El cadáver de la literatura y las momias que la enseñan

Cada vez hay más profesores que confiesan sin rubor haber dejado de leer la ficción que estudian

ANTONIO OREJUDO

Escritor y profesor universitario.

En los colegios y en los institutos todo lo referente a la literatura parece destinado a que los jóvenes la detesten; desde los maestros, que salvo honrosas excepciones no son fervorosos lectores, hasta las llamadas “actividades de fomento de la lectura”, que parecen diseñadas por un funcionario que no ha leído mucho, pero que está convencido de que leer es bueno. La cosa no mejora en la Universidad, donde ha desaparecido hasta la mala conciencia. Allí cada vez hay más profesores que confiesan sin rubor haber dejado de leer la ficción que estudian.

Para formar lectores parece razonable recurrir a la lectura. Y sin embargo esto es lo único que no se hace en los institutos. Se memorizan fechas, nombres y listas de figuras retóricas, pero no se lee, quizás por miedo a que la clase se convierta en una “maría”, precisamente lo que debería ser. En esto estoy con Daniel Penac: la Literatura en los colegios debería ser un paréntesis dentro de la actividad diaria, una hora de sosiego en la que el alumno escucha, piensa en sus cosas o se duerme mientras el maestro lee en voz alta libros que no tienen por qué seguir el disparatado orden del canon escolar.

El programa de Literatura española que se desarrolla en la Universidad es el mismo que Marcelino Menéndez Pelayo presentó a mediados del siglo XIX en su oposición a catedrático. Es decir, se sigue enseñando la misma Literatura que hace cien años y se sigue haciendo del mismo modo. Aquel plan de estudios, diseñado para formar eruditos, sigue aplicándose hoy, cuando la inmensa mayoría de los licenciados no acaban siendo filólogos, sino profesores de instituto. Profesores de instituto que han recibido un barniz de nombre rimbombante –“Curso de Adaptación Pedagógica”–, pero que no están preparados para enseñar Literatura en un mundo que ha cambiado mucho desde Menéndez Pelayo.

Aunque el número de matriculados en Filología Hispánica desciende cada año, los catedráticos se resisten a variar sus contenidos y sus métodos de enseñanza. Reconocen que existe un desfase entre el mundo actual y la enseñanza de la Literatura, pero la mayoría no hace nada para adaptarse al mundo. Y tampoco parecen dispuestos a cambiarlo. Los más esnobistas se complacen en su incapacidad de adaptación al medio, es decir se complacen en su escasa inteligencia, y dicen reivindicar los estudios inútiles. Pero lo inútil es mantener esta actitud.

Prefiero a quienes tienen los pies en el suelo y consideran que el saber para seguir siéndolo no puede perder su conexión con el mundo. Frente a una tradición de enseñanza teórica de la Literatura, estos propugnan una enseñanza práctica. Talleres de lectura y escritura, donde los alumnos se enfrenten a las dificultades de elaborar diálogos, construir personajes, estructurar el tiempo y decidir puntos de vista. Pero no con la insensata pretensión de que todos se conviertan en escritores, sino para que puedan apreciar de manera más viva la evolución de los diferentes elementos del arte narrativo. Asignaturas generales como “Literatura del Siglo de Oro”, imposible de impartir en quince semanas, deben dejar paso a otras más precisas y prácticas. “Historia del tiempo”, “Historia de las descripciones físicas” o “Historia del punto de vista” son nombres de posibles asignaturas en esta nueva manera de enseñar la Literatura. Se trataría a fin de cuentas de recuperar su conexión con la vida, porque ha sido precisamente la pérdida de este vínculo lo que ha hecho que la Literatura y sobre todo su estudio interesen cada vez a menos gente.