FIRMA INVITADA
Los libros nos salvan de la experiencia de la muerte
Luis García Montero
La literatura es la experiencia que nos enseña con la vida una de las lecciones propias de la muerte. En agosto de 1803, Wilhelm von Humboldt escribió desde Roma a Friedrich Schiller para contarle la muerte de su pequeño hijo Wilhem.El padre había legado al hijo su nombre y su apellido, y el hijo legaba al padre la experiencia de la muerte, que es siempre una experiencia ajena, vivida junto al otro, puesta en el mundo de otro ser. Nuestra propia muerte, ya que no la podemos vivir del todo, es una experiencia que corresponde a los demás. El niño sufrió unas fiebres malignas que lo consumieron en dos días, pero la experiencia de la muerte correspondió al padre, que siguió vivo después de ver cómo desaparecía y se iba a otro mundo el pequeño curioso que llevaba su apellido y le acompañaba a diario en sus paseos por Roma o por la existencia.“Nunca he temido –escribía Humboldt– ni me he apegado puerilmente a la vida, pero cuando a uno se le muere un ser al que amaba tiene una sensación completamente distinta. Uno cree pertenecer a dos mundos”. La muerte nos hace pertenecer a dos mundos. Los muertos queridos, esos muertos de muerte imposible, nos acompañan, están con nosotros, nos ayudan a decidir, desdoblan los paisajes de la realidad.
Luis Rosales escribió "La casa encendida" para contar que vivía también en los metros cuadrados de la memoria, junto a sus muertos más íntimos, habitando un lugar en el que pasado y presente se confunden
hasta componer una alegoría cotidiana. Dos mundos respiraban el aire tranquilo de sus habitaciones.
La literatura nos salva de la experiencia de la muerte porque consigue con la vida que pertenezcamos a dos mundos. Abrir un libro que nos conmueve significa entrar en una dimensión ajena que acaba escapándose de sus páginas para poblar las habitaciones de nuestra existencia. Los personajes se levantan de la butaca, cruzan el salón, miran los cuadros de las paredes, tocan los objetos de las estanterías, se ponen el abrigo, abren la, puerta de la calle y recorren la ciudad junto a nosotros. Ellos habitan nuestros pasos, porque nosotros habitamos dos mundos. Vivimos la realidad de nuestro nombre y nuestro apellido, envueltos por los decorados del saludo diario, y al mismo tiempo caminamos por el frío de Moscú en los versos de una poeta dolorida, o nos asombra la miseria de un rincón decimonónico de Londres, o soportamos el sudor y la lluvia espesa de un argumento caribeño, o descubrimos aquello que estaba oculto bajo la rutina de nuestra ciudad.
Los libros también acaban formando parte de la memoria en una casa encendida.
Y todo se multiplica cuando hablamos de literatura desde la perspectiva del creador. Crear es leer, una pertenencia a dos mundos, pero de un modo muchomás acentuado. El poeta que lleva un verso en su silencio camina por la calle sin pesar sobre el suelo, se detiene en los semáforos sin obedecer a la luz roja, saluda con unamano deshabitada y contesta a las preguntas desde la lejanía,mientras sus ojos brillan de ausencia y de soles extranjeros. El novelista atrapado en su historia viaja en un coche que hace años desapareció de las carreteras, oye la música de otro tiempo, llena los armarios de una ropa que ya no cose ningún sastre, y que quizá nadie llegue a ponerse nunca, porque el pasado y el futuro de los personajes son un laberinto en el que aparecen y desaparecen abrigos, canciones y paisajes. Conviene respetar el silencio de los poetas y los novelistas que caminan como fantasmas. Pertenecen a dos mundos.



