ENTREVISTA

Martín Kohan: “Todavía hay personas, de las que se apropiaron los represores argentinos, que ignoran su historia”

Ciencias morales, una novela sobre el concepto de la autoridad ganadora del Premio Herralde

Ricard Ruiz Garzón

Autor de tres ensayos, dos libros de cuentos y siete novelas, el escritor y profesor argentino Martín Kohan (Buenos Aires, 1967) se empezó a dar a conocer en España en 2006, cuando Mondadori apostó por su noquear a los lectores con Segundos afuera, la historia de un combate, un crimen y un concierto. En pocos meses, la editorial repitió con Museo de la revolución y Trotta editó su ensayo sobre Walter Benjamin Zona urbana. El final de 2007 ha supuesto para Kohan su mayor salto: el Premio Herralde por Ciencias morales, una novela vigilada en las formas y muy vigilante en sus contenidos.


Ciencias morales aborda el tema de la norma y la transgresión, planteando que la ortodoxia puede llegar a ser un peligro. ¿La respuesta es quizá, como apunta el título, convertir en ciencia la moral?

Entiendo que en esta novela la transgresión, o cierta distorsión siniestra, o lo perverso incluso, no es tanto lo que aparece para oponerse a las normas sino algo que empieza a funcionar desde las propias normas, algo que brota de ellas mismas. Yo diría que en este sentido es la anormalidad de la norma lo que empieza a funcionar en el relato. La inmoralidad de la propia moral cuando se piensa a sí misma como ciencia y tiende al absoluto.


La protagonista, María Teresa, es una obediente preceptora, pero su celo profesional y su extrema disciplina la convierten en una persona sin criterio propio. ¿Cuál es su renuncia más imperdonable? ¿Qué tiene de castigo su desenlace?

Su renuncia está allí donde en apariencia está también su mérito: en el hecho de aplicarse al cumplimento de su deber sin hacerse preguntas ni cuestionarse nada. Hay algo de castigo en su desenlace, sí; pero ese castigo lo aplica ese superior ante el cual María Teresa no deja de esmerarse. Y lo recibe sin renunciar a su sentido de la disciplina.


Del seudónimo con el que la obra concursó en Anagrama a las distintas menciones que aparecen en ella, el clásico Juvenilia, de Miguel Cané (recién reeditado en España por Periférica), es un claro referente de Ciencias morales. ¿Qué le debe y en qué se aleja más de él?

Le debe todo lo que en la novela tiene que ver con la tradición y con el peso de esa tradición. Juvenilia expresa esa tradición, y al mismo tiempo la encarna. Pero en la escritura de Ciencias morales me aparté en un aspecto básico: hice a un lado todo lo que tuviese que ver con la narración del mundo estudiantil, y me centré en una indagación del mundo de las autoridades: en el sentido de la autoridad que hacía funcionar el Colegio.


Ha manifestado que todo en esta novela es autobiográfico excepto usted. ¿Cómo fue su paso por el mítico Colegio Nacional: a lo Capelán, a lo Baragli, a lo Servelli…?

Ninguno de los personajes de Ciencias morales tiene que ver conmigo. Ninguno es yo, digo que es autobiográfico porque es un mundo que viví y conocí. Pero suprimí todo lo que tuviese que ver directamente conmigo. Me concentré en la invención de una subjetividad para otros, para aquellos de los que, mientras cursé en el Colegio, no supe nada.


El Colegio es en la novela una jaula dorada. Sin embargo, ¿no es también una representación del exterior, de cómo un país que persigue la excelencia se acaba pervirtiendo por la vía de la represión?

Yo creo que el afán de encierro es tan marcado que en un momento dado lo que va quedando afuera empieza a cobrar presencia, aunque sea por negación. Hay encierro pero hay grietas, resonancias. Mi intención era que la realidad apareciera de esa forma casi fantasmal en la novela.


La novela se ambienta en el Buenos Aires de 1982, con la guerra de las Malvinas de fondo. Tan de fondo, que sólo hay una mención indirecta a ella, aunque su presencia es constante. ¿Son esos silencios los que más duelen hoy de aquel período?

Esos silencios se salvaron y se revirtieron apenas cayó la dictadura. En ese momento, y en lo sucesivo, abundaron las voces y los testimonios de lo que había pasado. Los silencios que duelen hoy son sobre todo otros: todavía no sabemos qué pasó con los desaparecidos, dónde están; todavía hay personas de las que se apropiaron los represores y que ignoran su historia y su identidad.


Las escenas de dictado sobre Sun Tzu, Maquiavelo y otros son estremecedoras… ¿Qué es la guerra para usted: un arte, una alienación, un deber, un atraso?

Mi visión de la guerra cambia. Depende de la guerra de que se trate, supongo. Aunque ninguna guerra es apreciable de por sí, algunas admiten un cierto tono épico, y otras son lisa y llanamente pura abyección. La guerra de Malvinas en lo particular fue una guerra singularmente miserable, a la que recurrió la dictadura militar argentina para tratar de sostenerse en el poder. Por eso fue una suerte para Argentina haber perdido esa guerra.


Esta es una novela en la que el estilo es clave: el lenguaje, el ritmo, la estructura, la morosidad en la acción… ¿Hay elementos morales en su concepción estética?

Tendríamos que ponernos de acuerdo en lo que significa lo moral en este sentido. Pero sí puedo decir que sostengo valores estéticos, creo que hay que trabajar con el lenguaje para tratar de lograr una buena escritura. Incluso lo descuidado en la literatura requiere cierto cuidado, no me atraen los textos que parecen haber sido escritos así nomás.


El Premio Herralde lleva tiempo apostando por autores latinoamericanos. La suya es una novela muy argentina. ¿Qué cree que encontrará en ella el lector español?

No creo en esas restricciones que presuponen que un lector sólo va a comprender textos cuya realidad conoce. Es un razonamiento extendido, pero equivocado. Un lector español seguirá ciertas líneas de sentido y dejará otras, lo mismo que uno argentino. No creo que la nacionalidad haga más o menos accesible un libro. Tengo mis reservas respecto de esa literatura de lenguaje neutro, esos textos de falsa universalidad que se promueven por un exceso de celo en cuanto al lugar que lo local o lo particular tienen en literatura.


El actual intercambio editorial entre España y Latinoamérica: ¿es una aproximación estratégica de la industria del libro o una muestra de vitalidad narrativa?

Creo que una cosa no quita la otra. Hay una gran vitalidad en la narrativa latinoamericana, de eso no tengo dudas. Entiendo que la apertura editorial responde a la percepción y al reconocimiento de que eso efectivamente es así.

 

La frontera de la disciplina

Ciencias morales
Martín Kohan
Anagrama

Si una profesora vela por que sus alumnos se comporten en clase, está cumpliendo con su deber. Si esa profesora se concentra de forma explícita en el grado de inclinación con el que los dedos de un alumno rozan la espalda de una compañera al formar en el patio, está cumpliendo su deber con peligrosa arrogancia. Si la misma profesora, en fin, decide pasar cada vez más horas escondida en los urinarios masculinos para confirmar la remota posibilidad de que algún alumno se encierre allí a fumar, la frontera de la disciplina se rompe en un abuso de autoridad cuyo ejercicio conduce a la perversión, la corrupción y la violencia. Con la historia de esa profesora, y a partir de ella con la de un colegio, un régimen y acaso un sistema, el incisivo Martín Kohan ha cincelado en el Premio Herralde más heterodoxo de los últimos años una novela transgresora que arranca de la tradición para poner en tela de juicio la sacralización de cualquier valor. Ética y estética, aunque siempre oblicua, esta obra de matices, alejada pese a la limpieza de su prosa de todo facilismo, debería consagrar a Kohan como uno de los autores más problemáticos de la efervescente narrativa latinoamericana; su problema, su feliz problema, consiste en no obedecer al carnaval literario que en nuestros días obliga a transgredir por norma, sino en ceder ante la norma de tal modo que sea ella misma la que revele su transgresión.