autor, la evocación de la infancia, la figura del padre ausente, la estrechez económica, la obsesión por el pasado irrecuperable. La prosa de Ángel vázquez, que nunca cae en el patetismo, se muestra especialmente brillante a la hora de reconstruir atmósferas desoladas, habitadas por personajes frustrados, desposeídos, que sobreviven como pueden, cuando pueden, a la desilusión y el hastío. “En Tánger, quizás por el proteísmo de su ambiente, suele resultar más fácil que la vida se desenvuelva lo mismo que en una novela, con sus
tonos alegres o amargos y sus incidencias casuales”, leemos en un artículo de Alberto España –Mariquita la Sombrerera (1963), incluido como apéndice– donde se recrea la figura de la madre, central en el imaginario del escritor y cuya decadencia prefiguraría la del propio Ángel Vázquez. Es el mítico Tánger de los expatriados, su esplendor decadente y cosmopolita, pero la lúcida mirada del autor va más allá de los ambientes sofisticados para apresar en toda su variopinta humanidad la compleja mescolanza de una ciudad y un tiempo irrepetibles.
Atormentado, maldito, lector compulsivo y políglota pero hombre de pocas palabras, el hijo de la sombrerera llevó en efecto una vida perra, ocupado en empleos precarios, permanentemente acuciado por la necesidad, alcoholizado, vagando de pensión en pensión, sin lograr del todo el reconocimiento que su arte merecía. Acaso ha llegado la hora de volver la vista a este gran escritor que se salvó, como tantos otros, en su literatura.
CUENTOS DE PROFESOR
ANTONIO OREJUDO
Ladrón de mapas
Eduardo Lago
Destino
Precio: 20,50 € ; Páginas: 366
Ladrón de mapas es el segundo libro de ficción publicado por el escritor y profesor de literatura Eduardo Lago (1954), que ya obtuvo el Premio Nadal 2006 con su primera novela, Llámame Brooklyn.
Sophie, la protagonista de Ladrón de mapas, es una arquitecta que ha regresado a París tras cinco años en Tokio. Leyendo Le Monde llama su atención la noticia de un ladrón de mapas robados en la Biblioteca Nacional. Navegando por internet descubre el prólogo a tres “Cuentos de ida”, que se descarga. Hay otros tres “Cuentos de vuelta”, que podrá descargar si le gustan los primeros. Como el prólogo menciona Trieste y Sophie está unida a esa ciudad por vínculos sentimentales, toma prestado un coche y se va a Italia. Durante el trayecto, un Ali Larkem le pide que lo saque de París. Sophie descubre por casualidad que el autoestopista es el ladrón de mapas. Ali desaparece. En Ginebra, Sophie lee los “Cuentos de ida”. Nosotros, los lectores de Lago, los leemos también. El autor de esos cuentos hallados en internet es un viejo amigo de Sophie, que le escribe un correo electrónico. Néstor Oliver-Chapman, que así se llama, contesta. Se incluye la carta. Sophie decide ir a verlo. Termina la primera parte. La segunda está compuesta por otras dos colecciones de seis cuentos cada una –“Cuentos borrados” y “Cuentos robados”– y por dos capítulos finales: “Coda. ¿Cómo nace una historia?”, en la que una voz que parece del autor nos explica los entresijos del libro, y “Ladrón de mapas (final)”, donde Sophie vuelve a encontrarse con Ali Arkem en París.
Ladrón de mapas es un libro contradictorio. Por un lado se reconocen en él muchos ingredientes de la narrativa posmoderna: metaliteratura, estructura (aparentemente) fragmentaria, multiculturalidad y cosmopolitismo de los personajes. Y también un intento de aplicar a la literatura la revolución en las comunicaciones que ha traído internet. Por otro lado es una novela del siglo XX. Nada raro por otra parte en un especialista en el Ulises de James Joyce. Lo es por su arquitectura –levantada sobre un esqueleto triádico y simétrico que hubiera encantado a los primeros estructuralistas– y sobre todo por su tema tantas veces tratado en la literatura de los últimos quinientos años: “la dificultad de separar la realidad de la ficción”.
No sé si el autor ha querido escribir un libro de libros, un relato de relatos, donde la vida y la literatura se entremezclen a la manera de Obabakoak, de Bernardo Atxaga. Yo lo he leído como una recopilación de cuentos más o menos interesantes dotada de un marco argumental que le proporciona esa unidad tan apreciada y buscada en la modernidad, pero que lo aleja de corrientes narrativas más audaces. Ese marco narrativo lo emparenta con Las mil y una noches, con el Decamerón, y con tantos otros libros que utilizaron en el pasado un recurso semejante. Pero
ni siquiera esta regla puede aplicarse a todo el libro, porque si bien los “Cuentos de ida” y los “Cuentos de vuelta” son cuentos escritos por Néstor que Sophie se baja de internet, no sabemos a ciencia cierta quién escribe los “Cuentos borrados” y los “Cuentos robados” de la segunda parte.
Las dieciocho piezas carecen de común denominador, son materiales heterodoxos en los que prima la anécdota sobre el lenguaje. “incidenteen la m-30” y “Chef-d’oevre” son los que yo he leído con más deleite. Todo el libro está plagado de guiños literarios cultos, como si durante la elaboración de este libro el escritor le hubiera cedido la pluma al profesor de literatura.



