ENSAYO Y POESÍA
Manuel Mantero, Isabel Pérez Montalbán, Víctor Bolívar, Joseph Joubert
LECTURAS POESÍA
El fuego del poema
Juan Manuel Romero
Obras completas I.
Como llama en el diamante
Manuel Mantero
RD Editores
25 euros
1.040 pgs
La poesía metafísica y formalista de Mantero lo sitúa en los márgenes de su generación
La nómina de la generación del 50 que elaboró García Hortelano en su mítica antología de 1978 hace tiempo que se quedó pequeña, y no porque los autores elegidos no sean imprescindibles sino porque la cosecha de ese periodo fue enorme y el buen grano abundaba. El poeta Vicente Gallego lo ha constatado recientemente en su selección personal El 50 del 50 (Pre-Textos, 2006), en la que reivindica a autores considerados menores como Defargues, Feria, Padorno o Quiñones. Por su parte, los poetas sevillanos más destacados de la generación del medio siglo, Aquilino Duque y Julia Uceda, han recogido ya el conjunto de sus obras en ediciones importantes. El volumen de la poesía completa de Manuel Mantero titulado Como llama en el diamante (que aumenta en dos libros el de 1996, del mismo título) viene a sumarse a esa labor de recolección que nos permitirá entender de una manera más ajustada qué sucedió en la poesía española durante ese periodo tan fértil.
El propio Mantero confiesa en el prólogo a esta nueva Poesía completa la relación de su proyecto con la poesía de su época, que no es sino la historia de un desencuentro. Mantero se sitúa en los márgenes de su generación y hace bandera de su singularidad al definirse como poeta no urbano, metafísico y formalista. Otros poetas de su época fueron rurales y metafísicos, y que uno sepa, a todos importó la forma (a no ser que formalista signifique hacer sonetos un poco arcaizantes). Además, como se sabe, las etiquetas no aportan información sobre la calidad de una escritura. Hay que ir a los poemas. Un repaso a la trayectoria de Mantero nos revela que estamos ante una poesía basada en un cierto concepto de belleza. Pero, ¿qué es belleza? En un determinado momento, decir “ciudades amarillas como plátanos” (Ángel González) puede sonar más auténtico que “ciudad original, encantamiento iluminado, amor sin ámbito”, que puede sonar sobreactuado. Y no es cuestión de optimismo o pesimismo, metafísica o ironía, musicalidad o prosaísmo. La autenticidad es una parte de la belleza, y es conveniente no confundir a ésta última con la grandilocuencia. Si se quiere seguir el camino hacia lo alto, como parece el caso de Mantero, hay que mirar bien cada cosa concreta y aprender a sentir con sencillez “una luz que en el aire es aire apenas” (Claudio Rodríguez).
Manuel Mantero ha escrito a menudo textos donde el vuelo excede el ala, aunque quizás es mejor pecar por ambición que por cobardía. En los diez libros que recoge Como llama en el diamante hay momentos intensos, palabras emocionantes. Leyendo detenidamente al poeta sevillano se encuentran esas piedras preciosas. También hay sentimentalismo posromántico, religiosidad de cofradía, tópicos andaluces y humor fallido, pero junto a eso, de repente, la llama verdadera del poema. Sus últimos libros, Fiesta, Primavera del ser y Equipaje, son un ejemplo de ahondamiento. También revisita los lugares comunes al hablar de gitanos, abanicos, bahías y ferias, pero, sobre todo en Equipaje (2005), el poeta se interesa por los hermanos, la esposa, los hijos, o simplemente por un cuadro o una plaza, desde una mayor sobriedad, aún siendo su voz la misma. Mantero culmina un periodo de escritura y demuestra que es una voz destacada de su tiempo por derecho propio, con frecuencia cuando su talento contradice su teoría, cuando va directo a las brasas: “Yo no quiero coronas en mi muerte. Baste mi sola muerte y cumpla su duración la flor. No flores: fuego”.
Confesarse con melodías prestadas
Héctor Márquez
Siberia propia
Isabel Pérez Montalbán
Bartleby Ediciones
9,50 euros
111 pgs
Cuarenta poemas que reúnen las lecturas que han influído en la formación cultural de la escritora
Para quien no la conozca, Isabel Pérez Montalbán, cordobesa afincada en Málaga desde hace años, es una poeta de palabras mayores. Es también una persona tan cercana como huidiza, que parece un emisario diplomático de la que aparece en su escritura. Una escritora de altura que, poemario a poemario, ha ido convenciendo a los que se hayan visto atrapados por la capacidad de sobrecoger de sus textos. Ella ha elegido confesarse con el disfraz revelador de la poesía y en cada libro va saldando cuentas con los seres que la habitan, con su biografía, con su familia, con su cultura, con su identidad, con sus emociones, y, ahora, con su propia naturaleza de escritora. Este libro nos muestra su casa: la casa de las palabras de los otros, de todos los escritores que ha ido siendo al ir leyendo y que la han convertido en una mujer que confiesa.
Siberia propia es el título de un libro de cuarenta poemas trufados con centenares de citas de títulos o fragmentos de novelas, relatos, ensayos o poemas de otros tantos autores, clásicos, contemporáneos o actuales. Citas que luego ordena al final del libro con minuciosidad académica por orden de aparición y orden alfabético, como si de los actores y técnicos en los créditos de una película se tratase, dándole al poemario una intención de obra colectiva. Porque si empieza con una cita de la Carta de una desconocida de Stefan Zweig –que tan brillantemente llevó al cine Max Ophuls, tan grato a la cinefilia de Isabel– y, realmente, así llama en su interior a todo el poemario, termina en su último verso con una cita al libro de memorias de Neruda, a quien ella tanto reconoce, Confieso que he vivido.
Esta Siberia propia que nos ofrece es muchas cosas a la vez. Collage, obra colectiva de mano única y acción poética –no hay que desdeñar el conocimiento que posee Isabel del arte contemporáneo–. Un libro culto que nos recuerda el valor de la tradición en tiempos de desmemoria y suplantación y el hecho de que la posmodernidad ya construyó a una generación que se define por lo que elige y que usa el símbolo a sabiendas de su valor de cambio en el índice Nikkei de la cosa cooltural. Este libro reúne a la Isabel lectora y revisionista, la mujer que hace de sus elecciones, su poética y su humilde servidumbre. Siendo todos y todas, Isabel trasciende el rockcollection y crea una obra nueva, un arcón mágico que contiene centenares de cajones cerrados, llaves y puertas. Un Alicia en el País de las maravillas que no esconde su intención de megajeroglífico pero que puede leerse como el emocionante relato del amor pretendido y aterido de una mujer. Juguemos a la interpretación: Siberia es lugar abandonado donde el frío reina y donde exiliaban al olvido –donde habitaba otro exiliado, Cernuda– a los disidentes comunistas: el libro más emocionante de Isabel para este subjetivo cronista es Cartas de amor de un comunista. Y Siberia es la página en blanco como la vasta tierra –La tierra baldía con la que T.S. Elliot simbolizaba el fracaso amoroso– siempre nevada. Siberia es también blanca sábana donde el amor salvífico –otra invención cultural– promete y sucumbe a cada rato. O, en definitiva, es Siberia página en blanco donde me invento o descubro lo que soy. Y allí –en la nieve de los olvidados, en las sábanas donde los amantes conocen la tristeza que sucede a la pequeña muerte, la misma sábana mortaja que te envuelve, en el papel lleno de signos y memorias y testamentos– Isabel es su propia página en blanco esperando la mancha que provoca el disparo. ¿Total y qué importa?, acaba preguntándose. Para encontrarse con tu propia mortaja, con tu propia humanidad: uno es siempre los otros.
LECTURAS ENSAYO
Vivo y reluciente
Jesús Martínez
Autopsia de la novela negra
Víctor Bolívar Galiano
Berenice
19 euros
235 pgs
Vehemente radiografía de las nuevas fuerzas delictivas que operan en la sociedad y un homenaje a los grandes autores del género
Nadie diría que han transcurrido cuarenta o cincuenta años de aquellas primeras obras que sentaron las bases de lo que ya comenzaría a conocerse como novela negra, policíaca o criminal española. Pocos recordarán el desdén, la frontal oposición que esta “burda” literatura de masas, este “subgénero de quiosco”, provocaba entre la aguerrida intelectualidad que aún se debatía ferozmente entre el realismo social y la novela experimental. Apenas tres, acaso cuatro valientes, reconocerán hallarse entre quienes denostaban el coraje inicial de G. Pavón o Mario Lacruz, la democratización popularizadora de Montalbán. Después vendrían E. Mendoza, G. Ledesma, A. Martín, Juan Madrid, M. Reverte, los más cercanos L. Silva y Alicia G. Barlett, o los muy recientes Eugenio Fuentes, R. Reig, David Torres y A. Jiménez Barca.Pues bien, entre estos últimos cronistas sociológicos, estudiosos de la casquería más animal, la humana, se halla el jiennense Víctor Bolívar Galiano (Alcalá la Real, 1962), quien realiza con Autopsia de la novela negra su primera incursión en un género, tan de moda hoy en nuestro país, que si cabe algún contado reproche, ese no es otro que el de la dudosa idoneidad del título, ya que como bien sabe el autor, por su condición de médico, autopsias sólo se les hace a los muertos y no hay cadáver más vivo y reluciente que el de un género: el negro, cuya salud brilla cual gozosa pandemia con el fiel incremento de lectoinfectados en todo el mundo.
Hay que resaltar, en cambio, su valentía al aceptar conjugar en la obra el didactismo y la ficción novelada, estableciendo para ello un eje argumental que constituiría la base narrativa e ir intercalando en forma de diario, y al hilo de los acontecimientos novelados, los apuntes, las notas, que el protagonista, Barea, médico de prisiones y estudiante de criminología reconvertido en detective, ha ido recogiendo en su vasta trayectoria profesional. Y si es cierto que esos incisos pueden suponer un cierto enfriamiento del ritmo, es de destacar el elogioso esfuerzo por acomodar el climax del instante narrativo con los datos de carácter científico que acompañan al mismo, no perturbando en exceso la necesaria y delicada gradación que todo buen relato de misterio debe contener, para pasar desapercibida ante el lector.
Salvado ese escollo, esta excelente novela, más que un manual para saber escribir género negro, es una vehemente radiografía de algunas de las viejas y nuevas fuerzas delictivas que operan en esta sociedad consumista de cambio de milenio. Un explícito homenaje a los grandes autores con todos los ingredientes constitutivos de una buena novela policíaca: violencia, extorsión, pasado turbio, trata de blancas, muerte y sexo… Una trama compleja en la que se verá atrapado el doctor Demetrio Barea, escéptico y avispado profesional, separado de su mujer tras la muerte accidental de uno de sus hijos, quien por la relación carcelaria con Eloy Santana, irá tirando del hilo fino y lejano que une a distintos cadáveres que van apareciendo. Bufalino, Eloy, la voluptuosa y bella Candelaria Solis, serán algunas de las piezas de un complicado puzzle económico y moral que Barea resolverá, finalmente, en un marco tan bello e inusual como Granada, y el litoral granadino y almeriense.
Un libro, en definitiva, muy recomendable y que hace buena la afirmación de Marsé, recogida en el prólogo: “lo primero es que el lector no se duerma, después ya veremos”. Conseguido plenamente el objetivo, estamos seguros de que Demetrio Barea volverá pronto, ya para quedarse, y brindará sonriente con un gimlet tras haber logrado hacerse un hueco entre los más ilustres detectives que pueblan nuestra memoria.
Para yonquis de la literatura
Álvaro Colomer
Sobre arte y literatura
Joseph Joubert
Periférica
12 euros
112 páginas
Diario de aforismos alusivos a su época y al arte literario que se convirtió en el manual de instrucciones de muchos escritores
Siempre me he imaginado a los amantes de la literatura, me refiero a los auténticos, insobornables amantes de la literatura, pasándose aforismos de Joseph Joubert por debajo de la mesa, casi con el mismo secretismo que un camello abasteciendo a su cliente. Y es que, a lo largo de los dos últimos siglos, este esteta de tiempos de la Revolución Francesa, acaso un romántico prematuro, ha fascinado a toda suerte de literatos. Bautizado por Maurice Blanchot como “autor sin libro, escritor sin escrito”, Joubert fue un ilustrado tan obsesionado con la perfección, tan preocupado por formular una teoría literaria sobre la que luego basar su obra, en definitiva tan obstinado en su empeño por reflexionar antes que practicar, que la muerte le pilló sin haberle dado tiempo a escribir una sola novela. Según apuntara el crítico Sainte-Beuve en un artículo fechado en 1838, Joubert, a una edad ya adulta, ‘prosigue sus lecturas, sus sueños, sus charlas, bastón en mano, prefiriendo –fuera el tiempo que fuese– pasear diez millas que escribir diez líneas; caminar y aplazar la obra, siendo como era, de ésos que siembran y que no construyen y fundan’.
Desde sus inicios como hombre de letras, esto es desde que trabara buena amistad con Louis de Fontanes y Chateaubriand, Joubert escribió sus pensamientos, reflexiones y aforismos en un diario personal que con el tiempo habría de alcanzar las 9.000 páginas. Aunque gran parte de esas sentencias hacían alusión a asuntos propios de la época y aunque por tanto hoy sólo poseen un valor historiográfico, muchas otras corresponden al arte de escribir y, como éstas no han caducado. En la actualidad han devenido en el manual de instrucciones secreto de muchos escritores contemporáneos (además de la edición objeto de esta reseña, desde 1995 existe en España la de Edhasa, titulada Pensamientos). De hecho, en el Prólogo de Sobre arte y literatura encontramos citas que apuntan hacia este mismo aspecto, como pueda ser la de Georges Perros: “Joubert es el secreto de algunos. Sus lectores, raros, han llegado a formar una especie de sociedad secreta…”. Por otra parte, el editor de este volumen nos ayuda a comprender la importancia de este intelectual francés transcribiendo una anécdota del mismísimo Paul Auster: al parecer, el norteamericano regaló un ejemplar de los Cuadernos de Joubert al pintor David Reed, quien en aquel entonces estaba ingresado en un hospital psiquiátrico a causa de una depresión nerviosa. Finalizada la lectura, Reed prestó el libro a otro paciente y, cuando algún tiempo después quiso recuperarlo, un tercer enfermo le respondió que no podían devolvérselo, dado que el libro había pasado a formar parte del hospital: ‘Es nuestro. Lo necesitamos’. Según cuenta Auster, aquellos Cuadernos habían ido pasando de mano en mano entre los pacientes del psiquiátrico, quienes organizaban una suerte de terapias secretas en las que debatían los aforismos de dicho volumen.
Quizá sea cierto lo que Harold Brodkey declaró en cierta ocasión a un periodista del The Paris Review (cuya recopilación de entrevistas ha publicado recientemente El Aleph): “Hay unos novecientos millones de aforismos sobre escribir que son ciertos”. Pero sin duda es igual de cierto que las reflexiones de Joseph Joubert tienen algo que las hace destacar por encima de las demás: quizá sea porque provienen de un hombre que sacrificó su propia obra para pensar la literatura; tal vez porque se han convertido en el secreto de otros autores; o puede que sea porque sólo hay que abrir Sobre arte y literatura para darse cuenta de que Joubert fue un novelista extraordinario cuyo único fallo sería el hecho de no haber escrito una sola novela.



