CLÁSICO
Dostoievski: crimen y castigo
“Dostovievski exploró la vertiente simbólica de los espacios urbanos”
Luis Mateo Díez
“Dostoievski explotó en sus ficciones la vertiente simbólica de los nuevos espacios urbanos
y las tribulaciones de sus angustiados personajes”
La novela rusa halla en Dostoievski una de sus expresiones más memorables. Autor de corte metafísico, sus alucinadas fábulas exhalan el denso sentido religioso de los visionarios, de aquellos escritores que parecen haber creado su obra en un estado de agitación mental del que brota un paisaje poblado por una humanidad doliente.
Dostoievski, al igual que Baudelaire, es uno de los primeros escritores que explotó en sus ficciones la vertiente simbólica de los nuevos espacios urbanos, la compleja ambigüedad de los mismos y sus posibilidades como trasunto físico de las tribulaciones de sus angustiados personajes. Espacios recreados por la noche de Petersburgo y el azul sonámbulo del Neva. Oscuridad de un río cuyas aguas heladas irradian el encantamiento de los asesinos que viven ocultos en míseras pensiones y deambulan solitarios por las calles poseídos por una fuerza terrible.
Esa fuerza constituye el hilo conductor de las grandes novelas de Dostoievski y en ella se materializa la principal amenaza de los tiempos modernos a juicio de aquél. La que representa el nihilismo de los jóvenes anticristos salidos de una generación que ha hecho de la oposición a los viejos valores su principal seña de identidad. Raskolnikov pertenece a la misma y representa en su soledad y abandono, en su animalidad, la corriente más profunda y peligrosa de una época atea y, por ello, abocada a una violenta autodestrucción.
La juventud sin dios de novelas como Crimen y castigo está irremediablemente ligada en Dostoievski a una falta de piedad y compasión y a una paralela exaltación de la voluntad que conduce en línea recta a la justificación del crimen, a ese vacío amoral en el que los fuertes, por el solo hecho de serlo, poseen la legitimidad biológica y espiritual necesaria para matar a los débiles, a los pobres de espíritu.
Quizás, lo más desolador de esta novela sea la premonitoria visión de que la razón abandonada a sí misma es una bruta que sólo sirve para destruir, de que la voluntad del hombre engendra las peores aberraciones cuando se olvida de los límites religiosos que deben restringir su ejercicio. El imperio absoluto de un pensamiento libre de cualquier atadura moral desemboca en la nada de un yo persuadido de que las nociones tradicionales del bien y del mal son el resultado de siglos de dominación de los débiles sobre los fuertes. El héroe nihilista debe invertir el curso de la historia y retratarse en un acto de emancipación.
Una época en que la libertad es criminal y el desprecio del hombre, porque carece de otro horizonte que no sea el apocalipsis. Cuando los asesinatos razonados definen un estilo de vida, no hay futuro en esta tierra. El temor a las nuevas filosofías y sus deletéreos efectos en el corazón humano se halla inscrito en Crimen y castigo como un presagio de lo que está por venir no sólo en Rusia, sino también en la civilizada Europa.



