FIRMA INVITADA
El verdadero Maqroll
El personaje literario del Hotel Bellavista de Cartagena de Indias
Mario Mendoza
A comienzos de 1991 decidí abandonarlo todo e irme a vivir a Cartagena de Indias, donde pensaba terminar de escribir mi primer libro, una serie de historias sobre navegantes y aventureros. Vendí las pocas pertenencias que tenía, reuní algún dinero, y, gracias a los consejos de unos amigos, llegué una mañana al Hotel Bella Vista, en la Avenida Santander número 46-50. Me habían dicho que era un hotel barato para viajeros y que su dueño, Enrique Sedó, un viejo de padre francés y madre cartagenera, era muy amable y deferente con los artistas e investigadores que solían hospedarse en el hotel por largas temporadas. Llegué con un morral lleno de ropa, algunos libros y mi máquina de escribir Remington. El conserje llamó a Enrique y del fondo del corredor vi cómo se acercaba un individuo ancho y fuerte, de barba blanca muy poblada, ojos azules y expresión de pirata caribeño. Le expliqué mi situación.
–¿Escritor? –me preguntó con el ceño fruncido.
–Sí, es mi primer libro –dije tímidamente con mi máquina de escribir aún en la mano derecha.
–Listo –aseguró él mirando al conserje con una sonrisa de complicidad–. Mándalo a Cuidados Intensivos.
La sección de Cuidados Intensivos quedaba en la parte trasera del hotel, y allí había un grupo de pintores, filósofos, profesores de humanidades, fotógrafos y escritores en ciernes. Me instalé en la habitación número 49.
Un misterio me obsesionaba por aquel entonces: Enrique Sedó llevaba años sin salir del lugar. Vivía como un ermitaño con un perro que lo perseguía por todo el hotel. No permitía que nadie entrara en su habitación, y, cuando alguno de nosotros lograba vislumbrar algo a través de su puerta entreabierta, siempre la escena era la misma: un colchón arrojado en el piso, una mesa de trabajo, una cama improvisada para el perro y muchos libros polvorientos regados por todas partes. Las pocas veces que lo había visto a la entrada se quedaba ahí, miraba el mar desprevenidamente unos diez o quince minutos, y volvía a entrar de afán, como si hubiera cometido un error o como si el solo hecho de mirar se convirtiera en una tentación de la cual debía alejarse con prudencia. Corrían rumores extraños entre los conserjes, los trabajadores y las mucamas: que le había hecho una promesa a su madre en el lecho de muerte, que el desamor de una mujer lo había hecho renunciar al mundo, que era un marinero que había trabajado en la pesca de ballenas y que en un enfrentamiento en alta mar había asesinado a uno de sus compañeros.
Una tarde le pregunté a Enrique por otros escritores que hubieran estado en el hotel. La lista era larga. Retuve en mi memoria un nombre: Carlos Patiño Roselli, el íntimo amigo de Álvaro Mutis. Una línea muy delgada y sutil me indicaba que el viejo hotelero era un típico personaje de la poesía de éste último. Lo cierto es que no sé cómo empecé a unir la imagen de Enrique Sedó a la imagen del personaje de Álvaro Mutis, Maqroll El Gaviero. Muchas veces a lo largo de su vida, Maqroll termina al fondo de los socavones de una mina abandonada o llevando en tierra una vida de anacoreta resignado. Es entonces cuando más se me parece al viejo cartagenero del Hotel Bella Vista.
Este año visité a Enrique Sedó y allá sigue, con el hotel envejeciendo sobre sus hombros, sin cruzar todavía la avenida que lo separa del mar. Y unos meses después, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, saludé a Mutis antes de un importante evento en la Casa de América. Y estuve a punto de decirle que yo había descubierto su secreto, que sabía quién era Maqroll y que seguía igual, solo, alejado del mar, enterrado en un viejo hotel caribeño y sin cruzar siquiera la calle que lo distanciaba unos pocos metros de la playa. Pero no, preferí el silencio y me di cuenta de que los personajes, como los libros en general, no pertenecen ya a los escritores, sino a los lectores. Y en ese caso mi teoría no necesitaba confirmación alguna.



