ENSAYO Y POESÍA
Sara Mesa, Manuel Alberca, Miguel de Unamuno, Peter Gay, E.L.Doctorow, Michel de Montaigne
LECTURAS POESÍA
EL VUELO HONDO DE SARA MESA
Javier Lostalé
Este jilguero agenda
Sara Mesa
Premio Nacional de Poesía Fundación cultural Miguel Hernández 2007
Devenir
10 euros
80 páginas
Dos planos, realidad y vuelo, dotados de una fuerza cósmica que recuerda a algunos versos de Vicente Aleixandre
El nacimiento de una voz nueva dentro del ámbito de la poesía escrita por mujeres, cada vez más rica y reconocida, constituye esta vez una auténtica revelación, porque la periodista madrileña Sara Mesa, residente en Sevilla donde trabaja en el Área de Contenidos del Consejo Audiovisual de Andalucía, ha conseguido con su primer libro, Este Jilguero Agenda, Premio Nacional “Fundación cultural Miguel Hernández”, el vuelo hondo de una poesía manchada por lo más terreno, pero con vocación estelar. Un libro que tiene toda la fragilidad y al mismo tiempo la fuerza del jilguero (pues canta y vuela), y la escritura con pulso de una agenda donde las palabras poseen la arritmia del amor, crean espacio, tiempo íntimo, cuerpo, y hasta brilla entre ellas una gota de sangre. Su lectura nos sitúa en dos planos: el de la realidad o suelo, que genera incomunicación, nos encarcela, trunca nuestras ilusiones, y el vuelo o ascensión, que nos hace dueños del mundo, nos conduce a la belleza y presta a todo el sonido de lo auroral. Ambos planos dotados por Sara Mesa de una fuerza cósmica que la emparenta con algunos versos de Vicente Aleixandre. Por eso cuando hablamos de realidad nos referimos a esas lianas que nos atan a la tierra, que nos impiden iniciar el vuelo: “Soy un pájaro –dice– con las alas mojadas. / Un saltamontes con su pata / esposada a una caña de barro”. Esta prisión terrenal desarrolla en el lector una tensión convertida en combate, pues existe el convencimiento de que el ser humano es capaz de alumbrar en toda su desnudez sueños y deseos, y de amanecer algo al nombrarlo. Combate que se libra con lo que está fuera y dentro de nosotros: fuera en “la ciudad desolada”–escribe– donde “un rayo azul, metálico, ha devastado el cielo. Y “los pájaros no cantan: chirrían como puertas oxidadas, / como instrumentos desafinados e infernales”. Fuera, y dentro de uno mismo a través de una compañía que, parafraseo de nuevo a Sara Mesa, “nos ciega los ojos con azufre, nos quema la vista azul de antaño y convierte los sueños en polvo liviano, ligero entre tus garras”. Versos pertenecientes al poema, estremecedor, Ángel terrible que siempre me acompañas. Contienda por tanto que se libra en el lecho de los poemas donde arde el amor: “Escribo día tras día en la extendida / sábana del tiempo, / en la almohada de tu brazo plegado”. Amor que en actitud muy aleixandrina busca la fusión con la Naturaleza para mostrar de este modo su carácter absoluto y su navegación por el interior de la persona amada: “Tu sangre es ya mi sangre, / tu aliento parte ya / de mis pulmones vigorosos. / Eres musgo en mi piel”. Integración en el ser amado que a veces es imposible, porque no basta la conciencia de su compañía, la música de sus pasos, sino que se anhela su presencia, para la que las palabras, puerta de entrada a esa visibilidad, se revelan insuficientes, e incapaces asimismo, en esta indagación de la existencia que es Este Jilguero Agenda, para llegar al sentido oculto de las cosas. Palabras que otras veces, sin embargo, son encarnación, alimento, descanso… y que aún están manchadas de barro (he aquí de nuevo este cordón umbilical con lo primigenio, con lo telúrico). Y tan importante como ellas es en este libro el silencio, seña de identidad, gemelo de la voz en el profundo nombrar. Y también la belleza, albergada en el que la busca, sin que germine tal proyección interior. Muchas más cosas podrían decirse de este primer poemario de Sara Mesa, entre las que no es la menos importante la somatización que en él se produce de los sentimientos: “El recuerdo me oprime el cuello con áspero dolor, / como un pedazo de estopa que anida en mi garganta. / Eco distante que aún conserva / sus gramos de veneno, / todavía nocivo para mi piel desamparada”.
LECTURAS ENSAYO
EL YO ES OTRO (O NO)
Isabel Pérez Montalbán
El pacto ambiguo. De la novela autobiográfica a la autoficción
Manuel Alberca
Biblioteca Nueva
18 euros
336 páginas
Se trata de un ensayo sobre la autoficción y sugiere que esta forma de narrar asume el compromiso de contar lo que puede y debe ser leÍdo como verdadero
En el seno de la narrativa española de las últimas décadas se han gestado un buen número de novelas con apariencia autobiográfica (el uso del nombre propio del autor como personaje, la narración en primera persona, algunos hechos y paisajes afines al que escribe), una línea estética que llega a nuestros días con un sello de modernidad o posmodernidad o lo más contemporáneo. Sin embargo, el escritor suele afanarse en aclarar que lo relatado no es otra cosa que pura ficción, que son historias imaginadas a partir de un universo conocido: puede parecer que hablo de mí, pero en realidad he inventado un alter ego, sólo que a veces soy yo de verdad. Tal es la ambigüedad. El pobre lector desabrigado se pasa la lectura buscando certezas y semejanzas con el escritor que conoce: esto le pasó, así piensa, aquello quizá no sea cierto. Necesita identificar de forma clara al personaje, ponerle rostro, identificar su moral, ya que se le ha hurtado la posibilidad de imaginar libremente, como ocurre con la novela ficcional; aunque se asegura todo lo contrario, que se le deja total libertad para que atribuya al autor cuanto acontece en el relato. Y aquí se plantea el auténtico debate: ¿Se le da mayor libertad o se limita su imaginación?
La cuestión no se presenta en absoluto banal. Ahí están a modo de ejemplo novelas de Muñoz Molina (El jinete polaco, El viento de la Luna), de Vargas Llosa (La tía Julia y el escribidor), de Vila-Matas (El mal de Montano), de Javier Cercas (Soldados de Salamina) o la más reciente Finalmusik de Justo Navarro, quien precisamente firma un bonito prólogo al libro que tenemos entre manos.
El pacto ambiguo es el título elegido por el profesor Manuel Alberca para elaborar a partir de él un exhaustivo ensayo sobre esta forma narrativa tan peculiar como apasionante: la autoficción. Tiene sentido más allá de su denotación, pues sugiere que esta forma de narrar cuestiona ese “pacto autobiográfico” entre autor y lector que propuso Philippe Lejeune, consistente en asumir el compromiso de contar lo que puede y debe ser leído como verdadero. En las novelas autoficticias se violenta y se subvierte el pacto, según demuestra Alberca en este estudio, desvelándonos además su compleja estructura narrativa, su origen entre la eclosión de la autobiografía y la crisis de la autoría que aventuró Roland Barthes. En la autoficción, el autor no muere del todo, sino que se reencarna en múltiples sujetos que protagonizan sus relatos. Como vemos, se trata de una propuesta que debe contar con cierta complicidad del receptor, al que se le ofrecen guiños y señales para que reconozca al creador en situaciones polifacéticas, al mismo tiempo que se le deja a la intemperie en su búsqueda del conocimiento de la verdad. Aquí encontramos la segunda cuestión importante del debate en el que se sumerge Manuel Alberca: ¿Se trata de una valiente y novedosa propuesta narrativa o de una estrategia de marketing publicitario para los autores? No desvelaremos conclusiones, pues merece la pena descubrir uno mismo los paisajes de este viaje analítico hacia el cuerpo de la autoficción. Pero sí hay que señalar que estamos ante un ensayo imprescindible para entender gran parte de la narrativa contemporánea, un texto que debiera ser manejado por todos los interesados en el tema: creadores, críticos, profesores, alumnos y lectores habituales de la literatura sin fronteras.
EL RECREADOR DE IDEAS
Marta Sanz
Ensayos
Miguel de Unamuno
Edición Ricardo Senabre
Biblioteca Castro Fundación José Antonio de Castro
52 euros
1033 páginas
Sus inquietudes van desde el deseo de europeizar España hasta la urgencia de españolizar Europa; a los conceptos de patria y casticismo
Estos ensayos permiten al lector dejar de hablar de oídas sobre aquel viejo que murió al lado del brasero mientras se le prendía un pie; sobre aquél que se enfrentó al Viva la muerte de Millán Astray pese a haber escrito en clave antieuropea sobre la contraposición entre el afrancesado conocimiento de la vida y la sabiduría de la muerte arraigada en la cultura española; sobre aquel rector ideoclasta que sugiere que el pensamiento sin cautela no es lo mismo que el pensamiento incauto y que nos permite seguir los hilos de sus lucubraciones a través de sus ensayos, poemas y obras narrativas. Unamuno es un recreador de ideas-fuerza que empapan su obra y que, en el caso de los ensayos, generan entramados arbóreos: una raíz fructifica en tallos que se enredan y contradicen para volver a la zona sumergida de la que se nutre la maraña. Sus preocupaciones van desde el deseo de europeizar España hasta la urgencia de españolizar Europa; desde la filología a los conceptos de patria, intrahistoria y casticismo; desde la literatura hasta la enseñanza del latín... Bajo cada discurso, el latido intrauterino de negarse a la desaparición de la conciencia individual, de que la Vida –sacralizada, intelectualizada– continúe si las vidas individuales expiran, la obcecación en una fe y una verdad en las que “creer en Dios es querer que Dios exista” y en las que “el arte es lo que más lejos está de la mentira, y la mentira es lo más antiestético que existe”; sobre todo, la repelencia del dogma que inaugura un talante de pluralidad, de síntesis de las antagonías, que el propio Unamuno contradice con la vehemencia de unos pensamientos que, a pesar de su resistencia a convertir la religión en filosofía y la filosofía en religión, son más sermones que conferencias; los golpes sentenciosos derivan en paradojas, retruécanos y en un repertorio de metáforas basadas en el cosmos: la superficie y el fondo del mar, las constelaciones, el nimbo, lo orgánico... El peso de la mística es enorme: en ¡Adentro! y Soledad expresa la conveniencia de concentrarse en uno mismo para irradiar, de que la acción ha de ser previa al pensamiento –y no la revés–, de que hay que merecer la muerte como se merece el sueño... El autor escoge la segunda persona del singular porque el único diálogo posible es el que uno mantiene consigo mismo: el interlocutor-yo es Dios, el Esposo, el autor de Niebla, la voz rebelde de El sentimiento trágico de la vida. Unamuno, obcecado y arbóreo, es capaz de dar nombre con palabras nuevas a los sentimientos más humanos –también al egoísmo– y, a la vez, de propalar tópicos conducentes al fascismo moral y nacional: la adoración del fetiche, la fe sin preguntas, el grito con el corazón en la mano y no con la mano en el corazón.
En En torno al casticismo el método abre huecos para la interpretación libre y se produce la simbiosis entre el movimiento centrífugo y centrípeto que ha de marcar la construcción de las personalidades individuales y colectivas apuntando, en el centro de la diana, hacia el reconocimiento en lo Humano. El pensamiento de Unamuno es inquietante en sus contradicciones y muy actual –la enseñanza como simonía, la burricie tecnocrática–: deberíamos preguntarnos hasta qué punto el rector de Salamanca fue una mente preclara o en este país nos movemos en círculos condenados a una deriva intelectual turbia y necrosante.
PIONEROS DEL DESENCANTO
Antonio Lucas
Modernidad
Peter Gay
Paidós
40 euros
599 páginas
El autor expone el individualismo del hombre moderno y del artista que reacciona contra estructuras sociales surgidas a mediados del siglo XIX
De lo que aquí se trata es de algo más que de la renovación del almanaque de la Historia. La modernidad se revela, entre otros asuntos, como la eclosión individual del hombre en el tiempo, el principio de una sociedad heterogénea que, desde la Cultura, asienta los cimientos de esa reacción en el multibandismo de la burguesía, que toma impulso con la revolución industrial. Podríamos decir que la Modernidad es el esfuerzo transicional que viene a romper en el farallón de un tiempo nuevo, cuando la asimetría se impone en el mundo como norma desde la escritura a la música. Es el principio del “desencantamiento” que proclama Max Weber. Y de ahí, la necesidad del reemplazo como síntoma social.
El historiador Peter Gay (Berlín, 1923) toma a Baudelaire como punta de lanza en la promoción de una época aún entonces por cifrar y va, paso a paso, armando el itinerario de ese yo residual desde el que crece el individualismo del hombre moderno, del artista que reacciona contra la incierta pesadilla de las nuevas estructuras sociales surgidas a mediados del siglo XIX. Y si Baudelaire es la encarnación del demonio de ojos verdes de la fecundidad dislocada que está naciendo en Occidente –con su origen eminentemente europeo–, Beckett, según Gay, es el último peldaño de la combustión que estrangula el viejo fuego del Romanticismo, ya instalados en el magma desequilibrado de un siglo XX impulsado por el principio de mundialización económico, político y social que se asienta y confecciona en las guerras mundiales.
Entre su principio y su fin (o, mejor, su agotamiento), el autor establece un itinerario pulcro, documentadísimo y de clara voluntad didáctica sobre el juego de fuerzas de la modernidad desde la orilla de la Cultura, a través de algunos de sus protagonistas. No pretende ser la radiografía exacta de un tiempo inexacto, sino la aproximación al gran desencantamiento del que sale un orden nuevo en el arte, la literatura, el pensamiento, las artes escénicas, la arquitectura… La burguesía se convierte en el gran cuerpo extraño de una sociedad que busca la multiplicidad de lo mismo y tiene en la monetarización su pasión de progreso: el mercado establece un nuevo orden constitutivo, del que sale el triunfo de una estética homogénea. Contra eso reaccionan los artistas. Y de ahí la cita de Baudelaire con la que el historiador abre este contundente volumen: “El hombre de letras es enemigo del mundo”. El acierto de Peter Gay es el de explicar el desarreglo del evangelio de lo colectivo a través del meticuloso paisaje de quienes establecieron el espíritu volatinero de la gran herejía, la exaltación crítica del desencanto. Y lo hace con rigor, demorándose en la semilla del dato, buscando los vasos comunicantes que llevan de Wilde a Virginia Wolf, de Manet a Flaubert, de los pioneros de la modernidad (Kandinsky, Mondrian, Picasso, Apollinaire) al surrealismo, de Duchamp a las vanguardias , a la desacralización de la Cultura. Conectando escuelas y hallazgos: de Shönberg a Stravinsky y de éste a John Cale. Hasta rematar el viaje en Warhol y compañía, o haciendo una cala última y caprichosa en el arquitecto Frank O. Gehry y su diseño para el Museo Guggenheim de Bilbao. Peter Gay da las claves y síntomas de la modernidad, precisa sus patrones, pero también se echa en falta un mayor riesgo interpretativo, cierta especulación que tense el acertado y enjundioso mapa que el autor recorre con un cabotaje de citas y fechas exactas. Aunque sin asomarse del todo al vacío.
SOÑAR PARA NO DORMIR
Ricard Ruiz Garzón
Creadores
E.L.Doctorow
Roca Editorial
14 euros
166 páginas
Poe, Fitzgerald, Kafka y Miller son algunos de los autores que Doctorow cuestiona en estos artículos sobre la creación literaria
No son pocos, ni lo son menos, los críticos reputados que ven al superdotado E.L Doctorow como un inminente Premio Nobel. Lúcido, insobornable y magistral en su técnica y su visión de la historia, el autor de La gran marcha, Billy Bathgate y Ragtime es ya un clásico. Pese a ello, su obra y su persona han pasado durante años desapercibidas en España, una injusticia que desde 2005 ha empezado a corregirse gracias a la apuesta que Lettera, el sello noble de Roca, ha realizado en favor del neoyorquino. Producto de ese rescate llega ahora Creadores, una recopilación de ensayos de 1993 a 2006 que podría parecer complementaria. Y sí, esta “modesta celebración del acto creativo”, en palabras del autor, permite acercarse al arte de narrar de Doctorow y cumple su función de contextualizar su poliédrica concepción de la novela. Sus dieciséis artículos, sin embargo, son tan certeros y reveladores, tan creativos de hecho, que hacen de él un título de referencia para comprender hasta qué punto la creación literaria puede aún ser fuente de conocimiento.
Generalizaciones al margen, uno de los mayores elogios que se le puede hacer a Creadores es que resulta imposible leerlo sin tener a mano un cuaderno de notas. Ya en el prólogo, Doctorow pone el dedo en la llaga al preguntar, ácido: “¿Por qué componer ficción cuando uno podría consagrar la vida a los apetitos? ¿Por qué forcejear con un libro cuando uno podría estar amasando fortuna? ¿Por qué escribir cuando uno podría estar pegándole un tiro a alguien?”. La respuesta, cómo no, apunta al abismo. Así se observa, por ejemplo, al señalar que si lo revelador en literatura es crear personajes, hay que aplaudir el Génesis porque en él “el personaje más complejo y fascinante es el propio Dios”. También se aprecia en su análisis de E.A. Poe, un “gacetillero de extraña genialidad” que seguiríamos teniendo “si nunca hubiese escrito un relato de detectives”, pero no “sin sus mujeres muertas, sus mansiones en estado de putrefacción y sus maníacos vengativos”. De Moby Dick, cuyo verdadero monstruo son “las voraces fauces del libro que engullen la lengua inglesa”, Doctorow añade que “anticipa espectacularmente el siglo XX” porque “el universo que documenta es tan amoral y monstruoso como la cabeza informe y megalítica de la ballena blanca”. Y del autor de El gran Gatsby, en fin: “De ese triunvirato de novelistas héroes que llegaron a la mayoría de edad en la década de 1920, podemos rendir homenaje al gran púgil de los dos corazones y quedar impresionados por el hipnotizador de Mississippi, pero es al tercero a quien lloramos, el chico de la Era del Jazz, nuestro Fitzgerald”. Brillante, sin duda, y además preciso.
Entre artículos sobre Mark Twain, Henry Miller o W.G. Sebald, además, Doctorow propone dos visiones trascendentes. La primera, obvia en sus textos sobre Melville, sobre Kafka y sobre las novelas que Malraux y Hemingway dedicaron a la guerra civil española, orbita en torno a un tema esencial en él: parafraseando a Auden, por qué para un escritor sus ideas políticas son más peligrosas que su codicia. La segunda, presente en los textos más insólitos –dedicados a los Hermanos Marx, Einstein y la bomba atómica–, la sintetiza otra sentencia: “El acto creativo no satisface el ego, sino que más bien cambia su esencia”. Por eso el acto creativo puede ser trascendental. Por eso la de escribir es una profesión arriesgada. Por eso Creadores es un libro redentor: a más de un lector, y más de dos autores, los sentará sobre una bomba y les hará ver si sueñan despiertos.
MONTAIGNE A TODAS HORAS
Luis Alberto de Cuenca
Los ensayos
Michel de Montaigne
Acantilado
58 euros
1738 páginas
El escepticismo de un filósofo, admirado por Nietzsche, que defendió el credo católico que se opusiera al fanatismo
No hay mala hora en la jornada, por extenuante y laboriosa que sea, capaz de resistir la invasión de optimismo y bienestar que produce la lectura de Michel de Montaigne (1533-1592). Nietzsche lo dejó escrito con palabras insustituibles: “Que un hombre como Montaigne haya escrito los Ensayos ha aumentado sin duda el placer de vivir en este mundo.” La raíz filosófica del Señor de la Montaña –que es como lo llamaba Quevedo, poniéndole un marchamo bíblico– es helenística. Las tres grandes escuelas del pensamiento griego tardío –escepticismo, estoicismo, epicureísmo– están presentes en el ideario del escritor bordelés, pero es sin duda la primera de esas escuelas, fundada por Pirrón de Élide en el siglo IV antes de Cristo la que caló más hondo en su espíritu. Montaigne fue, ante todo, un escéptico. Tenía algo más de cuarenta años cuando cayeron en sus manos los Esbozos pirrónicos de Sexto Empírico (siglos I-II de nuestra era), uno de esos libros magnéticos que atraen irremediablemente a sus lectores. A partir de esa lectura, Montaigne se hizo acuñar la célebre medalla con la balanza equilibrada y la leyenda Que sais-je?, símbolos ambos extraídos del tema nuclear de los Esbozos.
Un escéptico viene a ser, desarrollando la etimología del término, “alguien que se dedica a observar (skopeîn)”, o sea, “alguien que está abierto a cualquier forma de pensamiento, sin aferrarse a ninguno”. Montaigne encontró en Sexto Empírico las pautas para defender un catolicismo que se opusiera decididamente al fanatismo; así surgió la Apologie de Raimond Sebond –Ramón Sibiuda fue un profesor catalán de comienzos del siglo XV que enseñó artes y teología en la universidad de Toulouse–, su más extenso y significativo ensayo. Los escépticos se caracterizan por un impenitente anhelo de indagación, toda vez que ignoran si la verdad puede o no ser aprehendida. Entienden, así, la vida como una quête de algo que, probablemente, no existe. En eso se parecen a los caballeros artúricos, pero éstos sí creían que el Grial existía, y los escépticos no pueden afirmar su existencia, aunque lo persigan con idéntico afán.
El caballero artúrico Montaigne llega a las librerías de toda España en una nueva edición completa de su obra capital, los Ensayos, aparecidos por vez primera en dos entregas, respectivamente publicadas en 1580 y 1582. Años más tarde, en 1588, vio la luz una edición muy ampliada, de la que se conserva un ejemplar –el llamado Ejemplar de Burdeos– con un sinfín de correcciones manuscritas del propio autor, y en 1595 se imprimió otra edición, la tercera, al cuidado de Marie de Gournay, hija adoptiva del escritor. Esta última impresión constituye el intento más serio y riguroso de presentar el texto de los Ensayos en su estadio más próximo a la última voluntad de quien los compuso, ya que la mujer y la hija (de sangre) de Montaigne enviaron en 1594 a Marie de Gournay un ejemplar de los Ensayos de 1588 corregido y anotado por él (y diferente del Ejemplar de Burdeos) para que sirviera de base a la edición de 1595, “revisada y aumentada con un tercio más que las impresiones precedentes”. Ésta es la edición traducida ahora a un español punto menos que impecable por Jordi Bayod Brau bajo los auspicios de Acantilado, esa admirable firma editorial. ¡Y constan al final del libro las sentencias e inscripciones que, en griego y en latín, salpicaban, y siguen salpicando hoy, los muros y las vigas del gabinete y la biblioteca de Montaigne en el segundo piso de la torre de su castillo!



