El ingenio erótico en los poemas de Juan de Salinas
La poesía también se nutre de la adivinanza con un toque malicioso
J.IGNACIO DÍEZ
A menudo Barroco y religiosidad se hermanan en un sólido compuesto, y no sin razón. Sin embargo, la poesía barroca también se nutre de un ágil ingenio que busca manifestaciones más ligeras y, a veces, decididamente eróticas. Es paradigmático el caso de Juan de Salinas (1562-1643), exiliado en Segovia durante una buena parte de su vida, que regresa a Sevilla tras el complejo proceso de partición de la herencia paterna. A partir de 1600, el administrador de un hospital y visitador de monjas compondrá en su Sevilla natal una poesía rica en ingenio erótico. Pero no se trata, como podría erróneamente pensarse, de que el canónigo en Segovia renuncia a los placeres del canto erótico mientras los descubre en sus más de cuarenta años de vida sevillana: el trayecto es menos nítido. Aunque Salinas paga el óbolo al Barroco más religioso, sus composiciones de este signo no suelen sobrepasar, en palabras de Henry Bonneville (su moderno editor), l’honnête médiocrité. Significativamente, en la sociedad sevillana del seiscientos, cabe imaginar que en el refinamiento de los aristocráticos salones brilla mucho más intensamente el ingenio y la agudeza de composiones cortas con un toque malicioso.
A estos fines se presta un género antiguo y muy efectista: el enigma, más concretamente el doble enigma, pues la adivinanza que se plantea en un puñado de versos suele disponer de dos respuestas, una conocida que es también la esperable por su decencia y otra que se adentra en el erotismo. Así, la adecuada respuesta a “Yo soy un fuerte soldado / que donde hay mayor aprieto / me señalo, y acometo / a lo que está más cerrado; / y con tener por molestas / las armas cuantos las traen, / no veréis que se me caen / jamás las armas de acuestas” es el sello. Pero hay una segunda opción más obvia incluso que la oficial. Ese sentido del humor malicioso es muy apropiado para, sin traspasar el buen gusto, jugar con sus límites. La jeringa es la óptima respuesta de un segundo ejemplo enigmático (“¿Cuál es la sierpe cruel / que se encoge y que se alarga, / y escupe saliva amarga / aunque coma dulce miel?…”), pero como el lector comprueba, no es la primera solución posible.
Esta poesía supuestamente de salón (concebida en la Segovia levítica o en la Sevilla galante) convive con manifestaciones menos amables, que la tradición literaria ha condenado, como es frecuente con la poesía erótica menos digerible socialmente, al discurrir manuscrito. “A una mujer pública llamada Salvadora” es un epitafio burlesco (género tan cultivado por Quevedo, por ejemplo) que se construye en torno a un chiste irreverente, pues tanto Cristo como esta mujer –ambos salvadores de “todo el género humano”– son “horadados”, aunque de maneras distintas. Las referencias sexuales en este caso van más allá del ingenio que se puede degustar en sociedad, y se interna en un uso mucho más punzante, para tocar dos temas comprometidos como son los referentes de la sociedad cristiana y la anulación, en algunos contextos, de la entonces esencial diferencia jerárquica de los estamentos sociales: “Yace aquí, que non debiera, / Salvadora la estevada, / moza, que por horadada / la llamaron Salvadora; / yace aquí, ¡oh lástima fiera!, / el remedio cotidiano / del señor y del villano; / y para decirlo ahora, / yace aquí la Salvadora / de todo el género humano”. El ingenio va de la mano de la risa del religioso, que se percibe con una libertad que hoy nos asombra. Eso también es el Barroco.



