SICILIA, GRAN TEATRO DEL MUNDO
La isla del humor trágico, el gusto por la metafísica y la presencia de la locura y la muerte.
MERCEDES MONMANY
En una ocasión, el añorado escritor siciliano, Leonardo Sciascia (Racalmuto 1921 – Palermo 1989), protestó contra esa “categoría étnica”, a un paso del racismo, que clasificaba al extenso y deslumbrante grupo de escritores de su isla con apelaciones del estilo de “el clan de los sicilianos”. Sciascia lo llamaba “centrifugación regionalista”, que si bien existía, y atendía a un carácter y una tradición determinadas, dentro de ella, entonces, el punto de referencia absoluto, la “sicilianidad” en estado puro, sería Luigi Pirandello, Premio Nobel de Literatura de 1934 (junto a otro posterior de la isla, el gran poeta Salvatore Quasimodo, que lo obtendría en 1959).
Pirandello había sabido dar, como más tarde haría de distinto modo otro gran siciliano, G. T. di Lampedusa, a ese punto de referencia de lo cercano y autóctono, una universalidad al unir y conectar la isla con los más bellos templos y huellas de la Magna Grecia –Segesta, Selinunte, Agrigento, Siracusa, Taormina– con el más magnífico barroco de los oratorios palermitanos y con la entrada de toda una espléndida modernidad. Pirandello tenía tras de sí a Heráclito, a Empédocles y a Gorgias, pero ante sus ojos, a diario, se extendía la ciudad de Agrigento, el Spoon River de su “gran teatro del mundo”: La fuente inagotable, llena de contradicciones y contrastes, en continua y turbulenta fluctuación entre “el ser y el parecer”.
Sicilia significaría, junto a otros potentes polos europeos de gran riqueza creativa como Trieste, uno de los focos más deslumbrantes, una especie de pequeño y concentrado renacimiento, desde finales del siglo XIX y a lo largo de todo el XX. Un renacimiento, sobre todo en el caso de la novela, que arrancaba con tres grandes maestros del verismo, o el naturalismo francés hecho italiano: Giovanni Verga (Catania 1840-1922), autor de una cumbre como I Malavoglia, historia fatalista de la decadencia de una familia de pescadores, que representaría, en la forma de poesía de gesta épica popular, el lado plebeyo y duro del posterior El Gatopardo del aristócrata palermitano Giovanni Tomasi Di Lampedusa (y que en 1948 Luchino Visconti adaptaría para el cine con el título de La terra trema); Luigi Capuana y Federico De Roberto, autor del “otro Gatopardo”, la novela I Viceré ( 1894), que muchos citan como antecedente temático, y que igualmente narraba la decadencia de una noble familia, en este caso catanesa, abocada a su desaparición. Otro gran patriarca siciliano sería Giuseppe Antonio Borgese (Polizzi Generosa, Palermo, 1882 – fiesole 1952), gran erudito y crítico literario de su época, así como narrador y poeta, que por su rechazo rotundo del fascismo se exilió a los Estados Unidos en los tiempos de Mussolini, donde se casó con una hija de Thomas Mann. Una relación ambigua con el fascismo, en cambio, sería la que tendría desde los comienzos el gran genio por excelencia de la isla, Luigi Pirandello (Agrigento 1867-Roma 1936). con una obra comparable en originalidad a la de Musil o Pessoa, Pirandello representaría una cima en la descripción de la crisis y disgregación del sujeto que otros muchos narrarían tiempo después. En su caso, y a través de una ingente producción repartida entre piezas de teatro, relatos, novelas, poesía y ensayo, y de obras clave de su tiempo (Seis personajes en busca de autor, El difunto Matías Pascual) esta crisis se ponía de relieve a través de notables constantes de la literatura de la isla como es el humor trágico, el gusto por la metafísica, la presencia de la locura y la muerte, y una pendiente fantástica y de amor por “el juego de los roles” y de la ocultación. una ocultación que, en ocasiones, mantenía secuestrados durante años a tardíos escritores de gran erudición, mientras maduraban sus obras hasta la brillante eclosión final con el exterior. Un grupo del que es cabeza máxima e indiscutible Lampedusa y su magnífica novela sobre el imaginario Príncipe de salina, pero también Gesualdo Bufalino (1920-1996) autor de Perorata del apestado (1989); el primo y cómplice de Lampedusa, el poeta Luccio Piccolo di Calanovella; un autor de la desmesura como Stefano D’arrigo, con su monumental Horcynus Orca (1975); el exquisito autor de Praga mágica, el poeta y eslavista Angello Maria Ripellino; o Antonio Pizzuto, gran erudito y policía de profesión, que llegaría a ser presidente de la Interpol.



