CLÁSICO
EL ÚLTIMO ROMÁNTICO
El gran Gatsby es el retrato de una generación que puso en duda la fe en el hombre
Gustavo Martín Garzo
”Scott Fitzgerald fue el mejor cronista de una generación que llegó para poner en duda toda fe en el hombre”
Scott Fitzgerald fue el mejor cronista de una generación que, como él mismo escribió, “llegó para encontrar a todos los dioses muertos, todas las guerras acabadas, toda fe en el hombre puesta en duda”. Definió la Edad del Jazz y diagnosticó con amargura su inevitable fracaso, pues la nueva clase que surgiría tras la Primera Guerra Mundial, terminaría por traicionar todos los ideales por su materialismo y su ignorancia.
El gran Gatsby contiene el retrato implacable de esa nueva clase. Jay Gatsby, su protagonista, es el prototipo de la persona de clase baja, inmoral e imprudente, que quiere triunfar a toda costa y que será destruida por el poder mayor de aquellos a los que trata de imitar. Y sin embargo, Gatsby no pertenece a esa clase, o no al menos por entero. De hecho, su deseo de riqueza no tiene otra causa que conseguir el amor de una muchacha. Keats y el romanticismo le han enseñado a Fitzgerald que la verdad era belleza, pero también que la vida debe vivirse al instante, porque nada mortal, y especialmente la belleza y la juventud, puede ser duradero.
Sólo así entenderemos la cualidad de cuento de hadas de esta novela. Una cualidad que se hace patente en el tratamiento que recibe en ella la luz, el color y la naturaleza. Nick, el narrador, viene del oeste y, en las primeras páginas, contempla la llegada del verano en Nueva York con los ojos de quien se asoma al paisaje de la frontera. Cualquier cosa puede suceder: ovejas paseándose por la quinta avenida, grandes explosiones de hojas brotando de los árboles, incluso una luna prematura saliendo, como la cena, de la cesta de los proveedores de las fiestas de Gatsby. Esto último es un efecto del dinero, de las posibilidades mágicas de la riqueza, pero también del aura misteriosa que rodea a Gatsby y a su espera en la noche. Nick se da cuenta de que Gatsby trata de hacer retroceder el tiempo hacia un nuevo comienzo, ese punto dejado atrás hace años en que él y Daisy hicieron su paseo encantado, y vio que las baldosas de las aceras formaban en realidad una escalera y subían hasta un lugar secreto por encima de los árboles, donde podría beber la incomparable leche de lo maravilloso. Pero también aprende una cosa, que no se puede regresar al pasado.
Por eso toma partido por él, la verdadera corrupción, la del corazón, la descubre Nick en aquellos que desprecian a Gatsby. Y se pone de su parte porque Gatsby, vive en el tiempo sagrado de la creación, y gracias a los que son como él descubrimos, como le sucede al protagonista de Absolución, uno de los cuentos que Scott Fitzgerald escribe por entonces, que en alguna parte existe algo inefablemente maravilloso que no tiene que ver con el Poder o el Dinero “Al otro lado de la ventana el siroco temblaba sobre el trigo, y chicas rubias paseaban sensualmente por los caminos que unían los campos, gritándoles frases inocentes y excitantes a los muchachos que trabajaban en los trigales. Bajo los vestidos de algodón se adivinaban la forma de las piernas, y el borde de los escotes estaba tibio y húmedo. Hacía ya cinco horas que la vida fértil y caliente ardía en la tarde. Dentro de tres horas sería de noche, y en toda la región aquellas rubias nórdicas y aquellos altos muchachos de las granjas se tenderían junto al trigo bajo la luna.” Y esa es la virtud de esta novela incomparable, una de las más hermosas que se han escrito jamás. La de hacernos sentir que también nosotros, gracias al poder de los sueños, podemos estar con esos muchachos y muchachas de las granjas en el mejor de los sitios y tendernos junto al trigo, bajo la luna.



