Ignacio Martínez de Pisón:

“Perseguir la felicidad acaba convirtiéndose en una condena”

Félix Romeo

 

ENTREVISTA


Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) publica Dientes de leche (Seix Barral), una crónica familiar: la historia de un soldado italiano que se queda en España, donde ha llegado para luchar con Franco. Él, su mujer, misteriosa y vulnerable, y sus tres hijos son los protagonistas de esta apasionada y apasionante novela. En Enterrar a los muertos (Seix Barral), la investigación del asesinato de José Robles, habla de un estadounidense que queda fascinado por la España republicana, Dos Passos. En Dientes de leche, la historia de un italiano que se queda en una España muy diferente, la del franquismo.Fueron casi ochenta mil los soldados italianos que lucharon en el bando nacional. ¿Cuántos de ellos pasaron en un momento u otro por un hospital? ¿Y cuántos de los que pasaron por un hospital acabaron casándose con su enfermera española? Ése es precisamente el caso de Raffaele, el fundador de la familia que protagoniza mi novela. Pero las simetrías con la historia de Dos Passos no pueden ir demasiado lejos. Dos Passos era, en efecto, un enamorado de España y lo español, y la derrota republicana le alejó casi definitivamente de nuestro país. Raffaele, como la mayoría de los italianos enviados por Mussolini, vino huyendo del hambre y la pobreza, y su condición de ex combatiente le ayudaría a prosperar en la España de la posguerra.  


En la guerra (la civil y también la de Marruecos; ahora aparece en RBA su novela juvenil Una guerra africana ) ha encontrado un lugar para sus historias.

Hace casi 70 años que acabó la Guerra Civil. ¿Alguna vez en la historia de España han convivido tantas generaciones que nunca han sufrido una guerra? Yo diría que no. Y sin embargo sigue viva en nuestro imaginario, en nuestras lecturas, en nuestras conversaciones... Es como si tuviéramos una necesidad de epopeya que estos tiempos de paz no son capaces de satisfacer. Pero, curiosamente, lo que menos me interesa de las guerras es ese lado épico. De las guerras me interesan mucho más las víctimas que los héroes.


Su personaje es italiano, y usted tiene una gran querencia por Italia y por su literatura.

De Sciascia me fascina su obsesión por combatir la propaganda y descubrir la verdad de las cosas. De Ginzburg me gusta ese tono falsamente menor que la hace verdaderamente grande. Otro italiano que viene al caso podría ser Beppe Fenoglio, que en sus novelas reflejó la enorme fractura de la Italia de finales de la 2ª Guerra Mundial. No me extraña que ahora se estén recuperando sus novelas de partisanos.


El tiempo de las mujeres (Anagrama) está protagonizada por tres hermanas. Dientes de leche, por tres hermanos.

Sí, ese número tiene algo de mágico. Acuérdate de Chejov y sus Tres hermanas, y de Shakespeare y las tres hijas del Rey Lear... En realidad, en Dientes de leche se oculta una versión, casi diría una parodia de El Rey Lear. Raffaele acaba siendo abandonado por sus dos hijos mayores, y el único que al final saldrá en su defensa será Paquito, el hijo retrasado. Paquito es la Cordelia de Raffaele.


La novela es un retrato de España desde la guerra civil.

Me gustan las novelas que ofrecen una crónica de su época, aunque sea de forma lateral. Para que los personajes adquieran consistencia y se vuelvan verdaderos tenemos que conocerlos en su contexto histórico. Al fin y al cabo, todos somos producto de una época y una sociedad determinadas. Contando la vida de un solo hombre, estás de algún modo contando las de todos los que le rodean. ¿Por qué no creer que la imagen que dentro de unas décadas se tendrá de la posguerra o la transición se habrá fijado a partir de unas cuantas novelas que ahora se están publicando?


Y hace suyo a Tolstoi: "Todas las familias felices se asemejan mientras que cada familia infeliz lo es a su manera".

Lo que seguramente quería decir Tolstoi era que las familias infelices tienen más interés narrativo que las felices. Y es cierto, porque donde hay felicidad no hay conflicto, y si no hay conflicto no hay novela.


La felicidad es uno de los temas de Dientes de leche.

Hay una frase de Radiguet que me gusta mucho: "La desgracia no se acepta. Sólo la felicidad nos parece merecida." Hay algo trágico en todo esto: nuestra persecución de la felicidad acaba convirtiéndose en una condena. Estamos condenados a ser felices, y eso nos hace incapaces de reconocer la felicidad cuando de golpe nos topamos con ella... A Alberto, uno de los hijos de Raffaele, le ocurre que llega a ser tan plenamente feliz que le hace infeliz la simple idea de perder esa felicidad.


Sus últimas novelas son corales, con muchos registros, y escritas con un realismo muy humano, que comprende a todos los personajes.

Los materiales con los que hago mis novelas son los mismos materiales de los que está hecha la vida. Y en la vida hay de todo. "El mundo es hermoso porque hay de todo", dice un personaje de Pavese. ¡Qué frase tan bonita! La actitud de los grandes novelistas ha sido siempre de curiosidad. De curiosidad hacia ese todo inagotable y, desde luego, también hacia las personas que forman parte de ese todo.


El cine tiene mucho protagonismo.

Piensa que hablo de la España de 1937 a 1987. Hasta la aparición de la televisión, el cine era el principal medio de entretenimiento de la sociedad. En los años cuarenta y cincuenta, la gente iba muchísimo al cine, y no podría hablarse de esa época sin mencionar esas tardes de cine. Hablo también de cine en los años sesenta pero ya por una cuestión anecdótica: porque los personajes asisten al rodaje de una película en la que el actor protagonista era famoso precisamente porque salía en un anuncio de televisión... La película se llamaba Culpable para un delito. Se rodó en Zaragoza pero simulando que aquello era una ciudad indeterminada del norte de Europa. En la película, Zaragoza tiene mar y metro, nada menos.


Una Zaragoza que es un personaje más.

Si aquel rodaje fue importante para los zaragozanos fue porque en Zaragoza nunca se rodaban películas. Era, desde luego, una ciudad de provincias. No entiendo por qué tantos novelistas tienden a ambientar sus historias en Barcelona o Madrid, cuando no en Nueva York. Parece como si la categoría de la novela dependiera de la importancia de la ciudad en la que esté situada la acción. ¿Hay que recordar el Oviedo de La Regenta? En todo caso, nací y me formé en Zaragoza y, cuando trato de reconstruir aquellos años, vuelvo inevitablemente a ella. Además, hablando de fascistas italianos en nuestra guerra civil, es difícil no mencionar Zaragoza, que era donde estaba el principal hospital italiano y donde algo después se construyó un mausoleo en el que reunir los cadáveres de los tres mil quinientos caídos italianos. En el libro cuento precisamente la historia de esa construcción.


Muy ligados a su investigación sobre Robles son los textos de Las palabras justas (Xordica), donde defiende el compromiso del escritor, a la manera de Dos Passos, Sciascia o Sender, y un sentido histórico de la Justicia.

Más bien me propuse hablar de lo difícil que es convivir con el autoritarismo. Cuando alguien abraza una ideología autoritaria como el fascismo, es imposible que esto quede en el plano de las ideas y no llegue a los pequeños detalles de la vida cotidiana. La gente se comporta del mismo modo en las cosas grandes que en las pequeñas, y un fascista es fascista cuando defiende su bandera en el campo de batalla pero también cuando se acuesta con su mujer, educa a sus hijos o da instrucciones a un taxista... Es un problema que en España se conoce bien. 40 años de franquismo convirtieron en franquistas a muchos españoles, y entre esos franquistas y sus hijos se produjo una ruptura generacional que por fuerza tenía que ser violenta. En algún momento de la novela digo que el fascismo envenena todo lo que toca, y los hijos de Raffaele, ya adultos, siguen enfrentándose a su anciano padre con la rabia de los adolescentes. Por suerte, el efecto de ese veneno no suele alcanzar a la siguiente generación, la de los nietos.

 

Huérfano de guerra

El tema central de la literatura de Ignacio Martínez de Pisón ha sido la orfandad: huérfano es Miguel, el niño enfermo de su primera novela, La ternura del dragón; huérfano es el adolescente de Carreteras secundarias; padres "huérfanos" son los de "Siempre hay un perro al acecho", un doloroso cuento; y, perdida entre la madre deseada y la madre real, es huérfana María, la protagonista de María Bonita. El tiempo de las mujeres arranca con la muerte de un hombre que convierte en huérfanas a sus tres hijas y a su esposa. Y en Enterrar a los muertos (Seix Barral), la historia del asesinato de José Robles en la guerra civil, quedan huérfanos sus hijos Coco y Migui y su mujer, Márgara Villegas.Pero en Enterrar a los muertos surgía un tema que llega a Dientes de leche con gran fuerza: el secreto. El secreto que condena y que mata; el secreto que no se puede revelar; el secreto que todo lo transforma. Raffaele Cameroni, soldado de las tropas italianas que apoyan a Franco, se instala después de la guerra en Zaragoza, donde monta una fábrica de pasta alimenticia, y donde puede guardar celosamente su secreto. Igual que su mujer guardará en una cajita metálica los dientes de leche de sus tres hijos: Rafael, el mayor, que por despecho a las ideas de su padre abrazará la causa izquierdista; Alberto, el mediano, que querrá modernizar el negocio del padre, La Confianza, y Paquito, el pequeño, una criatura vulnerable en tiempos poco propicios para los débiles. Cada uno de los personajes de Dientes de leche crea sus nuevos propios secretos, al tiempo que quiere seguir silenciando, o al fin revelando, los secretos familiares.Dientes de leche es una excelente novela, la mejor de Ignacio Martínez de Pisón, que habla de lo difícil que es caminar sobre la frágil capa de hielo de la vida.