Francisco Casavella: “La historia es la invención de una lucha de poderes”

El ganador del Premio Nadal desmitifica el Siglo de las Luces en su novela "Lo que sé de los vampiros"

GUILLERMO BUSUTIL. FOTOS DE RICARDO MARTÍN

Francisco Casavella (Barcelona 1963) es autor de las novelas El triunfo (1990), Un enano español se suicida en Las Vegas (1997) y El Día de Watusi (2002) entre otras. En ellas ha reflejado con humor descreído y lenguaje suburbial la ciudad de Barcelona desde el chabolismo del tardofranquismo hasta las Olimpiadas y los escándalos financieros de los años noventa. Con su último libro Lo que sé de los vampiros ha obtenido el Premio Nadal y ha cambiado de registro narrativo al abordar el género histórico. La historia se centra en el siglo XVIII a través de las andanzas de un novicio que abandona España junto a los jesuitas expulsados en 1767. Esta decisión llevará al protagonista a recorrer Roma, los estados alemanes, Dinamarca y el París revolucionario, con una sociedad marginal e itinerante que le hará entrar en contacto con la masonería, lo alquimistas y los pícaros que intentan sobrevivir en una época que representó el inicio de la modernidad.


· “Mi novela aspira a reflejar desde un ángulo peculiar el inicio de la modernidad”

· “La Ilustración quiso extender la idea de que el poder era un asunto de mérito y una recompensa caballeresca”

· “Nunca somos artífices de nuestra máscara.Nos limitamos a cargar con las consecuencias del concepto que los otros tienen de uno”


Su novela, enmarcada en el período de la Ilustración, revela las sombras del Siglo de las Luces ¿es una desmitificación caricaturesca más que una crítica?

Más que sombra o luz, diría que, como en toda novela con un fuerte compromiso narrativo y la exposición del conflicto de unos personajes, la historia camina en equilibrio por la línea de sombra de un claroscuro. Aspira a reflejar con amplitud, y desde un ángulo peculiar, el inicio de la modernidad, planteándose las siguientes preguntas: ¿no tiene la Razón su propia lógica, sus argumentos, para justificar lo irracional? ¿no las tuvo ya desde el inicio de la Ilustración? ¿no cometió esa época su propio pecado original? ¿no era idéntico ese nuevo pecado original al antiguo, al teológico? Adán no comió la manzana porque le gustase la fruta, la comió porque estaba prohibida. Y así siguieron y seguimos. Por tanto, cuando se señala un mito, cuando lo contamos, casi por definición, estamos desmitificando. Por otro lado, la novela no pretende ser caricaturesca. Hay un dicho, que me resulta muy simpático, y sabio, y he aplicado aquí: “Ten cuidado cómo miras el mundo porque el mundo será como lo mires”.


¿Lo caricaturesco estaría en la visión trágico-cómica de los sucesos y contradicciones de ese período histórico y en la mirada del protagonista?

El protagonista de la historia, Martín de Viloalle, es alguien que pierde toda dignidad y practica un oficio que para él es poco honorable, la caricatura. Casi toda su vida es un esfuerzo para recuperar la dignidad a través, precisamente, de ese oficio indigno, queriendo superarlo. Pero al mismo tiempo desea ser alguien grave, serio, y no puede conseguirlo por la forma en que su oficio le obliga a mirar el mundo y también porque las excéntricas amistades que hace en su recorrido vital no ayudan mucho. Eso sí, de ellos, sobre todo del personaje de Welldone, aprende algo: una lúcida alegría, a veces desastrosa, contradictoria, desaforada, que brota del astuto placer que un espíritu extrae de su propia tenacidad, de su ansia de vida y de aventura. También la tristeza de que casi nunca somos artífices de nuestra máscara. Nos limitamos a cargar con las consecuencias del concepto que los otros tienen de uno. Ese conflicto y los avatares que ocasiona son, a un tiempo, cómicos y trágicos. Pero no caricaturescos. Y en cuanto a la crítica, dejaré que cada lector saque sus conclusiones, si consigo que siga pensando en la novela después de haberla concluido.


¿La contradicción de la Ilustración consistió en extender el valor de la Razón y la idea de ni gobernar ni ser gobernados, cuando la apariencia y las luchas por el poder entre el Papa, los reyes y la burguesía, eran los verdaderos valores?

Lo de ni gobernar ni ser gobernados sí que es un mito cuando se habla de Ilustración. Como mucho, la Ilustración quiso extender la idea, que no era nueva, de que el poder era un asunto de mérito y de interés común a hombres de mérito, en contraste al gobierno y al privilegio por “la gracia de Dios” o una rancia y a veces impostada “recompensa caballeresca”. La primera contradicción surge del término Despotismo Ilustrado, más despótico que ilustrado. La segunda viene de que el mérito no es un valor ponderable científicamente. La tercera es que la política se alimenta de una pasión que sólo busca razones para justificarse.


En la novela puede leerse la frase: “cree el siglo que busca la luz y la está perdiendo”? ¿Cree que existe algún paralelismo con la época actual?

Bueno, la frase la dice un jesuita, que tendrá sus motivos para decirla en un momento determinado. Yo, ahí, ni quito ni pongo. Personalmente, y casi al margen de la novela, pienso que nunca hubo una legendaria Edad de Oro, justa y redentora. La acción, el ir hacia la luz, es una constante del ser humano. Perderse por el camino, es otra.


La expulsión de los jesuitas representó en el XVIII el miedo de las monarquías y del propio Vaticano ante la orden más intelectual de la Iglesia. ¿Fue esa expulsión una de las claves de la historia de Europa?

Al preguntarle a Zhou Enlai a mediados del siglo XX acerca de la importancia de la Revolución Francesa, muy chino él, muy oriental, respondió: “Aún es demasiado pronto para sacar conclusiones”. Lo único que se me ocurre responder es que los jesuitas fueron el chivo expiatorio en una época muy concreta de la Historia. Pero no antes, ni después. El rencor político con que regresaron en la segunda década del XIX, algo que mi novela no trata, sí es sintomático de un hecho: aquel que es perseguido injustamente, nunca vuelve con una flor en la mano.


El protagonista Martín de Viloalle y el personaje de Welldone cambian constantemente de identidad y hacen alusiones a Shakespeare y a Marlowe. Este juego convierte también la novela en una historia sobre la máscara.

Más que cambiar de identidad, Viloalle y Welldone cambian de nombre. Y lo hacen por mera supervivencia y afán. Unos nobles ingleses que se hacen llamar Shakespeare y Marlowe en una visita a Roma lo hacen por frivolidad, por la efímera emoción del incógnito. Esa es la diferencia. A unos se les ha pegado la máscara a la cara como una segunda piel. Los otros se aburren y sólo pretenden distraerse. Quizá sea esa la clave de lo que pasó después. Siempre me ha parecido significativo que, durante la Revolución Francesa, los jacobinos eminentes no renunciaran o se inventaran apellidos que insinuaban un pasado nobiliario. Querían la igualdad por arriba, con su vanidad incluida. Como dijo Danton, que en la grafía de la época era D’Anton: “La pobreza no es un objetivo revolucionario”. Tampoco la impostura, al parecer.


También presenta a los filósofos como Voltaire o Rosseau, a los nobles y a otros protagonistas de la trama como personajes de la Comedia del Arte.

Es el personaje de Welldone quien los presenta así. Se empeña en igualar la vida al teatro porque así es como se ve a sí mismo y el mundo. Creo que, en este punto, la novela, su trama, sí se decanta por una conclusión. Pero no estropeemos el final.


“El hombre bebe la sangre de los antiguos para reafirme en su idea del hombre según convenga”. Así define usted el vampirismo. ¿Considera que este es un mal “eterno” del ser humano?

Últimamente está de moda citar a Wittgenstein y a otros divertidísimos positivistas lógicos, pero yo, si voy a ponerme pedante, aún prefiero al bueno de Heidegger: “La Historia es la ciencia que explota y administra el pasado a beneficio del presente”. La verdad, en este aforismo nunca he entendido qué pinta la palabra ciencia.


Si la Historia es entonces un vampiro, ¿debemos interpretarla, como una ficción o como un juego de verdades a medias?

La Historia debemos entenderla como una invención que se establece en una lucha de poderes en un momento determinado. Algo que nada tiene que ver con la ficción de una novela.


En un momento de la novela se argumenta que la Revolución francesa fue un sueño doloroso que olvidó al pueblo

Lo dice algún personaje, pero si me pregunta a mí, como historiador amateur, le diría que, en sus primeros compases, la efervescencia revolucionaria, como casi todos los momentos históricos inesperados, tuvo el cariz de una realidad absoluta, de una tremenda vitalidad desbordada. Luego llegó la pesadilla. Y no hablo tanto de Robespierre y su guillotina, sino de Napoleón y la construcción de su monstruoso mito. Que ese sí fue un sueño doloroso, digan lo que digan los franceses y los que se creen Napoleón.


El principio de la novela arranca con la perfecta y dura recreación de una batalla de Neisse entre prusianos y austriacos. ¿por qué este principio como prólogo a la historia?

Digamos que funciona como una obertura operística donde se exponen los asuntos principales, se crea un clima de incertidumbre, se apuesta por la tragicomedia y el azar. En su esencia, es la exploración de lo racional –los oficiales prusianos que intentan ahondar en los fundamentos de la teoría de la probabilidad– cuando olvida el sentido común más llano y, sobre todo, cualquier humanidad. Digamos que marca los rudimentos del horror de la ciencia aplicada. Mal aplicada.

 

Los vampiros de la razón

Francisco Casavella inicia la novela, Lo que sé de los vampiros, con la excelente narración descriptiva de la batalla del Neisse. Este prólogo supone un difícil ejercicio de estilo muy logrado que representa el brillante tono general del libro. En sus páginas se cuenta la historia de un novicio jesuita, Martín de Viloalle, que huye junto los jesuitas expulsados en 1767, al mismo tiempo que huye de la sombra de un hermano y de un confortable destino. Un peregrinaje por las cortes europeas, en busca de la supervivencia, de la dignidad y del conocimiento, que será la constante de su vida. Con esta trama, definida por la punzante ironía y el vigor del lenguaje, Casavella desmitifica el Siglo de las Luces y desvela su irracionalidad, el falso liberalismo sexual, el vampirismo de la Razón, las imposturas y el despotismo de la Ilustración. El acierto de esta visión, inteligentemente traviesa y bien documentada. consiste en contar esa historia secreta a modo de Comedia del Arte (excelentes sus personajes Welldone y Fieramosca) y de los cánones de la novela picaresca; igual que si estuviera haciéndolo desde la perspectiva de una descreída filosofía de la Historia.