Cartografía literaria en Andalucía

La imprenta y la relación entre las ciudades y la Corte marcaron la producción literaria de la época

JOSÉ LARA GARRIDO

Para dar cuenta de la riqueza y variedad del Barroco literario en Andalucía es preciso pasar de la historia-relato y su reducido canon de nombres a otra de multiplicadas dimensiones. Esta nueva historia ha de cobijar a varios centenares de autores y ser capaz de comprender a la vez los fenómenos de larga duración y los microfenómenos relativos tanto al marco sociocultural de los productores como de los textos en su puesta en circulación y consumo. Contemplar, por tanto, la geografía e historia de ese ámbito de literatura mediante un cartografiado completo que ha de ubicar los efectos concretos de las diversas instituciones formativas así como del mecenazgo cumplido por la nobleza, las oligarquías y el patriciado urbano y las altas jerarquías eclesiásticas; que debe caracterizar, en fin, la relación cambiante entre literatura e imprenta así como la de las formas de comunicación y sanción de los distintos grupos. En este programa el centro gravitatorio se encuentra en las ciudades, cuyos mapas de evolución histórica resulta preciso atender de forma permanente.

El mapa de las ciudades literarias debe fundarse, en primer término, en el análisis de la imprenta. Con la excepción de Sevilla (con 55 impresores entre 1590 y 1720) y las semiexcepciones de Granada y Córdoba (con 20 y 18 en el mismo tramo temporal) el tejido impresor andaluz fue muy endeble. Publicar sólo era posible con un patrocinio económico y casi nunca parece haberse producido con una programación que implicase relaciones estables entre el escritor y la imprenta. Tampoco, fuera de las relaciones de sucesos y los sermones, los impresores se especializaron en un género, resultando extraordinaria la serie de novelas publicadas por el taller sevillano de Pedro Gómez de Pastrana entre 1630 y 1648. Únicamente la historiografía local y los libros de antigüedades y excelencias de las distintas ciudades contaron con el respaldo permanente de instituciones o mecenas locales y con un horizonte seguro de negocio editorial. Particularmente esquiva fue la relación entre imprenta y poesía, como muestra el caso de Góngora en la Córdoba del XVII. En 1626 el autor de las Soledades otorgó carta de donación a un sobrino del manuscrito de sus “obras, así en poesía como en prosa”, que no fue aprovechado en la imprenta y lamentablemente se ha perdido. Un destino semejante al que corrió la mayor parte del “archivo” cordobés conformado por el estrecho círculo de admiradores del poeta. Celosos por amparar en lo posible la fiel difusión de la poesía gongorina, dejaron pasar las tres décadas en que su edición fue un best seller sin dignarse acudir a la imprenta. Como comentaba en 1647 desde Córdoba un conocedor del asunto, “ni sus deudos ni aficionados a don Luis, ciudad, ni demás caballeros son hombres que gastarán un real en cosas tales”.

La evolución de los grupos letrados en las distintas ciudades de la Andalucía del Barroco ofrece otro mapa de relieves e intensidades enormemente variables. Como itinerarios mostrativos y ventanas abiertas al conjunto cabe recordar lo ocurrido en dos círculos poéticos distintos: los de Córdoba y Sevilla. Aunque en ambos casos puede detectarse un proceso de enrarecimiento y pérdida de los ambientes que favorecieron y ampararon el cultivo de la lírica, los tiempos y modos resultan ser netamente distintos. Lo que en uno se describiría como el enclaustramiento en la fidelidad gongorina que se acompasa con la inevitable deriva ideológica de un círculo cerrado y aislado, en el otro, con el punto de fuga desplazado en buena parte hacia la Corte, supuso el agotamiento final de dos líneas de escritura brillantemente explotadas hasta el límite. En contraste con Granada, cuya nutrida serie de academias y certámenes evidencian un grado notable de socialización de la práctica poética, Córdoba se encerró en un cultivo controlado de devociones al autor de las Soledades. Su sombra benefactora terminó pesando demasiado en una ciudad sin mecenazgo y donde los intereses de las élites diligentes habían dado la espalda al quehacer lírico.

La doctrina neoestoica que compartían los líricos de Sevilla predicaba una ética estricta y una fortalecida moral interior y vinculaba, desde criterios de escepticismo y razón, la felicidad a la virtud. Pero también consentía un cierto compromiso con la realidad, en dirección opuesta a la huida para la libertad hacia un retiro “muy propio para olvidar y ser olvidado” que predicó idealmente Rodrigo Caro. Él mismo tuvo también sus “ambiciones cortesanas”, y quiso seguir el camino de Rioja, Fonseca y Figueroa o Calatayud. El triunfo de este estrecho círculo de amigos en Madrid y su ferviente entrega a la causa del valido, reverso del desengaño purificador mediante la sencilla vida en la ciudad natal que había programado Andrada pocos años antes en su Epístola moral a Fabio, supusieron una ruptura definitiva con el humus vital y la coherencia ideológica del grupo. Sólo quedó, adelgazada y pronto exhausta, la línea de un neoherrerianismo que jugaría finalmente a calcar en cancionero su lengua poética y sus símbolos.

El mapa esencial viene también determinado por la relación entre el centro y la periferia, las ciudades y la Corte. Poderoso imán como verdadero campo sancionador de lo literario en todos sus órdenes, el mundo cortesano ofrecía posibilidades multiplicadas de mecenazgo y con él de cargos y honores. No era frecuente el curso seguido por un Francisco de Rioja, cuyos numerosos beneficios y rentas le llegaron a suponer ingresos equiparables a los de un mediano potentado. Lo normal resultaba ser el desengaño y retiro al paraíso cerrado de la propia ciudad, como es el caso ejemplar de Soto de Rojas, o una supervivencia en condiciones análogas a la del lugar de partida según ocurrió con Álvaro Cubillo de Aragón, quien sin obtener ayuda regia y para vivir del mismo oficio que en Granada, tuvo que comprar en 1641 el cargo de escribano. Sólo ciertos autores de mucho éxito y prestigio consiguieron tramar una aceptable carrera áulica. Es lo que se constata con los dramaturgos Antonio Mira de Amescua y Luis Vélez de Guevara.


El cartografiado del patronazgo regio y su incidencia en los autores de la Andalucía barroca permitirá afinar el exacto perfil de tantos casos límite y en apariencia anómalos. La Corte es una configuración sometida a cambios estructurales en función de globales desplazamientos sociales de poder. Los mismos que hoy la investigación histórica empieza a desentrañar fueron difícilmente percibidos por los propios actores, y aún menos por los autores. Puede iluminarse así, por ejemplo, la frustrada carrera cortesana de Góngora, quien sólo tuvo residencia estable en Madrid desde 1617. La capellanía real obtenida no fue como él pensaba “llave maestra a mayores ascendencias”. Los movimientos inadecuados en el laberinto de la Corte, la concepción a destiempo del Panegírico al duque de Lerma o el mal calculado juego con Olivares habría que relativizarlos desde los dos tiempos de un modelo cambiante. Lerma había orquestado una época de inflación de “mercedes de hacienda”; con el Conde-Duque que se limitó a atribuirse el modesto título de “secretario de mercedes”, éstas no salían del erario sino que se habían reducido a honras y honores. Góngora probablemente había obtenido ya con el hábito de una orden militar para un sobrino suyo y los negociados para otros caballeros de Córdoba todo lo que la Corte hasta ese momento estaba en disposición de otorgarle.