NARRATIVA

J.Rubenfeld, A.Schenkel, Menéndez Salmón, Pablo D´Ors, S.Compán, Gómez Rufo, Dostoievski, Kipling, Andrujovich, T.Vilhjálmsson, Nicolás Casariego, M. Talens, Carlos Castán, García Marín, Martin Amis

 

LECTURAS NARRATIVA

 

ENTRE EL DIVÁN Y LA MORGUE

Iñaki Esteban

La interpretación del asesinato
Jed Rubenfeld
Anagrama
23 €
544 páginas


Best seller de calidad que combina la sociología y la arquitectura de las clases altas de Nueva York con la recepción del psicoanálisis en Norteamérica


Las ideas sencillas son las que más se resisten a ser pensadas, pero una vez que se enciende la bombilla se disfruta de una luz que puede alumbrar el éxito de una obra literaria. La idea de Jed Rubenfeld se nos pudo ocurrir a todos, pues ¿cómo no darse cuenta de que existe un elegante paralelismo entre la indagación en los motivos ocultos de la conducta, propia del psicoanálisis, y cualquier investigación policial un poco compleja?


Sí, ahora resulta fácil verlo, pero Rubenfeld dio con la fórmula antes y además la ejecutó con finura y ritmo. Desde el mismo título, La interpretación del asesinato, el autor estadounidense proclama las reglas de su juego intelectual, que consisten en ver quién resuelve antes el enigma de los delitos, si el psicoanalista o el coroner de Nueva York, y con qué medios interpretativos llegan a la solución. El misterio a desvelar, por supuesto, está cortado a la altura de las circunstancias: la aparición de dos mujeres en un edificio de lujo de Nueva York con las manos atadas por encima de la cabeza y el cuerpo lacerado, la una muerta y la otra amnésica, quizá víctimas o simplemente participantes de un ritual sádico o sadomasoquista.


Los hechos suceden en 1909, año en que Freud viaja a Nueva York junto a sus discípulos Sandor Ferenczi y Carl Jung, invitados los tres por la universidad de Clark, donde el iniciador del psicoanálisis pronunciará unas conferencias. En la ciudad les esperan sus dos cicerones, los doctores Brill y Younger. Será éste, un perspicaz lector de Shakespeare, quien psicoanalice a la segunda víctima, hija de una riquísima familia, los Astor. El alcalde de Nueva York, un experto en la Roma clásica, trata de apaciguar y encubrir lo que huele a escándalo, y el dueño del lujoso edificio donde han ocurrido esos juegos peligrosos quiere asimismo que nada salga de allí. Mientras, el coroner Hugel, mitad forense y mitad policía encargado de investigar las muertes violentas de la ciudad, se empeña en descubrir al culpable. Por un lado están las sesiones de Younger con la joven Nora Astor, y por la otra las indagaciones de Hugel y su ayudante, Littlemore, un zoquete con alguna intuición aprovechable. Por una vez, y desafiando la geometría, las dos líneas de investigación paralelas tienden a juntarse en el mismo punto.


Rubenfeld, un profesor de Derecho en Yale que se doctoró con una tesis sobre Freud, combina en esto que podría denominarse un best seller de calidad la sociología y la arquitectura de las clases altas de Nueva York, la recepción del psicoanálisis en Norteamérica, las peleas entre los primeros representantes de esta escuela –imprescindibles los ácidos retratos de Jung– y la corrupción policial y política, además de la trama sobre las curiosas prácticas de algunos de los personajes que protagonizan la novela.


La obra tiene ese puntillo intelectual que ni ahoga ni suena engolado, y aunque no se quisieran entender las subtramas sobre Hamlet y el movimiento psicoanalítico, quedaría en su esqueleto una novela de misterio de primera división.


Sin duda, un libro a devorar.

 

LAS VOCES DEL SILENCIO

Ricard Ruiz Garzón

Tannöd, el lugar del crimen
Andrea María Schenkel
Destino
17 €
168 páginas


Schenkel compone un rompecabezas de miserias morales sobre un crimen real cometido en Baviera en los años cincuenta


Con este Tannöd, Andrea Maria Schenkel se ha convertido en el fenómeno literario más sorprendente de los últimos tiempos en Alemania. Tras vender allí 650.000 ejemplares y haber empezado a repetir el éxito con su segunda novela, Kalteis, esta debutante hasta ahora dedicada a cuidar a sus hijos –“en Baviera, si una los deja en la guardería a los tres años es vista como una mala madre”, confesó Schenkel a su paso por el reciente festival BCNegra– lo va a tener difícil para repetir tal éxito en castellano. Y no porque Tannöd sea una mala novela, al contrario: se trata de una extraordinaria vuelta de tuerca a la recreación literaria de un crimen real, con el obligado A sangre fría de Truman Capote y la desasosegante Dogville, de Lars von Trier, como referente estético más cercano. Pero por mucho que se recomiende este título, y hay que hacerlo, como uno de los más innovadores y depurados de este año de excelente cosecha en el género negro, es necesario recordar que el de la familia Gruber –Danner en la novela– es en Alemania, y más en Baviera, un crimen legendario, un caso sin resolver cuyo impacto sólo sería comparable aquí con los asesinatos de Alcàsser. Leer Tannöd fuera de tal contexto, obviamente, no es lo mismo. En los años 50, en el aislado caserón de Hinterkaifeck, a unos 900 metros del pueblo de Gröbern, seis personas fueron halladas muertas a golpes de zapapico: el malcarado Andreas Gruber, su devota esposa Cäcilie, su hija viuda Victoria Gabriel, los hijos de ésta de nueve y dos años y medio, y la doncella Marie Baumgartner, que se había incorporado al servicio ese mismo día. No se echó en falta nada, ni siquiera dinero o joyas. Nunca se descubrió al culpable. A partir de tales datos, y del conocimiento del lugar por haber pasado en él el primer verano tras la guerra con unos parientes, Andrea Maria Schenkel urde un rompecabezas de miserias morales en el que la resolución final aterroriza menos que los testimonios de los lugareños que estructuran la trama. Con otros nombres y otros detalles –“me sentí libre para inventar, he aportado anécdotas de mi propia familia y he mezclado la casa y el terreno reales con otros que conozco”, confesó Schenkel–, la historia de Tannöd se desarrolla entre silencios y secretos, entre alusiones veladas a mil posibles móviles para el crimen –un desamor, un incesto, un robo, una venganza, un accidente, una locura– y sospechas que se vuelcan contra la mayoría de habitantes del lugar. Los Danner, o los Gruber, se revelan pronto como una familia poco estimada, pero el gran temor de los lugareños es ahora que entre ellos se oculta un monstruo... y podría ser cualquiera.


En la apuesta de Schenkel, que consigue tensar con gran eficacia una novela negra sin investigación ni detectives, sobresale sin duda la creación de su opresiva atmósfera moral, punteada por letanías que tanto podían pertenecer al entierro como a la difunta señora de la casa. Pero destaca también, y éste es seguramente, junto a su estilo seco y sus juegos de elipsis, el gran hallazgo de la obra, la recreación de las voces de los testimonios que hablan y callan ante las invisibles preguntas de la narradora y acaban por dar forma así a un reconstrucción fría, cortante y ortodoxa en su desenlace. La única pega de la novela, la esporádica e innecesaria presencia de una anónima voz en tercera persona, fue según Schenkel “una imposición de los editores alemanes, seguramente errónea”. No molesta, pero es arbitraria en una obra donde nada, ni siquiera el papel del azar, lo es. En una magnífica novela que resuelve con nota, desde la literatura, el misterio de unos crímenes que con Schenkel han entrado por la puerta grande en el género negro. Ni la nieve ni el tiempo podrán ya borrar sus huellas.

 

LA INDIFERENCIA DEL VISITANTE DE MUSEOS

Manuel Rico

El estupor y la maravilla
Pablo d´Ors
Pre-Textos
25 €
416 euros


Una novela inquietante sobre el vacío existencial del siglo, la distancia entre el arte y el ciudadano común


Una entrada, siete salas y la salida configuran la realidad imaginaria que Pablo d’Ors construye en El estupor y la maravilla, su cuarta obra narrativa. El Museo de los Expresionistas de Coblenza es el espacio en el que se encuentran, entre otras, esas salas, y es el universo, casi cerrado, obsesivo, en el que se sumerge el lector con sólo iniciar el primer capítulo. Un museo que se constituye en un extraño circuito por el que nos conduce Alois Vogel, uno de sus vigilantes (que es, a la vez, voz narrativa), mediante sus memorias.


Con ser una novela larga, en El estupor y la maravilla no hay acontecimientos extraordinarios, ni personajes heroicos. Su acción se sustenta en el lento discurrir de las horas y los días y en la descripción de pequeños sucesos, de situaciones intrascendentes que cobran fuerza, precisamente, por su irrelevancia. Un amor platónico e imaginado, un director invisible, casi clandestino, al que se conoce más por sus actividades y sus viajes que por su labor cotidiana de dirección, un llamado ingeniero que es propietario de un comercio de colorantes, un buzón que aguarda las sugerencias de los visitantes que casi siempre permanece vacío y sometido a un permanente espionaje por parte del vigilante narrador y por parte de otros vigilantes, de manera especial por “el pequeño señor Kriegemann”, vigilante de todos los vigilantes del museo.... Estos son algunos de los elementos que dan sentido a las memorias que, en los márgenes de diversos libros de arte, escribe Alois Vogel. Unas memorias que circunscriben la vida de su autor a un territorio limitado, cuyo sentido último hay que buscar en la relación casi inexistente, próxima a la indiferencia, entre los hipotéticos espectadores del contenido del museo (los visitantes) y la obra artística que alberga.


En todas las salas se advierte una serenidad en suspenso, algo que, sin embargo, queda roto cuando el narrador alude a las salas de Grösz y Schiele. En éstas, como si la presencia allí supusiera un raro peligro, el vigilante de turno goza de una limitación, de un tiempo máximo de permanencia en ellas, algo así como una prima o un plus por actividades peligrosas. No es de extrañar: el arte de ambos remite, de manera muy especial, a una realidad conflictiva y dura.


La observación permanente, la construcción de hipótesis sobre la vida y los fantasmas de cada visitante y el tejido de observaciones y espionajes aporta un sentido adicional a la novela. Hay mucho de vouyerismo: Pablo d’Ors sacrifica el componente narrativo para reforzar la dimensión meditativa, la apertura de ventanas a la reflexión filosófica sobre el sentido del arte y para construir una suerte de epopeya de lo trivial, que en algunos tramos nos recuerda a la narrativa más vanguardista de los años 50-60, el nouveau roman, cuya obsesión por describir y redescubrir cada pequeño detalle era materia literaria de primer orden.


Un estilo poderoso, cuidado, una especial sensibilidad para describir y elevar lo irrelevante y un clima intemporal, ajeno a la Historia, dan a la novela un aire centroeuropeo en el que no es difícil reconocer la influencia de nombres como Kafka, Robert Walser o, en otro plano, Peter Handke. Y nos traslada una sutil denuncia: el vacio existencial del siglo, la distancia entre el arte y el ciudadano común, más preocupado por la visita al Museo como hecho autónomo y socialmente relevante y prestigiado que por el contenido de sus salas, que por el misterio de la creación artística. Una novela inquietante en la que merece la pena perderse por unas horas.

 

MUNDOS CONCÉNTRICOS

José Antonio Garriga Vela

Gritar
Ricardo Menéndez Salmón
Lengua de Trapo
15,60 €
168 páginas


El escritor descubre aquello que no se advierte a simple vista y construye un mundo literario particular y fascinante


"Hace algunos años, poco antes de que nos separásemos, una noche del verano más caluroso que yo pueda recordar, mi mujer y yo estábamos sentados en el porche de nuestra casa cuando un hombre envuelto en llamas penetró en el jardín, pasó ante nuestros ojos asombrados moviendo los brazos como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible y se arrojó a la pequeña piscina que, en ratos perdidos, yo había ido construyendo para mis hijos con las mismas manos que ahora escribo estas páginas”. Así comienza Gritar, el inquietante y sugerente libro de relatos que Ricardo Menéndez Salmón ha publicado en la editorial Lengua de Trapo. Desde las primeras líneas el autor nos hipnotiza con imágenes estremecedoras. Nos envuelve en una atmósfera donde se entremezclan la vida y la muerte, el éxtasis de la felicidad y la agonía del amor; como se refleja en el relato La vida en llamas.


“Existe un mundo dentro del mundo”, repite el autor en el cuento Las noches de la condesa Bruni. Los mundos concéntricos de Menéndez Salmón son historias aparentemente normales que trascienden más allá de la mera monotonía de la vida cotidiana. Historias dentro de historias, que no se quedan en la superficie sino que indagan en la naturaleza de las cosas. El autor nos habla del mundo de la pintura al menos en dos de los relatos. Los nueve cuentos del libro son nueve lienzos cargados de detalles, acertadas metáforas, símbolos que van construyendo un mundo literario particular y fascinante. El escritor descubre aquello que no se advierte a simple vista. Explora más allá de lo inmediato y evidente. Los lugares del hogar por donde nos movemos habitualmente cobran vida y marcan la existencia de los moradores. Menéndez Salmón se detiene en anécdotas para construir sus cuentos, como sucede con la mancha en la frente de Gorbachov que reproduce el mapa de Lituania y a partir de ahí se crea una historia de espionaje.


En el cuento titulado El terror, el autor nos habla de “Llamadas perdidas. Voces de socorro abortadas, llegando a oídos que nada pueden hacer. Mensajes para nadie. Algo que a menudo imaginamos sólo sucede en las películas o en los libros”. Efectivamente, nada es lo que parece. Tras la pintura de un cuadro existe otro cuadro. Una imagen oculta. Un misterio. Lo mismo ocurre con estos cuentos que tratan de los dramas silenciosos de la gente corriente, las catástrofes personales, la felicidad que se instala en el frágil presente de nuestra vida al darnos cuenta de que amamos a alguien. Este es el íntimo y emocionante territorio por el que transitan los protagonistas de las historias de Menéndez Salmón.


Una situación absurda, un golpe de azar, una llamada nocturna, sirven de pretexto para que el autor nos traslade al mundo de sus fantasías y obsesiones. Un mundo que late entre el sueño y la vigilia. Una muchacha que llama por teléfono a su padre para decirle que está en una fiesta y que hay un muerto encima de ella en la cama. De nuevo una imagen nos inquieta. Nos sobrecoge. Los personajes excéntricos de Menéndez Salmón dicen y actúan como muchos de nosotros quisiéramos hacer. En el cuento que da título al libro, el protagonista alquila una habitación para gritar. El grito se convierte en una forma de vida. La vida es un grito. Un hombre envuelto en llamas que pasa ante nosotros en silencio. La vida es un grito silencioso y enigmático. Los cuentos de Menéndez Salmón son la parábola de ese grito. Una fábula que es preciso interpretar “más allá de las palabras”.

 

SEGUNDAS INSTANCIAS

Pedro M.Domene

Cuídate de los poemas de amor
Salvador Compán
Almuzara
18 €
128 páginas


Lo insignificante y lo accidental muestra en estos relatos el lirismo, la violencia y la locura de la vida


Momentos de extrañeza, impulsos o simples impresiones que justifican, algunos años después, historias inventadas en una época de tanteos, cuando el narrador busca con cada página escrita la expresión personal de una posible y futura voz literaria. Se percibe esa voluntad juvenil por encontrar expresiones artísticamente válidas y experimentar nuevos temas y formas de expresión con que reinventar argumentos universales: deseo, amor, infidelidad, libertad o locura, telón de fondo de esta colección de relatos. El libro Cuídate de los poemas de amor (2007) es, en palabras de Salvador Compán (Úbeda, Jaén, 1951), una autobiografía sumergida, aunque la heterogeneidad de los catorce cuentos va mucho más allá de esta afirmación. El autor justifica, uno a uno, su prehistoria porque, en algunos momentos de su vida, le advirtieron que algo iba a suceder. Un espectáculo que no quiso perderse y pudo retener. Y esa “involuntaria unidad temática” esgrimida por Compán para reunir, por primera vez, aquellos textos que le proporcionaron algún premio y una no menos importante causa de satisfacción, se muestra en la fuerza y contundencia de varios de ellos, caso de Jiménez, el Espeso, una visión más de las atrocidades de nuestra guerra civil con los inevitables fusilamientos en los pueblos de nuestra España más rural. O Trenes, hermosa historia de amor que sobresale por el paralelismo planteado en sus dos protagonistas: Ana y Juan, cuyas voces, alternativamente, se van apagando a medida que se intensifica su relación y la acción del cuento llega al final, cuando el joven maquis cae abatido sobre la vía. Dos perspectivas ofrecen en este relato una perfecta visión de esa acción interna y secreta que continúa en otra externa y visible, un todo voluntariosamente oculto por acciones accesorias, por esa actividad que no persigue otra finalidad, sino la de conducir al lector al hecho en sí, la fatalidad. Y La reina del carnaval otro cuento de amor fallido con una duplicidad narrativa que propone un narrador, en primera y tercera persona, y que, de alguna manera, sirve de unión a las diferentes situaciones y está presente, como si de un confidente se tratara, para contar una alocada visión de un fortuito encuentro carnavalesco y sus funestas y dramáticas consecuencias.


Lirismo, violencia, locura individual o colectiva como la que practica Compán en los tres relatos anteriores, muestran el inequívoco talento de un autor con capacidad para sintetizar con garantía de calidad el difícil arte del cuento. En algunos casos, la economía mínima de los medios de expresión provoca una explosión y, lo insignificante y lo accidental, muestra el lado amable de la vida, como en El limpiador de cristales, relato característico por su brevedad, por sus alusiones, convertido casi en un poema en prosa, que vertebra el tema a otros relatos en Cuídate de los poemas de amor. Finura literaria, en suma, manchas de conciencia para dejar constancia de una meditación que suavice algunas actitudes de nuestra vida y, por añadidura, siembre algo de verdad en nuestra existencia porque, los argumentos de este libro y los personajes, trasiegan en lo verosímil y, también, en lo inverosímil mostrando las pasiones que arrastran. Los cuentos de Salvador Compán, al menos, los que se incluyen en este volumen, no ayudan a soñar, sino a realizar aspectos de una existencia cualquiera que sea ésta.

 

CUANDO ES VIVIR ES UN DELITO

Juan Carlos Rodríguez

La noche del Tamarindo
Antonio Gómez Rufo
Planeta
20,50 €
523 páginas


Gómez Rufo observa la sociedad para examinar a fondo las contradicciones y la vertiginosa transformación del ser humano


El miedo a la soledad amenaza a Vinicio Salazar, el multimillonario decidido a multiplicar sus años de vida a golpe de talón que protagoniza La noche del tamarindo. Éste se reconforta con una frase: “Uno nunca está solo: lleva consigo la cultura de su tiempo”. Aserto que sirve para enmarcar la nueva novela de Antonio Gómez Rufo (Madrid, 1954), cuya cualidad más sobresaliente es ese mismo consuelo que el autor pone en boca de Salazar: lleva consigo la cultura de nuestro tiempo. Y no sólo porque la novela abunde en referencias culturales y se inserte entre Fausto, El holandés errante y El retrato de Dorian Gray, sino porque expone que el hecho de que la inmortalidad sea un paraíso prometido o una cruenta maldición depende de nuestra propia contingencia cultural y determinación ética. La búsqueda de una mayor longevidad que emprende Salazar (y a la que, en cierto modo, todos estamos “condenados” hoy en día) sólo tiene sentido si supone también una prolongación de la felicidad.


Pocos novelistas tienen el compromiso con su tiempo que expone reiteradamente en sus obras Antonio Gómez Rufo, poseedor de una trayectoria literaria que abarca un amplio espectro temático. En sí mismo el proceso de sus novelas –Adiós a los hombres, El alma de los peces, Los mares del miedo, entre las más recientes– viene a ser siempre el mismo: la sociedad observada bajo un microscopio, un examen a fondo del ser humano, sus contradicciones y su vertiginosa transformación. Ocurre aquí en grado extremo: porque La noche del tamarindo es una ambiciosa intromisión en la escena de los avances científicos que afectan a nuestra salud, a la vez que se desarrolla con ese espíritu filosófico que en la literatura de hoy es flagrante ausencia: exponer, debatir, reflexionar, denunciar, invitar al lector, en definitiva, a que participe intelectualmente de la novela. Que es tanto como de lo que sucede a nuestro alrededor: las enfermedades incurables, las trabas a la investigación, los límites de la ética, el tráfico de órganos, una sanidad para ricos y otra para pobres, la vejez que se estira, el futuro incierto... y que se conectan con temas obsesivos del autor, como la soledad, el miedo y las transformaciones de las relaciones amorosas.


Esa podría ser una valoración sobre el alcance ideológico y polemista de Antonio Gómez Rufo, porque sus novelas raramente dejan indiferente y siempre perturban, pero habría que añadir sus cualidades narrativas: un texto en el que habitan como elementos fundamentales la pasión y la intriga, las cuales provocan una lectura magnética, una atracción incontrolable de avanzar en la inmortalidad de Vinicio Salazar, que a veces se enmascara quijotescamente y se acompaña con una sucesión de personajes que vienen y van a su lado –su malograda hija, el guardaespaldas Miguel, la atractiva Verónica, entre otros– incorporando ciertas cualidades a lo Sancho Panza. Gómez Rufo expone, indudablemente, la determinación narrativa siempre apreciable en sus novelas: la sencillez expositiva, la estructura lineal y el entretenimiento vocacional, pero en ésta hay una estilización de ese mecanismo que realza La noche del tamarindo –título que alude a que el tamarindo durante la noche cierra sus hojas, dejando ver nítidamente el tronco, del mismo modo que en la noche (y en la vejez) “son más visibles los gozos y los sufrimientos”– como una de las mejores novelas de su autor. Y es que, aunque a veces vivir se convierta en un delito, como le ocurre a Salazar, Gómez Rufo trama aquí un verdadero canto a la vida.

 

MAESTRO KIPLING

Luis Alberto de Cuenca

El mejor relato del mundo y otros no menos buenos
Rudyard Kipling
Sexto piso
28 €
560 euros


Sus libros, como ocurre también con Stevenson, se han convertido en estupendas lecturas para niños y adolescentes de un montón de generaciones


Nadie, salvo tres o cuatro progres recalcitrantes, pone en duda la inmensa calidad de Rudyard Kipling (premio Nóbel de 1907) en la distancia breve, donde su magisterio es evidente. Escribió centenares de cuentos, algunos de ellos magistrales, como el que da título a esta magnífica antología, un florilegio reunido ni más ni menos que por Somerset Maugham hace cincuenta años y traducido ahora al español, de manera ejemplar, por Miguel Martínez-Lage. Lo cierto es que parece que fue ayer cuando Maugham aderezó el ramo, a juzgar por la perfecta conservación de las flores narrativas que lo componen.


Entre esas flores, perpetuamente lozanas, permítanme que elija, para decorar de forma permanente mi más encendida memoria, El mejor relato del mundo, que despliega su argumento sobre un tema tan sugestivo y propio de la India como la metempsícosis (o metempsicosis, sin tilde, que de ambas formas puede decirse), ese proceso de transmigración de las almas que indujo a Borges a inventar el poema Le regret d’Héraclite (o a copiarlo de una obra del hipotético Gaspar Camerarius): “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.” Pero tampoco es manco el cuento titulado El hombre que iba a ser rey, inspirador de la espléndida película El hombre que pudo reinar (1975), de John Huston (con Sean Connery y Michael Caine como protagonistas), ni se queda a la zaga el extraído de El libro de la selva y rotulado Los hermanos de Mowgli. La verdad es que elijo por elegir, porque todos los relatos del maestro Kipling son, en general y en particular, estupendos.


Maugham se marca un prólogo al libro que contiene felices expresiones y análisis interesantes, pero que se hace un tanto verborreico y gelatinoso. Yo creo que esa sensación se acrecienta si uno lee el prólogo primero y se sumerge luego en los cuentos de Kipling, que es lo que he hecho yo, guiado por mi atávica obsesión ordenancista. Prueben ustedes a leer primero los excelentes relatos de don Rudyardo y rematen la faena con la presentación: tal vez Somerset Maugham salga mejor parado así.


Kipling nació un 30 de diciembre de 1865 en Bombay, donde, como recuerda el inevitable Borges en su precioso prólogo a La Casa de los Deseos (Siruela), “supo el idioma hindi antes de llegar al inglés”. Murió el 18 de enero de 1936, trece días después que Valle-Inclán. De Borges es también la broma sobre su nombre en castellano, cuando, lamentándose de que los españoles llamemos “vikingos” a los “vikings”, expresa su temor de que en los medios académicos de la madre patria se acabe llamando “Kiplingo” a “Kipling” (imagínense cómo reaccionaría Borges ante el “don Rudyardo” que he utilizado arriba, en plan casticista).


Lo cierto es que a Kipling no se lo nombra en los círculos universitarios con el “tono reverencial” que se reserva para autores como Joyce o Henry James, tal vez porque algunos de sus libros, como ocurre también con Stevenson, se han convertido en pasto obligatorio para niños y adolescentes de un montón de generaciones. Démonos cuenta de que desde 1894 y 1895, fechas en que se publicaron por primera vez The Jungle Book y The Second Jungle Book, no hay muchachito de cualquier país o de cualquier latitud del planeta que no haya oído hablar de Mowgli, Baloo, Shere Khan y compañía. Amo ese Libro de la selva con devoción incondicional, lo mismo que adoro el poema If, pues fue en sus maravillosos versículos donde hice mis primeros pinitos con el inglés.

 

LA CÁRCEL DE LA CONCIENCIA

Luis Mateo Díez

Cuentos
Fiódor Dostoievski
30 €
524 páginas


Los clásicos hablan de la vida; los modernos, de experiencias. Tolstoi pertenece a los primeros; Dostoievski, a los segundos. Con él, posiblemente, se inicie la modernidad literaria, en clara anticipación de una sensibilidad tan característica de la novela del siglo XX como la expresionista. Dostoievski es un visionario y, como tal, un precursor. A diferencia de Tolstoi, ejemplo supremo del clasicismo narrativo, la vida no fluye de sus escritos como algo objetivo y universal que trasciende las distintas experiencias individuales y permite a éstas soslayar el caos subjetivo que las define. Los personajes del autor de Guerra y paz no transmiten el carácter inasible y fragmentario de los de Dostoievski, son retratos naturalistas del espíritu humano. La transparencia de estos se disuelve en el carácter cubista de los cuadros dostoievskianos. Como esos rostros formados por diferentes bloques propios de un cierto estilo pictórico, el mundo humano de Dostoievski resulta desconcertante. ¿Cómo deben leerse las historias narradas en cuentos como El sueño de un hombre ridículo, Un episodio vergonzoso o el El señor Projarchin? ¿Cuál es la clave de lectura para adentrarnos en ellos y entenderlos según el designio del autor? Dostoievski nos habla de un tipo de experiencias surgidas de delirantes sombras psicológicas. Como en las películas expresionistas, el mundo pierde solidez en sus fábulas y se convierte en la visión subjetiva de un individuo atrapado en la cárcel de su conciencia.


Dostoievski y Kafka comparten la impresión de que la vida que inundaba de luz la obra de Tolstoi no forma parte de la experiencia del hombre moderno. De ahí que éste quede expuesto al caos psicológico como forma de relación con el mundo. Si el establecimiento de dicha relación choca con los barrotes de una prisión invisible, el resultado de las maniobras de acercamiento del individuo al mundo no puede ser otro que una cabeza en llamas. “¡Pareces un libro escrito! –dice uno de los personajes que deambulan por estos cuentos–. Y el día que menos te lo esperes empezarás a arder sin percatarte de que te arde la cabeza”. Una frase como ésta capta con asombrosa lucidez el designio de la obra del novelista ruso. Sus personajes, caídos en el solipsismo urbano y funcionarial de la modernidad, están siempre a punto de arder en las llamas de sus vergonzosos y ridículos delirios. Experiencias demasiado inconfesables por su carácter patético que revelan la precariedad de un yo sin ningún anclaje en la vida. Las lecciones de éstas, del mundo de los hombres, son ajenas a los personajes dostoievskianos pues su condición se erige sobre un fondo inefable, el de unas ensoñaciones que transforman en odisea psicológica el sentimiento de agravio, de inseguridad, de humillación. Experiencias vergonzosas y ridículas que quedan fuera de la literatura clásica y a las que Dostoievski da carta de nacimiento como el hábitat natural del hombre moderno.


En el más visionario de sus cuentos, El sueño de un hombre ridículo, su protagonista reconoce desolado el delirio solipsista que es su vida: “cuando se apagara mi conciencia, se apagaría y desaparecería al instante todo el mundo, como si fuera una aparición de mi conciencia”. Sin nada sólido a lo que aferrarse, perdido en tinieblas de ofensa, el soñador dostoievskiano barrunta en la lucha contra este destino aciago la única oportunidad de recuperar su dignidad y la de todos. Hay “que luchar” contra las máximas modernas que rezan que “la conciencia de la vida está por encima de la vida misma”, que “el conocimiento de las leyes de la felicidad excede a la propia felicidad”. Toda su obra transmite el fulgor de aquélla. Dostoievski es un autor moderno porque la vida es el sueño de un hombre ridículo que lucha por restaurar su fulgor en una época cuyo orgulloso intelectualismo ha condenado al hombre a vivir en el subsuelo del delirio.

 

MESTIZAJE UCRANIANO

Luis García

Doce anillos
Yuri Andrujóvich
17,50 €
286 páginas


El autor ucraniano escribe sobre los pesares de una población empobrecida, pero ansiosa por descubrir la libertad de Occidente


Pues ya tenemos en España la traducción, esperada por muchos, de las dos últimas novelas del escritor de origen ucraniano Yuri Andrujovich: Recreaciones y Doce anillos, publicadas ambas en la Editorial Acantilado, y en el caso de la segunda, obra que recibiera en el año 2006 el Premio al Acercamiento Europeo. Y tenemos que decir en un primer momento, que leer a Andrujóvich es acercarse colateralmente a la literatura de la Europa Central del siglo XX. Esto es, rememorar a Kafka, Joseph Roth y Robert Musil entre otros. Pero sin dejar dicha tendencia literaria, también es recordar la escuela rusa del siglo XIX, Antón Chejov, Gogol, Bulgarov... Kart-Josef Zumbrunnen, fotógrafo austríaco de raíces soviéticas y uno de los principales personajes de la novela (Yuri Andrujóvich alude a sus raíces ucranianas, aunque hay que tener en cuenta que Doce anillos comienza y se desarrolla en los años noventa, justo después del desmembramiento de la Unión Soviética) incide una y otra vez en sus viajes a Ucrania en la búsqueda de su identidad perdida, reflejando en sus fotografías y a través de la omnisciente voz del narrador, los pesares de una población empobrecida en exceso, carente de las mas mínimas necesidades básicas, pero ansiosa por descubrir la manida libertad de occidente. (Es significativa en este sentido la metáfora de la pagina 26, cuando se ve a sí mismo cruzando un tren desde Frankivsk hasta Kiev y pasando desde el vagón diecinueve al nueve, es decir, desde la opulencia de la Europa Comunitaria, aunque no la mencione, hasta la miseria de la Ucrania post-soviética, post-comunista,post-Chernobil... Deterioro que no afecta sólo a los edificios y a las instituciones, también a las personas físicas, que se respira y se masca con la insistencia londinense de un smog). La autodestrucción está servida. Por eso Kart-Josef Zumbrunnen deja escrito en un momento dado: “El camino de un extranjero esta lleno de peligros y pruebas, pero no hay nada más dulce que la sensación de integrarse al Otro”. Pero Kart-Josef Zumbrunnen no es el único protagonista de Doce anillos. Le habrán de acompañar en su particular descenso a los infiernos un peculiar grupo de personajes del que sobresale con fuerza el Doctor, experto en la poesía de Bogdan-Igor Antonich, poeta ucraniano de los años treinta, junto a Artur Pepa, literato de Aviv, su mujer Roma Vorónyck, su hijastra Kolia, dos muchachas casi idénticas, dos bailarinas, y un autor de videoclips y realizador de televisión. Ocho personas para un mismo viaje, para una estancia en un balneario de la alta montaña de los Cárpatos. Estamos pues ante una recreación, ante una imagen a la manera platónica del realismo mágico del cono sur americano, en el que pasado, presente y futuro se conjuran con el espíritu de Bogdan-Igor Antónich de fondo. Cuando se dice que por fin se edita en España la obra del polémico Yuri Andrujóvich, uno no sabe muy bien a que atenerse. ¿Polémico por lo que nos narra, por mostrarnos las consecuencias de la acelerada descomposición de un Imperio?. ¿O por caricaturizar a un petulario escritor ucraniano?. Dice Yuri Andrujóvich en el apéndice de Doce anillos, Orfeo crónico (Intento de autocomentario) que nunca ha conocido una escritura tan difícil como la de Doce anillos. Le creo, porque yo hacía tiempo que no me encontraba con una lectura tan árida y compleja, tan poética y brutal, tan wagneriana, mestiza y autodestructiva. Pero hacía tiempo que no se presentaba un escritor tan centroeuropeo, vivo, con todas las connotaciones que este adjetivo tiene.

 

LECCIÓN DE LITERATURA

José María Bernáldez

Arde el museo gris
Thor Vilhjálmsson
Nórdica
20 €
350 páginas


Profunda y bella novela post-romántica sobre mitos medievales, leyendas y el combate entre el hombre y la sociedad


Thor Vilhjálmsson, conocido como Thor en su lejana y adoptiva tierra de hielo, nos traslada hasta la segunda mitad del siglo XIX, islandés y rural, en Arde el musgo gris. Una profunda y bella novela que se distribuye en tres apartados: una trama argumental, unos paisajes, unos mitos y leyendas. Dos hermanos, o hermanastros, ella y él, unos adolescentes altos y bellos como la cerveza, aunque rubios y morenos, se conocen, se enamoran, se aman, follan. ¿Se conocen?, ¿se enamoran?, ¿se aman?, ¿follan?. Son seres puros, ingenuos e inocentes, ignorantes de lo que están haciendo. Y esos púberes, alas del amor, son vistos por una sociedad, por unos campesinos, que ven lo que ellos no ven, que tienen la mirada sucia y gustan de la maledicencia. Y los denuncian por incesto. Uno cree que todo esto tiene algo de bíblico, de religioso, de pecado original, de serpientes enroscadas que dan a comer las frutas prohibidas. Una cierta moral burguesa, ¡ay los pequeños burgueses!. Los dos jóvenes y los campesinos que han creído ver el pecado y el delito viven en una naturaleza en la que la mano del hombre ha entrado poco todavía: paradisíaca, edénica, brumosa, neblinosa. Pero en esos bosques, en esa naturaleza, hay unos mitos, unas leyendas, unos misterios, unos enigmas. Dragones, serpientes, elfos, pozos, sagas de los Nibelungos, poemas de la Edda. Sobre estos hermanos, o hermanastros, sobre estos campesinos y bosques, bosques que son otro personaje narrativo, sobre estos eternos y medievales mitos y leyendas se levanta la figura de un joven juez, Ásmundur, que debe decidir si son culpables o no del delito por el que han sido denunciados. Por el que han sido arrojados del paraíso. Los que conocen la literatura islandesa a fondo, y no es mi caso, aseguran que este juez es un personaje real, Einar Benediktsson, dicho Einar, que vivió a caballo de los siglos XIX y XX, y que fue juez, político y poeta. Y uno de los grandes reformadores, progresistas, que quiso sacar a Islandia de la larga noche y oscura sociedad medieval. Y meterla de lleno en la luz del progreso y la libertad sin ataduras ni hipotecas. Por encima de todo, de ese combate entre el hombre y la sociedad, de las leyes que condenan lo que se cree que se ha visto y no lo que ha pasado, de la lucha entre el bien y el mal, de los súbditos y de los ciudadanos, Thor, nacido en Escocia en 1925 y habitante de Islandia desde los cinco años de edad y que ha vivido en París e Italia, nos da una lección de literatura. En las trescientas cincuenta páginas que dura la novela, publicada en los años ochenta del siglo pasado, traducida a diez idiomas y premiada con los grandes premios europeos, nos encontramos con una prosa poética, post-romántica, a veces, otras, fría y seca como el lenguaje de un legajo. Erótica, brillantemente erótica, a ratos, sugerente, siempre. Una novela que nos llega tarde. No importa, más vale tarde que nunca. Aunque, en ocasiones, más valiera nunca que tarde. Y un párrafo sobre el traductor, Enrique Bernárdez, nada que ver conmigo ni con Aurora, la viuda de Cortázar, supongo. Ignoro si conoce la lengua islandesa. Conoce la lengua española y la materia que traduce. Lo conocíamos de sus libros en Alianza y Cátedra. Útiles las escasísimas notas a pie de página y el breve epílogo. Magnifica la edición de Nórdica. Ecos de Cervantes, de Borges, de Tolkien, de Bergman, de Strindberg. Arde el musgo gris es una obra maestra.

 

URBANITAS DE TRAJE GRIS

Lale González-Cotta

Lo siento, la suma de los colores da negro
Nicolás Casariego
Destino
18,50 €
253 páginas


Afortunadamente –y la prensa especializada está contribuyendo bastante al adverbio– se posiciona el cuento entre las opciones de los lectores, ensanchando el ceñido radio de acción en el que se movía hasta hace un rato. Responsable de esto es, sobre todo, su estructura breve y finita, apta para nuestra actualidad trepidante. Quien arriba firma, por ejemplo, concluyó esta antología entre trayectos de autobús y esperas en las antesalas del oculista y del notario. Pero, además, y según pudimos leer en un número anterior de esta revista, proliferan los profesionales de la enseñanza que proponen narración breve a sus alumnos de bachillerato, sabedores de la instantaneidad de los hábitos consumistas de éstos, de lo rápido que colman la curiosidad y son seducidos por alternativos cantos de sirenas.


Nicolás Casariego –sí, hermano pequeño de Martín– al que recordamos bien por aquella novela que resultó finalista del Nadal, Cazadores de luz, presenta ahora una apreciable colección de narraciones recogidas bajo título agorero –tomado del relato La cita– con el que el autor parece querer disculpar su talante poco optimista: Lo siento, la suma de los colores da negro.


Nada tienen que ver entre sí estos relatos, a excepción de la catadura sombría de sus protagonistas, del enfoque de las historias y de la reaparición de algún personaje a modo de spin off. Los que asoman por estas páginas son individuos vulgares en las dos acepciones del término, urbanitas demediados que recuerdan al hombre del traje gris de la canción de Sabina, aquel que sacaba del bolsillo un calendario para rastrear en él las primaveras disipadas en el vendaval del tiempo. Leemos las historias mínimas de personas corrientes que transitan por la vida con el piloto automático activado, como autómatas, abatidos por las menos épicas de todas las derrotas, las que paulatinamente perpetra la rutina. El día a día los avasalla, hurtándoles pulsión para revalidar aspiraciones de antaño, ilusiones que ni siquiera recuerdan haber albergado alguna vez. Y mejor no pararse a pensar, porque cuando uno cuestiona el sentido de su existencia mortecina destapa un gas venenoso. Así le ocurre a la protagonista de La pregunta. Un buen día se plantea si es feliz y la verdad taladra la línea de flotación del subconsciente, desprendiendo las capas superpuestas del descontento. Se cumple en ella la premonición de Nietzsche: cuando miramos mucho tiempo al abismo el abismo también nos mira.


La esperanza, cuando despunta, es frágil y se presenta ironizada, como en El libro, donde una mujer acomplejada por la obesidad cree haber encontrado la panacea en los postulados de un manual de autoayuda. Acertada es también la elección de una ternura tosca, pertinente en el tono general de los relatos. Sobresale en este sentido El hermano, cuyo protagonista es un joven de personalidad compleja, hosco con el mundo pero, a su pesar, cariñoso con su hermano deficiente mental.


En ocasiones la técnica evoca la de divinidades como Katherine Mansfield o Benedetti, en esa electricidad subrepticia que crepita bajo el aparente recalmón de la irrelevancia y que, con el oportuno detonante, podría dar al traste en cuestión de segundos con años de molicie. Así sucede con el protagonista de La Clínica que, huyendo del tedio conyugal, se ha instalado en otra relación sentimental que tampoco logrará sustraerse a la erosión de la convivencia.


En síntesis, unas historias cercanas que nos alcanzan por la empatía con que asistimos a las derrotas y a las pequeñas conquistas de unos antihéroes en los que nos miramos con condescendencia. En el debe, algunos relatos como El disfraz, no levantan el vuelo, estorbados por pormenores prescindibles, pecado venial en la novela y mortal en el relato. Reprochable también cierta dejadez esporádica en la forma que ni los personajes ni las historias merecen.

 

PARODIA HUMANA

F.Morales Lomas

La cinta de Moebius
Manuel Talens
Grupo Alcalá
19 €
190 páginas


A través de sÍmbolos, el escritor crea una caricatura sobre la cultura que le sirve como paradigma de la humanidad


Definida como una fábula de la teología ficción, La cinta de Moebius lleva como subtítulo Manual de teología electrónica para internautas y, en realidad, es una alegoría impía, cibernética y esperpéntica sobre nuestro mundo y la obscena creación de Dios, su responsabilidad creadora, pero a la vez una invectiva contra la actualidad bajo el reclamo y el despropósito del lenguaje divino, computacional, médico…


La conforman dos bloques. En el primero lleva a cabo el análisis de la creación; en el segundo, la vuelta a comenzar bajo los mismos presupuestos equivocados. Inventa la parodia sardónica de un arcángel Gabriel sobre el que se sostiene la cultura. A través de símbolos, términos cristianos y paganos, el escritor amplifica una caricatura que le sirva como paradigma absurdo de la humanidad y el lugar imprevisible al que ha llegado: aparece la salsa rosa del cielo, como hipérbole descerebrada, los Borgia, Lutero, Ginés de Avellaneda, la historia literaria del XVI, la burguesía del XVIII, Giordano Bruno, Carlos Marx y la vigencia de algunos de sus análisis, la informatización del cielo, Dios en coma, los análisis sobre el diagnóstico de Dios y su enfermedad, el alzheimer, las redes de activistas electrónicos o backers, la metaliteratura, la agrafía de Dios, los diversos informes sobre la situación de la iglesia, la globalización neoliberal, el continente africano, el conflicto israelo-palestino, los medios de comunicación, la energía… Y siempre su sátira y crítica ácida, su compromiso: “Sí, amigos míos la creación del mundo fue un enorme fracaso de Dios y ni siquiera el remedio de enviar a su hijo hecho carne para salvar a los seres humanos logró cambiar el rumbo de una historia que ya empezó mal”.

 

LA VIDA EN SEPIA

Alejandro Luque

Museo de la soledad
Carlos Castán
Tropo editores
15 €
217 páginas


Historias poéticas y de fina ironía sobre personajes condenados a asediar su propia memoria


Que un libro de relatos en España sea reeditado es casi milagroso; pero que alcance tres ediciones en otros tantos sellos lo eleva sin más al rango de los prodigios. Es el caso de este Museo de la soledad de Carlos Castán, barcelonés afincado en Huesca, cuyas historias vieron la luz en Espasa, luego en Círculo de Lectores y ahora en este hermoso libro de Tropo Editores. Algo tendrá este museo para que lo bendigan. Por ejemplo, doce buenas historias bien escritas. Con esto habría que poner punto final a la reseña, pero podemos abundar en algunos detalles.


El mayor riesgo de este volumen está en el plano expresivo, en esa inclinación de Castán a pasear por la cornisa de la prosa poética, sobre todo en sus abundantes enumeraciones, llamadas a provocar el efecto de recuerdos que se agolpan. En muchos casos, bastaría disponer las oraciones como versos para dar lugar a un largo poema. El autor sale airoso del trance en tanto compensa muy bien las dosis de edulcorante con la sal de la ironía, sin olvidar unas gotas de angostura vital para equilibrar sabores.


Al mundo que recrea Castán nos asomamos como a través de un filtro sepia o una ventana velada por la lluvia, que –ya se sabe– es algo que siempre ocurre en el pasado. El pretérito imperfecto es su tiempo predilecto, y la voz dominante, bastante hegemónica, discurre en primera persona. Los suyos son personajes heridos por la vida, condenados a asediar su propia memoria como una fortaleza inexpugnable. Algunos inspiran ternura o compasión, otros intimidan; en la mayoría no nos cuesta reconocer alguna zona de nosotros mismos, no siempre la más halagadora. En sus escenarios hay un deliberado olor a casa cerrada, y en casi todos hace un frío húmedo, de esos que perseveran bajo la piel después de pasar la última página.

 

LA PIEL QUE HUMANIZA LA PIEDRA

Marianela Nieto

La escalera del agua
José Manuel García Marín
Roca Editorial
17 €
238 páginas


La Historia es un hotel de estancias infinitas, de un pasado más o menos misterioso que espera paciente a albergar el mañana en su seno. Hay quien se empeña en concebirla como una cajonera de múltiples compartimentos, atestada de recuerdos, fechas e imágenes encerradas e invariables. Esto se enfrenta por fortuna a una multiplicidad de puntos de vista que le concede un dinamismo necesario, el de una fuente que se renueva, atenta a todas las voces de actores y pacientes de cada época.


La literatura nos concede el placer de enriquecer la Historia y nos despierta en ocasiones el interés por indagar en sus dominios, desde prismas más o menos alejados de la realidad, aunque enriquecedores. Es el caso de la novela de José Manuel García Marín, que en absoluto es un tratado histórico, aunque es el legado delicioso de un amante de la memoria de Al-Ándalus, que ya atestiguó su interés por estos menesteres en Azafrán (Roca Editorial, 2005), donde nos regalaba un viaje por esta tierra de las tres culturas, en su momento de mayor esplendor.


La escalera del agua conserva la intensidad de aquella especia anaranjada y en su título rinde tributo a la Alhambra, aunque en esta ocasión la ruta de la novela anterior –de Sevilla a Almería– cruza Despeñaperros hasta alcanzar la magia de Toledo, sus encantos y secretos, consiguiendo incluso humanizar una ciudad imprescindible, de gran valor histórico y artístico.


El éxodo de familias moriscas que huyen del sur para asentarse en Las Hurdes –que sirvieron de fuente documental al cineasta Luis Buñuel– y el celo por mantener el secreto de su origen para ser aceptadas en su entorno es uno de los ejes temáticos de esta obra que, con la praxis imaginada de las muñecas rusas, va extrayendo de sí historias de diversa índole, enhebradas con el hilo conductor de un niño que madura a destiempo.


El epígrafe dedicado a este exilio –un flash back del que podría omitirse la alusión cronológica, al menos la antesala de siglos que acompaña a cada capítulo– hace que la imaginación vuele hasta las caravanas de los western, como precedente de una road movie exenta de concisión y profusa en detalles.


El autor malagueño –que compatibilizó el mundo asegurador con la investigación histórica, hasta amarrar su destino en el puerto de la escritura– nos invita a deleitarnos con la evocación de Al-Ándalus y nos imbuye en la vida cotidiana de los personajes, ya sea en el viajero y en sus coetáneos o en sus ancestros, para compartir sus desdichas y fortunas, sus crímenes y denuedos, sus amores y pasiones, sus inquietudes y la curiosidad de indagar sobre su pasado.


En el protagonista no encontramos a un Lazarillo de Tormes de pícara mirada, sino a un aprendiz de ingenuidad comedida e inteligencia despierta, respetuoso con sus mentores, que comparte su pasión por los libros y por el aprendizaje, como si siguiese la estela de aquellas palabras del célebre Ibn Jaldún, quien declaraba en su Al-Muqaddimah que “las artes, especialmente las de la escritura y del cálculo, acrecientan el talento de las personas que las ejercen”.


Los amantes de los libros van a disfrutar, sin duda, con las enseñanzas que recibe el imberbe muchacho en el monasterio y con la galantería descriptiva del novelista malagueño, cirujano de la cotidianidad y observador documentado de los aledaños del río Tajo o del Tiétar –sin llegar a besar Gredos– y, especialmente, de la esencia eterna de Toledo, una ciudad viva donde la historia, según relata el autor, “ha concedido piel a la piedra”.

 

MARTIN SE FUE A LA GUERRA

Félix J.Palma

La Casa de los Encuentros
Martin Amis
Anagrama
17 €
264 páginas


Cuando uno es lector acérrimo de un escritor extraordinario, como lo es Martin Amis, suele imaginar mundos, épocas, sucesos históricos que le gustaría ver tratados por su pluma, porque los buenos escritores son aquellos que se imponen sobre el tema que cuentan, que lo devoran y regurgitan convertido en algo suyo. Por eso son muchos los asuntos que uno quisiera ver tamizados por la lúcida mirada de Amis, narrados con su contundente y morbosa prosa. Y uno de ellos es sin duda esa excrecencia de la historia del hombre llamada guerra, cualquiera, en realidad, pues todas hablan de la degradación del ser humano, de la sinrazón que a veces puede alentarlo. ¿Imaginan el partido que un escritor como Amis podría sacarle?


Pero no será necesario que recurran a la imaginación, pues en su nueva novela, La casa de los encuentros, Martin Amis se ha ido a la guerra, o a sus secuelas, que siguen formando parte del tapiz de la guerra, aunque oficialmente ésta se considere clausurada. Y es que las guerras nunca acaban para quienes las viven, como todos sabemos gracias a los traumas que suelen acarrear los excombatientes, y que Amis se encarga de recordarnos en esta obra monstruosamente hermosa, como casi todas las del autor de La información, uno de los pocos escritores que disponen del talento suficiente para unir ambas palabras sin que se repelan.


La casa a la que alude el título es el lugar donde transcurren los encuentros entre los detenidos y sus cónyuges, una cabaña erigida en el campo de trabajo esclavo Norlag, en la región ártica de la Unión Soviética. Allí van a parar, tras ser culpados de trasgresión política, los dos hermanos que protagonizan la novela, ambos enamorados de la misma mujer: Zoya, la exuberante judía en torno a la cual están condenados a orbitar. El hermano mayor es un típico producto de la guerra, que deformó su espíritu hasta convertirlo en un entusiasta violador y en un asesino práctico y desapasionado. El pequeño Lev, en cambio, es un alma sensible, un poeta que cree en el pacifismo y que, pese a todo pronóstico, logró casarse con Zoya poco antes de que lo encarcelaran. El primero es quien oficia de narrador, contando la historia mucho tiempo después mediante la carta que escribe a su hijastra estadounidense, por lo que en la novela se alternan dos planos temporales, las reflexiones acerca del destino de Rusia y las insalvables diferencias entre Oriente y Occidente que hace el protagonista mientras visita Norlag como turista, y la historia de los dos hermanos, que abarca su juventud, los diez años que estuvieron recluidos en el campo de trabajo y la posterior vida en libertad, que incluirá el fatal destino del desdichado Lev, que volvió a los brazos de Zoya incapacitado para el amor, arruinado por dentro y desposeído de todo en lo que creía.


Amis ya se había aproximado a las atrocidades cometidas por Stalin en el ensayo Koba el temible, e imagino que el pavoroso material que tuvo que manejar acabó dañándolo, como a sus propios personajes, instándolo a novelizar aquella documentación para que alcanzara el alma de los lectores de una forma mucho más contundente de la que puede hacerlo el ensayo. Y vaya si lo ha conseguido, porque esta novela, apuntalada sobre la competencia amorosa que sostienen ambos hermanos mientras el mundo se derrumba a su alrededor, quizás sea una de las mejores novelas del autor. Martin se fue a la guerra, pero sus lectores no debemos sentir ni dolor ni pena.