Detectives S.A.
La evolución del investigador a través de sus creadores
GUILLERMO BUSUTIL
Un tipo duro, inconformista y rebelde, con un objetivo determinante y constante: descubrir la verdad. Estas son las cualidades y la misión del protagonista de un género que convirtió al detective, con su adicción al tabaco y al consumo de whisky, en un fetiche popularizado por la novela negra y también por el cine. ¿Quién no recuerda a Sam Spade, a Philip Marlowe o a Mike Hammer, inmortalizados por Bogart, Robert Mitchum y Stacey Keach?
El prototipo del héroe era de otro pelaje en sus comienzos. Fue Poe el primero en crear, en Los crímenes de la calle Morgue (1841), esta figura extravagante e intelectual, ocupada en establecer una relación entre la ley y la verdad, encarnada por Auguste Dupin. Este perfil del investigador analítico y exquisitamente educado se extendió durante el siglo XIX con las aventuras del sargento Cuff de La piedra lunar (1868) de Wilkie Collins y los casos del transformista Nick Carter inventado en 1884 por John Russell, hasta alcanzar su máxima expresión con el célebre Sherlock Holmes, ideado por Conan Doyle en 1887 y al que el escritor adornó con el fascinante misterio que envolvía su personalidad. A principios del siglo XX al arquetipo del personaje, vinculado a la policía y que ejerce por afición intelectual, los escritores de novela negra le añaden tres nuevas cualidades: la elegancia, la ética y el sentido del humor. Con estas armas, el héroe de sofisticadas aficiones y trucos se mueve en las altas esferas de la sociedad, igual que un invitado de prestigio o un preciado consejero policial. A esa estirpe pertenecen el británico Padre Brown de Chesterton y La cruz azul (1910), decidido siempre a redimir al delincuente, el belga Hércules Poirot de El Misterioso caso de Styles (1920), dotado por Ágatha Christie de una especial habilidad para los interrogatorios, el londinense Albert Campion que aparece por vez primera en 1929 en Crime at Black de Margary Allingham y el esnob Philo Vance de El caso del asesinato de Benson (1926), escrito por S.S. Van Dine. Todos son hombres de acentuado ingenio, políglotas, de conducta irreprochable, aficionados a la ópera o al arte y extremadamente minuciosos en su desinteresada labor investigadora. El éxito popular de sus pesquisas logró eclipsar, en ese mismo período, a otro sabueso que, sin embargo, tendría una decisiva influencia en la transformación del héroe. Race Williams, nacido de la pluma de Carroll John Daly en El falso Burton (1922) es americano, juega al póquer, exhibe un desbordante cinismo y es agresivo. Él representa el nuevo detective: un sujeto deshumanizado, marginado de la sociedad, con una visión fatalista del mundo y que ejerce sólo por el dinero.
En 1930, Dashiell Hammet publica la novela El halcón maltés, protagonizada por Sam Spade, iniciando la personalización más conocida del detective. Un individuo de mediana edad, que utiliza el lenguaje de las calles de San Francisco, definido por una ambigüedad ética y una violencia que le ayudan a sobrevivir en la jungla social. Mientras, en Francia, aparece un año después el comisario Maigret de Simenon, poseedor de una desbordante humanidad y una apacible existencia conyugal, en Norteamérica se sigue la estela de Hammet y Jonathan Latimer da la vida, en Murder in the mad house (1934), a Bill Crane. Otro husmeador que exhibe un corrosivo escepticismo y una inteligencia activada por el bourbon. De la unión de estas dos criaturas de ficción resultaría una de las más célebres del género: Philip Marlowe. Su aparición en El Sueño eterno (1939) de Raymond Chandler termina de enriquecer y humanizar la peculiar psicología del detective. Ahora, el personaje, que vive en Los Ángeles, muestra la soledad de su trabajo y de su vida privada, sus apuros económicos, su carácter desesperanzado, su recelo ante la justicia del sistema social y su fondo tremendamente sentimental, además de dejar constancia (por vez primera en la novela negra) de su tarifa profesional: 25 dólares diarios más gastos.
En los años posteriores, el personaje siguió los cánones de los años treinta destacando los nombres del inclemente Mike Hammer, a quién Mickey Spillane presentó en Yo, el Jurado (1947) como un tipo que pega primero y pregunta después, y el inolvidable Lew Archer de El blanco móvil (1949) firmado por John Ross MacDonald y que en el cine se llamó Harper. Habría que esperar a 1974 y a la novela Tatuaje de Vázquez Montalbán para que el prototipo del género se completase del todo con Pepe Carvalho. El bon vivant, inmigrante, exmiembro de la Cia y del partido comunista, convertido en un detective gourmet (en homenaje al investigador Nero Wolfe y al comisario Maigret) implicado en los temas políticos de la época. Un antihéroe que, junto con otros personajes de la talla de Perry Mason, Shaft, Easy Rawlings, el periodista Gálvez, el inspector Méndez, el detective Tony Romano, la inspectora Petra Delicado o el comisario Montalbano, ha contribuido a mantener viva la idealización de un mito, de un personaje que es empresa de sí mismo y que, de momento, no ha colgado el sombrero.



