NARRATIVA
Héctor Abad, Cormac McCarthy, Giorgio Bassani, Andrés Pérez, José Carlos Somoza, Juan Cobos Wilkins, Antonio Ortuño, Iban Zaldua, José Eduardo Tornay, Vicente Luis Mora, Clara Usón
LECTURAS NARRATIVA
CUANDO EL PADRE ES MAESTRO
LALE GONZÁLEZ
El olvido que seremos
Héctor Abad Faciolince
Seix Barral
18,50 euros
274 páginas
Una historia de amor hacia el padre,asesinado por combatir las desigualdades y la corrupción moral de colombia
Quizá porque la vida mejora casi siempre a la ficción sucede que a veces la biografía parece novela, que se pensaría fruto de la fantasía lo que resulta ser producto natural de la Historia. En esta tesitura nos vemos a la hora de encuadrar en uno u otro género este libro espléndido del colombiano Héctor Abad Faciolince. No es inusual valerse de lo autobiográfico para expandir, más allá del yo, las truculencias de una contemporaneidad convulsa (recordemos El mundo de ayer, de Stefan Zweig, por ejemplo). Muestras de lo individual trascendido a paradigma las encontramos en lo mejor de cada casa de la literatura universal. Lo que llama la atención en este caso es la franqueza con la que Abad Faciolince abre en canal sus emociones para denunciar la perversión de la sociedad colombiana auspiciada por los paramilitares y sus estragos sobre las vidas de la gente. A falta de otras virtudes que las recomienden son muchas las novelas o memorias que hoy día se acomodan en los espacios culturales aureoladas por el dudoso mérito de la veracidad. Cuánta insustancialidad se filtra por los poros de este barómetro facilón para vender, cuando no insulsez, dramas cotidianos que los comunes mortales sobrellevan sin alharaca. Viene este libro como anillo al dedo para ilustrar el caso contrario: el de la honestidad relevante, procedente y bienvenida.El olvido que seremos es, básicamente, una historia de amor, la del niño Héctor hacia su padre y maestro en la vida, Héctor Abad Gómez, hombre insólito y padre excepcional, los epítetos son intercambiables. Abad Gómez fue médico en Medellín en el último cuarto del pasado siglo, un profesional íntegro comprometido con la medicina social, defensor de la prioridad de construir una adecuada red de acueductos para prevenir infecciones derivadas de la insalubridad del agua, en lugar de abocar a la población a consumir antibióticos. Combatió enérgicamente las desigualdades sociales, así como la religión oscurantista y pacata que impedía a los más pobres poner coto a la injusticia. No cuesta adivinar la peligrosidad de esta arriesgada discrepancia en la contracorriente de sostenida corrupción moral de un país acostumbrado a la complicidad de unos segmentos sociales convenientemente amordazados, y que culminaría con el asesinato del doctor Abad Gómez en 1987. Partiendo de la órbita familiar Abad Faciolince alza el vuelo para hacer su drama extensivo a la penosa singladura de Colombia.Casi más impactante nos resulta Abad Gómez como padre. En unos años en los que la educación de los hijos distaba mucho todavía de ser pasto de pedagogías varias, asombra la ternura que este padre prodigó a su hijo, seguro de que su amor nunca sería demasiado sino, por el contrario, una única herencia intransferible, abono para la fructificación de un ser feliz: “para sufrir, la vida es más que suficiente y yo no le voy a ayudar”, sentencia en la página 35.Sólo algunas historias recientes, como El viento de la luna de Muñoz Molina, han acertado tanto en la calibrada emoción con que se exploran las relaciones paternofiliales. Con diferentes cotas de dramatismo ambos autores se han atrevido a mirar por el retrovisor de la infancia para saldar cuentas con la memoria y rendir homenaje a los formidables hombres anónimos que fueron sus padres. En el caso del escritor colombiano cabe preguntarse por qué ha tardado tanto. Quizá porque buscaba atinar con el tono, apaciguar el resquemor de la añoranza; o quizá porque el reencuentro con el pasado que escuece es siempre una comprensible cita pospuesta.
¿SE OYE UN PERRO?
FÉLIX ROMEO
La carretera
Cormac McCarthy
Mondadori
18,90 euros.
240 páginas
La carretera es un cuento alegórico y es posible que su mensaje sea sobre la fe: que tampoco tiene por qué ser verdad; es fe
Para leer y entender La carretera hay que aceptar las reglas que propone Cormac McCarthy al final del libro: los cuentos no son verdad y “No tienen por qué. Son cuentos”. La carretera es un cuento alegórico, y no quiere parecerse a las novelas “verdaderas” de Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933). La tierra ha sido devastada no se sabe por qué (o acaso por quién o quizá es el Apocalipsis: todas esas posibilidades son alguna vez sugeridas) y no se sabe cuánto tiempo hace, aunque las huellas de nuestro presente estén ahí: no hay vegetación, no hay animales, no llueve y hace frío, toda la superficie es ceniza, no hay estado pero sí que hay ley. Los que han sobrevivido a la devastación se dividen en dos: quienes se comen a sus hijos pequeños para sobrevivir y quienes protegen a sus hijos a toda costa y con su propia vida. Los primeros, “los malos”, son más fuertes y están organizados, incluso forman algo parecido a ciudades; los segundos, “los buenos”, se mueven a salto de mata tratando de evitar a sus depredadores, siempre alerta, siempre con miedo, siempre con la pistola preparada.Los protagonistas de la novela son un padre y un hijo de “los buenos”. La esposa y madre de ellos no pudo soportar durante más tiempo el calvario de sobrevivir y se suicidó, no sin reprochar al padre su obsesión por continuar vivo en un lugar muerto.El padre y el hijo, que recuerdan, aunque sin su fuerza, a los protagonistas del magnífico cuento de Juan Rulfo No oyes ladrar los perros, caminan penosamente por esa tierra de cenizas, salvando todos los peligros que encuentran, que no son pocos: bandas de malos, falta de agua, falta de alimento y hambre brutal, ataques inesperados, robos, heridas, el clima… Quieren llegar a un mar, con la esperanza de que allí las cosas sean diferentes: no lo pueden saber, pero quieren creerlo.En No es país para viejos, la anterior novela de Cormac McCarthy, Llewelyn Moss, el protagonista que se ha quedado con un dinero que no le pertenece, que es perseguido por sus propietarios y que ha roto completamente con su vida y con su mujer, le dice a una joven autoestopista a la que acaba de recoger: “No se trata de saber dónde estás. Se trata de pensar que llegaste allí sin llevar nada contigo. Tus ideas sobre empezar de nuevo. O las de otro. No se empieza de nuevo. Ese es el quid. Cada paso que das es para siempre. (...) Tu vida se compone de los días de que está compuesta”. Los dos protagonistas de La carretera siguen esa poética al pie de la letra: un día más es un día más en el que están vivos. No se sabe muy bien por qué ni para qué, pero siguen caminando, tratando de llegar al mar o donde sea.El padre tiene en la cabeza las imágenes del pasado, y esos recuerdos le atormentan: sabe que no puede contarle nada a su hijo, sabe que no tiene que recordar. El hijo es asaltado cuando duerme por las pesadillas, por el terror: sabe que no puede contarle nada a su padre para que no se asuste. El padre y el hijo conviven con sus temores mientras siguen esa vida de “cada paso que das es para siempre”, asumida con un extraño orgullo.La carretera podría ser el doble de larga o la mitad de corta y termina con algo parecido a un deus ex machina que te deja bastante perplejo, con una reflexión sobre el misterio y sobre Dios que no estaba en las páginas anteriores del cuento: “Dijo que el aliento de Dios era también el de él aunque pasara de hombre a hombre por los siglos de los siglos”. Es posible que el mensaje alegórico de esta novela de Cormac McCarhty sea sobre la fe: que tampoco tiene por qué ser verdad; es fe.
LA DESTRUCCIÓN DEL PARAÍSO
JUSTO NAVARRO
La novela de Ferrara
Giorgio Bassani
Lumen
32 euros
974 páginas
La novela de Ferrara es monumental e íntima. AquÍ están la placidez de la vida de entreguerras y la deportación de judíos
Es excelente de principio a fin La novela de Ferrara, que Giorgio Bassani (Ferrara,1916-Roma, 2000) fue escribiendo a lo largo de muchos años y publicando en los años 50, 60, 70 y 80, dos colecciones de cuentos y cinco novelas, que yo empezaría a leer por el relato Una lápida en Via Mazzini, para pasar después a Los lentes de oro, la historia del médico Athos Fadigati y su amor suicida por el joven Deliliers, y El jardín de los Finzi-Contini, para ir retrocediendo, a placer, a los primeros cuentos y saber más sobre los personajes que viven en estas 900 páginas. Ferrara es la gran protagonista de la novela, con sus muros sociales, entre la estrechez provinciana y la inmensidad de la tragedia judía, como decía Pasolini, en los años en torno a la II Guerra Mundial, sin que Bassani eluda narrar la connivencia con el fascismo de la burguesía judía ferraresa. La primera persona acaba imponiéndose a través de la voz de uno que podría ser Bassani, aprendiz de hombre de letras, implicado en el mundo que se va pavorosamente, y habitado por “una secreta tristeza embargada de despedida”. Giorgio Bassani fue poeta, novelista, traductor y publicista. Su literatura, política y exquisita, nacía de un trauma fundamental, según Italo Calvino: la persecución antisemita, que, vista con los ojos de un burgués de Ferrara, conciliaba el amor nostálgico por un modo de vivir del que el judío Bassani formó parte, y “el odio mortal” por las heridas que los suyos recibieron de ese mundo. Aquí están la placidez de la vida cómoda en la Ferrara feliz de entreguerras, la violenta campaña denigratoria contra los judíos que precedió a las leyes raciales de 1938 en Italia, la deportación de 183 judíos ferrareses a Alemania, donde todos, menos uno, acabarían en los hornos crematorios. Es historia. Es vida íntima, familiar. El jardín de los Finzi-Contini, esa novela inolvidable, cuenta la imposibilidad del amor por Micòl Finzi-Contini, la hija de la más selecta familia judía de Ferrara, personificación rubia de la belleza y la inteligencia, y la destrucción del paraíso. La puerta del espléndido jardín daba al campo de exterminio alemán.En ese amor imposible del doble de Bassani hacia Micòl, su igual, el presente cuenta menos que el pasado, porque las principales criaturas de Bassani comparten el vicio de avanzar mirando hacia atrás. No es raro que, asesor de editores, Bassani descubriera El Gatopardo, de Tomasi di Lampedusa, otra obra maestra consagrada al tiempo perdido. Pero estar poseídos por el pasado produce efectos secundarios: el asombro, por ejemplo, ante las cosas más cotidianas, de ahora mismo, domésticas, tan extrañas como verse a uno mismo en el espejo al despertar, o como la experiencia de ese muchacho que, mientras sus compañeros de clase provocan a un amigo para que diga lo que piensa de él, escucha escondido en la novela Detrás de la puerta. Pier Paolo Pasolini confesaba no amar el pasado, “precisamente porque ha pasado, y de él me defiendo no pensando en él jamás”, y decía que, precisamente por eso, Bassani le provocaba un dolor clínico.Giorgio Bassani rebosa realidad en la evocación de su época trágica. Tuvo una mirada cinematográfica, fue guionista de Antonioni y Visconti, y el cine acogió sus historias (Una noche de 1943, dirigida por Florestano Vancini; Los lentes de oro, de Giuliano Montaldo; El jardín de los Finzi-Contini, de Vittorio de Sica, con Dominique Sanda en el papel de Micòl). Retrospectivo e introspectivo, hizo de Ferrara y sus habitantes un emblema de Italia, de la Europa de aquellos años. “Todo, del pasado, puede convertirse en materia de sueño, argumento de leyenda”, escribió. La novela de Ferrara es monumental y memorablemente íntima, “un bien precioso que ha de ser salvado”, decía Pasolini. La traducción de Carlos Manzano está a la altura de la obra elegida.
ESPERANDO A LA TORMENTA
Félix J.Palma
El factor Einstein
Andrés Pérez Domínguez
Martínez Roca
22 euros
572 páginas
Pérez DomÍnguez transmite la angustia de los científicos exiliados en América, temerosos de que hitler dispusiera de la bomba atómica
Últimamente da la impresión de que el entretenimiento queda relegado a los best sellers, que los escritores de fuste son remisos a tejer historias que abreven en las aguas de la literatura popular. Sin embargo, ahí están autores como José Carlos Somoza, Luis Manuel Ruiz o Albert Sánchez Piñol, que han sabido integrar en sus obras las características más nobles de la novela de consumo, es decir, la acción trepidante, el aire de aventura y sus tramas dinámicas, que avanzan a golpes de intriga, sin que ello suponga ningún quebranto para su calidad literaria. Se trata de una actitud loable, donde confluyen su visión de la literatura con el anhelo de llegar a ese público masivo que, a la larga, por mucho que nos pese, son los destinatarios últimos de la literatura. Andrés Pérez Domínguez es otro de esos escritores con ganas de narrar, que demuestran que el entretenimiento y la literatura no son incompatibles. Ya nos convenció de ello con La clave Pinner, y vuelve a hacerlo ahora con El factor Einstein, novela que como la anterior puede encuadrarse dentro del género de espías, pero que por el cuidado que el autor pone en el retrato de sus personajes, siempre enredados en pasiones propias del alma humana, siguen más la estela de Graham Greene o Le Carré que la de Frederick Forsyth. Si su anterior novela transcurría en Sevilla, esta discurre en Berlín y Nueva York, aunque, pese a la internacionalidad de los escenarios, lo más acertado quizás sea la época escogida, el año 1939, en el que el mundo parecía aguantar la respiración sin apartar los ojos de los tejemanejes de Hitler. No puede el autor, por tanto, favorecerse de la épica de la contienda que estallaría luego, pero tampoco la necesita, porque uno de los aciertos de esta novela es precisamente su clima de tensa espera, esa morbosa e inquietante expectación que sumía al planeta, y que Pérez Dominguez logra transmitir a la perfección al mostrarnos la angustia de los científicos exiliados en América, temerosos de que las investigaciones en el campo de la física atómica pusieran en las voraces manos del Führer el arma más devastadora de todos los tiempos, mientras el resto del mundo todavía creía que la fabricación de una bomba atómica era algo más propio de las novelas de ciencia ficción. Partiendo de un hecho real, la carta que Einstein dirigió al presidente Roosevelt advirtiéndole que debían fabricar una bomba atómica para adelantarse a los nazis, Pérez Domínguez especula sobre qué pudo ocurrir antes de dicho suceso, y para ello hace viajar a la ciudad de los rascacielos a la agente secreta Frida von Kleinsberg, cuya misión será contactar con Alfonso Altamira, un exiliado que malvive enseñando Física a los chavales acomodados de Brooklyn, para poder recabar información sobre los traidores al Reich, pero sobre todo para comprobar qué saben estos del programa atómico alemán.Pero, como ya hemos dicho, la trama de espías queda en un segundo plano porque al autor le interesan más las pasiones que gobiernan a sus personajes, desde Einstein, al que logra humanizar más allá del tópico, hasta los mencionados Frida Klein y Alfonso Altamira, atrapados a su pesar en un amor subterráneo que sin embargo acabará dividiéndolos, como los átomos de la bomba atómica con la que años después el Enola Gay arrasaría Nagasaki e Hiroshima. Pero eso ya es otra historia, una historia que quizás Pérez Domínguez se decida a contarnos en una próxima novela, porque, tras la lectura de ésta, uno sólo puede concluir que valor y habilidad no le faltan.
MISTERIOS Y TRASCENDENTALISMOS
Santos Sanz Villanueva
La llave del abismo
José Carlos Somoza
Plaza & Janés
18,90 euros
526 páginas
Una novela bizantina de aventuras y misterio, con pretensiones ecologistas que insinúan una alerta sobre el desarrollismo tecnológico
Los arcanos de la existencia han dado lugar desde antiguo a un tipo de literatura visionaria que más tarde, en el siglo XIX, recibió fuerte impulso con la narrativa gótica y la imaginería romántica del terror, con invenciones de pura fantasía y con un género casi nuevo, la fanta ficción. A comienzos de la pasada centuria, el norteamericano H. P. Lovecraft (1890-1937) marcó un hito con un conjunto de fábulas (algunas tan prestigiosas, aunque minoritarias, como la inquietante y extraordinaria serie Mitos de Cthulhu) de evidente personalidad e incluso creó escuela, un llamado "Círculo de Lovecraft" donde militaron escritores que seguían al maestro y continuaban, amplificaban e incluso rectificaban sus escritos. No es este somero apunte una digresión historicista. Hace falta como clave previa e imprescindible para entrar en La llave del abismo, y tampoco tiene mayor mérito el advertirlo porque el propio José Carlos Somoza declara esta explícita filiación de su novela y su dependencia del ciclo de Cthulhu al final de la misma. Tal vez tendría que haber puesto la noticia al comienzo del libro porque así el lector estaría sobre aviso del concreto ámbito narrativo en el que se inscribe la obra. Valdría decir que el escritor cubano se agrega al “Círculo” lovecraftiano aportándole los signos de la postmodernidad. La llave del abismo es varias cosas fundidas en un solo argumento. Es una novela bizantina de aventuras, y un relato criminal, y una historia de suspense, y una narración esotérico misteriosa, y una peripecia de fanta ficción, además de una obra con pretensiones intelectuales y conservacionistas que insinúa una alerta sobre el desarrollismo tecnológico en el reverso de su anécdota. Todo eso es, fundido o, mejor, amalgamado, en las desventuras de un modesto supervisor de trenes alemán que recibe sin quererlo un secreto del que depende el futuro de la humanidad porque en él está la clave para que criminales que pretenden dominar el mundo puedan hacerlo. Ahí empieza el sinvivir del hombre inocente, pillado en una espiral de ataques y horrores, físicos y morales, que le obliga a recorrer una dantesca e ignota geografía oriental. Para todo da este atroz argumento. Asesinatos más un surtido de otras agresiones, traiciones sin cuento, buenos que parecen malos y al revés, malísimos que son malísimos, verdades sospechosas, personas biológicas y de diseño, hechicerías y magia, muertos que perviven, cuerpos habitados por espíritus colonizadores, espacios fantasmagóricos, catacumbas, aparatos de tecnología futurista, etc., etc. Amén, claro, de trascendentalismos: la llave del abismo guarda el secreto para que los seres humanos puedan destruir un día a Dios y dejen de tener miedo para siempre. Somoza trae a cuento el cogollo de inquietudes lovecraftianas: el destino (“¿por qué existe la muerte?”), los poderes telúricos, la religión, el ansia de conocimiento, los peligros de la ciencia, las amenazas a la civilización… Estos asuntos los maneja con técnicas de folletín y los remueve en la coctelera postmoderna de los moldes narrativos populares indicados. Serio problema es el de la medida: se le va la mano y el exceso de aventuras resulta cansino y repetitivo, la historia se hace pesada y, aunque entretiene durante un buen trecho, termina por aburrir. Con estos mimbres sale una novela a medio camino de Indiana Jones y Stephen King. O sea: Somoza rebaja el fondo serio de problemas de la buena narrativa de misterio a un producto comercial con descarada voluntad de best seller.
VIVA LA MUERTE
Pedro M.Domene
El mar invisible
Juan Cobos Wilkins
Plaza & Janés
18,90 euros
366 páginas
Cobos Wilkins da voz a unas vidas al margen de esa sociedad: la de un asesino a la espera del indulto y a la de un homosexual condenado por la represión franquista
¿Cómo afronta un hombre su destino pocas horas antes de ser ejecutado? Relatando, en esa crónica de un ajusticiamiento anunciado, parte de su vida. Al hilo, comparte su última noche con el compañero elegido, un calculado acompañante para despejar algunos de los fantasmas del pasado. Un atisbo de humana expiación leemos en algunas de las páginas magistrales de El mar invisible (2007) porque, en esta novela, se cuenta cómo Damián Jaramundi Expósito, ex-boxeador y reo de muerte, conversa con Lorenzo Alange Lunar, maestro de escuela y homosexual, condenado por defender las libertades cívicas en este país. Dialogan entre las paredes de una cárcel que representaba un sistema penitenciario tan tiránico como vejatorio. Con esa maestría que viene ejerciendo en su breve obra en prosa, definida por un lenguaje tan exquisito como preciso, repleto de metáforas y símbolos (como leemos en unos diálogos que propagan lo cotidiano y genuino del habla variopinta y cosmopolita de Huelva), Juan Cobos Wilkins recrea algunas horas de un convicto y elabora una durísima visión de los hechos y una firme convicción del valor de la justicia y de la libertad, como hizo en El corazón de la tierra (2001) y Mientras tuvimos alas (2003). Este relato existencial refleja una época caduca, un ambiente configurado por los clichés de una sociedad con datos que muestran esa otra realidad: la represión política, la eclesiástica, la sexual o la moral, en esa nula posibilidad de la imaginación para poder reinventar la libertad absoluta y ver ese mar invisible. Tanto el Jara como el Alange se sirven del poder de la palabra para conversar sobre los temas y las obsesiones que les han sobrecogido a lo largo de su vida; en realidad, tópicos acerca del amor, la soledad o la libertad que se patentizan en el relato, tanto en su aspecto individual como colectivo. Su voz es la de los desheredados, las de unas vidas al margen de esa sociedad: un asesino sin que descubramos si cometió sus atroces crímenes, a la espera del indulto; y un homosexual, condenado por la represión que ejercía el contexto vivencial franquista. Es a través de ese poder de la palabra, en la razón última de hacernos partícipes de parte de unas vidas, donde se sustenta esta historia, y al exteriorizar sus fantasmas cuando estos dos personajes redimen sus propias pesadillas. Uno y otro irán desgranando sus miserias para dejar constancia de una época oscura, los últimos años de una dictadura donde cualquier aspecto intelectual de la vida privada suponía un desafío. Cobos Wilkins cae en el tópico de mostrar el intelectualismo y ensimismamiento de una cultura popular que va del Sábado Gráfico al NoDo para arrastrarnos a un pasado de horror. Como en otras ocasiones, el onubense parte de un dato, el homenaje que una placa ofrecía a los homosexuales en la cárcel de Huelva encarcelados allí por la sencilla razón de serlo. Lo más significativo, la criba realizada por el escritor para montar la ficción y sugerir que algunos de estos personajes pudieron vivir entre las paredes de aquella prisión. Un relato estremecedor que convulsionará algunas conciencias que aún hoy no dejan de ver que esa otra oscura sensibilidad convive en la más absoluta claridad de nuestra realidad: la maravillosa exploración del alma masculina.
UNA NOVELA BÍBLICA
José María Bernáldez
Recursos humanos
Antonio Ortuño
Anagrama
15,50 euros
167 páginas
El relato bÍblico de la escalera de Jacob inspira la historia de la rebelión de un empleado contra su jefe
Conocíamos ya la obra literaria del mejicano Antonio Ortuño. Recuerdo de mis lecturas veraniegas de este año, haber leído, publicado en Páginas de Espuma, un libro suyo titulado El jardín japonés. Doce cuentos unitarios en los que el objeto de la narración es el mismo: las miserias de la masculinidad o los nulos intentos del hombre por dominar a la mujer, considerada, con justicia, un ser superior. La violencia y la truculencia son notas dominantes y que a mí me vienen a la cabeza cuando lo rememoro. Todo ello envuelto en un aire, en una forma, de humor negro que, a veces resultaba difícil de entender. También podría decirse que algunos de los temas planteados en El jardín japonés son tan serios como la violencia y la tortura, asuntos que a mi entender admiten pocas bromas. Tanto un punto de vista como el otro pueden hacernos creer que a Antonio Ortuño le convencen la ambigüedad moral y la indeterminación de su escritura, como si dijéramos una cierta frivolidad, tan peligrosa en ocasiones. Apunté igualmente en mis notas veraniegas de lectura que algunas de aquellas narraciones breves podrían dar lugar a una novela larga y debidamente desarrollada. Todo ello daba la impresión, y es la última de mis anotaciones sobre El jardín japonés, de un boceto, de una práctica universitaria, de un ejercicio de estilo más que de estío (homenaje mío a Cabrera Infante). No puse en duda, en ningún momento, la vocación literaria del narrador mejicano. Anteriormente a esa colección de cuentos, Antonio Ortuño, que nació en 1976 en Guadalajara, la capital del estado de Jalisco, e hijo de inmigrantes españoles, había publicado una novela, una ópera prima, no publicada en España, que yo sepa, y no leída por mí. Pero de la que tengo referencias críticas. Y esas referencias me dicen que El buscador de cabezas que así se llama, es un texto imperfecto, tímido y convencional y en el que el talento del escritor queda por encima del resultado final. Y llegamos, por fin, a Recursos humanos con la que Antonio Ortuño, que es también Jefe de Redacción del periódico Público-Milenio, ha quedado finalista del prestigioso y desigual Premio Herralde de Novela que convoca la editorial española Anagrama. Ahora Ortuño nos propone la lectura de una novela corta de extensión, ciento setenta y siete páginas, divididas, a su vez, en cinco capítulos, en los que los diálogos son tan abundantes como las descripciones. Y nos cuenta la rebelión que un modesto empleado de una empresa, de nombre Gabriel Lynch (de donde deriva la palabra española linchamiento) intenta contra su jefe de nombre Constantino. La novela es, a mi modesto juicio, una actualización, que no revisión, de un episodio de la Biblia. Y no soy detective de oficio, pues el autor nos da las suficientes pistas e indicios como para que como lectores perspicaces que somos nos demos cuenta: “Jacob, le gana al Ángel”. “Has sido fuerte contra Dios y los hombres y lo has vencido” ¿Queda claro?. Pues todavía hay más, una cita bíblica con la que se abre la que llamaremos convencionalmente novela: “Y soñó una escalera que estaba apoyada en tierra y su extremo tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y descendían por ella”, cita sacada del Génesis. La lectura de Recursos humanos me deja un sabor de boca agridulce. Creo que Ortuño tiene talento, pero nuevamente, y como al principio, me invade la sensación de encontrarme ante un texto inacabado y poco elaborado, algo precipitado. Aunque las referencias sean, nada menos, que bíblicas.
IBAN ZALDUA REGRESA AL FUTURO
Juan José Téllez
Porvenir
Iban Zaldúa
Lengua de Trapo
17,50 euros
192 páginas
El autor toma como partida la realidad de Euskadi para explorar los horizontes de la globalización mercantil
No resulta fácil situar en un cuadro sinóptico las narraciones que Iban Zaldua agrupa bajo el título de Porvenir y que merecieron el Premio Euskadi de Literatura 2006. Las ha publicado adecuadamente Lengua de Trapo y a través de su prosa limpia lo mismo pasean asuntos propios del realismo sucio que de aquello que se llamó situacionismo.En cualquier caso, si existiera algún denominador común en estos relatos, sería el de la paradoja: nada es lo que parece, o lo que es no pudiera haber sido de haber ocurrido el pasado de otra forma. De ahí, quizá su título: el porvenir es un azar que proviene del ayer. Quizá todos los textos responden a la pregunta que abre el último y que es el que da título al conjunto: “Mamá: a los muertos, ¿adónde se los llevan?”. El libro está bien escrito, con esa sobriedad parca de recursos de alguien que sabe manejarlos tan bien que también sabe cómo no abusar de ellos. Lejos del escapismo sobre asuntos candentes –como demuestran La cosa no tiene remedio y La Bella Durmiente, una historia económica–, Zaldua parte de la vida cotidiana para diseccionar las contradicciones de su entorno: léase por ejemplo, tan evidente como sutil, Viaje de verano. El suyo es un trayecto que va de lo individual a lo colectivo, que toma como partida sus parientes y amigos o la realidad de Euskadi para explorar los horizontes lejanos de la globalización mercantil. Piensa globalmente, escribe localmente. Glocalizado, su narrativa es algo más que un clip entre el IKEA, el Mediamarkt, el Champion y las páginas ocres de Sven Hassel. A lo largo de su prosa, suenan timbres, hay bombas, manifestaciones, anuncios de la DGT y un cierto aire pop de actualidad, pero si se le quita esa primera cáscara, más o menos amable, el sabor es clásico. Esto es, amargo. Un anticipo del futuro, probablemente.
EL RITMO ES LO QUE IMPORTA
Jesús Martínez
Los dueños del ritmo
José Eduardo Tornay
La Fábrica
14 euros
126 páginas
Un narrador del que uno no prescindiría si tuviera que apostar por el futuro de la novela corta
Si la novela corta y el cuento suelen despertar toda suerte de sospechas sobre quienes alevosamente insisten en su práctica, reconózcaseles coraje, al menos, ante el sombrío mañana que les aguarda. No es el caso de José Eduardo Tornay (Algeciras, 1968), articulista, ensayista y autor de un reciente libro de cuentos, Los observatorios (2006), quien ahora afronta con Los dueños del ritmo (2007) un reto que, sin duda, despertará la simpatía e interés de los que aún creemos en las causas perdidas, el de vencer las reticencias que despierta este género tan inhabitual, y sobre el que el maestro M. Baquero sostenía que frente al disfrute de la novela como una sinfonía, se erigía el cuento como “una sola vibración emocional” y la novela corta como “una vibración más larga, más sostenida”. Pues bien, tras este enésimo intento de imposible clasificación, Tornay edifica un vivísimo fresco narrativo, centrado en la figura de Vicente Carrillo Fowler, cínico ejecutivo hecho a sí mismo, inmoral, descreído y triunfador, cuyo anhelo es huir cada tarde de su ostentosa mansión para cabalgar a lomos de su viejo Ritmo por las vitales y estrechas arterias donde anida el secreto latido de la existencia. Escapadas necesarias al infierno de la memoria, a la infancia reconocible, a los orígenes del sueño, a la carne rejuvenecedora y a la dignidad olvidada del perdedor. Los dueños del ritmo no es sino un espejo trampa en el que se esconde una de esas tardes donde la vida transcurre a varias velocidades, parsimoniosa e imprevisible; una ágil sucesión de estampas que, con un lenguaje exacto y medido, confirman al lector la sospecha inicial: el auténtico dueño del ritmo es J. E. Tornay, un “buen medio centro contenedor”, en palabras de M. Ruiz Torres, con muchísimo oficio. Un narrador del que uno no prescindiría si tuviera que apostar por un futuro muy, pero que muy actual.
COLLAGE MULTIGENÉRICO
Ferrán Mendoza
Circular 07. Las afueras
Vicente Luis Mora
Berenice
16 euros
224 páginas
Historia excéntrica de personajes y ambientes suburbiales que quieren descubrirnos la extraÑeza del mundo oculto en lo cotidiano
Vicente Luis Mora está tejiendo un universo discursivo coherente y actual. Eso significa, hoy día, aires de vanguardia alternativa: si antes era el trash –la suciedad oculta bajo el paisaje cotidiano– ahora es el pop alternativo –la extrañeza ante ese mismo paisaje–. Si antes una conciencia y sus percepciones sensoriales eran el eje que vehiculaba la novela, ahora la articula una estructura deshumanizada, fractal, caótica, como el fluir de la vida urbana en la metrópolis tardo-industrial, o el zapping televisivo... Forma parte de la Generación Nocilla, un grupo de autores que comparten enemigos (la crítica conservadora), se recomiendan unos a otros lecturas afines y discuten lecturas comunes. Su universo se construye en blogs (de V.L. Mora, Diario de Lecturas), en artículos (ver la polémica entre J. Calvo y Fernández Mallo en el Culturas de la Vanguardia), en congresos (Neo3 en Barcelona 2007, Encuentro de Nuevos Narradores en Sevilla 2007) y se sustenta en la ingente ristra de terminología y nombres propios indispensables esparcidos por sus críticas y ensayos, sus citas, etc. La terminología y los nombres son de una pertinencia indiscutible: periferia, Baudrillard, agenciamiento, F. Jameson; Mallarmé, Borges, Calvino, el Libro; Foster Wallace, tantos otros norteamericanos; y no sigo más.Nos encontramos con una poética cuyos recursos son: la acumulación de fragmentos narrativos y el collage multigenérico (un ensamblaje abierto cuyo centro articulador de significado es el lector mismo); la multiplicidad de voces, de las que “el autor” es una más, junto a los personajes y las citas; cierta pátina de experimentación… Y otras bases con aroma de contemporaneidad. Nos encontramos también con un imaginario que parece fascinar al lector de hoy: un imaginario que quiere descubrir la extrañeza del mundo oculta en lo cotidiano: personajes y ambientes suburbiales, historias improbables y excéntricas. Cuando leemos una novela escrita según estos presupuestos (y Circular07, la última entrega de la obra en marcha de V. L. Mora, es una de ellas) podemos permanecer en el envoltorio, dedicados a sopesar sus preceptos y su pertinencia histórica y artística; o podemos zambullirnos en el universo ficcional de la obra. En cuanto a lo primero, no dudemos en celebrar la solidez de su discurso. Sin embargo, no dejamos de advertir tanto en este como en otros escritores de la Generación Nocilla que tras llenarse la boca con la densa pasta del pensamiento contemporáneo no han sido capaces de digerirla provechosamente: todo ese universo no alcanza a cobrar vida. Las razones, insisto, no hay que buscarlas en el sustento teórico.En el Fabuloso libro de las leyendas urbanas (Alba Editorial 2002), J. H. Brunvand recoge la siguiente historia: una abuela cegata fríe al gato en el microondas. La leyenda procede del imaginario colectivo, su sentido y función son inescrutables. Las narraciones de Circular 07 no distan mucho de ésta, pero en ellas reconocemos la intención del autor. Su mirada quiere descubrirnos una nueva percepción del mundo, los recovecos inexplorados de la gran metrópolis. En el caso de Fernández Mallo y V. L. Mora, el milagro del descubrimiento no tiene lugar. Lástima que estos autores no trabajen más el estilo ni agudicen la mirada como trabajan la teoría, pues incluso el proyecto más consistente sufre el acecho del lugar común y la insipidez de las palabras trilladas. No es suficiente una teoría para que un mundo, sea cual sea, cobre vida.
LAS TRES HERMANAS
Toni Montesinos
Perseguidoras
Clara Usón
Alfaguara
17,50 euros
286 páginas
Un buen día, Clara Usón (Barcelona, 1961) hizo un viaje en el tiempo y el espacio y visitó a Anton Chéjov, y desde entonces, el escritor ruso –su presencia obsesiva– no la abandona. Primero la visita consistió en la atenta lectura de sus cuentos y dramas; más tarde, en el estudio de sus biografías; y por último, en la escritura de un libro fenomenal que tituló El viaje de las palabras (Plaza & Janés, 2005) y que estaba inspirado en la vida que llevó Chéjov en su finca de Melijovo. En la novela, como en un sueño, por la necesidad de estar acompañada en el delicado momento de esperar que le practicaran un aborto, Lucía, la protagonista, se veía apareciendo en el año 1892, conociendo a su autor preferido en persona e involucrándose en la cotidianidad doméstica de toda la familia, en un intento vano por avanzarse a lo que sus miembros iban a hacer para así evitar acciones, a su parecer erróneas, en aquel remoto lugar.Perseguidoras no sigue semejante camino fantástico, aunque sí acude Chéjov a sus páginas de forma simbólica, en medio de la vida de la abogada y actriz fracasada Ana Manera: en un momento dado, ésta alude a una función amateur en la que participó de Las tres hermanas, que a su vez sirve de alegoría de la novela, pues son Ana y sus hermanas, la drogadicta y bella Alicia –madre del niño de seis años Diego–, y la esquizofrénica Maite, las que, como en la pieza de Chéjov, persiguen un rumbo que va directo al caos, pues se engañan a sí mismas pensando que esa huida hacia delante va a sacarlas del atolladero. De hecho, el texto es coherente de principio a fin además de con el epígrafe, una frase de Vila-Matas tan simple como verdadera a diario –“Entonces lo mejor que podemos hacer es seguir adelante aunque no entendamos nada”–, con el resto de relatos de Usón: Noches de San Juan y Primer vuelo.Si en esta primera novela, la ingenua y torpe Juani tendía a soñar despierta tratando de olvidar su anodina existencia, y en la segunda, la asesora fiscal Laura, otra mujer acomplejada y solitaria, se evadía de sus problemas recordando un verano de la infancia, ahora es Ana la que expresa sueños incumplidos y soporta la presión de su madre, que la quiere siempre disponible para los demás. Abogada de último escalafón dentro de un prestigioso bufete en el que entró con un currículum mentiroso, esta treintañera sin príncipe azul, sin vocación verdadera, sin atractivo intelectual, que da palos de ciego y que tiene una foto de Chéjov en su mesa de trabajo –es decir, casi un arquetipo ya de las novelas de Usón–, tendrá que hacer frente a varios conflictos, y, en un enredo tragicómico, apagar los fuegos que los demás prenden mientras, además, pone en juego su propio empleo e hipoteca su vida privada.La trama de la novela parte de la muerte de Viladrau, un cliente del bufete de abogados, en un burdel de alto standing. Una misteriosa llamada de teléfono despierta a Ana de madrugada informándole del suceso, y ésta se ve obligada a avisar a un colega para acudir al lugar de los hechos; una vez allí, descubre a Alicia, escondida, y entonces surge todo tipo de preguntas sobre la presencia de la cocainómana: ¿es una asesina o el cliente falleció por causas naturales, acaso por consumir drogas? El cebo ha surtido efecto, y no sólo leemos Perseguidoras para conocer el enigma, sino para ver cómo la muerte de un desconocido hace que, como en los dramas de Eugene O’Neill, las piezas de ese dominó implacable, la familia, se empujen unas a otras hasta caer todas juntas y revueltas.



