NARRATIVA
Francisco Casavella, Eva Díaz Pérez, Ben Okri, Sam Savage, Pablo Andrés Escapa, Carlos Pujol, Pepe Monteseirín, Luis Mateo Díez, Ramiro Pinilla, W.T.Vollmann, Susana Fortes, Cavafis
LECTURAS NARRATIVA
UN LARGO VIAJE
José María Bernáldez
El club de la memoria
Eva Díaz Pérez
19,50 euros.
350 páginas
Finalista Premio Nadal
En esta novela sobre las Misiones Pedagógicas de la República hay periodismo de investigación, suspense narrativo y sólido edificio literario
Una muchacha documentalista, especializada en restaurar documentales antiguos, descubre en la Filmoteca, por casualidad, en el legado de un viejo escritor franquista y olvidado, la pista de unas imágenes perdidas de Val del Omar, referidas a las Misiones Pedagógicas. Hay una fotografía en la que aparecen unos jóvenes “misioneros”. De esta manera comienza la novela El club de la memoria con la que la escritora sevillana Eva Díaz Pérez ha quedado finalista del Premio Nadal 2008. Un comienzo que recuerda mucho a Soldados de Salamina, más a la película de Trueba que a la narración de Cercas. De ese hecho tan mínimo, una fotografía, se inicia un largo viaje temporal y espacial, en el que yo he distinguido tres niveles: periodismo de investigación, suspense narrativo, sólido edificio literario y cinematográfico. Aquellos jóvenes republicanos, cultos y bellos, cosmopolitas y vanguardistas, que han quedado fijados para siempre en esa instantánea, y que protagonizarán la más bella página de nuestra historia –que la cultura y la educación llegaran a los pueblos analfabetos, perdidos e ignorados, de nuestra atrasada y eterna patria– quedarán partidos y separados por la experiencia demoledora de la Guerra Civil. Son personajes de ficción, pero algunos son trasuntos de personajes reales (como, por ejemplo, el algecireño filósofo Adolfo Sánchez Vázquez que se exilió en Méjico). Y son personajes potentes, bien y detalladamente construidos y definidos con los que vamos a vivir unas horas, que se prolongan en el tiempo, de un viaje dantesco que nos llevará hasta los mismos infiernos literarios, históricos, reales, imaginarios. Y de la mano de la escritora y de la documentalista iremos a Toledo, a Madrid, a Toulouse, a Berlín, a Dresde, a París, a Méjico. Vamos a conocer la memoria, la desmemoria, los recuerdos y los olvidos, la verdad y la mentira, la invención y el testimonio, la vida y la muerte, el amor y el odio, el suicidio. Y a los herederos de aquellos jóvenes republicanos que vivieron un sueño que se convirtió en una pesadilla y en una enfermedad real. Y la ficción, la literatura, la gran literatura, la que don Juan Benet llamaba de alto estilo, vence a la historia. Porque estamos ante una obra mayor de una escritora joven, pero de una gran solidez intelectual y narrativa. Completa Eva Díaz Pérez una trilogía que el maestro Caballero Bonald llamaría “novelas de la memoria”. Si la primera Memorias de cenizas fue sobre la reforma luterana de San Isidoro del Campo, y le segunda Hijos del Mediodía era la historia oculta de la generación del 27, ésta es sobre la España exiliada y desterrada. La España peregrina que pudo haber sido y no fue. Aprecio un avance notable en este texto y es el estilo. Si en las dos primeras novelas fue más retórica y artificiosa, en esta estamos ante una prosa actual, despojada de artificio y centroeuropea antes que mediterránea. Una prosa que combina el monólogo interior con la crónica periodística, el diario con la poesía, la descripción con la emoción, lo fingido con lo verdadero. Y encontramos las huellas de Corpus, de Cansinos, de Barea, de Galdós, para ir progresivamente reconociendo las influencias de Grossman, de Marai, de Levi, de Klemperer, de Beevor, de Nemirosky… Estamos ante una novela machadiana, en el sentido que la verdad puede ser inventada y que el ayer no está escrito. Y una novela, una hermosa y memorable novela, cernudiana en la que allá, allá lejos estará la memoria de unos españoles, donde habite el olvido.
PURA POESÍA AFRICANA
Jorge Eduardo Benavides
El mago de las estrellas
Ben Okri
Belacqua
23 euros
494 páginas
Ben Okri reinventa las fábulas poéticas con una visión pesimista sobre la influencia de Occidente sobre el continente africano
En un mundo de reminiscencias arcádicas, donde todo parece desaparecer detrás de una bruma como de ensueño, un príncipe corteja a una doncella, se enfrenta a su rival y desafía las convenciones de su pueblo para conseguir sus propósitos… pero que nadie se llame a engaño, el nigeriano Ben Okri ha construido un sorprendente relato lleno de poesía y juegos de espejos en el que el lector se adentra como si se encontrara en un cuidado jardín de palabras. Desde que publicara su primera novela Flores y sombras, en 1980, hasta sus últimos relatos Estrellas del toque de queda o sus novelas, La carretera hambrienta y Canciones del encantamiento, Okri ha configurado un particularísimo cosmos en el que conjuga un imaginario con sabor profundamente africano y una visión más bien occidental y pesimista sobre la influencia del propio Occidente en aquel continente. No se trata de una posición nueva en la narrativa de Okri, pues ya en The famished road (La carretera hambrienta, en la traducción para Espasa Calpe de José Luis López Muñoz) también proclama Okri, con su bellísimo lenguaje, el estupro y la contaminación, la decadencia de un universo que por momentos parece arcangélico y que el hombre blanco destruye –parece advertirnos el novelista– con su presencia maligna…
No obstante, en El mago de las estrellas, el tema parece cambiar sutilmente, y aquel intenso equilibrio en que el novelista mantiene el mundo mágico africano y la perspectiva occidental de la que se nutre para darle vigor y belleza a su narración, logra disolver cualquier reticencia a la hora de seguir ese tono que por momentos alcanza un vuelo poético –en la impecable traducción de Ramón González Ferriz– que podría enturbiar el hilo de los acontecimientos. Y al mismo tiempo, ese mismo tono de intensa poesía logra desdibujar la sensación de estar leyendo una tosca fábula popular, con príncipes, doncellas, enemigos malignos y espacios inimaginables. En ese reino primordial donde un monarca bondadoso y sabio tiene un hijo que parece destinado a remover los cimientos de las tradiciones más antiguas de su civilización, existe un pueblo de artistas, (cuyo arte se mueve también en ese universo mágico propio de la narración), entre cuyos moradores habita una joven que busca al príncipe tanto como éste a ella. A simple vista, la búsqueda de ambos protagonistas para culminar su amor puede parecer el principal argumento de la novela… pero a medida que avanzamos por sus páginas, la trama se va llenando de claves, de indicios esclarecedores acerca de la verdadera naturaleza de la narración, donde Okri ha encontrado una veta magnífica que se mueve en la frontera misma de la denuncia y la nostalgia por ese mundo perdido ya para siempre de la infancia, aunque en este caso parece también señalar la propia infancia de un continente que tiene en este novelista nigeriano a un firme defensor, pero más aún: a un narrador que reinventa las fábulas de su pueblo para ofrecérnoslas como un hermoso testimonio de su universalidad.
ALIMENTO PURO
Jesús Aguado
Firmin
Sam Savage
Seix Barral
16,50 euros
224 páginas
Firmin es uno de los más conmovedores alegatos a favor de la lectura y en contra de la locura colectiva que socava nuestra civilización
Firmin: mordisqueen este nombre y deténganse a pensar a qué sabe. Si les digo que corresponde al de una rata es posible que pongan cara de asco. Pero si les digo que esta rata ha devorado, primero como roedor pero muy pronto sólo como lector, miles de libros (desde Spinoza o Joyce hasta Verlaine o Strindberg), que toca en un piano de juguete el jazz más exclusivo (porque, como él mismo confiesa, prefiere ser Cole Porter a ser Dios), que ha aprendido el lenguaje por señas de los sordomudos o que asiste a escondidas a las sesiones de cine de su barrio, abierto las veinticuatro horas del día (títulos clásicos mañana y tarde, a partir de medianoche películas eróticas), quizás le den una oportunidad. Firmin, en efecto, es una rata que ha nacido y crecido en una librería de viejo amenazada, como el barrio donde se encuentra emplazada, por la especulación inmobiliaria; que padece, según confesión propia, hipertrofia léxica y bibliobulimia, y que ha descubierto que el sabor de los libros está relacionado con su calidad literaria (Jane Eyre, por ejemplo, sabe a lechuga rancia de callejón y la literatura en general a café recién hecho). Desde toda clase de rendijas (el hueco carcomido de una viga del techo, la solapa entreabierta del bolsillo de un abrigo, un agujero en la pared, el espacio en blanco que va de línea a línea en un texto), Firmin se asoma al mundo y sueña con lograr un sitio al lado de los seres humanos de los que se va enamorando: primero Norman Pembroke, el dueño de la librería, después Jerry Magoon, un escritor fracasado pero autor de una obra maestra cuya protagonista es una rata, y, por último, algunas de las Beldades que se asoman a la pantalla del cine frecuentado por él. Pero Firmin es algo más que una rata cabezona y enclenque, algo muchísimo más que un animalito simpático y tierno: es la personificación de uno de los más conmovedores y efectivos alegatos a favor de la lectura y en contra de la locura colectiva que está socavando los cimientos de nuestra civilización (o de la lectura y la cultura como únicos frenos posibles contra la barbarie y la destrucción) que se hayan escrito jamás. Firmin, mientras escribe una Oda a la Noche, declama a Shakespeare transformando, ay, versos inmortales en chillidos monstruosos o analiza las protuberancias craneales de sus conocidos para saber sus intenciones ocultas, es, casi sin quererlo, el centro de una fábula que toca el corazón del problema: un planeta que ha consentido que las excavadoras le hayan ganado la guerra a las imprentas, por no plantear el asunto en términos morales sino de máquinas que aniquilan frente a máquinas que facilitan la creación, es un lugar sin futuro. Firmin lee, sueña y ama en medio de los escombros de la realidad, pero eso mismo, esa perseverancia pacífica y solitaria, esa inconmensurable fe en unas palabras que no se le indigestan a pesar del estruendoso ruido que las cerca, es un desafío que no podemos desatender. Porque si una minúscula rata puede resistir y enfrentarse, ¿qué excusa válida nos queda para no hacerlo nosotros? Firmin es, con su sentido del humor y su inteligencia aguda, una rata inolvidable, el miembro más inesperado de la gran familia sin fronteras de los lectores voraces. Atrévanse a hincarle el diente a la primera de sus páginas, a paladear sus primeras frases, y ya nada podrá obligarles a dejar de masticar hasta el final un libro sabroso como pocos que es puro alimento, pura vida...
LAS GOTAS DE LAS ESTALACTITAS
Fernando Valls
Voces de humo
Pablo Andrés Escapa
Páginas de Espuma
14 euros
168 páginas
Catorce historias en torno a la explotación del carbón, la llegada del tren al Valle de Laciana y la ilusa búsqueda de oro
Hubo un tiempo, no tan lejano, que fue el de los trenes, la edad del hierro y el carbón. Pero como tenemos una memoria enclenque, apenas ya nadie parece recordar sus orígenes, también lo hemos olvidado, como tantas otras cosas. Quizá por ello, para paliarlo, el autor convoque en sus narraciones diversas voces, con el fin de relatarnos impresiones y recuerdos sobre la llegada del ferrocarril, los efectos en los habitantes y el paisaje del Valle de Laciana.
El conjunto, catorce piezas, se organizan como un ciclo de cuentos, en el que algunas tienen valor por sí mismas, mientras que otras necesitan de la totalidad para ser comprendidas en sus matices. Lo singular es que, en este caso, el colofón, otro paratexto, también añade sentido a los relatos, al subrayar su origen oral. Si los episodios transcurren a lo largo de un dilatado periodo del siglo XX, un narrador en tercera persona, cuyas historias parecen provenir de recuerdos (“Las palabras –leemos– recuperadas por el tiempo maduro, traen a los oídos más de lo que dicen”, p. 115), cede a veces la voz a la primera persona, mientras van desgranándose diversos motivos, tales como la explotación del carbón, la llegada del tren al Valle de Laciana, la emigración, los oficios e incluso la ilusa búsqueda de oro.
Puede afirmarse, por tanto, que estos cuentos tienen algo de crónica y mucho de elegía, aunque lo que importe, al fin y a la postre, sea la reelaboración a la que han sido sometidos para convertirse en literatura de la mejor especie. Y puesto que impera el tono lírico y la palabra expresiva, mientras que imágenes y metáforas se tornan protagonistas esenciales de los procedimientos utilizados en la narración, podemos emparentarlos con la poesía. Hasta tal punto es así que la precisión léxica y el ritmo del lenguaje adquieren una relevancia poco habitual en este tipo de relatos; y todo ello, sin que escasee el humor, como sucede en Estación, Primera clase, Imprevistos o en el arranque de Ida y vuelta. Pero, sin duda, los mayores aciertos surgen cuando se produce una mejor dosificación de lo lírico, acomodándolo a lo narrativo, al depurar los diversos elementos que integran la historia, tal y como ocurre en esa pieza antológica que es Cielo distante, sin que desmerezcan otras como De los mares en calma, Pálida canción de cuna, Memoria de las virutas rubias y la ya citada Ida y vuelta.El autor ha conseguido lo que no siempre resulta fácil en las formas narrativas breves, crear un puñado de personajes inolvidables, así Zequiel, Avelino, José Puga o el maestro don Laureano. Pero si algo caracteriza a los personajes (de varios de ellos se cuenta su muerte),es que huyen de una vida para refugiarse en otra; mientras que algunos llegan al valle, hay quienes lo abandonan para siempre. La mayoría son cuentos de atmósfera, en los que se oye el canto de la cigarra, el rumor y el aire de las aguas del río, la música de la flauta y del acordeón, el tarareo de un tango, los ruidos del mundo; narraciones en las que palpamos el silencio y la soledad de los protagonistas, las miradas que se cruzan, el aliento de las vacas y el ritmo de una vida ordenada por los silbidos de vapor del tren o por las figuras que el humo despliega en el cielo. Si Las elipsis del cronista (2003), su anterior obra, contituye hoy uno de los mejores libros de relatos publicados en los últimos años, esta nueva entrega no ofrece menos hallazgos, ya que las pretensiones del autor, sustentadas en la idea de que “tan importante como ver mundo es no olvidar de dónde viene uno” (p. 124), su ambición literaria, lo ha llevado a convertir en palabras, en emocionantes historias, lo que sólo parecían voces de humo, perdidas quizás entre los pliegues de la memoria.
EL INMORTAL SHERLOCK HOLMES
Juan Gaitán
Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes
Carlos Pujol
menos cuarto ediciones
12,50 euros
132 páginas
Construyendo un juego de enigmas, las historias se centran en los fracasos y debilidades del personaje de Conan Doyle
El sueño de todo novelista es encontrar un personaje capaz de atravesar los siglos. Ese tipo de personajes te hacen pasar a la historia pero tienen un serio inconveniente, y es que la creación acaba fagocitando al creador, algo que le ocurrió a Arthur Conan Doyle con su inmortal Sherlock Holmes, al que odió toda su vida. Todavía hoy el genial detective sigue recibiendo miles de cartas en su ficticia residencia del 221 B de Baker Street (la calle existía, el número no), finalmente recreada en un museo que merece la pena visitar.
Es ese personaje el que revisita Carlos Pujol en su libro Fortuna y adversidades de Sherlock Holmes. Pujol narra casi todas las dieciséis historias que componen el volumen desde la voz del también célebre doctor Watson, y se aplica en utilizar un lenguaje “victoriano” (salpicado con una inteligente y cordial ironía) que no desentona con el empleado por Conan Doyle en sus novelas, echando mano de viejas fórmulas como la exclamación “por Júpiter” y algunos guiños más en esa línea.
Los relatos de Carlos Pujol nos muestran un Sherlock Holmes más íntimo, más cercano, desvelando algunos de sus fracasos y debilidades y haciéndonos ver que su personalidad fue mucho más atractiva de lo que sus éxitos detectivescos nos permitieron descubrir, como si, de alguna forma, sacase a la luz el “cuaderno B de Watson”, aquello que dejó sin publicar por su muy británico sentido de la fidelidad y la privacidad.
Carlos Pujol consigue en algunos casos (¿Somos o no somos?, La ficción) crear dudas más que razonables entre realidad y ficción, construyendo un juego de enigmas y especulaciones con el que nos hace plantearnos si estamos ante un personaje o un ser real, si ante la historia o la literatura, si ante la creación o el creador.
LOS TRAPOS SUCIOS DEL POETA
Juan Carlos Palma
La lavandera
Pepe Monteserín
Premio Lengua de Trapo Lengua de Trapo
19,50 euros
236 páginas
Por su romanticismo y su temprano suicidio, Manuel Acuña bien podría ser el Espronceda mexicano
Salvando la distancia histórica y el contexto geográfico-cultural, Manuel Acuña (1849-1873) bien podría pasar por el Espronceda mexicano. Su temprano suicidio cuando empezaba a hacerse un hueco en los círculos literarios y su exacerbado romanticismo le acercan al autor de la Canción del Pirata. Acuña también tuvo su Teresa en la persona de Rosario, una dama de la burguesía mexicana que le rechazó por su vida díscola y sus relaciones con una lavandera. Esta última es precisamente la que relata la crónica de una muerte anunciada desde la privilegiada posición que le otorga su oficio: “desde ahí conocí a las personalidades más interesantes de la literatura y la política mexicanas, y lavando sus miserias olvidaba las mías”, entre otros muchos, Benito Juárez, Maximiliano o José Martí.
Ya en sus últimos años y de vuelta a su Bayona natal, Soledad evoca secretos de alcoba, cambios de gobierno, episodios universitarios, tertulias literarias y estrenos teatrales, mostrando, nunca mejor dicho, las entretelas de la realidad cultural de un México en pleno auge revolucionario, pues la ropa sucia descubre más del carácter de una persona de lo que sería deseable. Gracias a este curioso punto de vista, que sitúa a la lavandera como el paño de lágrimas del malogrado poeta, Monteserín, cuyo amplio currículum abarca la novela, el relato, el ensayo y las letras de canciones, consigue una perspectiva novelesca cuando menos curiosa e intrigante, lejos de la tradicional primera persona o el familiar cercano, y da un paso más en la recuperación de la figura de Acuña. En los deméritos apuntar quizá que la documentación manejada (y que incluye un temario de oposiciones) asoma a veces más de lo preciso interfiriendo en la historia principal. Un defecto que no empaña el brío narrativo que despliega la novela de principio a fin.
REGIONES DEVASTADAS
Javier Goñi
La gloria de los niños
Luis Mateo Díez
Alfaguara
18,50 euros
224 páginas
Hermosa descripción de cómo un niño atraviesa esa línea que separa la infancia de la madurez, siguiendo la senda marcada por los cuentos infantiles
Cada año, desde hace tiempo ya, Luis Mateo Díez nos da un libro nuevo, una novela, o varias novelas cortas reunidas –que en esta distancia es un maestro, él que es maestro en tantas otras cosas–, y no deja de sorprendernos gratamente, año tras año, título a título. Lo primero que cabe decir de él es que siempre –siempre– mantiene el tono de excelencia. La gloria de los niños es una hermosa, emotiva y contenida descripción de cómo un niño atraviesa esa línea que separa la infancia de la madurez y lo hace siguiendo muy inteligentemente la senda marcada por los cuentos infantiles –esos códigos de conducta que se pierden en el horizonte de la noche de la humanidad–. Aquí no se habla de posguerra, sino de posguerras, es decir, en ese mundo mágico, que se ha creado el autor, en ese territorio donde los nombres de los hombres apenas son identificables o donde los pueblos tienen nombres de los que no vienen en los mapas, cerca o no de Celama –hay una alusión a Celama: un mozalbete de allá que vino a trabajar a esta zona donde transcurre el cuento– no se pretende hablar de una guerra en particular –que siempre sería la guerra civil “nuestra”, que se decía antiguamente–, sino de cualquier guerra. Por eso todo está narrado con una precisa concisión, pero sin dar pistas. Zonas devastadas, una guerra no localizada, bombardeos ciegos, muerte, destrucción, familias rotas, desaparecidos, refugiados. Y un niño, de nombre –no casual– Pulgar, que obedeciendo a su padre herido en un hospital sale a buscar a sus hermanos más pequeños. Como en el cuento infantil, cada capítulo, breve, brevísimo, pero muy intenso –frases, párrafos tan trabajados, tan aparentemente sencillos y en cambio, qué riqueza de lenguaje, no hay ni una palabra que esté de más, con menos no se puede sugerir, describir, emocionar más–, cada capítulo es como una miga de pan echada en el camino, un camino de piedras a seguir para no perderse, para no desviarse, y así regresar no a casa, que la casa no existe, sino ir hacia su destino, su huida hacia delante, su iniciación, su paso de la infancia a la pubertad, a la madurez.
En cada capítulo encontrará una pista, un rostro, unas palabras, una historia esbozada y todos esos supervivientes, esos hombres y mujeres, tan desorientados y perdidos como Pulgar, el niño inocente, serán a la vez lobo y caperucita, príncipe y bella durmiente, cenicienta y madrastra, bruja y leñador. Pulgar emprende un hermoso camino hacia el centro del bosque y cada vez se acercará o se alejará más de su misión, de encontrar a sus hermanos. Tiene algo también este hermoso relato de novela picaresca, aunque al niño le toque hacer de amo de algunos señores –pícaros– y no tenga la picardía de Lázaro. Pero tanto esta referencia a la picaresca como la similitud con los cuentos infantiles no hacen desviarse una coma de la voluntad de Luis Mateo Díez –tan seguro en su oficio, ni un desfallecimiento– de hablar de cosas más trascendentales, de humanidad, de solidaridad, de ayuda, y lo consigue haciendo que ese niño, que lo ve todo, no se apicare en ningún momento y, por el contrario, mantenga su inocencia a salvo, no haya en él ningún doblez. Son muchos los personajes –mayores y niños– que aparecen en su ya extensa y admirable obra narrativa. Pero sin duda el lector no se va a olvidar fácilmente de este niño, de Pulgar.
ESTREMECEDOR FRESCO DE LA INJUSTICIA
Santos Sanz Villanueva
Antonio B.El Ruso, ciudadano de tercera
Ramiro Pinilla
Tusquets
24 euros
633 páginas
Con un estilo emparentado con Faulkner, Pinilla pinta en la historia de El Ruso un fresco del realismo social y la injusticia humana
En el otoño de su vida, al bilbaíno Ramiro Pinilla le está llegando un reconocimiento merecido. Esta tardía notoriedad se la debe a una saga cuya primera entrega parcial vio la luz en 1986 y que ha rematado entre 2004 y 2005 con la monumental trilogía Verdes valles, colinas rojas. Conviene este recordatorio para señalar al lector ajeno a las cosas literarias que el octogenario Pinilla es un escritor veterano con una larga, casi prolífica obra; una obra de enorme personalidad, inseparable de actitudes de radical independencia, que se sostiene en una visión mítica de la realidad y en un tratamiento estilístico emparentado con William Faulkner, a quien el narrador vasco reconoce como maestro.
La mayor parte de la obra de Pinilla comparte estos registros y nada más los ha abandonado en una ocasión, en 1978, para dar a conocer un libro insólito en su trayectoria, Antonio B El Ruso, ciudadano de tercera, que ahora se rescata con un mínimo cambio en el título: restituye al protagonista el apodo original, que ayer se vio obligado a sustituir por El Rojo a causa de la censura. Esta novela no es pues, nueva, e incluso en su día levantó cierta polvareda, pero no se había reeditado y reaparece con un prólogo muy oportuno donde el autor explica las circunstancias de su escritura y su intención. El propio Antonio Bayo, a quien todo el mundo se refería como el Ruso por el color rubio del pelo, buscaba alguien que escribiera su terrible vida y Pinilla, tras escucharla, aceptó la propuesta. Pinilla tuvo la voluntad de hacer una obra de denuncia, según el hoy desacreditado término que él mismo utiliza, y buscó el registro narrativo conveniente, un relato en primera persona.
Antonio B El Ruso es, por tanto, desde un punto de vista histórico una narración que entronca con el realismo social del medio siglo y recupera lo sustancial de la intención crítica de este movimiento cuando ya pagaba los excesos y simplificaciones en que había incurrido con una extrema condena. Los elementos pertenecientes a esa herencia son obvios: medio rural infrahumano, testimonio crudo de un mundo de ancestral marginación, pobreza e incultura que conducen sin remedio a la delincuencia y a la cárcel. También la simplicidad compositiva basada en una historia lineal y la sencillez del lenguaje, tanto del léxico como de la sintaxis, apuntan en la misma dirección. Lo mismo ocurre con el evidente propósito de poner en la picota las causas de la injusticia social. Ese cañamazo muestra, sin embargo, en Pinilla un par de salvedades que dan novedad a su crónica testimonial. Por una parte, no cae en las simplificaciones humanas ni en las reducciones verbales de la literatura social. Por otra, el autor tiene entre manos una historia de envergadura, hondura y dramatismo tan enormes y punzantes que sólo necesita de alguien, como él, diestro en el arte de contar con precisión y fuerza para convertirla en un alegato revulsivo.
Antonio Bayo es un mísero lugariego de un pueblo perdido en La Cabrera leonesa. Desde niño, el hambre le llevó a robar. Una y otra vez, desde la dura postguerra, visitó el cuartelillo de la Guardia Civil, y acabó en la cárcel y el manicomio. Sufrió espeluznantes torturas y resultó víctima de todos los mecanismos del orden social: la Iglesia, los jueces, los patrones, sus propios convecinos. Con la historia del Ruso, Pinilla pinta un estremecedor fresco de la injusticia que debe leerse aunque uno salga de esta crónica del espanto que causa nuestra especie con el corazón en un puño.
ÉRASE UNA VEZ EL SIGLO XX
Vicente Luis Mora
Europa central
William T. Vollmann
Mondadori
27,90 euros
864 páginas
Son memorables los capÍtulos donde Vollmann describe el concierto de Shostakóvich en la azotea del conservatorio durante el asedio de Leningrado
Esta frase de Vollmann, que aparece en la página 789 de esta oceánica, maravillosa, brutal, desorbitada y desgraciadamente corta Europa Central, podría ser un buen resumen de la misma, ya que en su interior laten todos los miedos, las contradicciones, los errores, los excesos y los crímenes del siglo pasado, contados a través de algunos de sus personajes principales, desde artistas como Shostakóvich o Ajmátova hasta políticos como Stalin o Hitler, pasando por todo tipo de militares, puesto que el argumento de Europa Central es, como el del mismo siglo XX, sustancialmente bélico.
La estructura narrativa, la constante utilización de documentos de la época, las cincuenta páginas finales de notas y el estilo histórico de la novela pueden sorprender al lector, pero éste pronto es atrapado por la fiel recreación vollmaniana de la conquista de Europa Central por Hitler primero, y su recuperación por Stalin después. Es un tema capital de esta novela, por tanto, la paradójica inclinación del autor a atenerse a la verdad histórica para luego apartarse en ciertos casos de ella. En la nota “Fuentes”, situada al final de la novela, aclara que “el objetivo era escribir una serie de parábolas sobre actores morales europeos famosos, infames y anónimos en momentos decisivos”, pero se aclara que “los sistemas sociales aquí descritos (…) proceden, por completo, de archivos históricos” (p. 797). Quizá nos ayude a descifrar el entuerto el autor, quien en una entrevista (Quimera, nº 286), explicaba que comienza escribiendo ensayo para conocer un tema y sólo después, cuando tiene suficientes datos, se permite a sí mismo crear ficción. Necesita partir de la verosimilitud absoluta para luego ir pervirtiéndola, mediante dos mecanismos: la aparición de fragmentos irracionales o sobrenaturales, (véase el capítulo Idilios de puente aéreo); o mediante la retraducción (p. 833), versión (p. 828) o alteración programada (p. 814) de documentos reales hasta que éstos se adaptan a la idea que Vollmann tiene de lo que realmente pasó. Esa libertad le permite, incluso, imaginarse abiertamente situaciones plausibles entre los personajes, como la relación entre el cineasta R. Kármen y Elena Konstanstinoskaya o el destino de los hijos del mariscal Paulus. Por tanto, para el autor norteamericano la fidelidad histórica es un largo proceso que acaba en la documentación exhaustiva, que permite al novelista colocar a los personajes y darles vida sin temor a cometer errores. El resultado es una magnífica historia sobre las formas de contar la Historia.
Vollmann está obsesionado con la violencia, tema al que ha dedicado un ensayo de siete volúmenes, y tiene una endiablada capacidad para transmitir el horror, aunque también es capaz como pocos de sugerir ternura o humanidad; a este respecto son memorables los capítulos donde describe el concierto de Shostakóvich en la azotea del conservatorio durante el asedio de Leningrado, mientras caen las bombas, o el momento –seguramente inventado– en que von Paulus observa con los prismáticos el avance de su hijo en Stalingrado (p. 398). Sin embargo, no hay que pensar que la fascinación que Vollmann siente por la violencia supone complacencia o falta de crítica: basta ver el debate moral de las páginas 488 a 490.
Para Vollmann, Europa es una mujer. Unas veces es una mujer fascinante, como Elena K.; otra una cualquiera: “Europa es una vaquilla tierna, una virgen rellenita, una doncella” (p. 25). El caso es que, como él mismo ha apuntado, lo esencial de Europa es ser alguien cuya historia no le es indiferente a nadie, porque todos la quieren y, de una u otra manera, la siguen deseando.
EL TIEMPO, LA DONCELLA Y LA MUERTE
Jesús Martínez
Quattrocento
Susana Fortes
Planeta
19,90 euros
351 páginas
Espléndido thriller de época que le acerca al lector la conjura que en abril de 1478 tuvo lugar contra los Médicis
Si hay algo que caracterice a una buena novela negra, no es otra cosa que la presencia de una serie de ingredientes básicos como la ambición, las ansias de poder, la fortuna, y una cierta dosis de fatalismo, de fatum trágico, que siempre impregna de forma inexorable la trama hasta convertirla en un fresco ácido, cruel y realista, de la sociedad y la época que retrata.
Dicho esto, conviene aclarar que Quattrocento (Planeta, 2007), última novela de Susana Fortes (Pontevedra, 1959), quien cuenta ya con varios títulos y reconocimientos desde que en 1994 consiguiera con Querido Corto Maltés el Premio Nuevos Narradores, quizá mereciera ser adscrita a ese género si no fuera porque parece un ejemplo, claro y sin fisuras, de novela histórica. Eso sí, cargada de resonancias –Fortes proclama su admiración por El nombre de la rosa y los “grandes” autores del género negro– y en la que se mezclan todos los rasgos delimitadores de ambas corrientes para crear una pieza singular, capaz de convertir al lector en un sabueso inteligente, cuya curiosidad arranque lejanas y oscuras respuestas al corcel incabalgable que es el tiempo, y al olvido, su socio más fiel; ese arcaz donde yacen enigmas y silentes misterios, y al que sólo accederá quien recorra por la apergaminada piel de la memoria, la senda tortuosa que conduce al abismo de la verdad.
Así podrá entenderse el porqué de esta forma dual, y aparentemente ambigua, de acercarse a la conjura que en abril de 1478 tuvo lugar contra los Médicis. Un suceso aún lleno de interrogantes con los que vertebrar una novela en la que, al cabo, anidan los mismos temas de siempre, y que hacen de ciertas sociedades y momentos históricos un valioso material con el que intentar responder a las grandes preguntas, entre la gloria de plantearlas y el placer de no contestarlas casi nunca.
Quattrocento se articula en torno a un ardid argumental simple, pero eficaz, la escritura de la tesis doctoral que Ana, la joven protagonista, redacta en Florencia sobre Pierpaolo Masoni, pintor florentino al servicio de los Médicis. Una investigación que al centrase en un cuadro, la Madonna de Nievole, y en unos cuadernillos manuscritos del pintor, amenazará a la protagonista y dará las claves necesarias para identificar al instigador de la sangrienta conjura, quien ha permanecido oculto durante siglos.
En cuanto a la estructura, la novela progresa en capítulos alternos sobre una doble acción temporal y una doble voz narrativa que conduce sabiamente al lector y alivia su inmersión en la trama: la investigación presente, que avanza hacia su solución definitiva, y la compleja situación geopolítica que antecede a los preparativos de un magnicidio donde intervienen el papado, banqueros o hasta el mismo rey Fernando de Aragón. La república florentina, faro del humanismo renacentista, en el cénit de su supremacía política, artística y financiera, ejemplificaba un universo en construcción en un momento crucial de cambio, regida por el gobierno y sólido mecenazgo de Lorenzo de Médicis. Un periodo como el actual. Así, pasado y presente se entrecruzan, alimentándose con idénticos desvaríos y soterradas luchas por el poder, descarnando el envilecimiento de unos seres a los que sólo salva el amor o la ignorancia.
Si sumamos a ello la eficacia documental, el manejo del lenguaje y la magnífica dosificación del ritmo narrativo que desemboca en un sorpresivo final, podemos catalogar a Quattrocento como un espléndido thriller de época capaz de ahondar en la realidad histórica y trasladar al lector actual las grandes pasiones, los espúreos intereses que siempre condicionan el devenir futuro de la Historia.
UN FANTASMA CON CAVAFIS
Luis Antonio de Villena
A la luz del día
Cavafis
Edición y traducción de Pedro Bádenas de la Peña
Miguel Gómez Ediciones
12 euros
49 páginas
Este relato muestra al Cavafis enamorado de Alejandría y nos da una notable pista sobre su formación en la estética simbolista
La prosa de Constantino Cavafis (1863-1933) con ser desde luego plato menor al lado de su espléndida poesía, sigue siendo bastante desconocida en nuestro idioma. Que yo recuerde sólo el tomo Prosas (que editó Tecnos en 1991) nos dio una cierta idea con artículos varios, fragmentos de diario, y esbozos de “prosa de ficción” que nos acercaban a este otro pero próximo Cavafis… El cuento que ahora traduce (en edición bilingüe) Bádenas de la Peña, permaneció inédito hasta 1979, cuando una neohelenista italiana, Renata Lavagnini, lo rescató y tradujo en una revista especializada de Palermo…
Como muchos de estos cuentos más o menos acabados, el que ahora podemos leer A la luz del día debió ser escrito a fines del siglo XIX, hacia 1896, cuando el “gran Cavafis” no ha nacido aún pero ya existía el “poeta de la ciudad”, en esos tiempos interesado en algo que estaba en boga en la época: el espiritismo y la literatura sobre fantasmas, heredera del romanticismo, pero a la que el simbolismo (Gautier o Villiers de l’Isle-Adam) había dado un nuevo y más suntuoso giro. Esa preocupación la demuestra algún coetáneo poema cercano a esos temas como Turbación o En la mansión del alma. El cuento de Cavafis –impecable salvo en un final algo acelerado, como si le hubiese corrido prisa terminarlo– es el relato de Alejandro, un joven petimetre alejandrino falto de dinero y que vive como puede, que una noche tranquila de casino les relata a sus amigos (entre los que está el narrador) la oportunidad que tuvo hace años de hacerse rico –encontrando un gran tesoro– y que por miedo desaprovechó. En un sueño se le ha aparecido un señor menos viejo que su deslucida apariencia, pero con una sortija que luce una gran esmeralda, diciéndole que le ayude a sacar ese tesoro escondido de variadas gemas, que se halla cerca de la Columna de Pompeyo…
Al principio, el joven Alejandro no da importancia al sueño, hasta que se repite con audaz realismo, llegando al fin a ver al caballero de la esmeralda sentado en el cafetín donde ha dicho que le esperaría un caluroso mediodía de agosto. El joven no hará nada y el tema (que relata a sus amigos) le costará una enfermedad antes de olvidarlo. Sólo uno, especialista en ocultismo (de nuevo otra figura muy decimonónica), un tal G. V., le informa que nada hay que temer de estos fantasmas que buscan la ayuda de los humanos, pero que lamenta no haber acudido el propio G. V. porque los fantasmas diurnos (“a la luz del día”) son de mucha mayor rareza…
El relato muestra al Cavafis de su tiempo, al enamorado de Alejandría, pero también nos vuelve a dar una notable pista sobre su formación en la estética simbolista, donde no desentonaría incluso uno de sus grandes poemas como Esperando a los bárbaros. Cavafis se educó en el simbolismo (tradujo algún poema de Baudelaire) para encontrar después en su orgulloso amor a la historia y las letras de su patria espiritual (el helenismo) el correlato perfecto para su psique y su vida. De hecho, en este cuento que es plenamente moderno y que nada tiene que ver con la Grecia antigua, se deslizan palabras sin duda amadas por cuanto connotan: dáimones (por demonios) o Erebo (por Infierno) no eran voces necesarias al relato, pero hacen sentir no sólo la querencia cavafiana, sino que (como después escribiría en un verso) “un alejandrino escribe de otro alejandrino”, nada menos.
Un buen cuento con un final algo abrupto.



