EL TRADUCTOR COMO PERSONAJE DE FICCIÓN
La presencia del traductor desempeña un papel notable en el artificio literario
VICENTE FERNÁNDEZ GONZÁLEZ*
El incesante proceso de traducción, al que inevitablemente se halla sometido el ser humano desde que nace hasta la muerte –dice el sabio Lluís Duch en Mito, interpretación y cultura–, constituye un síntoma muy elocuente de la “inestabilidad gramatical” que caracteriza la condición humana. Si vivir es hablar, y hablar es traducir, resulta claro que vivir es traducir.» La conjetura generalizada en nuestra más o menos tardía contemporaneidad de esa «inestabilidad gramatical» –magníficamente expresada, por cierto, en términos plásticos en Eclipse, la última exposición (Galería Antonio Machón, Madrid, 2007) de Chema Cobo–, nutre una inquietud y un interés sin precedentes por el síntoma, por el «incesante proceso de traducción». Tal vez por ello la metáfora de la traducción sea cada vez más invocada por políticos, antropólogos y artistas. Una de las obras más representativas de esta tendencia tal vez sea la película, de ilustrativo título, Lost in Translation (2003), de Sofia Coppola. Con la referencia de la traducción y del cine, de la traducción del cine, dos títulos significativos: Problemas de doblaje (1990), poemario de Aurora Luque y Con problemas de doblaje (2003), texto teatral de Luis Felipe Blasco Vilches.
Desde antiguo la traducción ha sido materia de leyenda, y los traductores, personajes de ficción. Dos hitos: la Biblia de los setenta y la Historia de Don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Cervantes pagó «dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo» por los servicios del morisco aljamiado que «en poco más de mes y medio» le tradujo en su propia casa la Historia escrita por el historiador arábigo, de suerte que pudo continuar su relato que había quedado interrumpido, mediada la aventura del vizcaíno, al final del capítulo VIII. Cervantes reconoce el trabajo del traductor al que emplea, y le paga lo que le pide, que no es mucho. Silencia su nombre, sin embargo; podríamos decir, en términos actuales, que no le reconoce derechos de autor –lo que no es para rasgarse las vestiduras habida cuenta de las dificultades que afrontan los traductores de hoy para hacer cumplir la vigente ley de propiedad intelectual–, aunque, como ha explicado Antonio Martí Alanis, reconoce cumplidamente
su contribución al texto final. La presencia del traductor desempeña un papel notable en el artificio cervantino sobre la autoría y las fuentes de su novela. En la narrativa contemporánea –me remito aquí a la española– los traductores son con frecuencia actores, protagonistas incluso, de la ficción. Sus cuitas se expresan ya en primera persona. «En pleno esfuerzo intelectual, de pronto, se me ocurre este curioso pensamiento: ¿Por qué no se va Thomas de Quincey a tomar por culo? ¿Qué coño me importa a mí Thomas de Quincey y la madre que le parió? Han de pasar horas para que me responda a mí mismo: te importan las ochenta o noventa mil pesetas que te van a dar por la traducción y por ejemplo, esta tarde, con estas diez líneas no he ganado casi ni treinta duros. A la hora del trabajo me duele la espalda, me pongo a pasear, hago todo lo que se puede hacer en esta jaula menos traducir.» Son palabras que Ventura, uno de los personajes principales de El pianista (1985) de Manuel Vázquez Montalbán, dirige a Luisa, que acaba de decirle que le parece «un rollo macabeo» lo que está traduciendo.
Luisa, es también el nombre de la compañera de profesión y esposa del protagonista, traductor e intérprete recién casado, de Corazón tan blanco (1992), de Javier Marías, novela que lleva la traducción inscrita en su propio título. Si la interpretación y construcción de la realidad dramática en términos de confirmación del oráculo de las brujas es vertebral en la tragedia de Shakespeare, la novela de Marías que lleva por título las palabras, traducidas, de Lady Macbeth, puede leerse en términos de búsqueda tortuosa de una interpretación –traducción– plausible. La precariedad, la «inestabilidad» interpretativa impregnan toda la historia, más allá de las satíricas anécdotas del mundo profesional de traductores e intérpretes. «No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados.» Toda la novela es la búsqueda de la comprensión, de la interpretación del misterioso suicidio narrado en el primer párrafo. El suicidio de la segunda esposa del padre del traductor recién casado, el misterio del que este llega a saber aun no queriendo.
La parodia –y homenaje a Stanislaw Lem y su Vacío Perfecto– de la parodia abordada por el mutante Javier Fernández en «Hacia una traducción de Gigamesh, de Patrick Hannahan» (la grieta, 2007) toma cuerpo en las verosímiles y fundamentadas tribulaciones del imaginado traductor de una obra inexistente, pero no por ello menos admirada: «la vieja discusión entre literalidad y hermenéutica ha animado particular mente el debate filológico en materia de traducción desde el inicio mismo de esta difícil e ingrata disciplina, y aún hoy se nos sigue exigiendo a los traductores la imposible la imposible tarea de aunar, por arte de birlibirloque, dos extremos irreconciliables.» Tierna parodia de la condición detectivesca del traductor, y de sus obsesiones, es, entre otra muchas cosas, Finalmusik (2007), la última novela del traductor Justo Navarro, en la que el traductor de una novela policiaca, una novela negra, una trilogía para ser precisos, es interrogado por su propio autor –«¿cómo [traducir] Gialla Neve, literalmente Amarilla nieve, teniendo en cuenta que el giallo, el amarillo, es el color italiano de las novelas de mis terio y serie negra?»–, y se lamenta: «la tinta amarilla de las portadas de la primera colección policiaca famosa en Italia, casi una casualidad, venía a inmiscuirse en mi trabajo más de setenta años después como una maldición. ¿Amarilla nieve es negra nieve, negra de serie negra o de novela negra?»
«Creo que [escribir] es mi forma de relacionarme con las cosas, de prestarles atención», decía Justo Navarro en una entrevista concedida al diario Ideal de Granada. Escribir –como el traductor– con palabras que son siempre propias y prestadas. «La inestabilidad gramatical» que caracteriza la condición humana, que alimenta la ficción contemporánea.
*(Premio Nacional de Traducción 1992 y 2003)



