FIRMA INVITADA

FES DE ERRATAS

Los errores tipográficos en los libros pueden constituir un género en sí mismos 

Ignacio Martínez de Pisón

Como hay coleccionistas para todo, supongo que habrá gente que guarde fes de erratas, esos papelillos culpables que te encontrabas entre las páginas de los libros. La más reciente que recuerdo tendrá ya unos diez o doce años, e intentaba hacer pasar por una errata lo que a todas luces era un error: en ella se decía que donde ponía Bodas de sangre debía poner La casa de Bernarda Alba... Reconozco que soy bastante maniático con los errores tipográficos. No tanto, por supuesto, como el poeta del Siglo de Oro Fernando de Herrera, que atormentaba a los impresores con su perfeccionismo y, una vez que el libro había salido de las prensas, corregía las últimas erratas pegando diminutos recortes de papel sobre los ejemplares ya impresos. No, yo no llego a esos extremos, pero suelo pedir a mis amigos que me avisen de posibles anomalías en mis libros para solventarlas en posteriores reimpresiones. Por eso, al contrario que los bibliófilos, prefiero las segundas ediciones a las primeras.

También es verdad que ni siquiera las segundas ediciones son totalmente fiables, unas veces por desidia del autor o del editor, otras porque ni siquiera es posible incorporar las correcciones (como ocurre con las falsas reimpresiones, esas que se hacen al mismo tiempo que la primera edición pero que, en un intento de engañar a libreros y lectores, se distribuyen unos días más tarde con la engañosa faja “¡2ª edición! ¡Veinte mil ejemplares vendidos en una semana!”).

La cuestión, en fin, es que siempre se acaba colando alguna errata. Recuerdo la satisfacción de cierto amigo que acababa de editar una antología de textos sobre un escritor latinoamericano. “No encontrarás una sola errata”, me aseguró mientras me regalaba un ejemplar, y yo abrí por la página de créditos y descubrí que la edición no había corrido “al cuidado” sino “al ciudado” de mi amigo. En Vituperio (y algún elogio) de la errata José Esteban rescató algunos casos gloriosos de ceños convertidos en coños, moriscos en mariscos, gustos en bustos y ultraísmos en altruismos. Mi errata favorita es una que se deslizó (al parecer no de forma totalmente involuntaria) en una composición con la que el poeta Ramón de Garciasol quiso homenajear a su mujer. El verso en cuestión debía decir “Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas”, pero una ene estratégica se volatilizó y el resultado fue que, mientras la buena de Mariuca se dormía, el poeta se iba “de putillas”. Ignoro las consecuencias que para la vida conyugal de Garciasol pudo tener esa errata, pero supongo que a Mariuca no le quedó más remedio que ser comprensiva con el desliz (el del impresor).

También en Stalin y los verdugos del historiador Donald Rayfield se mencionan algunas erratas. Resulta que una mínima modificación podía convertir al dictador soviético en un meón (Ssalin en ruso) o en un cagón (Sralin). En un régimen sin libertades cualquier resquicio valía para incordiar a la autoridad, y hubo linotipistas que no dejaban pasar la ocasión de rebautizar la ciudad de Stalingrado con la expresión Stalin gad, que significa “Stalin reptil”. Pero de alguien como Stalin no podía esperarse una comprensión similar a la de Mariuca, y bien pronto se hizo obligatorio que las fes de erratas incluyeran junto a cada error el nombre de la persona que lo había cometido. Bajo el gobierno de Stalin las erratas fueron declaradas “incursiones de la clase enemiga” y, según Rayfield, un autor o un linotipista podía ser fusilado por una letra mal puesta.