La vieja asignatura pendiente

La brevedad del relato es el arma didáctica ideal en la enseñanza de la lectura

AMALIA VILCHES

Profesora de Literatura de la UNED desde 1978.

El profesor que enseña lengua y literatura a alumnos de segundo ciclo de ESO quizá se preocupa más por la enseñanza de la primera y descuida manifiestamente la segunda, según he podido comprobar en más de una ocasión, indudablemente porque, en los programas oficiales y en los libros de texto se da prioridad a los temas gramaticales antes que a los literarios. Parece como si, lo básico y fundamental sea enseñar verbos, sintagmas, subordinadas y coordinadas. También es cierto que cada grupo de alumnos pide un tratamiento distinto, pero no se debe olvidar que leer es entrar en el mundo y en nosotros mismos y que poseer una comprensión lectora le facilita al estudiante el acceso a otras materias.

Una amplia experiencia docente me lleva a considerar que el nivel de los cursos varía considerablemente en ocasiones, y, por tanto, el profesor ha de adecuar sus métodos de trabajo según las necesidades y capacidades del aula. No obstante, debe tener claros los fines que quiere alcanzar. Hay quien piensa que es pernicioso obligar al alumno a leer, porque ello puede implicar la idea de obligación y de trabajo y que la lectura debe ser sólo un entretenimiento. Es preciso que el alumno sepa qué pretende el profesor que le hace leer un libro y no otro, porque sus lecturas deben ser guiadas por quien está preparado para ello.

La lectura, amén de comprensión lectora, ha de fomentar en el estudiante su capacidad de comunicación; perfeccionar su expresión oral y escrita; estimular su imaginación y su creatividad; hacerle conocer y amar la literatura; abrirlo a otros mundos que, sin ella, no hubiera conocido.

“La lectura, además de comprensión lectora, ha de fomentar la capacidad de comunicación oral y escrita”

Aunque es necesario que los alumnos de de ESO conozcan teóricamente nuestra historia literaria, estoy convencida de que la única manera de que la interioricen es a partir de la lectura de determinadas obras literarias. Además, conviene acercarlos a una literatura viva que permita que dejen de verla como una materia sin rostro que lo más que podía dejarles era una suma de nombres o de fechas. A lo largo de mi experiencia docente he buceado en otra literatura más cercana, más viva, más susceptible de llegarles por múltiples motivos. Fernando Quiñones y La canción del pirata, su habla gaditana, coloquial, la picaresca en Juan Cantueso, las aventuras, los viajes, el amor y el sexo; Felipe Benítez con sus cuentos llenos de funambulistas y de prestidigitadores; Caballero Bonald y su Campo de agramante, el hombre oreja y el Coto de Doñana; Mendicutti y su Palomo cojo, el despertar del niño a una sexualidad que lo hace rechazar las caricias subrepticias de una Mari de lenguaje vulgar y coloquial, pretexto para estudiar ese tema del programa de Lengua; Manuel Ruiz Torres y su niño Fara, tan próximo a ellos en vivencias y necesidades.

Aunque no descarto otros géneros, el relato me parece el arma didáctica ideal, pues, debido a su brevedad, es muy cómodo para trabajar en las aulas, más atractivo para el escolar que puede leerlo en poco tiempo y así ser receptor de una obra completa que se ajusta al ritmo de la vida moderna. No puede ser más acertada la elección del relato –y me refiero tanto al relato breve, de dos o tres páginas, como al minirrelato–, porque el alumno se enfrenta con un producto íntegro, capaz de ser captado de una sentada, una historia que le llega sin interrupciones, ya sea un relato esférico o un espacio abierto. De la citada experiencia han surgido dos antologías ( Y se quedó en Al-Andalus, editorial Arambel 2006 y Qué me cuentas, editorial Páginas de Espuma 2006) dedicadas a padres, estudiantes y alumnos. La primera reúne a diez narradores andaluces de las últimas hornadas quienes cuentan con una amplia trayectoria en el género: Felipe Benítez, Hipólito G. Navarro, Andrés Neuman, Juan Cobos Wilkins, Felix J. Palma, Fernando Iwasaki y Guillermo Busutil entre otros.

La segunda recoge a narradores españoles e hispanoamericanos actuales: Ángel Zapata, Carlos Castán, Eloy Tizón, Ignacio Padilla, Mercedes Abad, Ana María Shua y Leonardo Valencia entre otros. Ambos libros constan de uno o varios relatos, de una introducción en la que se analizan las características del cuento y su situación en el país de cada autor –Chile, Perú, Colombia, México, Paraguay, Uruguay, España, etc–, las referencias bío bibliográficas de cada escritor antologado y una variada propuesta de actividades didácticas-gramaticales, estilísticas, de creación y de debate según las necesidades de cada grupo o el nivel de los estudiantes. El segundo libro también incluye la entrevista realizada a cada uno de los autores antologados que ofrece su mirada sobre el género y un espacio de un interés especial: un taller de cuento para estudiantes, en el que se plantean temas de gran interés humano. Aparte de aspectos lúdicos que atraen al alumnado –tanto en las actividades propuestas como en la temática de los relatos– se trabajan aspectos éticos fundamentales para educar al joven en valores: amor, sexo, respeto a los mayores, repudio de la xenofobia, rechazo de la violencia, del alcohol y de las drogas, elogio de la amistad y la templanza, temas de plena actualidad que tocan de lleno a los jóvenes de hoy. Ambos son también libros para profesores y padres. Para el profesor, un trabajo ya hecho con la seguridad que avala la experiencia. Para los padres, un apoyo educativo que les permite seguir de cerca la problemática de sus hijos, si se implican en su lectura y en las actividades que se proponen, para reflexionar en compañía y así compartir con ellos experiencias enriquecedoras.

Pero el profesor no debe quedarse encerrado en las páginas de un libro y debe conseguir que el estudiante entre en contacto con el autor: bien porque se le invite al Centro, bien porque se acerque a la ciudad debido a alguna actividad cultural. Son múltiples las veces que acude al Centro, porque desea fomentar el gusto por la lectura, divulgar su obra, comprobar que llega a un público adolescente. Caballero Bonald, Felipe Benítez Reyes, Eduardo Mendicutti, Fernando Iwasaki, Manuel Ruiz Torres, Rafael Ramírez Escoto, Juan Bonilla han estado con mis alumnos, han comentado con ellos su proceso creador, lo que de verdad y de ficción podía haber en sus historias. Creo que es una experiencia inolvidable que muchos hubiéramos querido tener cuando éramos estudiantes.

Pero lo verdaderamente importante, es que, como dice Felipe Benítez en su última novela, las historias, cuando se cuentan, una vez recibidas,”el que la ha escuchado se ve impelido a propagarla. Y se crea un proceso de propagación estremecedora”. El profesor debe escuchar, amar lo que escucha y, sobre todo, convertirse en el vehículo, contra viento y marea, que propague esa historia con todas sus consecuencias.