Tres modelos criminales
La venganza, la culpa y la defensa del territorio propio son los ingredientes de la nueva novela angloamericana
JUSTO NAVARRO
“Lo que perdura de la antigua serie negra americana es que la investigación policial tiene tanto que ver con el discurso filosófico como la delación o la tortura”
Parece un entretenimiento inacabable inventar y escribir y leer crímenes, siempre renaciente y renovada la novela de intriga policial, en la que la emoción de quién mata, por qué mata y cómo mata se mezcla con la tensión del investigador que busca resolver el caso. Y, si el crimen no es un simple pretexto para la satisfacción de aclarar un enigma, entonces tendríamos que decir que el placer de fabular sobre un mundo sangriento de verdugos y víctimas guarda relación con los goces divinos que Santo Tomás de Aquino atribuía a los bienaventurados que están en la gloria: el gusto de ver, desde el paraíso o desde el sillón donde leemos, los padecimientos de los condenados al infierno. Yo diría que la nueva novela criminal, entre la brutalidad espectacular y la astucia asesina, se ciñe hoy a tres modelos fundamentales: el angloamericano, el euroamericano y el estilo internacional histórico. Ya no se pliega a la vieja idea de la novela de crímenes a la inglesa, entre Sherlock Holmes y Agatha Christie, pero tampoco al brío desnudo de la serie negra a la americana. Pertenece a la historia sagrada de la literatura el investigador genial que dedicaba su inteligencia pura al descubrimiento de la verdad, como un filósofo, pero también es ya una pieza de museo el detective a la manera de Philip Marlowe, el único individuo plenamente honorable en un mundo de gente sucia, tal como lo veía Raymond Chandler. Lo que mejor perdura de la antigua serie negra americana es el convencimiento de que la investigación policial tiene tanto que ver con el discurso filosófico como la delación o la tortura.
La defensa de la identidad
Llamo modelo angloamericano de novela policiaca al tipo de relato de crímenes que, procedente de los Estados Unidos de América, centra hoy la intriga en emociones como el deseo de venganza, la culpa imborrable, la defensa de la familia y el territorio propio, es decir, la defensa furibunda de la identidad. Los crímenes son domésticos y sexuales, o estrictamente truculentos y arbitrarios, de monstruos terroríficos que merecen ser aplastados sin piedad. La justicia se atiene al modelo bíblico del ojo por ojo, con víctimas legitimadas para cobrarse su retribución en sangre. Hannibal Lecter, por ejemplo, la criatura de Thomas Harris, es un vengador, un dios que administra justicia abominablemente contra seres más abominables que él. Y, en un territorio mucho más cotidiano y familiar, la misma lógica de fondo rige las novelas de Dennis Lehane, Harlan Coben, Michael Connelly, Tess Gerritsen, e, incluso, los dramas judiciales de Scott Turow y sus imitadores.
En Europa y Latinoamérica predomina un tipo de novela policiaca (lo llamaré euroamericano) que tiende a ser, en palabras de Jean-Patrick Manchette, “de intervención social”. La ficción se convierte en estudio de un grupo, de una ciudad, de un país. El crimen es síntoma de una vida malsana: la vida mata y vuelve malos a quienes viven, y más malos son quienes más poder tienen para serlo. En ese mundo los detectives son humanos, vulnerables, desfallecientes. La novela policiaca no es un tablero de ajedrez, sino una partida de póquer. Con todas las diferencias entre unos autores y otros, creo que éste es el modelo que construyen las obras de Donna Leon (americana en Italia); de los italianos Andrea Camilleri, Giancarlo de Cataldo, o Gianrico Carofiglio; de los escoceses Ian Rankin o Val McDermid; del griego Petros Márkaris, un ejemplo, en su novela El accionista mayoritario, de cómo introducir en la trama, de un modo casi anecdótico muy distinto a las formas angloamericanas, la amenaza terrorista internacional.
Es interesante cómo se transforma en la literatura policial europea el personaje del extranjero terrorífico, frecuente en el género policiaco americano desde que Thomas Harris, el mismo de Hannibal Lecter, lo introdujo en los años setenta en su Domingo negro. La sensación del peligro que llega del exterior es, en las novelas del sueco Hennig Mankell, la perturbación de las sociedades abiertas y democráticamente desprotegidas, que reciben a emigrantes de países sin derechos y malformados bajo regímenes criminales. Mankell cuenta como precursor al matrimonio Maj Sjöwall y Per Wahlöo, que practicó magistralmente en los años sesenta del siglo pasado la tendencia crítica y realista que ha marcado también la novela policial española, a través de maestros como Manuel Vázquez Montalbán, Francisco González Ledesma, Andreu Martín, Juan Madrid o Alicia Giménez-Bartlett. Pero en el caso español existe una conexión latinoamericana, esencial y doble: por las traducciones del género criminal anglosajón que procedían de la América del sur y del norte hispano, de Argentina y México, en los años cincuenta y sesenta, y, desde los setenta, por sintonía mental de los escritores españoles con la escuela de Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano, Paco Ignacio Taibo II, el brasileño Ruben Fonseca, Jorge Ibargüengoitia, Justo Vasco, o Ricardo Piglia.
Reconstrucciones históricas
El tercer modelo dominante de novela policiaca es el que llamo estilo internacional histórico. No sólo pienso en la corriente abierta por El nombre de la rosa, de Umberto Eco, sometida en los últimos años a mutaciones por los injertos evangélicos de El Código da Vinci. Me refiero a narraciones que aprovechan el juego entre delito y castigo, misterio y revelación, detectives y culpables, para reconstruir épocas legendarias, la segunda guerra mundial, por ejemplo. El crimen es fruto de sociedades envenenadas en la tetralogía de Philip Kerr, Berlin Noir, con las aventuras del agente de la Gestapo convertido en detective privado Bernie Gunther, o en la trilogía de Carlo Lucarelli, El comisario De Luca, insomne policía en la Italia mussoliniana. John Lawton inventa un Londres bajo las bombas alemanas, o entre las nieblas del espionaje británico en años de guerra fría con los rusos. Pavel Kohout, en La hora estelar de los asesinos, vio Praga a la luz del pánico de la guerra agonizante y las carnicerías de un maníaco asesino de mujeres. El buen alemán, de Joseph Kanon, somete el delito a la atmósfera moral del Berlín recién conquistado por los aliados.
La mejor novela de crímenes que he leído últimamente, La interpretación del asesinato, de Jed Rubenfeld, une los orígenes del psicoanálisis y el principio de la plenitud metropolitana de Nueva York en 1910. Aquí coinciden el freudismo y el crimen sádico, Sigmund Freud y Carl Jung como personajes, para que volvamos a hablar de la relación entre el psicoanalista que busca los secretos que el paciente se oculta a sí mismo, y el detective que trata de cazar al criminal esquivo. Pero la propia novela policiaca ha llegado a ser un asunto arqueológico para nuevas novelas policiacas: la obra de James Ellroy es un homenaje a la vieja serie negra y sus emblemas cinematográficos, aunque Ellroy demuestra que se cruzan y se superponen entre sí los tres modelos de los que hablo. La buena novela criminal es impura por naturaleza.



