CUESTIÓN DE ESTILO

La presencia del traductor desempeña un papel notable en el artificio literario.

JOSÉ RAMÓN MONREAL

Las Memorias de ultratumba son la grandiosa construcción de una personalidad de literato y de hombre de acción por parte de un escritor que cultivaba el ideal del hombre completo. Su autor decía ser, de todos los escritores de su generación, casi el único cuya vida se asemejaba a sus obras. Hoy sabemos que esta declaración de autenticidad es relativa, pues hay en él una voluntad constante de componer, de retocar, de adaptar la realidad de los hechos a la idea que se hace de sí mismo. Las Memorias son, en este sentido, la rectificación de una vida vivida, su complemento. No se trata tanto de una obra-confesión, o una obra documental de protagonista de la historia, como de una autobiografía simbólica: una vida que requiere cierta corrección, que el autor cambia, inventa, añade maravillosos montajes de imaginación y de realidad.

Chateaubriand pertenecía a una humanidad en la que no se había impuesto aún la famosa disociación entre vida y literatura, pues jamás renunciará a la fantasía, a la mitificación de la realidad, en su afán no de escribir su historia, sino de edificar su propia leyenda. el autor de las Memorias encarna así el mito aristocrático del escritor, el «caballero solo» de la literatura, el heredero de una cultura ya en trance de desaparición.

Este caballero a la antigua, homme d´honneur que nunca abdica de su sentido de la grandeza, de la dignidad personal, de la gracia y elegancia en el decir, fue paradójicamente el gran innovador a lo largo de casi todo un siglo y, tras el paréntesis naturalista, su obra no dejará de irradiar en los movimientos artísticos de fin de siglo. Será él quien instaure en la prosa francesa un lenguaje imaginativo que condensa cultura e impresiones en estampas ricas   elaboradas y que responde a una invención personal. «En el principio era el estilo», podría haber sido muy bien su divisa. Él mismo lo expresa así en las Memorias: «No se vive más que por el estilo. En vano nos rebelamos contra esta verdad: la obra mejor escrita, adornada de retratos que se ajustan a sus modelos, llena de mil otras perfecciones, nace muerta si falta el estilo, el estilo, y los hay de mil tipos, no se aprende; el don del cielo, es el talento.»

Traducir al Chateaubriand de la madurez, al creador de la quizá prosa francesa moderna más inteligente, es tarea ardua donde las haya. No sólo por la opulencia verbal, el tono inimitable, la sonoridad y sensualidad del lenguaje ya «decadente», un lenguaje hecho de contornos esfumados y de significado con frecuencia impalpable. Lo es sobre todo por la admirable profusión de medios que despliega. Una estética en la que se borran los límites impuestos por la retórica y los géneros, estética de la mezcla, de lo híbrido. mezcla de todos los tonos para hablarnos de todas las cosas, mezcla de relato, evocación, descripción lírica, carta, diario, cita erudita y a menudo peregrina, reportaje, anécdota, retrato, poema en prosa. El resultado es un relato elástico, abierto siempre a la sorpresa, al hallazgo, que se interrumpe, fragmenta, bifurca, recompone, escrito un poco al desgaire, pero siempre presidido por la seducción de la forma. Quizá nadie lo expresó más finamente que Joubert al comparar su estilo al metal que en el incendio de corinto se había formado de la fusión de todos los demás.

Queda, por último, la vieja cuestión: ¿Chateaubriand o Stendhal? Quien esto escribe, stendhaliano de toda la vida, sufrió, al aceptar el encargo de traducir las Memorias, una de esas bruscas mudanzas del gusto que se producen alguna vez en la vida de todo lector. Pero pensó que puede amarse también por contraste y simultáneamente, que, en el fondo, eran tantos sus afinidades como sus diferencias. Ambos eran hijos del siglo XVIII; tenían el gusto por Italia, encarnando una manera distinta de amarla; ambos habían viajado y vivido mucho y participado en la vida pública como diplomáticos. Stendhal gustaba de la frase seca, precisa, Chateaubriand no amaba la precisión y la exactitud. Les separaba esencialmente su ideal de estilo.