GRANADA MITO

Los viajeros románticos convirtieron la escenografía de la vieja cuidad árabe en una postal literaria

ÁLVARO SALVADOR

Granada es una ciudad literaria y una ciudad para las letras. Desde que Alejandro Dumas afirmase al regresar de su viaje que el deseo que permanece en el viajero después de ver Granada es, sobre todo, el de “volverla a ver”, hasta la comparación con el paraíso que Christ Stewart acaba de realizar en el siglo XXI, Granada ha sido y es un tema literario y una inagotable cuna de poetas y escritores.


No es de extrañar, ya que los espacios arquitectónicos más prestigiosos de su monumento más famoso, los palacios de la Alhambra, constituyen en realidad uno de los libros de poemas más singulares que jamás se hayan construido y escrito, un libro cuyas hojas son de adobe recubiertas de estuco. Sobre estos muros se reparten 31 poemas, casi todos profanos, extensos algunos, y cuya autoría se atribuye a varios de los mejores poetas del período nazarí: Ibn al Yayyab, Ibn al-Jatib e Ibn Zamrak, conocido como “el poeta de la Alhambra”. Constituyen una auténtica antología poética arábigoandaluza de un género literario muy poco frecuente, la llamada poesía epigráfica: “Líquida plata corre entre las perlas / semejando a ellas en su nítida blancura. / Mármol y agua parece que se funden / sin alcanzar a saberse cuál de ambos fluye. / ¿No ves , acaso, el agua desbordar la fuente…”


Tras la conquista cristiana, la ciudad siguió disfrutando de la misma admiración y predicamento. La celebración de la boda del emperador Carlos V en los jardines del Generalife propició la famosa entrevista entre Juan Boscán y Andrea Navaggiero en la que se sentaron las bases de la renovación poética española con el influjo de los metros italianos. Años más tarde, Juan de Yepes se serviría del incomparable marco del Convento de los Mártires para componer algunas de las estrofas más estremecedoras de su Noche Oscura: “¡Oh, noche, que guiaste! / ¡Oh, noche amable más que la alborada!…” En los siglos de oro, Granada recibió la visita y el homenaje de muchos de los escritores más insignes de la época, Lope de Vega, Cervantes, Francisco Delicado o don Luis de Góngora: “…y a ver su Real portada, / labrada de piedras tales, / que fuera menos costosa / de rubíes y diamantes…” En esta época, las letras florecieron también en el cultivo que la misma ciudad cristiana supo alimentar en el interior de sus murallas, la Academia fundada por la familia Granada Venegas, descendientes de los antiguos reyes nazaríes, agrupó en torno a estos nobles a algunos de los creadores más brillantes de la ciudad durante la segunda mitad del siglo XVI. Todavía hoy nos quedan rastros de lo que fueron sus reuniones en los muros de la Cuadra Dorada del palacio conocido como Casa de los Tiros, muros en los que aún puede leerse el lema de estos escritores: “El corazón manda”.


La cita que el vizconde de Chateaubriand celebró con su amante, Natalia de Laborde, vizcondesa de Noialles, en el mirador de Lindaraja de la Alhambra y cuya huella quedó para la posteridad en forma de grafitti en la columna central de dicho mirador (C´est mon désir la Croix), simboliza lo que el monumento y su ciudad van a significar para el Romanticismo. Todos los factores confluyen para la elaboración de la ciudad como mito literario: el personaje, uno de los representantes más insignes del nuevo movimiento artístico que se desarrollaba en Europa, las circunstancias del viaje como viaje de iniciación y reencuentro, características típicas del viajero romántico, pero también las circunstancias biográficas en la medida en que el arrebato sentimental se mezcla con los avatares de la creación literaria y, desde luego, la escenografía de la vieja ciudad árabe en ruinas. Tiene, por tanto, Chateaubriand el indudable honor de haber abierto un camino que más tarde recorrerán de un modo más detenido y prolijo los grandes constructores del mito, fundamentalmente Whasington Irving, Richard Ford, Téophile Gautier, Alejandro Dumas, Christian Andersen, etc., etc. A lo largo del siglo XIX todos estos escritores viajaron a Granada en peregrinación romántica y los escritos que publicaron como resultado de esas visitas, acabaron transformando la ciudad en un mito, incluso para los propios escritores españoles que la utilizarán en sus escritos con un tono de exaltación muy parecido, cuando no superior, al de sus colegas extranjeros. Poco a poco, se iría tejiendo una literatura sobre Granada, sobre la Alhambra y los moriscos, que durante todo el siglo extiende por el mundo la leyenda –pero también la actualidad– de la ciudad.


El grado máximo de mitificación –y simultáneamente de mistificación de la ciudad– lo consigue el poeta representativo del romanticismo tardío, el vallisoletano José Zorrilla. El homenaje que en 1889 Granada le dedica a Zorrilla, al coronarlo como poeta nacional, es, sin duda, el acontecimiento que cierra ese período de mitificación romántica, abriéndola a los nuevos aires de lo que significará la transformación, tanto física como cultural, que experimenta en las primeras décadas del siglo XX. Décadas en las que, de la mano de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y, sobre todo, Federico García Lorca, la ciudad reescribe la historia de su mito y la de su relación histórico legendaria con la literatura. De un modo paralelo al que experimenta España entera, la ciudad vive un renacimiento cultural en los años 20 y 30 que da como resultado la aparición de figuras tan relevantes como Francisco Ayala, José López Rubio o Luis Rosales. Pero será, sin duda, la figura de Federico García Lorca y la peripecia de su elaboración como símbolo de la España derrotada y reprimida por el fascismo, la que construya el mito contemporáneo de la ciudad, la leyenda de su trágica hermosura: “Cuando sueno tan triste y muriente es porque lloro algo que se fue para siempre…Yo soy el corazón del poeta y mis sonidos son sus latidos. Por eso, cuando sueno tan desolada y melancólica en las noches granadinas, es porque lloro la voz del que suspiró por mi amada…”.