FIRMA INVITADA

PASMO DE LIBROS

Lo absurdo de elaborar una lista de los libros más recomendables.

MARUJA TORRES

Nada resulta más sangrante que tener que elegir los diez –o veinte, o cien, aunque fueran– libros más influyentes, o más buenos, o más profundos, o más inolvidables… más… más… cualquier más: nada le pone a uno en mayor atolladero que confeccionar una lista de libros predilectos. Si en otros tiempos los dichos elencos tenían la pretensión de establecer un canon –como con el cine, y también eran injustos: acababa saliendo la primera Ciudadano Kane, cuando a mí El esplendor de los Amberson sigue pareciéndome mejor película–, las listas de ahora  tienen mucho que ver con el cotilleo y el sensacionalismo.

No se trata de saber cuáles son las diez mejores novelas de la historia de la literatura –lo cual, en sí mismo, ya es de un cretino que tumba–, sino más bien de conocer hasta que punto es listo, o es memo, el interrogado. Y de qué pie cojea, dicho sea de paso. Así, uno que se decida por más Sartre que por Camus pasará por un rojo irredento y dogmático, para nada humanista, mientras que una mujer que no haya incluido en la cesta al menos a la mitad de autoras, quedará como una boicoteadora del feminismo.

Por eso se me ponen los pelos de punta cuando alguien me llama para preguntarme qué libro recomiendo. Por Sant Jordi, no suele fallar. Antes del último Día del libro, estando yo en Rabat, me telefonearon con urgencia, interrumpiendo una comida: en aquel momento no se me ocurría qué libro, de entre tantos que adoro, recomendar. Por fin me decidí por El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que añade lecciones sobre el mundo de hoy, contadas desde la profunda oscuridad del siglo diecinueve colonial, a un relato rico en conocimiento de la naturaleza humana. “Joseph, ¿qué?”, preguntaron al otro lado del móvil. “Conrad: c de Cádiz, o de Oviedo…”, y así, deletreando, volví a la mesa y ataqué el segundo plato.

Las prisas, o los absurdos de la vida que llevamos nos obligan, muchas veces, a comentar los libros que nos gustan como de pasada. Nos comunicamos los descubrimientos con rapidez, apenas indicando dos o tres características que nos han enganchado. Recuerdo con nostalgia las horas pasadas al teléfono, durante mi juventud, charlando con amigos y amigas –sobre todo con Terenci Moix–, desmenuzando una trama de Dostoievski o de Thomas Mann. Ahora corremos con los tiempos y con la avalancha del mercado: “¿Has leído ya El niño del pijama a rayas?”, preguntamos en el ascensor. “Ah, yo todavía no me he repuesto de haber leído todo lo de Nèmirovsky. Vaya vida la suya, ¿no?”.

Pasmo de libros, podría llamarse, a esta sensación de estar siempre leyendo y declarando que se lee, cuando leer debería ser un acto sagrado –y, en realidad, lo es– de una intimidad enfermiza, un ejercicio susceptible de desvanecerse en el aire en cuanto miasmas procedentes del exterior, de la curiosidad ajena, lo alcanzaran.

Pero esta comunión entre lectores sin comunicación con el público –al menos, esa puntual de las listas– no sólo resulta imposible de alcanzar. Confieso que también es un poco hipócrita, pues todos necesitamos que nuestros libros se lean, y nadie puede negarse a difundir aquellos que considera los mejores.

¿Cuáles, qué títulos? Me encuentro como al principio de este artículo. No me cuesta elegir unas cuantas decenas pero, ¿cómo contarles la grandeza con que Gatsby perdió su sueño, el mundo detenido que narra Tolstoi en la escena de los trineos de Guerra y paz, o el soliloquio delirante de El extranjero en la playa? ¿De qué forma puedo alentarles para que experimenten el selecto placer de, poco a poco, levantar las capas de cebolla con que Henry James amaga sus tramas?

Leer es sagrado, escribir es secreto. Las listas deberían estar prohibidas. Pero las charlas sobre literatura tendrían que ser interminables.