HÉCTOR ABAD FACIOLINCE: ORGULLO DE HIJO

En El olvido que seremos el escritor colombiano reivindica la figura de su padre asesinado

Tomás Val. Fotos Porfirio Munguía

 

ENTREVISTA

 

Héctor Abad Faciolince amó mucho a Héctor Abad Gómez, su padre, que cayó acribillado por unos pistoleros en Medellín, Colombia. El crimen fue un martes, 25 de agosto de mil novecientos ochenta y siete. Serían, más o menos, las cinco de la tarde. Veinte años después, Héctor Abad publica El olvido que seremos, un libro en el que recuerda la relación paterno filial con aquel hombre que quería cambiar el mundo, que le enseñó que la Literatura es un arma que modifica a los seres humanos y que lo más importante en la vida de un niño es el amor. La bonhomía de Abad Gómez despertó recelos y odios; su empeño en mejorar la existencia de los más humildes le condujo a la muerte y el libro que ahora se publica es la reivindicación de aquel hombre, el testimonio de cuánto le quiso su hijo, este escritor.Héctor Abad ha publicado las novelas Asuntos de un hidalgo disoluto, Fragmentos de amor fuertito, Basura y Angosta. También es autor de libros de cuentos, de viajes, de un diccionario personal…


El poema –atribuido a Borges– que da título al libro (“ya somos el olvido que seremos, el polvo elemental que nos ignora”), también dice más adelante: “Pienso con esperanza en aquel hombre, que no sabrá que fui sobre la tierra”. Ignoro si este libro, dedicado a la memoria de su padre, tiene por objeto que su memoria perdure.

Pretende lo imposible: hacer más duradero lo que es inevitablemente fugaz. Lo que pasa es que los seres humanos nos conformamos con una eternidad de siglos. Todo se mide según lo que dura una vida promedio. Cuando uno compra un cachorro de perro puede tener casi la seguridad de que lo verá envejecer y morir. Un año de perro son cinco años humanos. ¿Cuánta vida le devuelve a un muerto un libro? En la realidad, ninguna, en la memoria de los hombres, mucho. Yo he logrado que algunas personas conozcan la vida de este médico bueno. La suya fue una vida ejemplar, creo yo, y me gusta usar esta palabra de las novelas cortas de Cervantes. Las vidas ejemplares pueden hacer mejores a los hombres.


La “novela” es un canto de amor, veinte años después de que fuera asesinado, hacia su padre, Héctor Abad. Su lectura me ha hecho recordar otro libro en el que dice que todo hombre tendría que recordar claramente la última vez que caminó de la mano de su padre. ¿Recuerda usted ese momento?

No recuerdo el día ni la hora. Recuerdo que caminábamos por los caminos de tierra de Llanogrande, a dos mil cien metros de altitud, cerca de Medellín. Recogíamos moras, guayabitas, mortiños y nos sentamos a descansar debajo de un árbol. Él me leía en voz alta Martín Fierro, y yo me embelesaba con el sonido de las palabras. Después volvimos a la finca y prendíamos la chimenea, y yo le preguntaba de todo lo divino y de todo lo humano. Él me contestaba hasta donde sabía, y si no sabía, al volver a la casa sacaba la enciclopedia. Todo eso que me enseñó yo lo he olvidado, pero recuerdo su actitud. Lo más importante es la actitud.


En el bolsillo de la chaqueta de su padre encontraron el poema al que antes hacíamos referencia. Inevitablemente he pensado en Antonio Machado, quien, cuando murió, también llevaba unas líneas manuscritas en el bolsillo: “estos días azules, este sol de la infancia”. ¿Podríamos establecer un cierto paralelismo entre los dos?

Mi amor por Antonio Machado es un amor casi filial. Con ningún poeta español siento un nexo tan íntimo. Su manera de ser, su voz en el Juan de Mairena, la cadencia de sus versos. Yo me sé varios poemas de Machado de memoria. “Yo voy soñando caminos de la tarde. Las colinas doradas, las polvorientas encinas… ¿Adónde el camino irá?” Me sé incluso versos de su hermano, el filipichín, el tonto, el franquista por cobardía, Manuel, que mi padre me recitaba por “los caminos de la tarde”: “Nadie más cortesano ni pulido / Que nuestro rey Felipe, que Dios guarde / siempre de negro hasta los pies vestido.” Es la descripción más perfecta de un cuadro de Velázquez que no he visto, pero que debe de existir. Yo cito en el libro a Juan de Mairena; un libro precioso de Fernando Vallejo se llama Los días azules. El poema que mi padre llevaba termina diciendo, más irónico, “bajo el indiferente azul del cielo”. Todo es casual, tal vez, pero la serie de las relaciones es fascinante e interminable.


En el libro queda de manifiesto que usted adoraba a su padre cuando era un niño, pero me gustaría saber si esa muerte violenta le ha engrandecido a sus ojos y ha aumentado su cariño.

De niño lo quería sobre todas las personas vivas y muertas. Cuando lo mataron ya lo quería menos. Es más: una de mis culpas es saber que si yo lo hubiera querido como lo quería de niño, no hubiera permitido que lo mataran. Había suficientes indicios como para obligarlo a esconderse, a sacarlo del país. Su muerte violenta no lo hizo más grande ante mis ojos, ni más amado. Solamente más trágico, más solo, incluso más poético, por aquello que dice Petrarca: “un bel morir tutta una vita onora”.


La mayor tragedia familiar –el futuro ya no volvería a ser el mismo– fue la muerte de Marta, su hermana, sobrevenida por un cáncer de piel. Eso llevó a que se acentuara el compromiso social de su padre y a que tomara menos precauciones y despreciara los riegos, pues la vida merecía menos la pena.

Sí. Un dolor muy hondo nos hace perder el apego a las cosas, a las vanidades, incluso a la vida. ¿Qué puede importar que a uno le roben el reloj o que le choquen el carro si uno tiene una hija de quince años con cáncer? Todo adquiere una dimensión distinta, terrible, pero más real. La vida individual pierde valor después de un gran sufrimiento, pero es posible darle sentido al resto de vida que queda, gracias a esa circunstancia. Es posible ser más valiente cuando la propia muerte ya no importa tanto. Creo que mi padre pudo ser tan valeroso porque para él morir ya no era tan grave.


Tal vez sea una impresión equivocada, pero en las páginas que describen la muerte de Marta encuentro más desesperación y dolor que en las que nos cuentan la de su padre.

Eso tiene mucho que ver con lo anterior. Mi padre había tenido una vida plena y vivió cincuenta años más que mi hermana, que sólo vivió 16. Sesenta y cinco años no es una vida corta. Pero lo absurda que es la existencia se ve con más claridad cuando se trunca una vida adolescente. El mundo se puede convertir, de un momento a otro, en una pesadilla sin sentido. El asesinato de mi padre nos produjo un horror humano ante la brutalidad de los hombres. La muerte de mi hermana nos produjo algo más radical: el asombro ante el sinsentido de la vida. Es el estupor ante lo dolorosa y absurda que puede ser la vida misma. Y no hay rebeldía posible, como no sea ante un Dios en el que yo dejé de creer. Si Dios existe, pienso desde entonces, es un Dios malo.


¿Por qué despierta tanto odio la bondad incluso en aquellos que predican el amor? En el libro, usted recuerda que el cardenal López Trujillo prohibió el funeral de su padre, adoptando una postura similar a la de Creonte ante la muerte de Polinices, el hermano de Antígona: Nunca el enemigo, ni después de muerto, es amigo

Los malos no se consideran malos y para los malos la bondad ajena es lo mismo que la maldad. A nosotros nos puede parecer bueno que haya más igualdad, menos privilegios, más agua potable para todos. Pero gastar en acueductos puede significar que alguien deje de percibir una ganancia importante para la construcción de una fábrica o de una carretera o de una discoteca. Y el perjudicado puede ver la construcción del acueducto como un acto malo. Estamos obligados por eso a hacer una jerarquía de valores. Los malos también tienen valores: lo que pasa es que ponen ciertos valores más arriba, por ejemplo la propia conveniencia económica, o su posición en la jerarquía. Todos buscamos la propia conveniencia, pero a algunos nos da vergüenza pensar y actuar sólo para eso.


Durante veinte años guardó la camisa ensangrentada que llevaba su padre en el momento del asesinato y, al concluir este libro, la quemó. ¿Ha servido esta novela como terapia para superar, en cierto modo, el dolor?

La mejor terapia es el tiempo. Yo ya no siento el dolor, si no lo pienso. Para sentirlo, tengo que concentrarme en él: en la maldad de entonces, en el acto, en el sufrimiento mío o de mis seres más queridos. Lo bueno, o lo malo, del olvido es que uno deja de sentir con la misma intensidad. La felicidad recordada alegra, pero menos que la felicidad vivida. Lo mismo pasa con la tristeza recordada: ya no es tan triste. Si se escribe con mucha fuerza, sin embargo, es como si se la reviviera, como si estuviera pasando otra vez en este momento.


Fueron años terribles para Colombia aquellos en los que se desarrolla su narración. ¿Ha mejorado la situación actual y, si ha sido así, qué ha hecho que las cosas cambien?

La situación está mejor. De 6.500 asesinatos al año en Medellín, ahora, con más población, hemos pasado a 650. Eso es muy positivo: hay casi seis mil dolores menos. Somos una sociedad menos triste, menos trágica. Muchos factores han incidido y puede que el mismo dolor haya enseñado sobre el sinsentido de la muerte violenta. Lo que más ha ayudado, creo yo, son administraciones políticas más sensatas. En los últimos cuatro años hemos tenido un alcalde que se gasta en educación el 40del presupuesto del municipio. Esa receta ha funcionado: los marginales no se sienten tan marginales y ven que en su vida puede haber futuro.


En 1987 usted tuvo que exiliarse en España para no correr el mismo destino trágico que su padre. Años después, cuando España exigió visado a los colombianos, firmó una carta jurando que no volvería a España y, hasta el momento, ha cumplido su juramento. ¿Mantendrá su palabra indefinidamente?

Bueno, la mantendré hasta que España nos quite la visa a los colombianos. Eso ocurrirá dentro de unos tres o cuatro siglos, creo yo. Tengo pedazos de España en Colombia: leo libros españoles, me hago tortilla española, tomo vino español cuando vendo un artículo, y contesto entrevistas a periódicos españoles. En este instante estoy en España con mi pensamiento.


Cuando su padre volvía a casa de mal humor, se encerraba en la biblioteca a leer y escuchar música y, al poco rato, salía transformado. ¿Es ésa, la de hacernos mejores, quizás la más importante de las virtudes de la Literatura?

En mi padre producía ese efecto. Yo me pregunto si algunos libros no nos harán también peores. Hay libros perniciosos, pero como el criterio de lo que es pernicioso no se puede saber con seguridad, es necesario permitir todos los libros. Creo que cuantos más libros se lean, más poderes tenemos para identificar los libros perniciosos. Aunque no sé; parece que había nazis que eran también grandes lectores. En mi padre la lectura producía una metamorfosis feliz; creo que en la mayoría es así. Pero no voy a idealizar los libros. Los libros son como los cuchillos: sirven para pelar naranjas y para matar gente.


Terminemos con el soneto “de Borges” con el que comenzábamos. Parece ser que formaba parte de una estrategia del argentino para impresionar a las mujeres por las que se interesaba, que fingía una súbita inspiración pero que, en realidad, se trata de una especie de borrador mental de los años 60 que nunca quiso publicar. ¿Considera plausible esta teoría?

Eso es lo que sostiene por ahí un poeta colombiano. Ese soneto de Borges, que no aparece ni en su obra poética ni en sus obras completas, se me ha convertido a mí en una obsesión. Llevo un año persiguiendo al verdadero autor, al verdadero asesino de ese poema. Puedo contar que mis pesquisas me han llevado a Madrid (por correo) a Mendoza, a Nueva York, y ahora están en París. ¿Quién es el asesino? Como en El nombre de la rosa de Eco, el asesino es Jorge, y yo voy a demostrarlo contra todos los especialistas en Borges, y contra la misma señora Kodama, que lo niega. Dentro de un año, si le parece, hablamos al respecto.

“¿Cuánta vida le devuelve a un muerto un libro?
En la realidad, ninguna;en la memoria de los hombres, mucha”
“Un dolor muy hondo nos hace perder el apego a las cosas, a las vanidades, incluso a la vida. Todo adquiere una dimensión distinta, pero más real”