FERNANDO SAVATER
"Cada estadio, cada cancha o cada pista de competición son maquetas del mundo donde los hombres se miden contra las dificultades"
GUILLERMO BUSUTIL
Quince años después de ser finalista con la novela El Jardín de las dudas, en torno a Voltaire, Fernando Savater ha ganado el Premio Planeta con La Hermandad de la Buena Suerte. Un relato de aventuras centrado en el mundo de los caballos y en la búsqueda de un jockey desaparecido que llevan a cabo cuatro personajes unidos por la amistad y por un encargo propio de detectives.
Usted siente pasión por las carreras de caballos desde niño y sobre el tema ha escrito ensayos como El Juego de los caballos y A caballo entre milenios. Ahora le rinde homenaje con la ficción. ¿es más fácil contagiar su pasión a través de una novela?
Yo creo que es mejor escribir sobre lo que uno conoce y ama, el amor es una forma de conocimiento. Como escribo literatura exclusivamente por placer, los caballos son un tema adecuado porque me inspira deleite, como antes lo fue Voltaire, en El jardín de las dudas. Y en esta novela he querido hacerlo de una manera coral y en la que, además de la acción exterior, hubiese una acción interior que pusiera de relieve lo que sienten los personajes. Por eso hay uno que habla con el fantasma de su mujer, otro que relata un sueño…
Usted afirma que el mundo del turf es una metáfora de la vida.
Todos los juegos son metáforas vitales. Cada estadio, cada tablero, cada cancha o cada pista de competición son maquetas del mundo, donde los hombres, en un tiempo dado y preciso, se miden contra los riesgos, las dificultades, la debilidad y contra otros hombres. Como en la vida. Y al final, todos vuelven a la oscuridad y el silencio.
En la novela existe una Hermandad de la Buena Suerte que defiende la importancia del azar que niega la razón. Un tema de la filosofía, presente en su novela con referencias a Pascal, a Spinoza y a un tal Van der Borken.
Bueno, Van der Borken no existió nunca, es un invento mío, un libertino spinozista añadido por razones de guión. La noción de puro azar es anti-filosófica por excelencia, porque es irracional. Es más irracional creer en el azar que en Dios, aunque a efectos prácticos viene a ser lo mismo... Pero siempre que se habla de la vida se habla de filosofía.
La mayoría de los personajes buscan esa buena suerte que para unos es el amor, para otros la belleza y para el jockey, la muerte. ¿Cuál es para usted?
Yo creo que a todos nos toca la suerte y somos nosotros mismos los que debemos convertirla en buena o mala.
Dentro de la trama hay pequeñas historias como la del jockey afortunado que escapó del Titanic y la de Narciso Bello que gana a la ruleta jugando contra los que tienen mala suerte. Relatos que parecen evocar a su admirado Robert L. Stevenson.
Ojalá alguien pueda sentir una ráfaga de Stevenson a ratos en mi novela. Pero el caso del jockey que escapó del Titanic, como en realidad todas las historias hípicas que narro, es rigurosamente cierta. Los otros personajes, menos los caballos, tienen algo tomado de mí. Los personajes novelescos son como Frankenstein, pequeños monstruos creados con pedazos del alma del autor...
En la novela hay un personaje que tararea melodías de películas de cine, el tipo que le parece al capitán Haddock de Tintin. ¿Homenajes a la cultura pop?
La verdad es que considero el cine e incluso las series de televisión como lo más parecido a una mitología de referencia que todos compartimos.
Usted afirma que las cualidades de un buen jockey son saber dónde y cuando hay que apretar. ¿cree que esto también es aplicable a los narradores?
Claro, exactamente: el buen jockey, en su campo, es como el buen narrador o el buen amante en el suyo. Alguien que sabe administrar sus fuerzas, resistir la impaciencia del “¡acabemos ya!” y luego, en el momento justo, lanzarse a fondo.
¿En un momento de la historia usted habla del drama de la carrera ¿qué tienen las carreras de drama?
Las carreras son dramáticas porque ponen en juego objetivos contrapuestos entre los protagonistas, desatan pasiones y siempre acaban bien para unos y mal –o menos bien– para otros.
Las carreras de caballos tienen un antiguo vínculo con la literatura desde la Ilíada. ¿Esa fascinación responde a que es un deporte heroico?
En efecto, creo que es un deporte heroico e ingenuo, como el propio caballo. No hay héroe que no mejore a caballo, ni caballero que no se sienta héroe...
Incluso en la filosofía está presente el caballo. Hegel escribió que desde su ventana había visto pasar el alma del mundo a caballo.
Así es, se refería a Napoleón entrando en Jena. Y aristóteles dijo que el hombre justo ama la justicia como el aficionado a las carreras ama el hipódromo...
Otro protagonista de la novela es Espíritu Gentil, el caballo que ha de correr contra Invisible, Joie du Roi, Irish Pride…Nombres muy literarios.
Los caballos tienen nombres como nosotros, aunque por lo general más bonitos. Sobre todo si se los pongo yo: confieso que elegir e inventar los nombres para los participantes en la Gran Copa fue uno de los primeros objetivos que me llevaron a escribir la novela.
En cualquier caso los profanos suelen guiarse por los nombres a la hora de apostar. ¿Esto es parte del juego y del romanticismo que envuelve las carreras?
Pues sí, en efecto. incluso los que llevamos más años en el negocio nos resistimos mal a un nombre sugestivo: ¡cómo puedo dejar de jugarle a un caballo que se llama Brigadier Gerard o San Sebastián! Prefiero perder con un caballo noblemente nombrado que ganar apostando a “fabada II”.
En un momento de la novela un personaje dice que la pasión es la conquista de la madurez. ¿Quiere decir que los jóvenes son menos apasionados?
Todos los condenados al infierno y al Purgatorio de Dante están sufriendo suplicios por haberse dejado arrastrar por sus pasiones. Las personas maduras, digo más: los viejos, estamos en la edad de la pasión, que es lo último que queda cuando se ha perdido todo lo demás. Los jóvenes no son apasionados sino ilusionados y, frecuentemente , ilusos: tienen suerte porque aún piensan contar con mucho tiempo por delante.



