Los caminos del barroco
Sevilla, Granada, Antequera y Osuna con su patrimonio arquitectónico
EVA DÍAZ PÉREZ
Andalucía no se podría entender sin el Barroco. Hay en sus ciudades libros cuya escritura en piedra está dominada por el movimiento de cornisas, juegos de luces y sombras, la sensualidad de torres y espadañas, el artificio escenográfico de sus fachadas. Hay un sentido final en el recargamiento, en el horror vacui, en el exceso que se puede encontrar de igual forma en un retablo o en una charla informal en una taberna. Por eso, los itinerarios del barroco en Andalucía tienen una ambición panteísta: sueñan con llenarlo todo. Porque todo es barroco, desmedido, hiperbólico.
La estética barroca en Andalucía tuvo un prólogo importante en el manierismo y luego se extendió durante dos siglos, primero con la indagación en el barroco severo de los Austria hasta llegar a un barroco castizo y popular que alcanza el final del siglo XVIII, un barroco llamado paradójicamente de la Ilustración o barroco tardío que triunfa por encima del neoclasicismo académico. Desde entonces, hay mucha Andalucía empeñada en repetir esa fórmula del ideal barroco como forma de reinvención: barroco tardío, tardobarroco, neobarroco... Pero hubo una época en la que el Barroco fue la salvación estética de una tierra que entendió como ninguna el desengaño barroco. Es el caso de Sevilla, que en los inicios del siglo XVII comienza a adivinar su decadencia tras haber sido capital económica del imperio. En sus monumentos está escrito ese desengaño barroco con los juegos de claroscuros –la ciudad deambuló a oscuras por el Siglo de las Luces–, el tenebrismo, el trampantojo, el artificio de quien aparenta exageradamente porque ya no tiene nada.
El paseo por ese barroco hermoso del desengaño tiene paradas en la Iglesia del Salvador con su colosal fachada; el Palacio de San Telmo; el Hospital de los Venerables, tratado perfecto de las claves barrocas; la portada del Palacio Arzobispal; la Fábrica de Tabacos, o la Iglesia de San Luis con su exuberante ornamentación heredera del horror vacui y de los conceptos barrocos de espejos y teatralidad.
Otras páginas barrocas se esconden en el Hospital de la Caridad donde se lee el tétrico libro que se esconde en todo tratado barroco con los cuadros de Valdés Leal sobre las postrimerías, el fin de las glorias del mundo de lectura tan barroca. Para terminar contemplando las cúpulas barrocas de la Iglesia de la Magdalena, revestidas con tejas vidriadas y policromadas donde la ciudad se sigue mirando en el espejo barroco.
Otro recorrido sería el de Granada donde en la fachada de su Catedral renacentista se aprecia el carácter escenográfico, casi de telón en movimiento, que sugiere la piedra con sus contrastes de luces a base de concavidades. O la Cartuja con el espectacular baldaquino sobre ocho columnas salomónicas.
El paseante en busca de glorias barrocas deberá buscar la iglesia de los Santos Justo y Pastor con las excepcionales pilastras corintias de la portada, el variado alzado de la Magdalena, recorrer las Angustias, el Hospital de San Juan de Dios o la Colegiata del Sacromonte donde termina un itinerario sacro de cruces y capillas. Y pasear ante la fachada de la antigua Madraza con sus estípites barrocos, la Universidad o el antiguo Palacio de los Señores de Ansoti.
De Málaga se podría destacar la Catedral-Iglesia del Sagrario-Palacio Episcopal o la Iglesia de la Victoria, con un curioso ejemplo de camarín-torre. Sin olvidar la visita a la cripta de los Condes de Buenavista, otro ejemplo de estremecedor espacio funerario barroco.
En los itinerarios por las ciudades barrocas que nunca dejaron de serlo no puede faltar Antequera. Habrá que contemplar las iglesias del Carmen, de Belén, de la Victoria o de Santiago. Y contemplar la audaz torre de Madre de Dios o la de la Colegiata de San Sebastián, que combina la tradición mudéjar del ladrillo con la estética barroca. Un vistazo a la portada en caliza roja del Torcal del Palacio del Marqués de Villadarias culmina este paseo impresionante.
Se puede seguir la lección en piedra, madera, mármol o incluso yeso como material ideal para las caprichosas formas barrocas y que en Andalucía entroncan con la tradición musulmana. Y habría que detenerse en la portada de la Iglesia de la Cartuja de Jerez, como ejemplo de fachada retablo; en las columnas salomónicas de las gaditanas casas de las Cadenas; en el convento de la Merced en Córdoba; ante la maestría barroca de la capilla del Sagrario de la Iglesia de la Asunción en Priego (Córdoba); o pasear al caer la tarde para contemplar los contrastes de luces por una calle barroca, la de San Pedro en la villa ducal de Osuna (Sevilla).



