Excesiva Praga

Quizá se deba huir de su belleza obvia y retiniana, irreal, para reencontrarla y atraparla en toda su complejidad

IÑAKI ABAD

En uno de los tantos momentos memorables de La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, la protagonista, Teresa, cree y sueña ir ascendiendo por la colina de Petrˇín. Está a punto de consumar una traición que no desea, o tal vez sí, pero sólo por satisfacer lo que ella supone que es la voluntad de Tomás. Teresa no sabe que arriba la esperan tres hombres con fusiles que ejecutan sólo a aquellos que quieran ser ejecutados, y para eso han de elegir el árbol que más les guste. Y, mientras sube la colina de Petrˇín, Teresa se detiene y contempla el Castillo y también el Moldava fluir a sus pies, observa el sucederse de los puentes, la armonía de las torres y de los tejados, y acepta lo evidente: Praga es la ciudad más hermosa de la tierra. Posee esa hermosura que con toque ligero nos descubre Seifert en Toda la belleza del mundo.

Pero Teresa huye de la belleza y del sueño, y vuelve viva a su barrio feo, como sólo saben ser feos algunos barrios de Praga, para acudir a la cita sexual con el extraño ingeniero, quizá un agente de la seguridad, al que ha conocido en el bar del hotel donde trabaja como camarera. Porque en Praga siempre hay hoteles y camareros, que han servido incluso a los reyes de Inglaterra, como sabe Bohumil Hrabal. Y hay también iglesias que huelen a Contrarreforma y a Barroco integrista con sus conjuntos escultóricos sangrientos, y cafés literarios tocados por la gracia imperial, el Slavia, el Louvre o el Arco, donde es fácil imaginar a Kafka y a Max Brod cuchicheando, o incluso a Rilke escribiendo los Relatos de Praga, y no faltan tampoco cementerios majestuosos como el de Vyšehrad con las tumbas de Jan Neruda, Nezval, Dvorák, Smetana y Mucha, entre muchos otros. Pero, sobre todo, lo que hay en Praga son cervecerías en las que parecen habitar todos los soldados Schwejk imaginables, supervivientes a cualquier clase de dominaciones, de arbitrariedades y de guerras gracias a una buena cerveza y a la ironía histriónica del sentido común, esa que posee la gente corriente.

En Praga todo es excesivo. Hasta la armonía. Contemplada desde la distancia, la ciudad corre el riesgo de momificarse en una simple postal que acabaremos abandonando en cualquier cajón. Por eso, al igual que Teresa, hay que regresar de la belleza, renunciar a ella y adentrarse en los pasadizos de la ciudad. Una leyenda metropolitana cuenta que cuando llueve o nieva sobre las calles, el verdadero praguense nunca se moja, o se moja menos que los turistas, pues se desplaza por la ciudad a través de los numerosos pasadizos que la horadan como auténticos laberintos, y gracias a los cuales la verdadera ciudad respira, se mueve, palpita. Estas “pasáže” son las venas de este cuerpo, conectan todo lo que uno pueda imaginar: calles, jardines, paradas de metro y plazas; y en sus interiores, algunos realmente siniestros, se hacinan bares, comercios de mal gusto, cines, restaurantes, discotecas, tiendas de antigüedades, y hasta teatros y casinos.

Supongo que algún loco paseante de los muchos que vagan enajenados por Praga ha diseñado un mapa de estos pasajes, capaz de guiarnos por ese entramado de galerías donde viven las sombras. Desconozco si existe ese mapa secreto de la ciudad sumergida, nunca he visto uno, aunque no me cuesta nada imaginármelo. Sin embargo, el que sí escribió una cartografía abisal posible, un modo de estar y de ver esta ciudad fue Angelo Maria Ripellino. En su Praga mágica se hallan todos los cristales multicolores de ese gran caleidoscopio de historia, encuentros, arte, misterio, ambigüedad y literatura que son los verdaderos cimientos de esta ciudad. Todas las imágenes y evocaciones posibles de Praga están en el libro de Ripellino. Y cada una de ellas es como uno de esos pasadizos, te transportan de la corte de Rodolfo II, con sus alquimistas en el callejón del Oro, sus astrónomos y sus pintores estrambóticos, a la casa del poeta Vladimír Holan en Kampa, casi bajo el puente de Carlos. Con Ripellino no cuesta nada pasar de la Batalla Blanca al Golem de Gustav Meyrink, y de allí al cementerio judío, donde está la tumba del rabino Low, para llegar luego a los robots de Karel ČCˇapek y también a su imprescindible La guerra de las salamandras. De su mano recorremos también las orillas del Moldava, donde el 30 de agosto de 1941, una ambulancia alemana embistió y mató al poeta judío Jirˇí Orten. Era el día en que cumplía veintidós años. Las mismas orillas que fueron testigos del falso suicidio de otro escritor judío, Jirˇí Weil, autor ya de la novela antiestalinista Moscú: Frontera, que gracias a esa estratagema sobrevivió al exterminio.

Quizá en Praga se deba huir de la belleza obvia y retiniana, irreal, para reencontrarla y atraparla en toda su complejidad, en toda su verdad, tal y como ocurre en Utz de Bruce Chatwin y en Austerlitz de W. G. Sebald. En ambas novelas los dos protagonistas, el barón Kaspar Utz y Jacques Austerlitz, sobre los que ha caído el peso de los totalitarismos, nazismo y comunismo, hallan en esta ciudad su propia “pasáž”, ese pasadizo secreto y personal que les devuelve al presente: a la conciencia y a la realidad, lejos de la iconografía banal de los parques temáticos.